jueves, 8 de julio de 2010
San EUGENIO III, Papa 8 de julio
San Antonio lo señala como a "uno de los Pontífices más grandes y que más sufrieron". Nació en Montemagno, entre Pisa y Lucca. Después de ocupar un cargo en la curia episcopal de Pisa, ingresó en 1135 al monasterio cisterciense de Claraval. Tomó el nombre de Bernardo, y San Bernardo fue su superior en aquel monasterio. Cuando el Papa Inocencio II pidió que algunos cisterciences fuesen a Roma, San Bernardo envió a su homónimo como jefe de la expedición. Los cistercienses se establecieron en el convento de San Anastasio (Tre Fontane).
A la muerte del Papa Lucio II, en 1145, los cardenales eligieron para sucederle a Bernardo, el abad de San Anastasio. El nuevo Pontífice tomó el nombre de Eugenio y fue consagrado en la abadía de Farfa. En enero de 1147, aceptó con gusto la invitación que le hizo Luis VII de que fuese a predicar la cruzada en Francia. En la segunda cruzada no tuvieron buenos resultados. El Papa permaneció en Francia hasta que el clamor popular por el fracaso de la cruzada le hizo imposible permanecer más tiempo en ese lugar. Durante su estancia en aquel país, presidió los sínodos de París, Tréveris y Reims, que se ocuparon principalmente de promover la vida cristiana; también hizo cuanto pudo por reorganizar las escuelas de filosofía y teología. En mayo de 1148 el Pontífice volvió a Italia y excomulgó a Arnoldo de Brescia (quien en sus peores momentos presagiaba a los demagogos doctrinarios de épocas posteriores). San Bernardo dedicó al Sumo Pontífice su tratado ascético "De Consideratione", donde afirmaba que el Papa tenía como principal deber atender a las cosas espirituales y que no debía dejarse distraer demasiado por asuntos que corresponden a otros.
Eugenio III partió de Roma en el verano de 1150 y permaneció dos años y medio en la Campania, procurando obtener el apoyo del emperador Conrado III y de su sucesor, Federico Barbarroja.
El santo murió en Roma el 8 de julio de 1153. Su culto fue aprobado en 1872.
A la muerte del Papa Lucio II, en 1145, los cardenales eligieron para sucederle a Bernardo, el abad de San Anastasio. El nuevo Pontífice tomó el nombre de Eugenio y fue consagrado en la abadía de Farfa. En enero de 1147, aceptó con gusto la invitación que le hizo Luis VII de que fuese a predicar la cruzada en Francia. En la segunda cruzada no tuvieron buenos resultados. El Papa permaneció en Francia hasta que el clamor popular por el fracaso de la cruzada le hizo imposible permanecer más tiempo en ese lugar. Durante su estancia en aquel país, presidió los sínodos de París, Tréveris y Reims, que se ocuparon principalmente de promover la vida cristiana; también hizo cuanto pudo por reorganizar las escuelas de filosofía y teología. En mayo de 1148 el Pontífice volvió a Italia y excomulgó a Arnoldo de Brescia (quien en sus peores momentos presagiaba a los demagogos doctrinarios de épocas posteriores). San Bernardo dedicó al Sumo Pontífice su tratado ascético "De Consideratione", donde afirmaba que el Papa tenía como principal deber atender a las cosas espirituales y que no debía dejarse distraer demasiado por asuntos que corresponden a otros.
Eugenio III partió de Roma en el verano de 1150 y permaneció dos años y medio en la Campania, procurando obtener el apoyo del emperador Conrado III y de su sucesor, Federico Barbarroja.
El santo murió en Roma el 8 de julio de 1153. Su culto fue aprobado en 1872.
martes, 6 de julio de 2010
Santa Maria Goretti. Virgen y martir 6 de julio
María nació el 16 de octubre de 1890, en Corinaldo, provincia de Ancona, Italia. Hija de Luigi Goretti y Assunta Carlini, tercera de siete hijos de una familia pobre de bienes terrenales pero rica en fe y virtudes, cultivadas por medio de la oración en común, rosario todos los días y los domingos Misa y sagrada Comunión. Al día siguiente de su nacimiento fue bautizada y consagrada a la Virgen. A los seis años recibirá el sacramento de la Confirmación.
Después del nacimiento de su cuarto hijo, Luigi Goretti, por la dura crisis económica por la que atravesaba, decidió emigrar con su familia a las grandes llanuras de los campos romanos, todavía insalubres en aquella época.
Se instaló en Ferriere di Conca, poniéndose al servicio del conde Mazzoleni, es aquí donde María muestra claramente una inteligencia y una madurez precoces, donde no existía ninguna pizca de capricho, ni de desobediencia, ni de mentira. Es realmente el ángel de la familia.
Tras un año de trabajo agotador, Luigi contrajo una enfermedad fulminante, el paludismo, que lo llevó a la muerte después de padecer diez días. Como consecuencia de la muerte de Luigi, Assunta tuvo que trabajar dejando la casa a cargo de los hermanos mayores. María lloraba a menudo la muerte de su padre, y aprovecha cualquier ocasión para arrodillarse delante de su tumba, para elevar a Dios sus plegarias para que su padre goce de la gloria divina.
Junto a la labor de cuidar de sus hermanos menores, María seguía rezando y asistiendo a sus cursos de catecismo. Posteriormente, su madre contará que el rosario le resultaba necesario y, de hecho, lo llevaba siempre enrollado alrededor de la muñeca. Así como la contemplación del crucifijo, que fue para María una fuente donde se nutría de un intenso amor a Dios y de un profundo horror por el pecado.
Amor intenso al Señor
María desde muy chica anhelaba recibir la Sagrada Eucaristía. Según era costumbre en la época, debía esperar hasta los once años, pero un día le preguntó a su madre: -Mamá, ¿cuándo tomaré la Comunión?. Quiero a Jesús. -¿Cómo vas a tomarla, si no te sabes el catecismo? Además, no sabes leer, no tenemos dinero para comprarte el vestido, los zapatos y el velo, y no tenemos ni un momento libre. -¡Pues nunca podré tomar la Comunión, mamá! ¡Y yo no puedo estar sin Jesús! -Y, ¿qué quieres que haga? No puedo dejar que vayas a comulgar como una pequeña ignorante.
Ante estas condiciones, María se comenzó a preparar con la ayuda de una persona del lugar, y todo el pueblo la ayuda proporcionándole ropa de comunión. De esta manera, recibió la Eucaristía el 29 de mayo de 1902.
La comunión constante acrecienta en ella el amor por la pureza y la anima a tomar la resolución de conservar esa angélica virtud a toda costa. Un día, tras haber oído un intercambio de frases deshonestas entre un muchacho y una de sus compañeras, le dice con indignación a su madre: -Mamá, iqué mal habla esa niña! -Procura no tomar parte nunca en esas conversaciones. -No quiero ni pensarlo, mamá; antes que hacerlo, preferiría...Y la palabra morir queda entre sus labios. Un mes después, sucedería lo que ella sentenció.
Pureza eterna
Al entrar al servicio del conde Mazzoleni, Luigi Goretti se había asociado con Giovanni Serenelli y su hijo Alessandro. Las dos familias viven en apartamentos separados, pero la cocina es común. Luigi se arrepintió enseguida de aquella unión con Giovanni Serenelli, persona muy diferente de los suyos, bebedor y carente de discreción en sus palabras.
Después de la muerte de Luigi, Assunta y sus hijos habían caído bajo el yugo despótico de los Serenelli, María, que ha comprendido la situación, se esfuerza por apoyar a su madre: -Ánimo, mamá, no tengas miedo, que ya nos hacemos mayores. Basta con que el Señor nos conceda salud. La Providencia nos ayudará. ¡Lucharemos y seguiremos luchando!
Desde la muerte de su marido, Assunta siempre estuvó en el campo y ni siquiera tiene tiempo de ocuparse de la casa, ni de la instrucción religiosa de los más pequeños.
María se encarga de todo, en la medida de lo posible. Durante las comidas, no se sienta a la mesa hasta que no ha servido a todos, y para ella sirve las sobras. Su obsequiosidad se extiende igualmente a los Serenelli. Por su parte, Giovanni, cuya esposa había fallecido en el hospital psiquiátrico de Ancona, no se preocupa para nada de su hijo Alessandro, joven robusto de diecinueve años, grosero y vicioso, al que le gusta empapelar su habitación con imágenes obscenas y leer libros indecentes. En su lecho de muerte, Luigi Goretti había presentido el peligro que la compañía de los Serenelli representaba para sus hijos, y había repetido sin cesar a su esposa: -Assunta, regresa a Corinaldo! Por desgracia Assunta está endeudada y comprometida por un contrato de arrendamiento.
Después de tener mayor contacto con la familia Goretti, Alessandro comenzó a hacer proposiciones deshonestas a la inocente María, que en un principio no comprende.
Más tarde, al adivinar las intenciones perversas del muchacho, la joven está sobre aviso y rechaza la adulación y las amenazas. Suplica a su madre que no la deje sola en casa, pero no se atreve a explicarle claramente las causas de su pánico, pues Alessandro la ha amenazado: -Si le cuentas algo a tu madre, te mato. Su único recurso es la oración. La víspera de su muerte, María pide de nuevo llorando a su madre que no la deje sola, pero, al no recibir más explicaciones, ésta lo considera un capricho y no concede ninguna importancia a aquella reiterada súplica.
El 5 de julio, a unos cuarenta metros de la casa, están trillando las habas en la tierra. Alessandro lleva un carro arrastrado por bueyes. Lo hace girar una y otra vez sobre las habas extendidas en el suelo. Hacia las tres de la tarde, en el momento en que María se encuentra sola en casa, Alessandro dice:
-"Assunta, ¿quiere hacer el favor de llevar un momento los bueyes por mí?" Sin sospechar nada, la mujer lo hace. María, sentada en el umbral de la cocina, remienda una camisa que Alessandro le ha entregado después de comer, mientras vigila a su hermanita Teresina, que duerme a su lado.
-"¡María!, grita Alessandro. -¿Qué quieres? -Quiero que me sigas. -¿Para qué? -¡sígueme!
-Si no me dices lo que quieres, no te sigo".
Ante semejante resistencia, el muchacho la agarra violentamente del brazo y la arrastra hasta la cocina, atrancando la puerta. La niña grita, pero el ruido no llega hasta el exterior. Al no conseguir que la víctima se someta, Alessandro la amordaza y esgrime un puñal. María se pone a temblar pero no sucumbe. Furioso, el joven intenta con violencia arrancarle la ropa, pero María se deshace de la mordaza y grita:
-No hagas eso, que es pecado... Irás al infierno.
Poco cuidadoso del juicio de Dios, el desgraciado levanta el arma:
-Si no te dejas, te mato.
Ante aquella resistencia, la atraviesa a cuchilladas. La niña se pone a gritar:
-¡Dios mío! ¡Mamá!, y cae al suelo.
Creyéndola muerta, el asesino tira el cuchillo y abre la puerta para huir, pero, al oírla gemir de nuevo, vuelve sobre sus pasos, recoge el arma y la traspasa otra vez de parte a parte; después, sube a encerrarse a su habitación.
María recibió catorce heridas graves y quedó inconsciente. Al recobrar el conocimiento, llama al señor Serenelli: -¡Giovanni! Alessandro me ha matado... Venga. Casi al mismo tiempo, despertada por el ruido, Teresina lanza un grito estridente, que su madre oye. Asustada, le dice a su hijo Mariano: -Corre a buscar a María; dile que Teresina la llama.
En aquel momento, Giovanni Serenelli sube las escaleras y, al ver el horrible espectáculo que se presenta ante sus ojos, exclama: -¡Assunta, y tú también, Mario, venid! . Mario Cimarelli, un jornalero de la granja, trepa por la escalera a toda prisa. La madre llega también: -¡Mamá!, gime María. -¡Es Alessandro, que quería hacerme daño! Llaman al médico ya los guardias, que llegan a tiempo para impedir que los vecinos, muy excitados, den muerte a Alessandro en el acto.
Sufrimiento redentor
Al llegar al hospital, los médicos se sorprendieron de que la niña todavía no haya sucumbido a sus heridas, pues ha sido alcanzado el pericardio, el corazón, el pulmón izquierdo, el diafragma y el intestino. Al diagnosticar que no tiene cura, llamaron al capellán. María se confiesa con toda claridad. Luego, durante dos horas, los médicos la cuidaron sin dormirla.
María no se lamenta, y no deja de rezar y de ofrecer sus sufrimientos a la santísima Virgen, Madre de los Dolores. Su madre consiguió que le permitan permanecer a la cabecera de la cama. María aún tiene fuerzas para consolarla: -Mamá, querida mamá, ahora estoy bien... ¿Cómo están mis hermanos y hermanas?
En un momento, María le dice a su mamá: -Mamá, dame una gota de agua. -Mi pobre María, el médico no quiere, porque sería peor para ti. Extrañada, María sigue diciendo:
-¿Cómo es posible que no pueda beber ni una gota de agua? Luego, dirige la mirada sobre Jesús crucificado, que también había dicho ¡Tengo sed!, y entendió.
El sacerdote también está a su lado, asistiéndola paternalmente. En el momento de darle la Sagrada Comunión, le preguntó: -María, ¿perdonas de todo corazón a tu asesino? Ella le respondió: -Sí, lo perdono por el amor de Jesús, y quiero que él también venga conmigo al paraíso. Quiero que esté a mi lado... Que Dios lo perdone, porque yo ya lo he perdonado.
Pasando por momentos análogos por los que pasó el Señor Jesús en la Cruz, María recibió la Eucaristía y la Extremaunción, serena, tranquila, humilde en el heroísmo de su victoria.
Después de breves momentos, se le escucha decir: "Papá". Finalmente, María entra en la gloria inmensa de la Comunión con Dios Amor. Es el día 6 de julio de 1902, a las tres de la tarde.
La conversión de Alessandro
En el juicio, Alessandro, aconsejado por su abogado, confesó: -"Me gustaba. La provoqué dos veces al mal, pero no pude conseguir nada. Despechado, preparé el puñal que debía utilizar". Por ello, fue condenado a 30 años de trabajos forzados. Aparentaba no sentir ningún remordimiento del crimen tanto así que a veces se le escuchaba gritar:
-"¡Anímate, Serenelli, dentro de veintinueve años y seis meses serás un burgués!". Sin embargo, unos años más tarde, Mons. Blandini, Obispo de la diócesis donde está la prisión, decide visitar al asesino para encaminarlo al arrepentimiento. -"Está perdiendo el tiempo, monseñor -afirma el carcelero-, ¡es un duro!"
Alessandro recibió al obispo refunfuñando, pero ante el recuerdo de María, de su heroico perdón, de la bondad y de la misericordia infinitas de Dios, se deja alcanzar por la gracia. Después de salir el Prelado, llora en la soledad de la celda, ante la estupefacción de los carceleros.
Después de tener un sueño donde se le apareció María, vestida de blanco en los jardines del paraíso, Alessandro, muy cuestionado, escribió a Mons. Blandino: "Lamento sobre todo el crimen que cometí porque soy consciente de haberle quitado la vida a una pobre niña inocente que, hasta el último momento, quiso salvar su honor, sacrificándose antes que ceder a mi criminal voluntad. Pido perdón a Dios públicamente, ya la pobre familia, por el enorme crimen que cometí. Confío obtener también yo el perdón, como tantos otros en la tierra". Su sincero arrepentimiento y su buena conducta en el penal le devuelven la libertad cuatro años antes de la expiración de la pena. Después, ocupará el puesto de hortelano en un convento de capuchinos, mostrando una conducta ejemplar, y será admitido en la orden tercera de san Francisco.
Gracias a su buena disposición, Alessandro fue llamado como testigo en el proceso de beatificación de María. Resultó algo muy delicado y penoso para él, pero confesó: "Debo reparación, y debo hacer todo lo que esté en mi mano para su glorificación. Toda la culpa es mía. Me dejé llevar por la brutal pasión. Ella es una santa, una verdadera mártir. Es una de las primeras en el paraíso, después de lo que tuvo que sufrir por mi causa".
En la Navidad de 1937, Alessandro se dirigió a Corinaldo, lugar donde Assunta Goretti se había retirado con sus hijos. Lo hace simplemente para hacer reparación y pedir perdón a la madre de su víctima. Nada más llegar ante ella, le pregunta llorando. -"Assunta, ¿puede perdonarme? -Si María te perdonó -balbucea-, ¿cómo no voy a perdonarte yo?" El mismo día de Navidad, los habitantes de Corinaldo se ven sorprendidos y emocionados al ver aproximarse a la mesa de la Eucaristía, uno junto a otro, a Alessandro y Assunta.
Después del nacimiento de su cuarto hijo, Luigi Goretti, por la dura crisis económica por la que atravesaba, decidió emigrar con su familia a las grandes llanuras de los campos romanos, todavía insalubres en aquella época.
Se instaló en Ferriere di Conca, poniéndose al servicio del conde Mazzoleni, es aquí donde María muestra claramente una inteligencia y una madurez precoces, donde no existía ninguna pizca de capricho, ni de desobediencia, ni de mentira. Es realmente el ángel de la familia.
Tras un año de trabajo agotador, Luigi contrajo una enfermedad fulminante, el paludismo, que lo llevó a la muerte después de padecer diez días. Como consecuencia de la muerte de Luigi, Assunta tuvo que trabajar dejando la casa a cargo de los hermanos mayores. María lloraba a menudo la muerte de su padre, y aprovecha cualquier ocasión para arrodillarse delante de su tumba, para elevar a Dios sus plegarias para que su padre goce de la gloria divina.
Junto a la labor de cuidar de sus hermanos menores, María seguía rezando y asistiendo a sus cursos de catecismo. Posteriormente, su madre contará que el rosario le resultaba necesario y, de hecho, lo llevaba siempre enrollado alrededor de la muñeca. Así como la contemplación del crucifijo, que fue para María una fuente donde se nutría de un intenso amor a Dios y de un profundo horror por el pecado.
Amor intenso al Señor
María desde muy chica anhelaba recibir la Sagrada Eucaristía. Según era costumbre en la época, debía esperar hasta los once años, pero un día le preguntó a su madre: -Mamá, ¿cuándo tomaré la Comunión?. Quiero a Jesús. -¿Cómo vas a tomarla, si no te sabes el catecismo? Además, no sabes leer, no tenemos dinero para comprarte el vestido, los zapatos y el velo, y no tenemos ni un momento libre. -¡Pues nunca podré tomar la Comunión, mamá! ¡Y yo no puedo estar sin Jesús! -Y, ¿qué quieres que haga? No puedo dejar que vayas a comulgar como una pequeña ignorante.
Ante estas condiciones, María se comenzó a preparar con la ayuda de una persona del lugar, y todo el pueblo la ayuda proporcionándole ropa de comunión. De esta manera, recibió la Eucaristía el 29 de mayo de 1902.
La comunión constante acrecienta en ella el amor por la pureza y la anima a tomar la resolución de conservar esa angélica virtud a toda costa. Un día, tras haber oído un intercambio de frases deshonestas entre un muchacho y una de sus compañeras, le dice con indignación a su madre: -Mamá, iqué mal habla esa niña! -Procura no tomar parte nunca en esas conversaciones. -No quiero ni pensarlo, mamá; antes que hacerlo, preferiría...Y la palabra morir queda entre sus labios. Un mes después, sucedería lo que ella sentenció.
Pureza eterna
Al entrar al servicio del conde Mazzoleni, Luigi Goretti se había asociado con Giovanni Serenelli y su hijo Alessandro. Las dos familias viven en apartamentos separados, pero la cocina es común. Luigi se arrepintió enseguida de aquella unión con Giovanni Serenelli, persona muy diferente de los suyos, bebedor y carente de discreción en sus palabras.
Después de la muerte de Luigi, Assunta y sus hijos habían caído bajo el yugo despótico de los Serenelli, María, que ha comprendido la situación, se esfuerza por apoyar a su madre: -Ánimo, mamá, no tengas miedo, que ya nos hacemos mayores. Basta con que el Señor nos conceda salud. La Providencia nos ayudará. ¡Lucharemos y seguiremos luchando!
Desde la muerte de su marido, Assunta siempre estuvó en el campo y ni siquiera tiene tiempo de ocuparse de la casa, ni de la instrucción religiosa de los más pequeños.
María se encarga de todo, en la medida de lo posible. Durante las comidas, no se sienta a la mesa hasta que no ha servido a todos, y para ella sirve las sobras. Su obsequiosidad se extiende igualmente a los Serenelli. Por su parte, Giovanni, cuya esposa había fallecido en el hospital psiquiátrico de Ancona, no se preocupa para nada de su hijo Alessandro, joven robusto de diecinueve años, grosero y vicioso, al que le gusta empapelar su habitación con imágenes obscenas y leer libros indecentes. En su lecho de muerte, Luigi Goretti había presentido el peligro que la compañía de los Serenelli representaba para sus hijos, y había repetido sin cesar a su esposa: -Assunta, regresa a Corinaldo! Por desgracia Assunta está endeudada y comprometida por un contrato de arrendamiento.
Después de tener mayor contacto con la familia Goretti, Alessandro comenzó a hacer proposiciones deshonestas a la inocente María, que en un principio no comprende.
Más tarde, al adivinar las intenciones perversas del muchacho, la joven está sobre aviso y rechaza la adulación y las amenazas. Suplica a su madre que no la deje sola en casa, pero no se atreve a explicarle claramente las causas de su pánico, pues Alessandro la ha amenazado: -Si le cuentas algo a tu madre, te mato. Su único recurso es la oración. La víspera de su muerte, María pide de nuevo llorando a su madre que no la deje sola, pero, al no recibir más explicaciones, ésta lo considera un capricho y no concede ninguna importancia a aquella reiterada súplica.
El 5 de julio, a unos cuarenta metros de la casa, están trillando las habas en la tierra. Alessandro lleva un carro arrastrado por bueyes. Lo hace girar una y otra vez sobre las habas extendidas en el suelo. Hacia las tres de la tarde, en el momento en que María se encuentra sola en casa, Alessandro dice:
-"Assunta, ¿quiere hacer el favor de llevar un momento los bueyes por mí?" Sin sospechar nada, la mujer lo hace. María, sentada en el umbral de la cocina, remienda una camisa que Alessandro le ha entregado después de comer, mientras vigila a su hermanita Teresina, que duerme a su lado.
-"¡María!, grita Alessandro. -¿Qué quieres? -Quiero que me sigas. -¿Para qué? -¡sígueme!
-Si no me dices lo que quieres, no te sigo".
Ante semejante resistencia, el muchacho la agarra violentamente del brazo y la arrastra hasta la cocina, atrancando la puerta. La niña grita, pero el ruido no llega hasta el exterior. Al no conseguir que la víctima se someta, Alessandro la amordaza y esgrime un puñal. María se pone a temblar pero no sucumbe. Furioso, el joven intenta con violencia arrancarle la ropa, pero María se deshace de la mordaza y grita:
-No hagas eso, que es pecado... Irás al infierno.
Poco cuidadoso del juicio de Dios, el desgraciado levanta el arma:
-Si no te dejas, te mato.
Ante aquella resistencia, la atraviesa a cuchilladas. La niña se pone a gritar:
-¡Dios mío! ¡Mamá!, y cae al suelo.
Creyéndola muerta, el asesino tira el cuchillo y abre la puerta para huir, pero, al oírla gemir de nuevo, vuelve sobre sus pasos, recoge el arma y la traspasa otra vez de parte a parte; después, sube a encerrarse a su habitación.
María recibió catorce heridas graves y quedó inconsciente. Al recobrar el conocimiento, llama al señor Serenelli: -¡Giovanni! Alessandro me ha matado... Venga. Casi al mismo tiempo, despertada por el ruido, Teresina lanza un grito estridente, que su madre oye. Asustada, le dice a su hijo Mariano: -Corre a buscar a María; dile que Teresina la llama.
En aquel momento, Giovanni Serenelli sube las escaleras y, al ver el horrible espectáculo que se presenta ante sus ojos, exclama: -¡Assunta, y tú también, Mario, venid! . Mario Cimarelli, un jornalero de la granja, trepa por la escalera a toda prisa. La madre llega también: -¡Mamá!, gime María. -¡Es Alessandro, que quería hacerme daño! Llaman al médico ya los guardias, que llegan a tiempo para impedir que los vecinos, muy excitados, den muerte a Alessandro en el acto.
Sufrimiento redentor
Al llegar al hospital, los médicos se sorprendieron de que la niña todavía no haya sucumbido a sus heridas, pues ha sido alcanzado el pericardio, el corazón, el pulmón izquierdo, el diafragma y el intestino. Al diagnosticar que no tiene cura, llamaron al capellán. María se confiesa con toda claridad. Luego, durante dos horas, los médicos la cuidaron sin dormirla.
María no se lamenta, y no deja de rezar y de ofrecer sus sufrimientos a la santísima Virgen, Madre de los Dolores. Su madre consiguió que le permitan permanecer a la cabecera de la cama. María aún tiene fuerzas para consolarla: -Mamá, querida mamá, ahora estoy bien... ¿Cómo están mis hermanos y hermanas?
En un momento, María le dice a su mamá: -Mamá, dame una gota de agua. -Mi pobre María, el médico no quiere, porque sería peor para ti. Extrañada, María sigue diciendo:
-¿Cómo es posible que no pueda beber ni una gota de agua? Luego, dirige la mirada sobre Jesús crucificado, que también había dicho ¡Tengo sed!, y entendió.
El sacerdote también está a su lado, asistiéndola paternalmente. En el momento de darle la Sagrada Comunión, le preguntó: -María, ¿perdonas de todo corazón a tu asesino? Ella le respondió: -Sí, lo perdono por el amor de Jesús, y quiero que él también venga conmigo al paraíso. Quiero que esté a mi lado... Que Dios lo perdone, porque yo ya lo he perdonado.
Pasando por momentos análogos por los que pasó el Señor Jesús en la Cruz, María recibió la Eucaristía y la Extremaunción, serena, tranquila, humilde en el heroísmo de su victoria.
Después de breves momentos, se le escucha decir: "Papá". Finalmente, María entra en la gloria inmensa de la Comunión con Dios Amor. Es el día 6 de julio de 1902, a las tres de la tarde.
La conversión de Alessandro
En el juicio, Alessandro, aconsejado por su abogado, confesó: -"Me gustaba. La provoqué dos veces al mal, pero no pude conseguir nada. Despechado, preparé el puñal que debía utilizar". Por ello, fue condenado a 30 años de trabajos forzados. Aparentaba no sentir ningún remordimiento del crimen tanto así que a veces se le escuchaba gritar:
-"¡Anímate, Serenelli, dentro de veintinueve años y seis meses serás un burgués!". Sin embargo, unos años más tarde, Mons. Blandini, Obispo de la diócesis donde está la prisión, decide visitar al asesino para encaminarlo al arrepentimiento. -"Está perdiendo el tiempo, monseñor -afirma el carcelero-, ¡es un duro!"
Alessandro recibió al obispo refunfuñando, pero ante el recuerdo de María, de su heroico perdón, de la bondad y de la misericordia infinitas de Dios, se deja alcanzar por la gracia. Después de salir el Prelado, llora en la soledad de la celda, ante la estupefacción de los carceleros.
Después de tener un sueño donde se le apareció María, vestida de blanco en los jardines del paraíso, Alessandro, muy cuestionado, escribió a Mons. Blandino: "Lamento sobre todo el crimen que cometí porque soy consciente de haberle quitado la vida a una pobre niña inocente que, hasta el último momento, quiso salvar su honor, sacrificándose antes que ceder a mi criminal voluntad. Pido perdón a Dios públicamente, ya la pobre familia, por el enorme crimen que cometí. Confío obtener también yo el perdón, como tantos otros en la tierra". Su sincero arrepentimiento y su buena conducta en el penal le devuelven la libertad cuatro años antes de la expiración de la pena. Después, ocupará el puesto de hortelano en un convento de capuchinos, mostrando una conducta ejemplar, y será admitido en la orden tercera de san Francisco.
Gracias a su buena disposición, Alessandro fue llamado como testigo en el proceso de beatificación de María. Resultó algo muy delicado y penoso para él, pero confesó: "Debo reparación, y debo hacer todo lo que esté en mi mano para su glorificación. Toda la culpa es mía. Me dejé llevar por la brutal pasión. Ella es una santa, una verdadera mártir. Es una de las primeras en el paraíso, después de lo que tuvo que sufrir por mi causa".
En la Navidad de 1937, Alessandro se dirigió a Corinaldo, lugar donde Assunta Goretti se había retirado con sus hijos. Lo hace simplemente para hacer reparación y pedir perdón a la madre de su víctima. Nada más llegar ante ella, le pregunta llorando. -"Assunta, ¿puede perdonarme? -Si María te perdonó -balbucea-, ¿cómo no voy a perdonarte yo?" El mismo día de Navidad, los habitantes de Corinaldo se ven sorprendidos y emocionados al ver aproximarse a la mesa de la Eucaristía, uno junto a otro, a Alessandro y Assunta.
sábado, 26 de junio de 2010
jueves, 24 de junio de 2010
miércoles, 23 de junio de 2010
lunes, 21 de junio de 2010
viernes, 18 de junio de 2010
jueves, 10 de junio de 2010
martes, 8 de junio de 2010
Se llama Juan...
La Comunidad del Cordero-Dominica, están presentes en Europa y en América Latina. Erigida el 6 de febrero de 1983 en Francia, reconocida el 16 de julio de 1983 por el Padre Vicent de Couesnongle OP. Maestro de la Órden de predicadores
Se llama Juan...
Se llama Juan...
Como podría llamarse, Ricardo, Javier o Luis. El nombre es lo de menos. Lo que importa es lo que hace… o lo que no hace, según del lado por el que se vea. Porque he encontrado a Juan junto con un amigo suyo, mendigando, pidiendo pan para comer. Serían como las dos de la tarde, en un caluroso día de verano por las calles de Roma, cuando las casas se cierran a cal y canto para defenderse del calor del mediodía. Y ahí estaba él. Joven y vigoroso, pero sin trabajo. Con posibilidades de tener una familia, pero permanecía soltero, por elección propia, según me dijo más adelante. Tenía los ademanes, la elegancia y la voz de un joven empresario, de un hombre de mundo, pero no era más que un mendigo.
Pensé decirle: “-Pero Juan… ¿por qué no trabajas? Y además… aquí en Europa. ¿Un pobre que pide de puerta en puerta el pan de cada día en Europa?” Este pensamiento hizo que me asaltara una duda terrible. No debería ser un pobre, sino un loco. Eran muchas contradicciones al mismo tiempo. No acaba de salir de esta inquietud cuando, alejándose un poco, lo oí hablar en perfecto francés con un hombre para pedirle autostop para Francia.
No me aguanté más y le pregunté:
-Dime, Juan, ¿quién eres?
-Soy un pobre.
-No estoy para bromas, Juan. ¿Quién eres?
-Soy un sacerdote de los Hermanitos del Cordero.
-¿Qué que? ¿Un sacerdote? ¡Eres un loco Juan! ¿Qué hace un sacerdote en medio de las calles, pidiendo autostop para Francia?¡Eres un loco, Juan! Si eres sacerdote porque no estás en la Iglesia, diciendo misa, rezando, dando catequesis a los niños, o cuidando a los enfermos. Hay muchas formas de ser sacerdote, pero no está de andar vagando por las calles. Vamos Juan… dime que no es cierto, que no eres un sacerdote.
Y fue así cómo Juan me comentó que él no está en oposición a lo que hace la Iglesia. Qué él ama a la Iglesia católica y quiere hacer lo mismo que hace la Iglesia. Que él va desde la Iglesia hasta las márgenes, hasta los pobres. Me dijo que esta pequeña fundación de los Hermanitos y las Hermanitas del Cordero nació en Francia en 1983 y ha ido desarrollándose a lo largo de estos años. Cuenta ya con un centenar de hermanitas y con 25 hermanitos, entre los cuales el hermano Juan es sacerdote. Lo que hacen es evangelizar a los pobres a través del testimonio de sus vidas y mendigando el pan casa por casa. Son estos encuentros con la gente los que les sirven para evangelizar.
-Juan… no te entiendo. ¿Quieres decirme que has dejado todo en tu vida para evangelizar a los pobres? ¿Y para eso te has hecho mendigo?
Me miró con sus ojos profundos, negros y me dijo:
-Me he hecho mendigo no sólo para evangelizar a los pobres. Si así lo hubiera hecho, estaría haciendo teatro o poniéndome un disfraz. No. Me he hecho pobre, a semejanza de Domingo y de Francisco, que se hicieron pobres para imitar a Cristo. La pobreza no es un método de evangelización. Es un signo profético de Dios. Él es el verdadero mendigo que golpea a las puertas de los corazones de los hombres para pedirles amor. Yo sólo soy un instrumento suyo. Yo le presto mis pies, para que Él camine las calles de las grandes ciudades. Le presto mis manos para que sean sus manos las que toquen las puertas de las casas y de los hombres. Le doy mis labios para que Él hable por mí. Le regalo mi hambre para que los hombres se compadezcan de Él.
-Y… ¿no los rechazan algunas veces?
-¿Quieres decir que nos cierran la puerta, o nos dicen que estamos locos, o que nos van a demandar con la policía? ¡Sí!
-¿Si? ¿Y lo dices así de tranquilo y de contento?
-Bueno, es que tú sabes… nos preparamos para este tipo de negativas. Durante la mañana tenemos grandes momentos de adoración, de contemplación. Así alimentamos y fortificamos nuestras almas, para luego salir a evangelizar. Cada encuentro en la calle, en la carretera es un encuentro providencial para poder evangelizar, para poder dar a conocer el Amor de Dios a los hombres. No nos preocupamos de las negativas. Quizás Dios se valga de ellas para abrir el corazón a tantos hombres.
-¿Quieres decir que dedicas mucho tiempo a la oración? ¿No te aburres?
-¡No, hombre! ¡Para nada! Porque la oración no es como tú la ves. No es simplemente un tomar fuerzas para luego enfrentarnos a las negativas de los hombres. Es escuchar la palabra de Dios, confrontar nuestra vida con la vida de Él, buscar su voluntad, mover nuestro corazón para cumplir su voluntad. ¡Es estar amando al Amado!
Y al hablar de la oración Juan se emocionaba. Lo podía ver y lo podía sentir. Sus ojos brillaban de felicidad, sus manos se movían pausadamente, enfatizando cada palabra y el tono de voz parecía envolverme sin yo darme cuenta. Al oírlo, me parecía escuchar a Domingo de Guzmán y al verlo mendigar, me recordaba tanto a Francisco de Asís, el juglar de Dios que bendecía a quienes le lanzaban una piedra y a quienes lo insultaban.
Quizás la situación externa de Europa había cambiado mucho: ya no eran caballos los que se veían en las aceras, sino coches. Los telares y las tierras de cultivo han dado origen a grandes industrias que llevan la economía del mundo y por las calles los escaparates dictan la moda y la vanidad. Pero el corazón de los europeos aún necesita ser evangelizado y Juan, junto con un puñado de valientes, ha elegido este camino.
De lejos me despedí de Juan y de su amigo, pues siempre van de dos en dos. ¿Quién sería el loco? ¿Yo o él?
Si quieres conocer más la vida de Juan, y te interesa ser un juglar de Dios en el siglo XXI, llama o escribe a Barcelona:
Hermanitas del Cordero
San Jaime C/Ferrán, 28
08002 Barcelona España
Teléfono + 93 317 09 37
La Comunidad del Cordero-Dominica, están presentes en Europa y en América Latina.
Erigida el 6 de febrero de 1983 en Francia, reconocida el 16 de julio de 1983 por el Padre Vicent de Couesnongle OP. Maestro de la Órden de predicadores.
Autor: German Sanchez Griese | Fuente: Catholic.net
Se llama Juan...
Se llama Juan...
Como podría llamarse, Ricardo, Javier o Luis. El nombre es lo de menos. Lo que importa es lo que hace… o lo que no hace, según del lado por el que se vea. Porque he encontrado a Juan junto con un amigo suyo, mendigando, pidiendo pan para comer. Serían como las dos de la tarde, en un caluroso día de verano por las calles de Roma, cuando las casas se cierran a cal y canto para defenderse del calor del mediodía. Y ahí estaba él. Joven y vigoroso, pero sin trabajo. Con posibilidades de tener una familia, pero permanecía soltero, por elección propia, según me dijo más adelante. Tenía los ademanes, la elegancia y la voz de un joven empresario, de un hombre de mundo, pero no era más que un mendigo.
Pensé decirle: “-Pero Juan… ¿por qué no trabajas? Y además… aquí en Europa. ¿Un pobre que pide de puerta en puerta el pan de cada día en Europa?” Este pensamiento hizo que me asaltara una duda terrible. No debería ser un pobre, sino un loco. Eran muchas contradicciones al mismo tiempo. No acaba de salir de esta inquietud cuando, alejándose un poco, lo oí hablar en perfecto francés con un hombre para pedirle autostop para Francia.
No me aguanté más y le pregunté:
-Dime, Juan, ¿quién eres?
-Soy un pobre.
-No estoy para bromas, Juan. ¿Quién eres?
-Soy un sacerdote de los Hermanitos del Cordero.
-¿Qué que? ¿Un sacerdote? ¡Eres un loco Juan! ¿Qué hace un sacerdote en medio de las calles, pidiendo autostop para Francia?¡Eres un loco, Juan! Si eres sacerdote porque no estás en la Iglesia, diciendo misa, rezando, dando catequesis a los niños, o cuidando a los enfermos. Hay muchas formas de ser sacerdote, pero no está de andar vagando por las calles. Vamos Juan… dime que no es cierto, que no eres un sacerdote.
Y fue así cómo Juan me comentó que él no está en oposición a lo que hace la Iglesia. Qué él ama a la Iglesia católica y quiere hacer lo mismo que hace la Iglesia. Que él va desde la Iglesia hasta las márgenes, hasta los pobres. Me dijo que esta pequeña fundación de los Hermanitos y las Hermanitas del Cordero nació en Francia en 1983 y ha ido desarrollándose a lo largo de estos años. Cuenta ya con un centenar de hermanitas y con 25 hermanitos, entre los cuales el hermano Juan es sacerdote. Lo que hacen es evangelizar a los pobres a través del testimonio de sus vidas y mendigando el pan casa por casa. Son estos encuentros con la gente los que les sirven para evangelizar.
-Juan… no te entiendo. ¿Quieres decirme que has dejado todo en tu vida para evangelizar a los pobres? ¿Y para eso te has hecho mendigo?
Me miró con sus ojos profundos, negros y me dijo:
-Me he hecho mendigo no sólo para evangelizar a los pobres. Si así lo hubiera hecho, estaría haciendo teatro o poniéndome un disfraz. No. Me he hecho pobre, a semejanza de Domingo y de Francisco, que se hicieron pobres para imitar a Cristo. La pobreza no es un método de evangelización. Es un signo profético de Dios. Él es el verdadero mendigo que golpea a las puertas de los corazones de los hombres para pedirles amor. Yo sólo soy un instrumento suyo. Yo le presto mis pies, para que Él camine las calles de las grandes ciudades. Le presto mis manos para que sean sus manos las que toquen las puertas de las casas y de los hombres. Le doy mis labios para que Él hable por mí. Le regalo mi hambre para que los hombres se compadezcan de Él.
-Y… ¿no los rechazan algunas veces?
-¿Quieres decir que nos cierran la puerta, o nos dicen que estamos locos, o que nos van a demandar con la policía? ¡Sí!
-¿Si? ¿Y lo dices así de tranquilo y de contento?
-Bueno, es que tú sabes… nos preparamos para este tipo de negativas. Durante la mañana tenemos grandes momentos de adoración, de contemplación. Así alimentamos y fortificamos nuestras almas, para luego salir a evangelizar. Cada encuentro en la calle, en la carretera es un encuentro providencial para poder evangelizar, para poder dar a conocer el Amor de Dios a los hombres. No nos preocupamos de las negativas. Quizás Dios se valga de ellas para abrir el corazón a tantos hombres.
-¿Quieres decir que dedicas mucho tiempo a la oración? ¿No te aburres?
-¡No, hombre! ¡Para nada! Porque la oración no es como tú la ves. No es simplemente un tomar fuerzas para luego enfrentarnos a las negativas de los hombres. Es escuchar la palabra de Dios, confrontar nuestra vida con la vida de Él, buscar su voluntad, mover nuestro corazón para cumplir su voluntad. ¡Es estar amando al Amado!
Y al hablar de la oración Juan se emocionaba. Lo podía ver y lo podía sentir. Sus ojos brillaban de felicidad, sus manos se movían pausadamente, enfatizando cada palabra y el tono de voz parecía envolverme sin yo darme cuenta. Al oírlo, me parecía escuchar a Domingo de Guzmán y al verlo mendigar, me recordaba tanto a Francisco de Asís, el juglar de Dios que bendecía a quienes le lanzaban una piedra y a quienes lo insultaban.
Quizás la situación externa de Europa había cambiado mucho: ya no eran caballos los que se veían en las aceras, sino coches. Los telares y las tierras de cultivo han dado origen a grandes industrias que llevan la economía del mundo y por las calles los escaparates dictan la moda y la vanidad. Pero el corazón de los europeos aún necesita ser evangelizado y Juan, junto con un puñado de valientes, ha elegido este camino.
De lejos me despedí de Juan y de su amigo, pues siempre van de dos en dos. ¿Quién sería el loco? ¿Yo o él?
Si quieres conocer más la vida de Juan, y te interesa ser un juglar de Dios en el siglo XXI, llama o escribe a Barcelona:
Hermanitas del Cordero
San Jaime C/Ferrán, 28
08002 Barcelona España
Teléfono + 93 317 09 37
La Comunidad del Cordero-Dominica, están presentes en Europa y en América Latina.
Erigida el 6 de febrero de 1983 en Francia, reconocida el 16 de julio de 1983 por el Padre Vicent de Couesnongle OP. Maestro de la Órden de predicadores.
Autor: German Sanchez Griese | Fuente: Catholic.net
domingo, 6 de junio de 2010
SE DEBEN SOPORTAR LAS TENTACIONES SIN TURBACIÓN Y CON ACCIÓN DE GRACIAS.SAN DOROTEO DE GAZA
Como ha dicho muy bien abba Poimén, el verdadero monje se da a conocer en las tentaciones. Como dice la Sabiduría, el monje que se compromete a servir a Dios debe prepararse para las tentaciones (Ecle 2, 1), a fin de que no se sorprenda ni perturbe por lo que pueda acontecerle, creyendo firmemente que todo aquello que le sucede responde a la Providencia de Dios. Y donde se encuentra la Providencia de Dios, todo lo que llega es necesariamente bueno y de provecho para el alma. Todo lo que Dios hace con nosotros lo hace para nuestro crecimiento, con amor y bondad para con nosotros. De esta manera, como dice el Apóstol: En todas las cosas debemos dar gracias (1 Ts 5, 18) por su bondad, y no descorazonarnos nunca ni desfallecer por lo que nos suceda, sino recibir sin perturbarnos todos los acontecimientos, con humildad y confianza en Dios, seguros, tal como he dicho, de que todo lo que Dios permite lo hace para nuestro bien, por amor a nosotros, y sea lo que fuere está bien hecho. Y las cosas nunca están bien hechas sino cuando Dios en su misericordia dispone de ellas.
139. Si una persona tiene un amigo y sabe que lo estima, seguramente si sufre algo de parte de él, aunque sea algo muy penoso, estar seguro de que lo hace porque lo quiere y no llegar a pensar nunca que se lo hace para dañarlo. ¡Cuánto más debemos considerar que todo lo que hace Dios, nuestro Creador, que nos sacó de la nada para darnos el ser, que se hizo hombre y murió por nosotros, lo hace por amor y para nuestro bien! Porque en lo que se refiere a un amigo, si bien puedo pensar que actúa con la intención de hacerme un bien, no necesariamente ha de tener suficiente inteligencia para ocuparse de mis intereses y de ese modo, aun sin quererlo, puede hacerme daño. Pero de Dios no podemos decir lo mismo, ya que él es la fuente de la sabiduría. El sabe todo lo que nos es provechoso, y en vista de eso regula todos nuestros acontecimientos, hasta el más mínimo. Respecto de un amigo, también podemos decir: me ama y quiere mi bien; es bien inteligente como para ocuparse de mis intereses, pero no tiene la fuerza necesaria para ayudarme en lo que él cree que puede. Pero eso tampoco podríamos decirlo de Dios, ya que todo le es posible y para él no hay nada imposible.
De este modo, sabemos que Dios ama a su creatura y quiere para ella lo que es bueno; El es también la fuente de la sabiduría y sabe cómo arreglar nuestras actividades; nada le es imposible porque todas las cosas están sometidas a su voluntad. Sabiendo entonces que todo lo que hace lo hace para nuestro provecho, debemos recibirlo como he dicho, con acción de gracias, como proveniente de un Maestro generoso y bueno, aunque sea algo penoso. Todo proviene de su justo juicio y Dios, que es tan misericordioso, no mira con indiferencia las penas que nos puedan sobrevenir.
140. Frecuentemente nos hacemos la siguiente pregunta: si en las adversidades el sufrimiento nos conduce a pecar, ¿cómo podremos decir que son para nuestro bien? Pues pecamos, en ese caso, cuando nos falta resignación y no queremos soportar lo más mínimo ni sufrir nada que nos contraríe. Porque en efecto, Dios no permite que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas, tal como dice el Apóstol: Dios es fiel y no permitir que seáis tentados más allá de lo que podáis soportar (1 Co 10, 13). Somos nosotros los que no tenemos paciencia, y no queremos sufrir un poco ni soportar lo que se nos manda con humildad. De esta manera las tentaciones nos quebrantar y cuanto más nos esforzamos por escapar de ellas, más nos abaten nos descorazonan, sin por eso poder librarnos de las mismas.
Los que nadan en el mar y conocen el arte de la natación, se sumergen cuando les llega la ola, y la pasan por debajo, hasta que se aleja. Después siguen nadando sin dificultad. Si quisieran enfrentar la ola, los chocaría y los llevaría a buena distancia. Al volver a nadar les viene otra ola y si se resisten nuevamente, otra vez serán llevados lejos y sólo lograrán fatigarse sin avanzar. En cambio si se sumergen bajo la ola, si se agachan por debajo de ella, la ola pasar sin arrastrarlos; podrán seguir nadando cuanto quieran y lograr la meta que quieren alcanzar. Lo mismo sucede con las tentaciones. Soportadas con humildad y paciencia, pasan sin hacer daño. Pero si insistimos en afligirnos, en alterarnos, en acusar a todo el mundo, sufrimos nosotros mismos, la tentación se transforma en insoportable, y finalmente no sólo no nos resulta de provecho, sino que nos hace daño.
141. Las tentaciones son muy provechosas para quien las soporta sin atormentarse. Incluso si es una pasión la que nos aflige, no debemos perturbarnos por ello. Si nos perturbamos se debe a nuestra ignorancia y a nuestro orgullo, lo cual es debido al desconocimiento del estado de nuestra alma, y al querer huir del sufrimiento. Como dicen los Padres: "Si no progresamos, se debe a que ignoramos nuestros límites, a que no tenemos constancia en las obras que comenzamos y a que queremos alcanzar la virtud sin ningún esfuerzo". ¿A qué se debe que el que está preso de una pasión se asombre de ser atormentado por ella? ¿Por qué se atormenta por un lado, mientras que por el otro la pone en práctica? ¿La tienes y te escandalizas? La tienes dentro y te dices: "¿Por qué me atormenta?". Mejor sopórtala, cómbatela e invoca a Dios. Es imposible no sufrir los efectos de una pasión cuando se ha llegado a ponerla en práctica. Abba Sisoes decía: "Los instrumentos de las pasiones están dentro tuyo. Devuélveles lo que les pertenece y se irán". Por "instrumentos" entendía sus causas. En tanto que las amamos y nos valemos de ellas es imposible que no seamos víctimas de pensamientos apasionados, que llegan incluso a violentar nuestra voluntad para poner en práctica la pasión, puesto que voluntariamente nos hemos entregado en sus manos.
142. Esto es lo que dice el Profeta acerca de Efraín, quien ha maltratado a su adversario, es decir a su conciencia, y ha pisoteado el juicio (Os 5, 11). Buscó a Egipto, dice, y ha sido llevado a la fuerza por los asirios (cf Os 7, 11). Por Egipto los Padres entienden el deseo carnal, que nos inclina a complacer al cuerpo y vuelve sensual al espíritu; y por asirios, los pensamientos apasionados, que ensucian y entenebrecen el espíritu, lo llenan de imágenes impuras y lo fuerzan contra su voluntad a cometer el pecado. Cuando uno se entrega deliberadamente a los placeres del cuerpo, ser necesariamente llevado a la fuerza por los asirios, aunque él no lo quiera, para servir a Nabucodonosor. Sabiendo eso, el Profeta desfallecía y decía: No vayáis a Egipto (Jr 42, 19). ¿Qué es lo que hacen, desdichados? ¡Humíllense un poco, doblen la cerviz, trabajen por el rey de Babilonia y permanezcan en la tierra de sus padres! Después los alentaba diciendo: No temáis al rey de Babilonia porque Dios está con nosotros para librarnos de sus manos (Jr 42, 11). Luego les anunciaba el mal que les llegaría si no obedecían a Dios: Si vais a Egipto será un callejón sin salida, seréis reducidos a esclavitud y objeto de maldiciones y ultrajes (cf. Jr 42,15-18). Pero ellos le respondieron: No nos quedaremos en este país. Iremos a Egipto, donde no habrá guerra, no oiremos más el sonido de la trompeta y no pasaremos más hambre (cf. Jr 42,13-14). Se fueron entonces a servir voluntariamente al Faraón, pero en seguida fueron llevado por la fuerza hacia Asiria, y pasaron a ser, a pesar suyo, sus esclavos.
143. Presten atención a estas palabras. Aquel que no ha puesto en práctica una pasión, aunque los pensamientos le hagan la guerra, se encuentra todavía en su propia ciudad, es libre y tiene a Dios para que lo ayude. Si se humilla ante Él y sobrelleva con acción de gracia el peso de la gravosa tentación, luchando un poco, el auxilio de Dios lo salvará. Pero si por el contrario rehuye la pena y se deja llevar por el placer del cuerpo, ser llevado necesariamente por la fuerza al país de los asirios para servirlos, muy a pesar suyo.
Pero el Profeta dice también a los israelitas: Orad por la vida de Nabucodonosor, pues de su vida depende vuestra salvación (Ba 1,11-22). Nabucodonosor simboliza el no desfallecer ante la prueba de la tentación que sobreviene, ni rebelarse contra ella, sino soportarla humildemente sobrellevarla como una cosa merecida, creer que no se es digno de ser liberado de ese fardo, sino más bien de que la tentación se prolongue y se haga más fuerte, con la certeza de que si bien se desconoce la causa por el momento, nada desubicado ni injusto puede provenir de Dios. Así pensaba el hermano que se afligía y lloraba porque Dios le había quitado la tentación: "Señor, decía, ¿acaso no soy digno de sufrir un poco?". También se relata que el discípulo de un gran anciano fue tentado un día de fornicar. El anciano al verlo apenado le dijo: "¿Quieres que le pida a Dios que te alivie de este combate?". Pero el discípulo le respondió: "Si tengo que sufrir una pena, Padre, veo el fruto de ella en mí. Pídele más bien a Dios que me dé paciencia".
144. ¡Estos son los que realmente desean ser salvados! Y esto es llevar con humildad el yugo y orar por la vida de Nabucodonosor. El Profeta dice: Porque de su vida depende vuestra salvación. Quien dice como ese hermano: "Veo en mí el fruto de mi pena", equivale a decir: De su vida depende mi salvación. Esto se lo muestra el anciano cuando le responde al hermano: "Hoy sé que estás en el camino del crecimiento y que me superas".
Porque verdaderamente, si uno combate por no cometer pecado y se pone a luchar contra los mismos pensamientos apasionados que le vienen al alma, y es humillado y quebrantado por la lucha, poco a poco, el sufrimiento de los combates lo va purificando y lo lleva al estado natural. Tal como hemos dicho, perturbarse cuando se combate una pasión es fruto de la ignorancia y del orgullo. Más bien debemos reconocer nuestros limites humildemente, y esperar en la oración que Dios tenga misericordia. Porque el que no es tentado y desconoce el tormento de las pasiones, no lucha y no puede ser purificado. Respecto de ello dice el Salmo: Cuando los pecadores crecen como la hierba, y se revelan todos los que hacen el mal, es para ser aniquilados para siempre (Sal 91, 8). Los pecadores que brotan como la hierba son los pensamientos apasionados, pues la hierba es frágil y sin fuerza. Cuando los pensamientos apasionados brotan en el alma, entonces se revelan todos los que hacen el mal, es decir, se descubren las pasiones, para ser aniquiladas para siempre. Sólo cuando las pasiones manifiestan a los que combaten, es cuando las pueden aniquilar.
145. Vean de qué forma se encadenan estas palabras: primero nacen los pensamientos apasionados, se manifiestan las pasiones y es entonces cuando son aniquiladas. Todo esto se refiere a los que luchan, pero nosotros, que cometemos pecados y jugueteamos con las pasiones, no podemos saber cuándo nacen esos pensamientos apasionados, ni cuándo aparecen las pasiones para poder combatir contra ellas. Todavía estamos abajo, en Egipto, miserablemente ocupados en hacer ladrillos para el Faraón. ¿Quién al menos nos dar la posibilidad de tomar conciencia de nuestra amarga servidumbre, a fin de humillarnos y esforzarnos por obtener misericordia?
Cuando los hijos de Israel estaban en Egipto al servicio del Faraón, se dedicaban a hacer ladrillos, y los que hacen ladrillos están continuamente encorvados, con la mirada fija en la tierra. Del mismo modo, si el alma es presa del diablo y peca, el diablo echa por tierra su espíritu, le prohibe todo pensamiento espiritual, y le obliga a pensar y hacer continuamente cosas terrenas. Con los ladrillos que fabricaron los hijos de Israel construyeron tres ciudades fortificadas para el Faraón: Pitón, Ramsés y On, que es Eliópolis (Ex 1,11): que son el amor al placer, el amor al dinero y el amor a la gloria, las tres fuentes de todos los pecados.
146. Al enviar Dios a Moisés para librarlos de la servidumbre del Faraón y hacerlos salir de Egipto, el Faraón les hizo más duros todavía los trabajos y les dijo: ¡Vosotros sois unos perezosos!, por eso andáis diciendo queremos ofrecer sacrificios al Señor nuestro Dios (Ex 5, 17). Del mismo modo, cuando el diablo ve que Dios se ha fijado en un alma para tenerle misericordia, aliviándola de sus pasiones, sea por una palabra sea por alguno de sus servidores, entonces la fustiga cada vez más intensamente con el peso de las pasiones y la ataca con más virulencia. Sabiendo esto los Padres fortalecían al hombre con sus enseñanzas y no dejaban que se amedrentase. Uno de ellos dijo: "¿Has caído? ¡Levántate! ¿Caes de nuevo? Levántate nuevamente!". Otro dice: "La fuerza de los que quieren adquirir las virtudes consiste el no descorazonarse cuando caen, sino retomar sus propósitos". Cada uno a su manera, de una forma u otra, tienden la mano a los que son combatidos y atormentados por el enemigo. Al hacer esto los Padres se inspiraban en las Palabras de la Divina Escritura: El que cae ¿no se vuelve a levantar?. Y el que se aleja ¿no vuelve?. Volved, hijos, a mí y yo curaré vuestras heridas, dice el Señor (Jr 8, 4 y 3, 22). Y otros textos semejantes.
147. Cuando el peso de la mano de Dios cayó sobre el Faraón y los suyos, y consintió en dejar partir a los hijos de Israel, dijo a Moisés: Id a sacrificar al Señor vuestro Dios, pero dejad vuestros rebaños y vuestros bueyes (Ex 10, 24), figura de los pensamientos del alma, de los cuales el Faraón quería seguir siendo el dueño, con la esperanza de hacer volver por ellos a los hijos de Israel. Pero Moisés le respondió: No, debes darnos algo para ofrecer sacrificios y holocaustos al Señor, nuestro Dios. Llevaremos nuestros rebaños con nosotros. No quedará ni uno (Ex 10, 25-26). Cuando los hijos de Israel, bajo la conducción de Moisés, abandonaron Egipto y pasaron el mar Rojo. Dios, queriendo conducirlos a las setenta palmeras y a las doce fuentes de agua, los llevó primero al mar , y el pueblo se desesperó al no encontrar agua para beber, porque el agua era amarga. Pero después del mar , Dios los condujo al lugar de las setenta palmeras y las doce fuentes de agua (cf. Ex 15).
148. Del mismo modo el alma que ha dejado de cometer pecados y atraviesa el mar espiritual, debe en primer lugar sufrir en la lucha y en las aflicciones, porque es así, por las pruebas, como entrar en el santo reposo. Porque debemos pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de los cielos (Hch 14, 22). Las tribulaciones mueven la misericordia de Dios hacia el alma , así como los vientos desatan la lluvia. Y así como las excesivas lluvias pudren el brote tierno y destruyen su fruto, mientras que el viento los va secando poco a poco, dándoles vigor, lo mismo sucede con el alma: el relajamiento, la despreocupación, la debilitan y la disipan; las tentaciones, por el contrario, traen el recogimiento y la unión con Dios. Señor, dice el Profeta, en la tribulación nos hemos acordado de ti (Is 26, 16). No debemos por tanto, como he dicho, perturbarnos o descorazonarnos en las tentaciones, sino tener paciencia, dar gracias y pedir a Dios sin cesar, con humildad, que tenga piedad de nuestra debilidad y nos proteja contra toda tentación para gloria suya. Amén.
139. Si una persona tiene un amigo y sabe que lo estima, seguramente si sufre algo de parte de él, aunque sea algo muy penoso, estar seguro de que lo hace porque lo quiere y no llegar a pensar nunca que se lo hace para dañarlo. ¡Cuánto más debemos considerar que todo lo que hace Dios, nuestro Creador, que nos sacó de la nada para darnos el ser, que se hizo hombre y murió por nosotros, lo hace por amor y para nuestro bien! Porque en lo que se refiere a un amigo, si bien puedo pensar que actúa con la intención de hacerme un bien, no necesariamente ha de tener suficiente inteligencia para ocuparse de mis intereses y de ese modo, aun sin quererlo, puede hacerme daño. Pero de Dios no podemos decir lo mismo, ya que él es la fuente de la sabiduría. El sabe todo lo que nos es provechoso, y en vista de eso regula todos nuestros acontecimientos, hasta el más mínimo. Respecto de un amigo, también podemos decir: me ama y quiere mi bien; es bien inteligente como para ocuparse de mis intereses, pero no tiene la fuerza necesaria para ayudarme en lo que él cree que puede. Pero eso tampoco podríamos decirlo de Dios, ya que todo le es posible y para él no hay nada imposible.
De este modo, sabemos que Dios ama a su creatura y quiere para ella lo que es bueno; El es también la fuente de la sabiduría y sabe cómo arreglar nuestras actividades; nada le es imposible porque todas las cosas están sometidas a su voluntad. Sabiendo entonces que todo lo que hace lo hace para nuestro provecho, debemos recibirlo como he dicho, con acción de gracias, como proveniente de un Maestro generoso y bueno, aunque sea algo penoso. Todo proviene de su justo juicio y Dios, que es tan misericordioso, no mira con indiferencia las penas que nos puedan sobrevenir.
140. Frecuentemente nos hacemos la siguiente pregunta: si en las adversidades el sufrimiento nos conduce a pecar, ¿cómo podremos decir que son para nuestro bien? Pues pecamos, en ese caso, cuando nos falta resignación y no queremos soportar lo más mínimo ni sufrir nada que nos contraríe. Porque en efecto, Dios no permite que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas, tal como dice el Apóstol: Dios es fiel y no permitir que seáis tentados más allá de lo que podáis soportar (1 Co 10, 13). Somos nosotros los que no tenemos paciencia, y no queremos sufrir un poco ni soportar lo que se nos manda con humildad. De esta manera las tentaciones nos quebrantar y cuanto más nos esforzamos por escapar de ellas, más nos abaten nos descorazonan, sin por eso poder librarnos de las mismas.
Los que nadan en el mar y conocen el arte de la natación, se sumergen cuando les llega la ola, y la pasan por debajo, hasta que se aleja. Después siguen nadando sin dificultad. Si quisieran enfrentar la ola, los chocaría y los llevaría a buena distancia. Al volver a nadar les viene otra ola y si se resisten nuevamente, otra vez serán llevados lejos y sólo lograrán fatigarse sin avanzar. En cambio si se sumergen bajo la ola, si se agachan por debajo de ella, la ola pasar sin arrastrarlos; podrán seguir nadando cuanto quieran y lograr la meta que quieren alcanzar. Lo mismo sucede con las tentaciones. Soportadas con humildad y paciencia, pasan sin hacer daño. Pero si insistimos en afligirnos, en alterarnos, en acusar a todo el mundo, sufrimos nosotros mismos, la tentación se transforma en insoportable, y finalmente no sólo no nos resulta de provecho, sino que nos hace daño.
141. Las tentaciones son muy provechosas para quien las soporta sin atormentarse. Incluso si es una pasión la que nos aflige, no debemos perturbarnos por ello. Si nos perturbamos se debe a nuestra ignorancia y a nuestro orgullo, lo cual es debido al desconocimiento del estado de nuestra alma, y al querer huir del sufrimiento. Como dicen los Padres: "Si no progresamos, se debe a que ignoramos nuestros límites, a que no tenemos constancia en las obras que comenzamos y a que queremos alcanzar la virtud sin ningún esfuerzo". ¿A qué se debe que el que está preso de una pasión se asombre de ser atormentado por ella? ¿Por qué se atormenta por un lado, mientras que por el otro la pone en práctica? ¿La tienes y te escandalizas? La tienes dentro y te dices: "¿Por qué me atormenta?". Mejor sopórtala, cómbatela e invoca a Dios. Es imposible no sufrir los efectos de una pasión cuando se ha llegado a ponerla en práctica. Abba Sisoes decía: "Los instrumentos de las pasiones están dentro tuyo. Devuélveles lo que les pertenece y se irán". Por "instrumentos" entendía sus causas. En tanto que las amamos y nos valemos de ellas es imposible que no seamos víctimas de pensamientos apasionados, que llegan incluso a violentar nuestra voluntad para poner en práctica la pasión, puesto que voluntariamente nos hemos entregado en sus manos.
142. Esto es lo que dice el Profeta acerca de Efraín, quien ha maltratado a su adversario, es decir a su conciencia, y ha pisoteado el juicio (Os 5, 11). Buscó a Egipto, dice, y ha sido llevado a la fuerza por los asirios (cf Os 7, 11). Por Egipto los Padres entienden el deseo carnal, que nos inclina a complacer al cuerpo y vuelve sensual al espíritu; y por asirios, los pensamientos apasionados, que ensucian y entenebrecen el espíritu, lo llenan de imágenes impuras y lo fuerzan contra su voluntad a cometer el pecado. Cuando uno se entrega deliberadamente a los placeres del cuerpo, ser necesariamente llevado a la fuerza por los asirios, aunque él no lo quiera, para servir a Nabucodonosor. Sabiendo eso, el Profeta desfallecía y decía: No vayáis a Egipto (Jr 42, 19). ¿Qué es lo que hacen, desdichados? ¡Humíllense un poco, doblen la cerviz, trabajen por el rey de Babilonia y permanezcan en la tierra de sus padres! Después los alentaba diciendo: No temáis al rey de Babilonia porque Dios está con nosotros para librarnos de sus manos (Jr 42, 11). Luego les anunciaba el mal que les llegaría si no obedecían a Dios: Si vais a Egipto será un callejón sin salida, seréis reducidos a esclavitud y objeto de maldiciones y ultrajes (cf. Jr 42,15-18). Pero ellos le respondieron: No nos quedaremos en este país. Iremos a Egipto, donde no habrá guerra, no oiremos más el sonido de la trompeta y no pasaremos más hambre (cf. Jr 42,13-14). Se fueron entonces a servir voluntariamente al Faraón, pero en seguida fueron llevado por la fuerza hacia Asiria, y pasaron a ser, a pesar suyo, sus esclavos.
143. Presten atención a estas palabras. Aquel que no ha puesto en práctica una pasión, aunque los pensamientos le hagan la guerra, se encuentra todavía en su propia ciudad, es libre y tiene a Dios para que lo ayude. Si se humilla ante Él y sobrelleva con acción de gracia el peso de la gravosa tentación, luchando un poco, el auxilio de Dios lo salvará. Pero si por el contrario rehuye la pena y se deja llevar por el placer del cuerpo, ser llevado necesariamente por la fuerza al país de los asirios para servirlos, muy a pesar suyo.
Pero el Profeta dice también a los israelitas: Orad por la vida de Nabucodonosor, pues de su vida depende vuestra salvación (Ba 1,11-22). Nabucodonosor simboliza el no desfallecer ante la prueba de la tentación que sobreviene, ni rebelarse contra ella, sino soportarla humildemente sobrellevarla como una cosa merecida, creer que no se es digno de ser liberado de ese fardo, sino más bien de que la tentación se prolongue y se haga más fuerte, con la certeza de que si bien se desconoce la causa por el momento, nada desubicado ni injusto puede provenir de Dios. Así pensaba el hermano que se afligía y lloraba porque Dios le había quitado la tentación: "Señor, decía, ¿acaso no soy digno de sufrir un poco?". También se relata que el discípulo de un gran anciano fue tentado un día de fornicar. El anciano al verlo apenado le dijo: "¿Quieres que le pida a Dios que te alivie de este combate?". Pero el discípulo le respondió: "Si tengo que sufrir una pena, Padre, veo el fruto de ella en mí. Pídele más bien a Dios que me dé paciencia".
144. ¡Estos son los que realmente desean ser salvados! Y esto es llevar con humildad el yugo y orar por la vida de Nabucodonosor. El Profeta dice: Porque de su vida depende vuestra salvación. Quien dice como ese hermano: "Veo en mí el fruto de mi pena", equivale a decir: De su vida depende mi salvación. Esto se lo muestra el anciano cuando le responde al hermano: "Hoy sé que estás en el camino del crecimiento y que me superas".
Porque verdaderamente, si uno combate por no cometer pecado y se pone a luchar contra los mismos pensamientos apasionados que le vienen al alma, y es humillado y quebrantado por la lucha, poco a poco, el sufrimiento de los combates lo va purificando y lo lleva al estado natural. Tal como hemos dicho, perturbarse cuando se combate una pasión es fruto de la ignorancia y del orgullo. Más bien debemos reconocer nuestros limites humildemente, y esperar en la oración que Dios tenga misericordia. Porque el que no es tentado y desconoce el tormento de las pasiones, no lucha y no puede ser purificado. Respecto de ello dice el Salmo: Cuando los pecadores crecen como la hierba, y se revelan todos los que hacen el mal, es para ser aniquilados para siempre (Sal 91, 8). Los pecadores que brotan como la hierba son los pensamientos apasionados, pues la hierba es frágil y sin fuerza. Cuando los pensamientos apasionados brotan en el alma, entonces se revelan todos los que hacen el mal, es decir, se descubren las pasiones, para ser aniquiladas para siempre. Sólo cuando las pasiones manifiestan a los que combaten, es cuando las pueden aniquilar.
145. Vean de qué forma se encadenan estas palabras: primero nacen los pensamientos apasionados, se manifiestan las pasiones y es entonces cuando son aniquiladas. Todo esto se refiere a los que luchan, pero nosotros, que cometemos pecados y jugueteamos con las pasiones, no podemos saber cuándo nacen esos pensamientos apasionados, ni cuándo aparecen las pasiones para poder combatir contra ellas. Todavía estamos abajo, en Egipto, miserablemente ocupados en hacer ladrillos para el Faraón. ¿Quién al menos nos dar la posibilidad de tomar conciencia de nuestra amarga servidumbre, a fin de humillarnos y esforzarnos por obtener misericordia?
Cuando los hijos de Israel estaban en Egipto al servicio del Faraón, se dedicaban a hacer ladrillos, y los que hacen ladrillos están continuamente encorvados, con la mirada fija en la tierra. Del mismo modo, si el alma es presa del diablo y peca, el diablo echa por tierra su espíritu, le prohibe todo pensamiento espiritual, y le obliga a pensar y hacer continuamente cosas terrenas. Con los ladrillos que fabricaron los hijos de Israel construyeron tres ciudades fortificadas para el Faraón: Pitón, Ramsés y On, que es Eliópolis (Ex 1,11): que son el amor al placer, el amor al dinero y el amor a la gloria, las tres fuentes de todos los pecados.
146. Al enviar Dios a Moisés para librarlos de la servidumbre del Faraón y hacerlos salir de Egipto, el Faraón les hizo más duros todavía los trabajos y les dijo: ¡Vosotros sois unos perezosos!, por eso andáis diciendo queremos ofrecer sacrificios al Señor nuestro Dios (Ex 5, 17). Del mismo modo, cuando el diablo ve que Dios se ha fijado en un alma para tenerle misericordia, aliviándola de sus pasiones, sea por una palabra sea por alguno de sus servidores, entonces la fustiga cada vez más intensamente con el peso de las pasiones y la ataca con más virulencia. Sabiendo esto los Padres fortalecían al hombre con sus enseñanzas y no dejaban que se amedrentase. Uno de ellos dijo: "¿Has caído? ¡Levántate! ¿Caes de nuevo? Levántate nuevamente!". Otro dice: "La fuerza de los que quieren adquirir las virtudes consiste el no descorazonarse cuando caen, sino retomar sus propósitos". Cada uno a su manera, de una forma u otra, tienden la mano a los que son combatidos y atormentados por el enemigo. Al hacer esto los Padres se inspiraban en las Palabras de la Divina Escritura: El que cae ¿no se vuelve a levantar?. Y el que se aleja ¿no vuelve?. Volved, hijos, a mí y yo curaré vuestras heridas, dice el Señor (Jr 8, 4 y 3, 22). Y otros textos semejantes.
147. Cuando el peso de la mano de Dios cayó sobre el Faraón y los suyos, y consintió en dejar partir a los hijos de Israel, dijo a Moisés: Id a sacrificar al Señor vuestro Dios, pero dejad vuestros rebaños y vuestros bueyes (Ex 10, 24), figura de los pensamientos del alma, de los cuales el Faraón quería seguir siendo el dueño, con la esperanza de hacer volver por ellos a los hijos de Israel. Pero Moisés le respondió: No, debes darnos algo para ofrecer sacrificios y holocaustos al Señor, nuestro Dios. Llevaremos nuestros rebaños con nosotros. No quedará ni uno (Ex 10, 25-26). Cuando los hijos de Israel, bajo la conducción de Moisés, abandonaron Egipto y pasaron el mar Rojo. Dios, queriendo conducirlos a las setenta palmeras y a las doce fuentes de agua, los llevó primero al mar , y el pueblo se desesperó al no encontrar agua para beber, porque el agua era amarga. Pero después del mar , Dios los condujo al lugar de las setenta palmeras y las doce fuentes de agua (cf. Ex 15).
148. Del mismo modo el alma que ha dejado de cometer pecados y atraviesa el mar espiritual, debe en primer lugar sufrir en la lucha y en las aflicciones, porque es así, por las pruebas, como entrar en el santo reposo. Porque debemos pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de los cielos (Hch 14, 22). Las tribulaciones mueven la misericordia de Dios hacia el alma , así como los vientos desatan la lluvia. Y así como las excesivas lluvias pudren el brote tierno y destruyen su fruto, mientras que el viento los va secando poco a poco, dándoles vigor, lo mismo sucede con el alma: el relajamiento, la despreocupación, la debilitan y la disipan; las tentaciones, por el contrario, traen el recogimiento y la unión con Dios. Señor, dice el Profeta, en la tribulación nos hemos acordado de ti (Is 26, 16). No debemos por tanto, como he dicho, perturbarnos o descorazonarnos en las tentaciones, sino tener paciencia, dar gracias y pedir a Dios sin cesar, con humildad, que tenga piedad de nuestra debilidad y nos proteja contra toda tentación para gloria suya. Amén.
viernes, 4 de junio de 2010
jueves, 3 de junio de 2010
sábado, 29 de mayo de 2010
viernes, 28 de mayo de 2010
Muerte de San Matías
Autor: Cristiandad.org
En el repartimiento regional que los apóstoles hicieron para ejercer su ministerio, a san Matías el correspondió la Judea, en cuyas tierras predicó, hizo numerosos milagros, y descansó finalmente en la paz del Señor.
Era Matías doctísimo en la ley, limpio de corazón, ponderado, equilibrado y muy sutil en su análisis sobre las cuestiones relacionadas con la Sagrada Escritura; sumamente prudente en sus juicios, y de palabra fácil y elocuente. Con su predicación, milagros y prodigios, convirtió a muchos en Judea. Esta fue la causa que movió a los judíos que lo odiaban, a formarle proceso y a condenarle a morir apedreado. Dos falsos testigos que declararon contra él fueron los primeros en arrojar algunas piedras sobre su persona; pero el apóstol las recogió y manifestó su deseo de que aquellos guijarros fuesen enterrados con él para que sirvieran de testimonio contra sus verdugos. Después de haber sido apedreado, mientras con sus brazos extendidos hacia el cielo encomendaba su espíritu a Dios, acercóse a él un soldado y, conforme a la costumbre romana, con una afilada hacha le cortó la cabeza y puso fin a la vida del apóstol, cuyo cuerpo fue llevado desde Judea a Roma, y posteriormente desde Roma hasta Tréveris.
En el repartimiento regional que los apóstoles hicieron para ejercer su ministerio, a san Matías el correspondió la Judea, en cuyas tierras predicó, hizo numerosos milagros, y descansó finalmente en la paz del Señor.
Era Matías doctísimo en la ley, limpio de corazón, ponderado, equilibrado y muy sutil en su análisis sobre las cuestiones relacionadas con la Sagrada Escritura; sumamente prudente en sus juicios, y de palabra fácil y elocuente. Con su predicación, milagros y prodigios, convirtió a muchos en Judea. Esta fue la causa que movió a los judíos que lo odiaban, a formarle proceso y a condenarle a morir apedreado. Dos falsos testigos que declararon contra él fueron los primeros en arrojar algunas piedras sobre su persona; pero el apóstol las recogió y manifestó su deseo de que aquellos guijarros fuesen enterrados con él para que sirvieran de testimonio contra sus verdugos. Después de haber sido apedreado, mientras con sus brazos extendidos hacia el cielo encomendaba su espíritu a Dios, acercóse a él un soldado y, conforme a la costumbre romana, con una afilada hacha le cortó la cabeza y puso fin a la vida del apóstol, cuyo cuerpo fue llevado desde Judea a Roma, y posteriormente desde Roma hasta Tréveris.
Muerte de Santiago el Menor
Autor: Cristiandad.org
A los treinta años de haber sido consagrado obispo, viendo los judíos que no podían matar a Pablo porque se había ido a Roma a apelar ante el césar, concitaron todo el furor de su odio religioso contra Santiago, y comenzaron a buscar algún pretexto para acusarle.
Unos cuantos judíos fueron entonces a ver a Santiago y le dijeron:
- Te rogamos que desengañes al pueblo y le hagas ver que se equivoca al creer que Jesús fue Cristo. Te suplicamos que el próximo día de Pascua, aprovechando la oportunidad de la gran cantidad de gente que viene a Jerusalén, hables a las multitudes y las disuadas de todas esas cosas que vienen admitiendo en relación con Jesús. Si así lo haces, tanto nosotros como el pueblo en general nos atendremos a su testimonio, reconoceremos que eres justo y que no te dejas influir por nadie.
El día de Pascua, aquellos mismos hombres que trataron de seducirle llevaron al apóstol a la terraza más alta del templo, a fin de pudiera ser bien visto y oído por las multitudes y le dijeron a voces:
- ¡Santiago! ¡Tú eres el más honesto de todos los hombres! Todos acatamos tu testimonio. Dinos, pues, aquí, públicamente, qué opinión te merece la actitud de esas gentes que andan por ahí errantes, detrás de ese Jesús crucificado.
Santiago, también con voz muy fuerte, respondió:
- ¿Queréis saber lo que yo pienso acerca del Hijo del hombre? Pues prestad atención: pienso que está sentado en el cielo, a la derecha del Sumo Poder, y que un día vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos.
Los cristianos, al oír esta respuesta, la acogieron con gritos de jubilosa alegría y grandes aplausos; los fariseos y escribas, en cambio, comentaron entre sí:
- ¡Mal paso hemos dado al brindarle esta ocasión de que emitiera públicamente este testimonio acerca de Jesús! Enmendemos el error que hemos cometido: subámosle hasta las más altas almenas y arrojémosle desde ellas a la calle para que los creyentes se asusten y desechen sus creencias.
Así lo hicieron; lleváronle a lo más alto del Templo, y desde allí dijeron a gritos:
- ¡Oh! ¡Oh! ¡El que teníamos por justo se ha equivocado!
Dicho esto, le dieron un empujón y lo arrojaron al vacío, y en cuanto el apóstol llegó al suelo se arremolinaron contra él los judíos que habían presenciado desde abajo su caída, y empezaron a gritar:
- ¡Apedreemos a Santiago el Justo!
Seguidamente comenzaron a apedrearlo. Santiago, que pese a la altura desde la que cayó no se había hecho ningún daño, al ver que arrojaban piedras contra él se puso de rodillas, y en actitud de oración, levantando sus manos hacia el cielo, exclamó:
- ¡Señor! ¡Te ruego que los perdones, porque no saben lo que hacen!
Al iniciarse la pedrea, uno de los sacerdotes, hijo de Rahab, se encaró con la multitud y dijo:
- ¡Alto! ¡No tiréis piedras, os lo ruego! ¿Qué pretendéis hacer? ¿No os dais cuenta de que este santo varón al que estáis apedreando corresponde a vuestra crueldad orando por vosotros?
No obstante esta advertencia, uno de los fanáticos, con una pértiga de batanero, descargó sobre la cabeza del apóstol un golpe terrible, que le rompió el cráneo.
Con este género de martirio el alma del santo apóstol emigró al Señor en tiempo del emperador Nerón, que inició su reinado hacia el año 57 de nuestra era. Su cuerpo fue sepultado en el mismo sitio en que murió, a la vera del Templo. El pueblo trató de vengar su muerte y de apoderarse de quienes lo mataron para castigarles, pero los malhechores se dieron buena maña para escapar rápidamente de allí.
A los treinta años de haber sido consagrado obispo, viendo los judíos que no podían matar a Pablo porque se había ido a Roma a apelar ante el césar, concitaron todo el furor de su odio religioso contra Santiago, y comenzaron a buscar algún pretexto para acusarle.
Unos cuantos judíos fueron entonces a ver a Santiago y le dijeron:
- Te rogamos que desengañes al pueblo y le hagas ver que se equivoca al creer que Jesús fue Cristo. Te suplicamos que el próximo día de Pascua, aprovechando la oportunidad de la gran cantidad de gente que viene a Jerusalén, hables a las multitudes y las disuadas de todas esas cosas que vienen admitiendo en relación con Jesús. Si así lo haces, tanto nosotros como el pueblo en general nos atendremos a su testimonio, reconoceremos que eres justo y que no te dejas influir por nadie.
El día de Pascua, aquellos mismos hombres que trataron de seducirle llevaron al apóstol a la terraza más alta del templo, a fin de pudiera ser bien visto y oído por las multitudes y le dijeron a voces:
- ¡Santiago! ¡Tú eres el más honesto de todos los hombres! Todos acatamos tu testimonio. Dinos, pues, aquí, públicamente, qué opinión te merece la actitud de esas gentes que andan por ahí errantes, detrás de ese Jesús crucificado.
Santiago, también con voz muy fuerte, respondió:
- ¿Queréis saber lo que yo pienso acerca del Hijo del hombre? Pues prestad atención: pienso que está sentado en el cielo, a la derecha del Sumo Poder, y que un día vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos.
Los cristianos, al oír esta respuesta, la acogieron con gritos de jubilosa alegría y grandes aplausos; los fariseos y escribas, en cambio, comentaron entre sí:
- ¡Mal paso hemos dado al brindarle esta ocasión de que emitiera públicamente este testimonio acerca de Jesús! Enmendemos el error que hemos cometido: subámosle hasta las más altas almenas y arrojémosle desde ellas a la calle para que los creyentes se asusten y desechen sus creencias.
Así lo hicieron; lleváronle a lo más alto del Templo, y desde allí dijeron a gritos:
- ¡Oh! ¡Oh! ¡El que teníamos por justo se ha equivocado!
Dicho esto, le dieron un empujón y lo arrojaron al vacío, y en cuanto el apóstol llegó al suelo se arremolinaron contra él los judíos que habían presenciado desde abajo su caída, y empezaron a gritar:
- ¡Apedreemos a Santiago el Justo!
Seguidamente comenzaron a apedrearlo. Santiago, que pese a la altura desde la que cayó no se había hecho ningún daño, al ver que arrojaban piedras contra él se puso de rodillas, y en actitud de oración, levantando sus manos hacia el cielo, exclamó:
- ¡Señor! ¡Te ruego que los perdones, porque no saben lo que hacen!
Al iniciarse la pedrea, uno de los sacerdotes, hijo de Rahab, se encaró con la multitud y dijo:
- ¡Alto! ¡No tiréis piedras, os lo ruego! ¿Qué pretendéis hacer? ¿No os dais cuenta de que este santo varón al que estáis apedreando corresponde a vuestra crueldad orando por vosotros?
No obstante esta advertencia, uno de los fanáticos, con una pértiga de batanero, descargó sobre la cabeza del apóstol un golpe terrible, que le rompió el cráneo.
Con este género de martirio el alma del santo apóstol emigró al Señor en tiempo del emperador Nerón, que inició su reinado hacia el año 57 de nuestra era. Su cuerpo fue sepultado en el mismo sitio en que murió, a la vera del Templo. El pueblo trató de vengar su muerte y de apoderarse de quienes lo mataron para castigarles, pero los malhechores se dieron buena maña para escapar rápidamente de allí.
Muerte de San Pedro y San Pablo
Autor: Cristiandad.org
Los dos apóstoles se enfrentaron a Simón el Mago por los engaños que este último hacia a la gente, y tras un milagro que no da ahora lugar para relatar, quedó Simón tan avergonzado que tuvo que esconderse por un año antes de animarse a comparecer ante el público otra vez.
A pesar de lo que había pasado, posteriormente Simón volvió a Roma y reanudó la amistad que desde antes tenía con Nerón. Dice san León que el mago, después de su regreso, convocó al pueblo y dijo:
- Los galileos me han ultrajado gravemente. He decidido abandonar definitivamente esta ciudad en la que tantos favores os he hecho. No quiero seguir viviendo en la tierra. Oportunamente os comunicaré la fecha de mi ascensión al cielo.
Algunos días después convocó nuevamente al público para que cuantos lo deseasen fuesen testigos de su viaje a la gloria, y coronado de laurel subió, según algunos, a una torre muy alta, y según la versión de San Lino, al Capitolio, y desde la altura se lanzó al espacio y empezó a volar. Al ver aquello, Pablo dijo a Pedro:
- A mi me corresponde orar, y a ti dar las órdenes debidas.
Nerón, que se hallaba presente, dirigiéndose a los apóstoles, hizo este comentario:
- Este hombre es sincero; vosotros sois los embaucadores.
Entonces Pedro dijo a Pablo, que estaba orando:
- Pablo, levanta la cabeza y fíjate.
Levantó Pablo la cabeza y al ver que Simón seguía volando, dijo a Pedro:
- Pedro ¿qué esperas? Acaba la obra que comenzaste, que ya nos llama el Señor.
Pedro inmediatamente exclamó:
- ¡Espíritus de Satanás que lleváis a este hombre por el aire! ¡Yo os mando que no lo sostengáis más y que lo dejéis solo para que caiga y se estrelle!
En aquel preciso momento los demonios que lo sostenían, y llevaban volando por el aire, retiráronle su apoyo y Simón desde lo alto cayó al suelo, y al chocar contra él se rompió la cabeza y quedó muerto.
Entonces Nerón, lleno de dolor por el final trágico de aquel hombre, se encaró con los apóstoles y les dijo:
- No puedo fiarme de vosotros. Os daré un castigo conveniente para que os sirva de escarmiento.
Nerón cumplió su amenaza. Detuvo a Pedro y a Pablo y encargó su vigilancia a un ilustre romano llamado Paulino, el cual, a su vez, mandó a Mamertino que los llevara a la cárcel. Mamertino encerró a los dos apóstoles en un calabozo y confió la custodia de los dos presos a dos solados cuyos nombres eran Proceso y Martiniano, que, convertidos en seguida a la fe por San Pedro, abrieron las puertas de la prisión y dejaron en libertad a ambos prisioneros. Este hecho costó la vida a Proceso y Martiniano, pues Paulino, cuando Pedro y Pablo fueron martirizados, juzgó a ambos soldados y, al descubrir que eran cristianos, dio cuenta de ello a Nerón y mandó que fuesen inmediatamente decapitados.
Cuando Pedro salió de la cárcel, sus hermanos en la fe rogaron que huyera de la ciudad, y, aunque él al principio se resistió a hacerlo, finalmente convencido por ellos se dispuso a salir de Roma, y al llegar a una de las puertas de la muralla situada en el lugar que actualmente lleva el nombre de Santa María "ad passus", según San Lino y San León, vio a Cristo que venía hacia él. Pedro, al verlo, le dijo:
- Domine, quo vadis? O sea, Señor, ¿adónde vas?
- A Roma, para que me crucifiquen de nuevo.
- ¿Para que te crucifiquen de nuevo? – preguntó Pedro.
- Sí – contestó el Señor.
Entonces Pedro exclamó:
- En ese caso me vuelvo para que me crucifiquen también a mí contigo.
En aquel preciso momento el Señor subió al cielo ante la mirada atónita de san pedro que comenzó a llorar de emoción, porque repentinamente se dio cuenta de que la crucifixión de que Cristo había hablado era la que a él le aguardaba, es decir, la que el Señor iba nuevamente a padecer a través de su propia crucifixión. Inmediatamente volvió sobre sus pasos, se internó en la ciudad y refirió a los hermanos la visión que había tenido. Poco después, los soldados de Nerón lo detuvieron, y en calidad de prisionero lo condujeron a la presencia del prefecto Agripa. Según el relato de san Lino, la cara del apóstol, al comparecer ante el juez, brillaba como el sol.
Agripa al verle, le dijo:
- ¡De manera que tú eres ese sujeto que en determinadas reuniones con la plebe se da tanta importancia...! Tengo entendido que aprovechas tu influencia sobre las mujeres que te siguen para inculcarles que no se acuesten con sus maridos.
Pedro, encarándose con el prefecto, le respondió:
- Yo no me doy importancia ni presumo de nada ni de nada me glorío; pero sí te hago saber que lo único que de verdad me importa es ser fiel discípulo de mi Señor Jesucristo, el Crucificado.
Agripa condenó a Pedro a morir en una cruz; podía legalmente aplicársele este tormento, porque era forastero; en cambio, a Pablo, como era ciudadano romano y no podía según las leyes ser castigado con este procedimiento, lo condenó a muerte por el sistema de decapitación.
Dionisio, en carta escrita a Timoteo con motivo de la muerte de Pablo, habla de la condena recaída sobre uno y otro apóstol, y se expresa de esta manera: "¡Oh, hermano mío Timoteo! Si hubieses sido testigo de los últimos momentos de estos mártires, hubieras desfallecido de tristeza y de dolor. ¿Cómo oír sin llorar la publicación de aquellas sentencias en las que se decretaba la muerte de Pedro por crucifixión y la de Pablo por degollación? ¡Si hubieses visto como los gentiles y los judíos los maltrataban y lanzaban salivazos sobre sus rostros! Cuando llegó el momento en que deberían separarse para ser conducidos al lugar en que cada uno de ellos había de ser ejecutado, ¡momento verdaderamente terrible!, aquellas dos columnas del mundo fueron maniatadas entre los gemidos y sollozos de los hermanos que estábamos presentes. Entonces dijo Pablo a Pedro: "La paz sea contigo, ¡oh fundamento de todas las Iglesias y pastor universal de las ovejas y corderos de Cristo!". Pedro por su parte respondió a Pablo: "¡Que la paz te acompañe también a ti, predicador de las buenas costumbres, mediador de los justos y conductor de sus almas por los caminos de la salvación!". Una vez que separaron al uno del otro, pues no los mataron en el mismo sitio, yo seguí a mi maestro". Hasta aquí el relato de Dionisio.
León y Marcelo refieren que en el momento en que Pedro iba a ser crucificado, el apóstol dijo: "Cuando crucificaron a mi Señor, pusieron su cuerpo sobre la cruz en posición natural, con los pies abajo y la cabeza en lo alto, en esto sus verdugos procedieron acertadamente, porque mi Señor descendió desde el cielo a la tierra; a mí, en cambio, debéis ponerme de manera distinta: con la cabeza abajo y los pies arriba; porque además de que no soy digno de ser crucificado del mismo modo que Él lo fue, yo, que he recibido la gracia de su llamada, voy a subir desde la tierra hasta el cielo; os ruego por tanto que, clavar mis miembros a la cruz, lo hagáis de tal forma que mis pies queden en lo alto y mi cabeza en la parte inferior del madero. Los verdugos tuvieron a bien acceder a este deseo y, en consecuencia, colocaron el cuerpo del santo sobre la cruz de manera que sus pies pudiesen ser clavados separadamente en los extremos del travesaño horizontal superior, y las manos en la parte baja del fuste, cerca del suelo".
El público que asistió a este espectáculo, en un momento dado comenzó a amotinarse, a proferir gritos contra Nerón y contra el prefecto, a pedir la muerte de ambos y a intentar la liberación de Pedro; pero éste les suplicó que no impidiesen la consumación de su martirio. Según los relatos de Hegesipo y de Lino, el Señor premió a cuantos llorando de compasión presenciaron la escena terrible, abriendo sus ojos y permitiendo que vieran a Pedro, ya crucificado, rodado de ángeles que tenían en sus manos coronas de rosas y de lirios y a Cristo colocado a la vera del mártir mostrando al apóstol un libro abierto. Hegesipo dice que Pedro al ver junto a sí el libro que Cristo le mostraba, comenzó a leer en voz alta, para que todos lo oyeran, lo que estaba escrito en él, y que lo que leyó fue lo siguiente: "Señor, yo he deseado imitarte; pero no me he considerado digno de ser crucificado en la posición en que a ti te crucificaron; porque tú siempre fuiste recto, excelso, elevado; nosotros, en cambio, somos hijos de aquel primer hombre que hundió su cabeza en la tierra; por eso, ya en nuestra manera de nacer representamos la caída de nuestro primer padre, puesto que nacemos inclinados hacia el suelo, tendiendo a derramarnos sobre él y con una naturaleza de condiciones tan cambiadas y tan propensa a incurrir en errores, que frecuentemente lo que juzgamos correcto en realidad no lo es. Tú, Señor, para mí significas todas las cosas; lo eres todo para mí; fuera de ti, no quiero nada. Mientras viva y sea capaz de razonar y pueda hablar, te diré siempre y con toda mi alma: ¡Gracias, mi Dios!".
De la oración que acabamos de transcribir se deduce que fueron dos los motivos por los que este santo apóstol no quiso ser crucificado en la posición normal, en que lo fue Cristo.
Tras la visión que hemos referido, considerando san Pedro que los fieles que asistían a su martirio habían sido testigos de aquella glorificadora escena, dio gracias a Dios, encomendó a su misericordia a los creyentes y expiró. Sus discípulos Marcelo y Apuleyo desenclavaron su cuerpo, lo ungieron con variados aromas, y lo sepultaron.
San Pablo por su parte empezó a caminar con sus verdugos cuando se encontró con Plantila, que era una de sus discípulas. Dionisio dice que esta cristiana se llamaba Lemobia. Lemobia o Plantila – probablemente esta mujer tenía dos nombres – comenzó entre sollozos a encomendarse a las oraciones del apóstol, quien tratando de tranquilizarla le dijo:
- Plantila, hija de la salvación eterna: dame el velo con que cubres tu cabeza; con él quiero vendarme los ojos; más adelante te lo devolveré.
Mientras se lo daba, los verdugos, riéndose, dijeron a Plantila:
- ¡Qué tonta eres! ¿Cómo te fías de este mago impostor y le das esa tela tan preciosa que vale sin duda su buena cantidad de dinero? ¿Crees que la vas a recuperar? Ya puedes darla por perdida.
Llegados al sitio en que Pablo iba a ser decapitado, el santo apóstol se volvió hacia oriente, elevó sus manos al cielo y llorando de emoción oró en su propio idioma y dio gracias a Dios durante un largo rato; luego se despidió de los cristianos que estaban presentes, se arrodilló con ambas rodillas en el suelo, se vendó los ojos con el velo que Plantila le había dado, colocó su cuello sobre el tajo, e inmediatamente, en esta postura, fue decapitado; mas, en el mismo instante en que su cabeza salía despedida del tronco, su boca, con voz enteramente clara, pronunció esta invocación tantas veces repetida dulcemente por él a lo largo de su vida: "¡Jesucristo!". En cuanto el hacha cayó sobre el cuello del mártir, de la herida brotó primeramente un abundante chorro de leche que fue a estrellarse contra las ropas del verdugo; luego comenzó a fluir sangre y a impregnarse el ambiente de un olor muy agradable que emanaba del cuerpo del mártir y, mientras tanto, en el aire brilló una luz intensísima.
Sobre la muerte de San Pablo, Dionisio, en la carta a que nos hemos referido anteriormente, escribió a Timoteo lo siguiente: "En aquella tristísima hora, oh mi querido hermano, dijo el verdugo a Pablo: "Prepara tu cuello". Entonces el santo apóstol miró al cielo, hizo la señal de la cruz sobre su frente y sobre su pecho, y exclamó: "¡Oh Señor mío Jesucristo, en tus manos encomiendo mi espíritu!". Dicho esto, serenamente, con naturalidad, estiró su cuello y, al descargar el verdugo el hachazo con que le amputó la cabeza, recibió la corona del martirio; pero, en el mismo instante en que recibió el golpe mortal, el santísimo mártir desplegó un velo, recogió en él parte de la sangre que brotó de su herida, plegó de nuevo la tela, la anudó y se la entregó a Lemobia".
Los dos apóstoles se enfrentaron a Simón el Mago por los engaños que este último hacia a la gente, y tras un milagro que no da ahora lugar para relatar, quedó Simón tan avergonzado que tuvo que esconderse por un año antes de animarse a comparecer ante el público otra vez.
A pesar de lo que había pasado, posteriormente Simón volvió a Roma y reanudó la amistad que desde antes tenía con Nerón. Dice san León que el mago, después de su regreso, convocó al pueblo y dijo:
- Los galileos me han ultrajado gravemente. He decidido abandonar definitivamente esta ciudad en la que tantos favores os he hecho. No quiero seguir viviendo en la tierra. Oportunamente os comunicaré la fecha de mi ascensión al cielo.
Algunos días después convocó nuevamente al público para que cuantos lo deseasen fuesen testigos de su viaje a la gloria, y coronado de laurel subió, según algunos, a una torre muy alta, y según la versión de San Lino, al Capitolio, y desde la altura se lanzó al espacio y empezó a volar. Al ver aquello, Pablo dijo a Pedro:
- A mi me corresponde orar, y a ti dar las órdenes debidas.
Nerón, que se hallaba presente, dirigiéndose a los apóstoles, hizo este comentario:
- Este hombre es sincero; vosotros sois los embaucadores.
Entonces Pedro dijo a Pablo, que estaba orando:
- Pablo, levanta la cabeza y fíjate.
Levantó Pablo la cabeza y al ver que Simón seguía volando, dijo a Pedro:
- Pedro ¿qué esperas? Acaba la obra que comenzaste, que ya nos llama el Señor.
Pedro inmediatamente exclamó:
- ¡Espíritus de Satanás que lleváis a este hombre por el aire! ¡Yo os mando que no lo sostengáis más y que lo dejéis solo para que caiga y se estrelle!
En aquel preciso momento los demonios que lo sostenían, y llevaban volando por el aire, retiráronle su apoyo y Simón desde lo alto cayó al suelo, y al chocar contra él se rompió la cabeza y quedó muerto.
Entonces Nerón, lleno de dolor por el final trágico de aquel hombre, se encaró con los apóstoles y les dijo:
- No puedo fiarme de vosotros. Os daré un castigo conveniente para que os sirva de escarmiento.
Nerón cumplió su amenaza. Detuvo a Pedro y a Pablo y encargó su vigilancia a un ilustre romano llamado Paulino, el cual, a su vez, mandó a Mamertino que los llevara a la cárcel. Mamertino encerró a los dos apóstoles en un calabozo y confió la custodia de los dos presos a dos solados cuyos nombres eran Proceso y Martiniano, que, convertidos en seguida a la fe por San Pedro, abrieron las puertas de la prisión y dejaron en libertad a ambos prisioneros. Este hecho costó la vida a Proceso y Martiniano, pues Paulino, cuando Pedro y Pablo fueron martirizados, juzgó a ambos soldados y, al descubrir que eran cristianos, dio cuenta de ello a Nerón y mandó que fuesen inmediatamente decapitados.
Cuando Pedro salió de la cárcel, sus hermanos en la fe rogaron que huyera de la ciudad, y, aunque él al principio se resistió a hacerlo, finalmente convencido por ellos se dispuso a salir de Roma, y al llegar a una de las puertas de la muralla situada en el lugar que actualmente lleva el nombre de Santa María "ad passus", según San Lino y San León, vio a Cristo que venía hacia él. Pedro, al verlo, le dijo:
- Domine, quo vadis? O sea, Señor, ¿adónde vas?
- A Roma, para que me crucifiquen de nuevo.
- ¿Para que te crucifiquen de nuevo? – preguntó Pedro.
- Sí – contestó el Señor.
Entonces Pedro exclamó:
- En ese caso me vuelvo para que me crucifiquen también a mí contigo.
En aquel preciso momento el Señor subió al cielo ante la mirada atónita de san pedro que comenzó a llorar de emoción, porque repentinamente se dio cuenta de que la crucifixión de que Cristo había hablado era la que a él le aguardaba, es decir, la que el Señor iba nuevamente a padecer a través de su propia crucifixión. Inmediatamente volvió sobre sus pasos, se internó en la ciudad y refirió a los hermanos la visión que había tenido. Poco después, los soldados de Nerón lo detuvieron, y en calidad de prisionero lo condujeron a la presencia del prefecto Agripa. Según el relato de san Lino, la cara del apóstol, al comparecer ante el juez, brillaba como el sol.
Agripa al verle, le dijo:
- ¡De manera que tú eres ese sujeto que en determinadas reuniones con la plebe se da tanta importancia...! Tengo entendido que aprovechas tu influencia sobre las mujeres que te siguen para inculcarles que no se acuesten con sus maridos.
Pedro, encarándose con el prefecto, le respondió:
- Yo no me doy importancia ni presumo de nada ni de nada me glorío; pero sí te hago saber que lo único que de verdad me importa es ser fiel discípulo de mi Señor Jesucristo, el Crucificado.
Agripa condenó a Pedro a morir en una cruz; podía legalmente aplicársele este tormento, porque era forastero; en cambio, a Pablo, como era ciudadano romano y no podía según las leyes ser castigado con este procedimiento, lo condenó a muerte por el sistema de decapitación.
Dionisio, en carta escrita a Timoteo con motivo de la muerte de Pablo, habla de la condena recaída sobre uno y otro apóstol, y se expresa de esta manera: "¡Oh, hermano mío Timoteo! Si hubieses sido testigo de los últimos momentos de estos mártires, hubieras desfallecido de tristeza y de dolor. ¿Cómo oír sin llorar la publicación de aquellas sentencias en las que se decretaba la muerte de Pedro por crucifixión y la de Pablo por degollación? ¡Si hubieses visto como los gentiles y los judíos los maltrataban y lanzaban salivazos sobre sus rostros! Cuando llegó el momento en que deberían separarse para ser conducidos al lugar en que cada uno de ellos había de ser ejecutado, ¡momento verdaderamente terrible!, aquellas dos columnas del mundo fueron maniatadas entre los gemidos y sollozos de los hermanos que estábamos presentes. Entonces dijo Pablo a Pedro: "La paz sea contigo, ¡oh fundamento de todas las Iglesias y pastor universal de las ovejas y corderos de Cristo!". Pedro por su parte respondió a Pablo: "¡Que la paz te acompañe también a ti, predicador de las buenas costumbres, mediador de los justos y conductor de sus almas por los caminos de la salvación!". Una vez que separaron al uno del otro, pues no los mataron en el mismo sitio, yo seguí a mi maestro". Hasta aquí el relato de Dionisio.
León y Marcelo refieren que en el momento en que Pedro iba a ser crucificado, el apóstol dijo: "Cuando crucificaron a mi Señor, pusieron su cuerpo sobre la cruz en posición natural, con los pies abajo y la cabeza en lo alto, en esto sus verdugos procedieron acertadamente, porque mi Señor descendió desde el cielo a la tierra; a mí, en cambio, debéis ponerme de manera distinta: con la cabeza abajo y los pies arriba; porque además de que no soy digno de ser crucificado del mismo modo que Él lo fue, yo, que he recibido la gracia de su llamada, voy a subir desde la tierra hasta el cielo; os ruego por tanto que, clavar mis miembros a la cruz, lo hagáis de tal forma que mis pies queden en lo alto y mi cabeza en la parte inferior del madero. Los verdugos tuvieron a bien acceder a este deseo y, en consecuencia, colocaron el cuerpo del santo sobre la cruz de manera que sus pies pudiesen ser clavados separadamente en los extremos del travesaño horizontal superior, y las manos en la parte baja del fuste, cerca del suelo".
El público que asistió a este espectáculo, en un momento dado comenzó a amotinarse, a proferir gritos contra Nerón y contra el prefecto, a pedir la muerte de ambos y a intentar la liberación de Pedro; pero éste les suplicó que no impidiesen la consumación de su martirio. Según los relatos de Hegesipo y de Lino, el Señor premió a cuantos llorando de compasión presenciaron la escena terrible, abriendo sus ojos y permitiendo que vieran a Pedro, ya crucificado, rodado de ángeles que tenían en sus manos coronas de rosas y de lirios y a Cristo colocado a la vera del mártir mostrando al apóstol un libro abierto. Hegesipo dice que Pedro al ver junto a sí el libro que Cristo le mostraba, comenzó a leer en voz alta, para que todos lo oyeran, lo que estaba escrito en él, y que lo que leyó fue lo siguiente: "Señor, yo he deseado imitarte; pero no me he considerado digno de ser crucificado en la posición en que a ti te crucificaron; porque tú siempre fuiste recto, excelso, elevado; nosotros, en cambio, somos hijos de aquel primer hombre que hundió su cabeza en la tierra; por eso, ya en nuestra manera de nacer representamos la caída de nuestro primer padre, puesto que nacemos inclinados hacia el suelo, tendiendo a derramarnos sobre él y con una naturaleza de condiciones tan cambiadas y tan propensa a incurrir en errores, que frecuentemente lo que juzgamos correcto en realidad no lo es. Tú, Señor, para mí significas todas las cosas; lo eres todo para mí; fuera de ti, no quiero nada. Mientras viva y sea capaz de razonar y pueda hablar, te diré siempre y con toda mi alma: ¡Gracias, mi Dios!".
De la oración que acabamos de transcribir se deduce que fueron dos los motivos por los que este santo apóstol no quiso ser crucificado en la posición normal, en que lo fue Cristo.
Tras la visión que hemos referido, considerando san Pedro que los fieles que asistían a su martirio habían sido testigos de aquella glorificadora escena, dio gracias a Dios, encomendó a su misericordia a los creyentes y expiró. Sus discípulos Marcelo y Apuleyo desenclavaron su cuerpo, lo ungieron con variados aromas, y lo sepultaron.
San Pablo por su parte empezó a caminar con sus verdugos cuando se encontró con Plantila, que era una de sus discípulas. Dionisio dice que esta cristiana se llamaba Lemobia. Lemobia o Plantila – probablemente esta mujer tenía dos nombres – comenzó entre sollozos a encomendarse a las oraciones del apóstol, quien tratando de tranquilizarla le dijo:
- Plantila, hija de la salvación eterna: dame el velo con que cubres tu cabeza; con él quiero vendarme los ojos; más adelante te lo devolveré.
Mientras se lo daba, los verdugos, riéndose, dijeron a Plantila:
- ¡Qué tonta eres! ¿Cómo te fías de este mago impostor y le das esa tela tan preciosa que vale sin duda su buena cantidad de dinero? ¿Crees que la vas a recuperar? Ya puedes darla por perdida.
Llegados al sitio en que Pablo iba a ser decapitado, el santo apóstol se volvió hacia oriente, elevó sus manos al cielo y llorando de emoción oró en su propio idioma y dio gracias a Dios durante un largo rato; luego se despidió de los cristianos que estaban presentes, se arrodilló con ambas rodillas en el suelo, se vendó los ojos con el velo que Plantila le había dado, colocó su cuello sobre el tajo, e inmediatamente, en esta postura, fue decapitado; mas, en el mismo instante en que su cabeza salía despedida del tronco, su boca, con voz enteramente clara, pronunció esta invocación tantas veces repetida dulcemente por él a lo largo de su vida: "¡Jesucristo!". En cuanto el hacha cayó sobre el cuello del mártir, de la herida brotó primeramente un abundante chorro de leche que fue a estrellarse contra las ropas del verdugo; luego comenzó a fluir sangre y a impregnarse el ambiente de un olor muy agradable que emanaba del cuerpo del mártir y, mientras tanto, en el aire brilló una luz intensísima.
Sobre la muerte de San Pablo, Dionisio, en la carta a que nos hemos referido anteriormente, escribió a Timoteo lo siguiente: "En aquella tristísima hora, oh mi querido hermano, dijo el verdugo a Pablo: "Prepara tu cuello". Entonces el santo apóstol miró al cielo, hizo la señal de la cruz sobre su frente y sobre su pecho, y exclamó: "¡Oh Señor mío Jesucristo, en tus manos encomiendo mi espíritu!". Dicho esto, serenamente, con naturalidad, estiró su cuello y, al descargar el verdugo el hachazo con que le amputó la cabeza, recibió la corona del martirio; pero, en el mismo instante en que recibió el golpe mortal, el santísimo mártir desplegó un velo, recogió en él parte de la sangre que brotó de su herida, plegó de nuevo la tela, la anudó y se la entregó a Lemobia".
Muerte de Santiago el Mayor
Autor: Cristiandad.org
También se debió la muerte de este santo apóstol – en cierta forma – a su lucha contra los ardides de un hechicero, llamado Hermógenes, aunque en su caso pudo Santiago lograr una conversión tan sincera que el antiguo mago se convirtió en uno de sus discípulos más virtuosos y perfectos. Esto ocurrió al regresar Santiago de España, donde su evangelización había tenido muy poco resultado hasta entonces, y en donde dejó discípulos suyos para volver él a Judea.
Cuando los judíos se convencieron de que la conversión de Hermógenes era sincera hicieron responsable de ella a Santiago, se presentaron ante él alborotados, le increparon y trataron de impedir que siguiera predicando la doctrina de Cristo crucificado. Santiago, empero, recurriendo a las Escrituras, les demostró como en Jesús se habían cumplido todas las profecías que en ella se contenían acerca del nacimiento y sacrificio del Mesías, y probó estas verdades con tal claridad que muchos de los judíos se convirtieron. Esto provocó tan enorme indignación en Abiatar, a quien correspondía el ejercicio del pontificado aquel año, que sublevó al pueblo contra el apóstol. Algunos de los amotinados lograron apoderarse de él, le ataron una soga al cuello, lo condujeron en presencia de Herodes Agripa y consiguieron que éste lo condenara a muerte. Cuando lo conducían al lugar en que iban a degollarlo, un paralítico que yacía tendido en el suelo a la vera del camino comenzó a invocar al apóstol y a pedirle a voces que lo curara. Santiago lo oyó y le dijo:
- En nombre de Jesucristo, cuya fe he predicado y defiendo y por cuya causa voy a ser decapitado, te ordeno que te levantes del suelo completamente curado y que bendigas al Señor.
El paralítico se levantó, sintióse repentina y totalmente sano, y prorrumpió en acciones de gracias a Dios.
Al ver este prodigio, el escriba Josías, que había puesto la soga al cuello de Santiago y hasta entonces continuaba agarrado al ramal y tirando de él, arrojóse a los pies del santo y le suplicó que lo recibiera como cristiano. Pero Abiatar, que se hallaba presente, agarró a Josías, lo zarandeó y le dijo:
- Si ahora mismo no maldices a Jesucristo, haré que te degüellen al mismo tiempo que a Santiago.
Josías respondió:
- A quien maldigo es a ti. Óyeme bien: ¡Maldito seas tú, y maldito todo el tiempo que vivas! Sigue escuchando: ¡Bendito sea el nombre de mi Señor Jesucristo por los siglos de los siglos!
Abiatar ordenó a algunos de los judíos que descargaran sobre el rostro de Josías una buena tanda de bofetadas y envió un mensajero a Herodes solicitando el necesario permiso para proceder a la decapitación del escriba convertido.
Una vez que llegaron al sitio en que iban a ser degollados, Santiago pidió al verdugo una redoma con agua. El verdugo se la proporcionó. Con aquella agua bautizó el apóstol a Josías e inmediatamente después ambos fueron decapitados coronando de este modo uno y otro sus vidas con el martirio.
Poco después de que el santo fuese degollado, una noche algunos de sus discípulos, tomando las debidas precauciones para no ser vistos se apoderaron del cuerpo del apóstol y se lo llevaron consigo. Embarcaron en una nave, y rogaron a Dios que los guiara con su providencia y los condujera donde Él quisiese que aquellos venerables restos fuesen sepultados. Conducida por un ángel del Señor la barca comenzó a navegar y navegando continuó hasta arribar a las costas de Galicia, región de España que por aquel tiempo estaba gobernada por una mujer llamada Loba. Al llegar a tierra desembarcaron el cuerpo y lo colocaron sobre una inmensa piedra, la cual, como si fuese de cera, repentinamente adoptó la forma de un ataúd y se convirtió milagrosamente en el sarcófago del santo. Seguidamente los discípulos del apóstol fueron a ver a la reina Lupa o Loba y le dijeron:
- Nuestro Señor Jesucristo te envía el cuerpo del apóstol Santiago, porque quiere que acojas muerto y con benevolencia al que no quisiste escuchar cuando estaba vivo.
También se debió la muerte de este santo apóstol – en cierta forma – a su lucha contra los ardides de un hechicero, llamado Hermógenes, aunque en su caso pudo Santiago lograr una conversión tan sincera que el antiguo mago se convirtió en uno de sus discípulos más virtuosos y perfectos. Esto ocurrió al regresar Santiago de España, donde su evangelización había tenido muy poco resultado hasta entonces, y en donde dejó discípulos suyos para volver él a Judea.
Cuando los judíos se convencieron de que la conversión de Hermógenes era sincera hicieron responsable de ella a Santiago, se presentaron ante él alborotados, le increparon y trataron de impedir que siguiera predicando la doctrina de Cristo crucificado. Santiago, empero, recurriendo a las Escrituras, les demostró como en Jesús se habían cumplido todas las profecías que en ella se contenían acerca del nacimiento y sacrificio del Mesías, y probó estas verdades con tal claridad que muchos de los judíos se convirtieron. Esto provocó tan enorme indignación en Abiatar, a quien correspondía el ejercicio del pontificado aquel año, que sublevó al pueblo contra el apóstol. Algunos de los amotinados lograron apoderarse de él, le ataron una soga al cuello, lo condujeron en presencia de Herodes Agripa y consiguieron que éste lo condenara a muerte. Cuando lo conducían al lugar en que iban a degollarlo, un paralítico que yacía tendido en el suelo a la vera del camino comenzó a invocar al apóstol y a pedirle a voces que lo curara. Santiago lo oyó y le dijo:
- En nombre de Jesucristo, cuya fe he predicado y defiendo y por cuya causa voy a ser decapitado, te ordeno que te levantes del suelo completamente curado y que bendigas al Señor.
El paralítico se levantó, sintióse repentina y totalmente sano, y prorrumpió en acciones de gracias a Dios.
Al ver este prodigio, el escriba Josías, que había puesto la soga al cuello de Santiago y hasta entonces continuaba agarrado al ramal y tirando de él, arrojóse a los pies del santo y le suplicó que lo recibiera como cristiano. Pero Abiatar, que se hallaba presente, agarró a Josías, lo zarandeó y le dijo:
- Si ahora mismo no maldices a Jesucristo, haré que te degüellen al mismo tiempo que a Santiago.
Josías respondió:
- A quien maldigo es a ti. Óyeme bien: ¡Maldito seas tú, y maldito todo el tiempo que vivas! Sigue escuchando: ¡Bendito sea el nombre de mi Señor Jesucristo por los siglos de los siglos!
Abiatar ordenó a algunos de los judíos que descargaran sobre el rostro de Josías una buena tanda de bofetadas y envió un mensajero a Herodes solicitando el necesario permiso para proceder a la decapitación del escriba convertido.
Una vez que llegaron al sitio en que iban a ser degollados, Santiago pidió al verdugo una redoma con agua. El verdugo se la proporcionó. Con aquella agua bautizó el apóstol a Josías e inmediatamente después ambos fueron decapitados coronando de este modo uno y otro sus vidas con el martirio.
Poco después de que el santo fuese degollado, una noche algunos de sus discípulos, tomando las debidas precauciones para no ser vistos se apoderaron del cuerpo del apóstol y se lo llevaron consigo. Embarcaron en una nave, y rogaron a Dios que los guiara con su providencia y los condujera donde Él quisiese que aquellos venerables restos fuesen sepultados. Conducida por un ángel del Señor la barca comenzó a navegar y navegando continuó hasta arribar a las costas de Galicia, región de España que por aquel tiempo estaba gobernada por una mujer llamada Loba. Al llegar a tierra desembarcaron el cuerpo y lo colocaron sobre una inmensa piedra, la cual, como si fuese de cera, repentinamente adoptó la forma de un ataúd y se convirtió milagrosamente en el sarcófago del santo. Seguidamente los discípulos del apóstol fueron a ver a la reina Lupa o Loba y le dijeron:
- Nuestro Señor Jesucristo te envía el cuerpo del apóstol Santiago, porque quiere que acojas muerto y con benevolencia al que no quisiste escuchar cuando estaba vivo.
Muerte de San Bartolomé, apostol
Autor: Cristiandad.org
Cuando San Bartolomé se fue a la India, comenzó a echar a los demonios de los templos en que eran adorados y escuchados a través de sus profetas. Muchísimos milagros operó el santo en este sentido. Y por estos milagros, Polimio el rey se convirtió junto a su familia y renunció al trono, haciéndose discípulo del apóstol. A partir de entonces rigió los destinos del reino un hermano de Polimio, llamado Astiages. Poco después de que este iniciara su reinado, los pontífices de los templos paganos celebraron una asamblea y en ella acordaron quejarse ante el nuevo monarca por los daños inferidos a los dioses con la profanación del templo real y la destrucción de las imágenes de los ídolos; y, en efecto, se presentaron ante Astiages y acusaron al apóstol de haber ocasionado con sus artes mágicas los mencionados destrozos y de haber pervertido a Polimio. Astiages se hizo eco de la denuncia y, dejándose llevar de la cólera, ordenó que inmediatamente mil soldados, perfectamente armados, salieran en persecución de Bartolomé, al que sus perseguidores capturaron y condujeron ante el nuevo rey.
- ¡De modo, dijo el rey al apóstol, que tú eres el hombre que pervirtió a mi hermano!
- Yo no pervertí a tu hermano, sino que lo convertí, dijo Bartolomé.
A esto replicó Astiages:
- Pues voy a hacer contigo lo que tú hiciste con él; como tú obligaste a Polimio a renegar de mi dios y a creer en el tuyo, yo te obligaré a ti a renegar del tuyo y a creer en el mío.
El apóstol puntualizó:
- Yo lo que hice fue vencer al dios al que tu hermano adoraba, mostrarlo maniatado ante el público, y exigirle que rompiera las imágenes de los ídolos. Prueba tú a hacer lo mismo con el mío. Si consigues maniatar a mi Dios, te prometo que adoraré al tuyo; pero si no lo consigues, continuaré destruyendo las estatuas de tus falsas divinidades, y si tú fueses razonable te convertirías a mi religión como se convirtió tu hermano.
En esto alguien se presentó ante el rey y le comunicó que la imagen de Baldach, otro de sus ídolos, acababa de caer rodando por el suelo y de romperse en mil pedazos. El rey, al oír esta noticia, rasgó su manto púrpura, mandó que apalearan al apóstol y que tras propinarle una enorme paliza lo desollaran vivo.
Sobre el género de martirio padecido por San Bartolomé existen diferentes versiones. Según san Doroteo, fue crucificado. He aquí las propias palabras de este santo: "San Bartolomé dio a conocer el evangelio de san Mateo a los indios, predicándoles en la lengua que ellos hablaban, y murió crucificado cabeza abajo, en Albana, ciudad de la extensa región de Armenia". San Teodoro afirma que fue desollado. En cambio, en otros muchos libros se lee que este apóstol fue decapitado. Estas versiones, empero, no son necesariamente contradictorias, sino que, al contrario, todas ellas pueden ser verdaderas, conciliables entre sí y complementarias, puesto que bien pudo ocurrir que el santo apóstol fuese primeramente crucificado; luego, antes de morir, descolgado de la cruz y desollado vivo, para hacerle sufrir más; y, finalmente, estando todavía con vida, decapitado.
Ejecutada en todos sus extremos esta orden, los cristianos recogieron el cuerpo de santo mártir y reverentemente lo enterraron.
Cuando San Bartolomé se fue a la India, comenzó a echar a los demonios de los templos en que eran adorados y escuchados a través de sus profetas. Muchísimos milagros operó el santo en este sentido. Y por estos milagros, Polimio el rey se convirtió junto a su familia y renunció al trono, haciéndose discípulo del apóstol. A partir de entonces rigió los destinos del reino un hermano de Polimio, llamado Astiages. Poco después de que este iniciara su reinado, los pontífices de los templos paganos celebraron una asamblea y en ella acordaron quejarse ante el nuevo monarca por los daños inferidos a los dioses con la profanación del templo real y la destrucción de las imágenes de los ídolos; y, en efecto, se presentaron ante Astiages y acusaron al apóstol de haber ocasionado con sus artes mágicas los mencionados destrozos y de haber pervertido a Polimio. Astiages se hizo eco de la denuncia y, dejándose llevar de la cólera, ordenó que inmediatamente mil soldados, perfectamente armados, salieran en persecución de Bartolomé, al que sus perseguidores capturaron y condujeron ante el nuevo rey.
- ¡De modo, dijo el rey al apóstol, que tú eres el hombre que pervirtió a mi hermano!
- Yo no pervertí a tu hermano, sino que lo convertí, dijo Bartolomé.
A esto replicó Astiages:
- Pues voy a hacer contigo lo que tú hiciste con él; como tú obligaste a Polimio a renegar de mi dios y a creer en el tuyo, yo te obligaré a ti a renegar del tuyo y a creer en el mío.
El apóstol puntualizó:
- Yo lo que hice fue vencer al dios al que tu hermano adoraba, mostrarlo maniatado ante el público, y exigirle que rompiera las imágenes de los ídolos. Prueba tú a hacer lo mismo con el mío. Si consigues maniatar a mi Dios, te prometo que adoraré al tuyo; pero si no lo consigues, continuaré destruyendo las estatuas de tus falsas divinidades, y si tú fueses razonable te convertirías a mi religión como se convirtió tu hermano.
En esto alguien se presentó ante el rey y le comunicó que la imagen de Baldach, otro de sus ídolos, acababa de caer rodando por el suelo y de romperse en mil pedazos. El rey, al oír esta noticia, rasgó su manto púrpura, mandó que apalearan al apóstol y que tras propinarle una enorme paliza lo desollaran vivo.
Sobre el género de martirio padecido por San Bartolomé existen diferentes versiones. Según san Doroteo, fue crucificado. He aquí las propias palabras de este santo: "San Bartolomé dio a conocer el evangelio de san Mateo a los indios, predicándoles en la lengua que ellos hablaban, y murió crucificado cabeza abajo, en Albana, ciudad de la extensa región de Armenia". San Teodoro afirma que fue desollado. En cambio, en otros muchos libros se lee que este apóstol fue decapitado. Estas versiones, empero, no son necesariamente contradictorias, sino que, al contrario, todas ellas pueden ser verdaderas, conciliables entre sí y complementarias, puesto que bien pudo ocurrir que el santo apóstol fuese primeramente crucificado; luego, antes de morir, descolgado de la cruz y desollado vivo, para hacerle sufrir más; y, finalmente, estando todavía con vida, decapitado.
Ejecutada en todos sus extremos esta orden, los cristianos recogieron el cuerpo de santo mártir y reverentemente lo enterraron.
Muerte de San Mateo
Autor: Cristiandad.org
Se encontraba el apóstol en Nadaver, ciudad de Etiopía, cuando tras la muerte del rey converso Egido, subió al trono Hitarco. El nuevo monarca, arrebatado del apasionado amor que sentía por Efigenia, ofreció a Mateo la mitad de su reino a cambio de que convenciera a la joven para que le aceptara pro esposo. El apóstol contestó a Hitarco:
- Tu antecesor iba a la Iglesia; ve tú también a ella el próximo domingo y escucha atentamente el sermón que pienso predicar a Efigenia y a sus compañeras acerca de la licitud del matrimonio y de las ventajas que la vida matrimonial comporta.
El rey, creyendo que Mateo iba a tratar de convencer a Efigenia de que debería aceptar las proposiciones conyugales que él le hacía, el domingo acudió a la iglesia ilusionado y lleno de alegría. Mateo predicó ante Efigenia y ante el pueblo un largo sermón ponderando las excelencias del matrimonio. Hitarco, mientras le oía, reafirmaba su posición de que el predicador, a través de los magníficos conceptos que en su sermón exponía, intentaba inclinar el ánimo de Efigenia hacia la vida matrimonial; y tan persuadido estaba de que ésta era la intención de Mateo, que aprovechando una pausa que éste hizo y que él interpretó como si el sermón hubiese terminado, se levantó de su asiento y felicitó efusivamente al predicador. Mateo rogó al rey que guardara silencio, que se sentara de nuevo y que continuara escuchando, pues el sermón no había terminado. Luego prosiguió su discurso de esta manera: "Cierto que el matrimonio, si los esposos observan escrupulosamente las promesas de fidelidad que al contraerlo mutuamente se hacen, es una cosa excelente. Pero prestad todos mucha atención a lo que ahora voy a decir: supongamos que un ciudadano cualquiera arrebatara la esposa a su propio rey. ¿Qué ocurriría? Pues que no sólo el usurpador cometería una gravísima ofensa contra su soberano, sino que automáticamente incurriría en un delito que está castigado con pena de muerte; e incurriría en ese delito, no por haber querido casarse, sino por haber quitado a su rey algo que legítimamente le pertenecía, y por haber sido el causante de que la esposa faltase a la palabra de fidelidad empeñada ante su verdadero esposo. Ahora bien; puesto que así son las cosas, ¿cómo tú, Hitarco, súbdito y vasallo del rey eterno, sabiendo que Efigenia al recibir el velo de las vírgenes ha quedado consagrada al Señor y desposada con Él, te atreves a poner en ella tus ojos y pretendes hacerla incurrir en infidelidad a su verdadero esposo que es precisamente tu soberano?"
En cuanto oyó esto, Hitarco, arrebatado de ira, salió furioso de la iglesia. Mateo, sin inmutarse, continuó su plática, exhortó a los oyentes a la paciencia y a la perseverancia, al final del sermón bendijo a las vírgenes y en especial a Efigenia que, asustada, se había arrodillado ante él, y luego prosiguió al celebración de la misa; mas en el preciso momento en que terminaba, cuando aún estaba ante el altar orando con los brazos extendidos hacia el cielo, un sicario enviado por el rey se acercó a él, le clavó una espada en la espalda, lo mató y lo convirtió en mártir.
Poco después intentó el rey quemar la casa en que vivían las vírgenes, pero el santo apóstol se apareció ante ellas y las rescató de las llamas. Hitarco contrajo lepra y se suicidó con su propia espada. El pueblo entonces proclamó rey a un hermano de Efigenia, bautizado años antes por san Mateo, y la fe pudo a partir de entonces propagarse por tierras etíopes durante muchos años.
Se encontraba el apóstol en Nadaver, ciudad de Etiopía, cuando tras la muerte del rey converso Egido, subió al trono Hitarco. El nuevo monarca, arrebatado del apasionado amor que sentía por Efigenia, ofreció a Mateo la mitad de su reino a cambio de que convenciera a la joven para que le aceptara pro esposo. El apóstol contestó a Hitarco:
- Tu antecesor iba a la Iglesia; ve tú también a ella el próximo domingo y escucha atentamente el sermón que pienso predicar a Efigenia y a sus compañeras acerca de la licitud del matrimonio y de las ventajas que la vida matrimonial comporta.
El rey, creyendo que Mateo iba a tratar de convencer a Efigenia de que debería aceptar las proposiciones conyugales que él le hacía, el domingo acudió a la iglesia ilusionado y lleno de alegría. Mateo predicó ante Efigenia y ante el pueblo un largo sermón ponderando las excelencias del matrimonio. Hitarco, mientras le oía, reafirmaba su posición de que el predicador, a través de los magníficos conceptos que en su sermón exponía, intentaba inclinar el ánimo de Efigenia hacia la vida matrimonial; y tan persuadido estaba de que ésta era la intención de Mateo, que aprovechando una pausa que éste hizo y que él interpretó como si el sermón hubiese terminado, se levantó de su asiento y felicitó efusivamente al predicador. Mateo rogó al rey que guardara silencio, que se sentara de nuevo y que continuara escuchando, pues el sermón no había terminado. Luego prosiguió su discurso de esta manera: "Cierto que el matrimonio, si los esposos observan escrupulosamente las promesas de fidelidad que al contraerlo mutuamente se hacen, es una cosa excelente. Pero prestad todos mucha atención a lo que ahora voy a decir: supongamos que un ciudadano cualquiera arrebatara la esposa a su propio rey. ¿Qué ocurriría? Pues que no sólo el usurpador cometería una gravísima ofensa contra su soberano, sino que automáticamente incurriría en un delito que está castigado con pena de muerte; e incurriría en ese delito, no por haber querido casarse, sino por haber quitado a su rey algo que legítimamente le pertenecía, y por haber sido el causante de que la esposa faltase a la palabra de fidelidad empeñada ante su verdadero esposo. Ahora bien; puesto que así son las cosas, ¿cómo tú, Hitarco, súbdito y vasallo del rey eterno, sabiendo que Efigenia al recibir el velo de las vírgenes ha quedado consagrada al Señor y desposada con Él, te atreves a poner en ella tus ojos y pretendes hacerla incurrir en infidelidad a su verdadero esposo que es precisamente tu soberano?"
En cuanto oyó esto, Hitarco, arrebatado de ira, salió furioso de la iglesia. Mateo, sin inmutarse, continuó su plática, exhortó a los oyentes a la paciencia y a la perseverancia, al final del sermón bendijo a las vírgenes y en especial a Efigenia que, asustada, se había arrodillado ante él, y luego prosiguió al celebración de la misa; mas en el preciso momento en que terminaba, cuando aún estaba ante el altar orando con los brazos extendidos hacia el cielo, un sicario enviado por el rey se acercó a él, le clavó una espada en la espalda, lo mató y lo convirtió en mártir.
Poco después intentó el rey quemar la casa en que vivían las vírgenes, pero el santo apóstol se apareció ante ellas y las rescató de las llamas. Hitarco contrajo lepra y se suicidó con su propia espada. El pueblo entonces proclamó rey a un hermano de Efigenia, bautizado años antes por san Mateo, y la fe pudo a partir de entonces propagarse por tierras etíopes durante muchos años.
Muerte de San Simón y San Judas Tadeo, apostoles del Señor
Autor: Cristiandad.org
Estando los apóstoles en Babilonia convirtieron a gran cantidad de gente, entre la que se encontraba el rey y muchos ricos.
Dos hombres que hacían magia e idolatría se trasladaron a una población llamada Samir en la que vivían setenta pontífices de los ídolos, y se dedicaron a predisponer a sus habitantes contra los apóstoles, incitándoles a que, cuando vinieran a predicarles su religión, los mataran si se negaban a ofrecer sacrificios en honor de los dioses.
Tras evangelizar toda la provincia, Simón y Judas se presentaron en Samir y, en cuanto llegaron, los habitantes de esta ciudad se arrojaron sobre ellos, los prendieron y los llevaron a un templo dedicado al sol; mas, tan pronto como los prisioneros penetraron en el recinto, los demonios, por medio de ciertos energúmenos, empezaron a decir a voces:
- ¿A qué venís aquí, apóstoles del Dios vivo? Sabéis de sobra que entre vosotros y nosotros no hay nada en común. Desde que llegasteis a Samir nos sentimos abrasados por un fuego insoportable.
Acto seguido aparecióse a Judas y a Simón un ángel del Señor y les dijo:
- Elegid entre estas dos cosas la que queráis: o que toda esta gente muera ahora mismo repentinamente, o vuestro propio martirio.
Los apóstoles respondieron:
- La elección ya está hecha. Pedimos a Dios misericordioso una doble merced: que conceda a esta ciudad la gracia de su conversión, y a nosotros el honor de morir mártires.
A continuación, Simón y Judas rogaron a la multitud que guardara silencio, y, cuando todos estuvieron callados, hablaron ellos y dijeron:
- Para demostraros que estos ídolos no son dioses, y que en su interior hay demonios agazapados, vamos a mandar a los malos espíritus que salgan inmediatamente de las imágenes en que permanecen escondidos, y que cada uno de ellos destruya la estatua que hasta ahora le ha servido de escondite.
Seguidamente los apóstoles dieron la orden anunciada, y en aquel mismo momento, de las dos estatuas que había en el templo salieron sendos individuos horrendos que en presencia de los asistentes destrozaron las imágenes de cuyo interior salieron, y rápidamente escaparon de allí dando voces y alaridos. Mientras la gente, impresionada pro lo que acababa de ver, permanecía muda de asombro, los pontífices paganos, irritados, se arrojaron sobre uno y otro apóstol y los despedazaron. En el preciso instante en que Simón y Judas murieron, el cielo, que hasta entonces había estado sereno y completamente despejado, se cubrió repentinamente de nubarrones; se organizó una terrible tormenta que derrumbó el templo aplastando a los magos.
Cuando el rey tuvo noticia de que Simón y Judas habían sido martirizados, recogió sus cadáveres, los trasladó a la capital del reino y les dio sepultura en una magnífica y suntuosa iglesia que mandó construir en su honor.
Estando los apóstoles en Babilonia convirtieron a gran cantidad de gente, entre la que se encontraba el rey y muchos ricos.
Dos hombres que hacían magia e idolatría se trasladaron a una población llamada Samir en la que vivían setenta pontífices de los ídolos, y se dedicaron a predisponer a sus habitantes contra los apóstoles, incitándoles a que, cuando vinieran a predicarles su religión, los mataran si se negaban a ofrecer sacrificios en honor de los dioses.
Tras evangelizar toda la provincia, Simón y Judas se presentaron en Samir y, en cuanto llegaron, los habitantes de esta ciudad se arrojaron sobre ellos, los prendieron y los llevaron a un templo dedicado al sol; mas, tan pronto como los prisioneros penetraron en el recinto, los demonios, por medio de ciertos energúmenos, empezaron a decir a voces:
- ¿A qué venís aquí, apóstoles del Dios vivo? Sabéis de sobra que entre vosotros y nosotros no hay nada en común. Desde que llegasteis a Samir nos sentimos abrasados por un fuego insoportable.
Acto seguido aparecióse a Judas y a Simón un ángel del Señor y les dijo:
- Elegid entre estas dos cosas la que queráis: o que toda esta gente muera ahora mismo repentinamente, o vuestro propio martirio.
Los apóstoles respondieron:
- La elección ya está hecha. Pedimos a Dios misericordioso una doble merced: que conceda a esta ciudad la gracia de su conversión, y a nosotros el honor de morir mártires.
A continuación, Simón y Judas rogaron a la multitud que guardara silencio, y, cuando todos estuvieron callados, hablaron ellos y dijeron:
- Para demostraros que estos ídolos no son dioses, y que en su interior hay demonios agazapados, vamos a mandar a los malos espíritus que salgan inmediatamente de las imágenes en que permanecen escondidos, y que cada uno de ellos destruya la estatua que hasta ahora le ha servido de escondite.
Seguidamente los apóstoles dieron la orden anunciada, y en aquel mismo momento, de las dos estatuas que había en el templo salieron sendos individuos horrendos que en presencia de los asistentes destrozaron las imágenes de cuyo interior salieron, y rápidamente escaparon de allí dando voces y alaridos. Mientras la gente, impresionada pro lo que acababa de ver, permanecía muda de asombro, los pontífices paganos, irritados, se arrojaron sobre uno y otro apóstol y los despedazaron. En el preciso instante en que Simón y Judas murieron, el cielo, que hasta entonces había estado sereno y completamente despejado, se cubrió repentinamente de nubarrones; se organizó una terrible tormenta que derrumbó el templo aplastando a los magos.
Cuando el rey tuvo noticia de que Simón y Judas habían sido martirizados, recogió sus cadáveres, los trasladó a la capital del reino y les dio sepultura en una magnífica y suntuosa iglesia que mandó construir en su honor.
Como murio San Juan Evangelista, el discipulo mas amado de Cristo?
Autor: Cristiandad.org
Sesenta y siete años después de la Pasión del Señor, cuando san Juan tenía ya 98 de edad, Jesucristo, escribe san Isidoro, se apareció al apóstol y le dijo: "Mi querido amigo, ven a mí; ha llegado la hora de que te sientes en mi mesa con el resto de tus hermanos". Al oír estas palabras, Juan intentó ponerse en pie e hizo ademán de ir hacia su Maestro, pero éste le manifestó: "Espera hasta el domingo". Al domingo siguiente, muy de madrugada, a la hora en que el gallo suele cantar, todos los fieles se congregaron en la iglesia que habían construido en honor del apóstol y éste empezó a predicarles, exhortándolos a que cumplieran fervorosamente los divinos mandamientos. Acabado el sermón, mandóles que cavaran su sepultura a la vera del altar y que sacaran la tierra fuera del templo. Cuando la fosa estuvo dispuesta, el santo bajó hasta el fondo de la misma, tendióse en ella, alzó las manos hacia el cielo y pronunció la siguiente oración: "Señor Jesucristo: Me has invitado a sentarme a tu mesa: allá voy, siempre, con toda mi alma, he deseado estar contigo". De pronto la fosa quedó envuelta por una luz vivísima, cuyos resplandores nadie pudo resistir. Momento después cesó la deslumbrante claridad y los asistentes advirtieron que, mientras duró, había descendido sobre el cuerpo del apóstol una extraña sustancia a manera de arena finísima que lo cubría enteramente, llenaba la sepultura y desbordaba de ella. Es arena, semejante a la que hay en el fondo de algunas fuentes, puede verse todavía hoy en su sepulcro, como si se generara constantemente en el fondo del mismo.
Sesenta y siete años después de la Pasión del Señor, cuando san Juan tenía ya 98 de edad, Jesucristo, escribe san Isidoro, se apareció al apóstol y le dijo: "Mi querido amigo, ven a mí; ha llegado la hora de que te sientes en mi mesa con el resto de tus hermanos". Al oír estas palabras, Juan intentó ponerse en pie e hizo ademán de ir hacia su Maestro, pero éste le manifestó: "Espera hasta el domingo". Al domingo siguiente, muy de madrugada, a la hora en que el gallo suele cantar, todos los fieles se congregaron en la iglesia que habían construido en honor del apóstol y éste empezó a predicarles, exhortándolos a que cumplieran fervorosamente los divinos mandamientos. Acabado el sermón, mandóles que cavaran su sepultura a la vera del altar y que sacaran la tierra fuera del templo. Cuando la fosa estuvo dispuesta, el santo bajó hasta el fondo de la misma, tendióse en ella, alzó las manos hacia el cielo y pronunció la siguiente oración: "Señor Jesucristo: Me has invitado a sentarme a tu mesa: allá voy, siempre, con toda mi alma, he deseado estar contigo". De pronto la fosa quedó envuelta por una luz vivísima, cuyos resplandores nadie pudo resistir. Momento después cesó la deslumbrante claridad y los asistentes advirtieron que, mientras duró, había descendido sobre el cuerpo del apóstol una extraña sustancia a manera de arena finísima que lo cubría enteramente, llenaba la sepultura y desbordaba de ella. Es arena, semejante a la que hay en el fondo de algunas fuentes, puede verse todavía hoy en su sepulcro, como si se generara constantemente en el fondo del mismo.
viernes, 21 de mayo de 2010
jueves, 20 de mayo de 2010
miércoles, 19 de mayo de 2010
La Soberbia y la Humildad – Sermones del Cura de Ars
Es el primero de una serie de hermosos y edificadores sermones de San Juan María Vianney, el Santo cura de Ars, que les presentaremos. En este primero el Santo Cura de Ars nos habla de La Soberbia y la Humildad.
—
Ay hijos míos, por un pecado que tal vez durará un solo momento, un castigo que durará toda una eternidad. Lo más terrible de ese pecado es que cuanto más domina al hombre, menos culpable se cree este del mismo: en efecto jamás el orgulloso querrá convencerse de que lo es, ni jamás reconocerá de que no anda bien, todo cuanto hace y todo cuanto habla está bien hecho y bien dicho…
En efecto, hijos míos, aunque tuvieses todas las demás virtudes, si os faltase la humildad, nada tendríais. Abandonad toda vuestra fortuna a los pobres, llorad los pecados durante todas vuestra vida, someteos a todas las penitencias que vuestro cuerpo pueda soportar, pasad lo años de vuestra existencia en el desierto, pero si no tenéis humildad habréis de condenaros…
por Francisco
—
Ay hijos míos, por un pecado que tal vez durará un solo momento, un castigo que durará toda una eternidad. Lo más terrible de ese pecado es que cuanto más domina al hombre, menos culpable se cree este del mismo: en efecto jamás el orgulloso querrá convencerse de que lo es, ni jamás reconocerá de que no anda bien, todo cuanto hace y todo cuanto habla está bien hecho y bien dicho…
En efecto, hijos míos, aunque tuvieses todas las demás virtudes, si os faltase la humildad, nada tendríais. Abandonad toda vuestra fortuna a los pobres, llorad los pecados durante todas vuestra vida, someteos a todas las penitencias que vuestro cuerpo pueda soportar, pasad lo años de vuestra existencia en el desierto, pero si no tenéis humildad habréis de condenaros…
por Francisco
lunes, 17 de mayo de 2010
VEN, ESPÍRITU SANTO
Ven, Espíritu Santo,
y envía del Cielo
un rayo de tu luz.
Ven, padre de los pobres,
ven, dador de gracias,
ven luz de los corazones.
Consolador magnífico,
dulce huésped del alma,
su dulce refrigerio.
Descanso en la fatiga,
brisa en el estío,
consuelo en el llanto.
¡Oh luz santísima!
llena lo más íntimo
de los corazones de tus fieles.
Sin tu ayuda,
nada hay en el hombre,
nada que sea bueno.
Lava lo que está manchado,
riega lo que está árido,
sana lo que está herido.
Dobla lo que está rígido,
calienta lo que está frío,
endereza lo que está extraviado.
Concede a tus fieles,
que en Ti confían
tus siete sagrados dones.
Dales el mérito de la virtud,
dales el puerto de la salvación,
dales la felicidad eterna.
y envía del Cielo
un rayo de tu luz.
Ven, padre de los pobres,
ven, dador de gracias,
ven luz de los corazones.
Consolador magnífico,
dulce huésped del alma,
su dulce refrigerio.
Descanso en la fatiga,
brisa en el estío,
consuelo en el llanto.
¡Oh luz santísima!
llena lo más íntimo
de los corazones de tus fieles.
Sin tu ayuda,
nada hay en el hombre,
nada que sea bueno.
Lava lo que está manchado,
riega lo que está árido,
sana lo que está herido.
Dobla lo que está rígido,
calienta lo que está frío,
endereza lo que está extraviado.
Concede a tus fieles,
que en Ti confían
tus siete sagrados dones.
Dales el mérito de la virtud,
dales el puerto de la salvación,
dales la felicidad eterna.
sábado, 15 de mayo de 2010
lunes, 10 de mayo de 2010
San Juan de Ávila10 de Mayo

Juan de Avila, nació en Almodóvar del Campo, en Castilla la Nueva. Estudió filosofía y teología en la Universidad de Alcalá. Fue considerado como uno de los más influyentes y elocuentes jefes religiososo de la España del siglo XVI. Fue amigo de San Ignacio de Loyola y consejero espiritual de Santa Teresa, además de San Francisco de Borja. Ordenado ya como sacerdote mostró tal elocuencia, que el Arzobispo de Sevilla le pidió que se dedicara a la evangelización en su país. Trabajó durante 9 años en las misiones de Andalucía.
El Beato, fue acusado ante la Santa Inquisición de Sevilla por predicar el rigorismo y la exclusión de los ricos del Reino de los Cielos. Luego de ser liberado, se dedicó a misionar en todas las regiones de España, principalmente en las ciudades. Los más famosos de sus escritos son sus cartas y el tratado: "Audi Filia".
Fue beatificado en 1894. La Compañía de Jesús celebra su fiesta como si se tratase de uno de sus miembros, ya que Juan veneró siempre a esta orden y a su fundador. Fue sepultado en Montilla.
Las reliquias de Santa Teresa de Lisieux del Niño en Sudafrica
JOHANNESBURGO, 09 May. 10 / 10:34 pm (ACI)
Las reliquias de Santa Teresa de Lisieux del Niño Jesús serán expuestas por primera vez en Sudáfrica, del 27 de junio hasta fines de septiembre, coincidiendo con la realización del mundial de fútbol que se desarrollará en este país del 11 de junio al 11 de julio.
Así lo dio a conocer la Iglesia en Sudáfrica desde su sitio en Internet www.churchontheball.com creado para resaltar la importancia que tiene para la vida espiritual de las persona la práctica del deporte.
La llegada de las reliquias, promovida por un grupo de jóvenes de la parroquia de San Francisco de Asís en Yeonville, en Johannesburgo, cuenta también con el apoyo del Arzobispo de esta ciudad, Mons. Joseph Tlhagale.
Del 27 de junio al 12 de julio, las reliquias de esta Santa y Doctora de la Iglesia estarán en la capital, para pasar luego por la "Ruta Santa Teresa" que recorrerá las provincias de Limpopo, Gauteng, Free State, Eastern Cape y Western Cape.
Toda la Iglesia en Sudáfrica, explica la nota, "espera que la presencia de las reliquias de Santa Teresa de Lisiexu pueda ayudar a los sudafricanos a reforzar su se, desafiar a todo a llevar una vida de fe y seguir la propia vocación como hizo la santa. Los fieles también son alentados a acompañar la llegada de las reliquias con proyectos e iniciativas especiales de parte de las parroquias, diócesis, escuelas y conventos".
El Arzobispo de Durban, Cardenal Wilfrid Fox Napier, señala "la Iglesia en Sudáfrica quiere acoger la ocasión de la Copa del mundo para evidencia el rol importante que el deporte tiene en nuestra cultura africana".
Más información (en inglés): www.churchontheball.com
Las reliquias de Santa Teresa de Lisieux del Niño Jesús serán expuestas por primera vez en Sudáfrica, del 27 de junio hasta fines de septiembre, coincidiendo con la realización del mundial de fútbol que se desarrollará en este país del 11 de junio al 11 de julio.
Así lo dio a conocer la Iglesia en Sudáfrica desde su sitio en Internet www.churchontheball.com creado para resaltar la importancia que tiene para la vida espiritual de las persona la práctica del deporte.
La llegada de las reliquias, promovida por un grupo de jóvenes de la parroquia de San Francisco de Asís en Yeonville, en Johannesburgo, cuenta también con el apoyo del Arzobispo de esta ciudad, Mons. Joseph Tlhagale.
Del 27 de junio al 12 de julio, las reliquias de esta Santa y Doctora de la Iglesia estarán en la capital, para pasar luego por la "Ruta Santa Teresa" que recorrerá las provincias de Limpopo, Gauteng, Free State, Eastern Cape y Western Cape.
Toda la Iglesia en Sudáfrica, explica la nota, "espera que la presencia de las reliquias de Santa Teresa de Lisiexu pueda ayudar a los sudafricanos a reforzar su se, desafiar a todo a llevar una vida de fe y seguir la propia vocación como hizo la santa. Los fieles también son alentados a acompañar la llegada de las reliquias con proyectos e iniciativas especiales de parte de las parroquias, diócesis, escuelas y conventos".
El Arzobispo de Durban, Cardenal Wilfrid Fox Napier, señala "la Iglesia en Sudáfrica quiere acoger la ocasión de la Copa del mundo para evidencia el rol importante que el deporte tiene en nuestra cultura africana".
Más información (en inglés): www.churchontheball.com
jueves, 6 de mayo de 2010
Santo Domingo Savio 6 de mayo

Domingo Savio tuvo una vida muy sencilla, pero en poco tiempo recorrió un largo camino de santidad, obra maestra del Espíritu Santo y fruto de la pedagogía de san Juan Bosco.
Había nacido en San Giovanni di Riva (cerca de Chieri, provincia de Turín) en una familia pobre de bienes materiales, pero rica de fe. Su niñez quedó marcada por la primera comunión, hecha con fervor a los siete años, y se distingue por el cumplimiento del deber. A sus doce años tuvo lugar un acontecimiento decisivo: el encuentro con San Juan Bosco, que lo acoge, como padre y guía, en Valdocco (Turín) para cursar los estudios secundarios. Al descubrir entonces los altos horizontes de su vida como hijo de Dios, apoyándose en su amistad con Jesús y María se lanza a la aventura de la santidad, entendida como entrega total a Dios por amor. Reza, pone empeño en los estudios, es el compañero más amable. Sensibilizado en el ideal del Da mihi ánimas de san Juan Bosco, quiere salvar el alma de todos y funda la compañía de la Inmaculada, de la que saldrán los mejores, de la que saldrán los mejores colaboradores del fundador de los salesianos.
Habiendo enfermado de gravedad a los 15 años, regresa al hogar paterno de Mondonio (provincia de Asti), donde muere serenamente el 9 de marzo de 1857 con la alegría de ir al encuentro del Señor. Pío XII lo proclamó santo el 12 de junio de 1954.
miércoles, 5 de mayo de 2010
El indispensable arte del discernimiento segun Santa Catalina y Santa Teresa

Según Catalina de Siena, "el discernimiento no es otra cosa que el conocimiento verdadero que el alma ha de tener de sí misma y del Yo". Y Teresa de Jesús dice: "Tengo por más gran merced del Señor un día de propio y humilde conocimiento, aunque nos haya costado muchas aflicciones y trabajos, que muchos de oración" (9). Una de las características más indispensables de este autoconocimiento consiste en discernir de cuál de los tres ámbitos de la persona (cuerpo, psiquismo y espíritu) proceden los movimientos de consolación y desolación. Para ello es necesario conocer las leyes del propio cuerpo, del psiquismo y del espíritu.
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El indispensable arte del discernimiento
martes, 4 de mayo de 2010
NOS PIDEN ORACIONES:LOShinduistas EXTREMISTAS QUEMARON 20 IGLESIAS EN LA INDIA
PEDIDO DE ORACIÓN! PARA NUESTROS MISIONEROS Y HERMANOS Y HERMANAS EN LA INDIA...
Recibí este mensaje en francés y lo traduzco para ustedes: Por favor recen por las iglesias cristianas en la India, los budistas Extemistas quemaron 20 iglesias anoche. Esta noche planifican destruir 200 iglesias en la provincia de Olisabang. Planifican matar a 200 misioneros en las próximas 24hs. En este momento todos los cristianos se están escondiendo en los pueblos. Por favor recen por ellos y envien este mensaje a todos los cristianos que conozca. Por favor, pídanle a Dios de dispensar a los hermanos y hermanas de la India. Cuando reciban este mensaje, por favor envien este pedido de oracion urgente. Por favor recen por ellos y pongan este pedido delante de nuestro todopoderoso y victorioso Señor. Gracias por su colaboracion.
Por favor recen para que nuestros hermanos y hermanas sean salvados.
Hermano Germain Lasoucière (Quebec)
Requête de prières ! Urgent pour nos missionnaires et nos frères et s½urs aux Indes...
j'ai reçu ce message en anglais et je l'ai traduit pour vous le voici : S.V.P. priez pour les églises chrétiennes en Inde, les hindouistes Extrémistes en Inde ont brûlés 20 églises hier soir. Ce soir ils planifient de détruire 200 églises dans la province de Olisabang. Ils planifient de tuer 200 missionnaires dans les prochaines 24 heures. Présentement tous les chrétiens se cachent dans les villages. S.V.P. priez pour eux et envoyer ce message à tous les chrétiens que vous connaissez. S.V.P. demandez à Dieu de faire grâce aux frères et s½urs en Inde. Quand vous allez recevoir ce message S.V.P. envoyez cette requête de prière urgente. S.V.P. priez pour eux et soumettez cette requête devant notre tout puissant et victorieux Seigneur. Merci de votre collaboration !
SVP. Priez que nos frères et s½urs soient épargnés.
del Blog de Sor Cecilia
Recibí este mensaje en francés y lo traduzco para ustedes: Por favor recen por las iglesias cristianas en la India, los budistas Extemistas quemaron 20 iglesias anoche. Esta noche planifican destruir 200 iglesias en la provincia de Olisabang. Planifican matar a 200 misioneros en las próximas 24hs. En este momento todos los cristianos se están escondiendo en los pueblos. Por favor recen por ellos y envien este mensaje a todos los cristianos que conozca. Por favor, pídanle a Dios de dispensar a los hermanos y hermanas de la India. Cuando reciban este mensaje, por favor envien este pedido de oracion urgente. Por favor recen por ellos y pongan este pedido delante de nuestro todopoderoso y victorioso Señor. Gracias por su colaboracion.
Por favor recen para que nuestros hermanos y hermanas sean salvados.
Hermano Germain Lasoucière (Quebec)
Requête de prières ! Urgent pour nos missionnaires et nos frères et s½urs aux Indes...
j'ai reçu ce message en anglais et je l'ai traduit pour vous le voici : S.V.P. priez pour les églises chrétiennes en Inde, les hindouistes Extrémistes en Inde ont brûlés 20 églises hier soir. Ce soir ils planifient de détruire 200 églises dans la province de Olisabang. Ils planifient de tuer 200 missionnaires dans les prochaines 24 heures. Présentement tous les chrétiens se cachent dans les villages. S.V.P. priez pour eux et envoyer ce message à tous les chrétiens que vous connaissez. S.V.P. demandez à Dieu de faire grâce aux frères et s½urs en Inde. Quand vous allez recevoir ce message S.V.P. envoyez cette requête de prière urgente. S.V.P. priez pour eux et soumettez cette requête devant notre tout puissant et victorieux Seigneur. Merci de votre collaboration !
SVP. Priez que nos frères et s½urs soient épargnés.
del Blog de Sor Cecilia
miércoles, 28 de abril de 2010
Santa Catalina de Siena 29 de Abril
Doctora de la Iglesia. Año 1380.
Catalina significa: la pura, la inocente.
Catalina y Santa Teresa, son quizás las dos mujeres más famosas de la Iglesia Católica, después de la Santísima Virgen María.
Año 1347: Nace en Siena, Italia, hija menor en un hogar de 25 hijos. La espaciosa casa de sus padres, en la altura de la ciudad, ha sido conservada muy cuidadosamente por los sieneses y es visitada cada día por centenares de peregrinos.
De su padre heredó la bondad de corazón, la caridad para con los pobres y una bondad inalterable. De la mamá heredó un gran amor por el trabajo y una admirable energía para emprender labores difíciles y vencer dificultadas.
Año 1353. A los seis años, Catalina tiene la primera experiencia sobrenatural. Era una niña alegre, bulliciosa y vivaracha. Pero viajando con su hermano Esteban, de pronto se quedó como clavada en el suelo y no respondía a los llamados del hermano. Al fin éste logró a empujones sacarla de su éxtasis. La niña empezó a llorar y a decir: ""Oh Esteban: ¿Por qué me quitaste la hermosa visión que estaba contemplando?"". Se le había aparecido Jesucristo en un trono de gloria, rodeado por los Apóstoles San Pedro, San Pablo y San Juan y le había pedido que dedicara su vida entera a amarlo a El y a hacerlo conocer y amar por los demás. Desde ese día Catalina es una persona totalmente distinta. Parece que ya no vive para lo material sino sólo para lo espiritual. Aun en sus juegos con las otras niñas lo que busca siempre es hacer conocer y amar más a Jesucristo.
Año 1459. Por consejo de sus padres y ante la insistencia continua de su hermana, Catalina empieza a arreglase, vestir a la moda, a teñirse el pelo y a llenarse de coloretes. Tiene 12 años. Pero de repente, su hermana, que estaba recién casada, muere al dar a luz el primer hijo. Ante el cadáver de esa joven a la cual ella tanto amaba, Catalina promete que no buscará más lo mundanal y material sino solamente lo espiritual y sobrenatural. Es lo que ella llamará su ""conversión"".
Se corta su larga cabellera. Deja de adornarse y se retira frecuentemente a una piecita solitaria del solar de su casa, a orar, meditar y hacer penitencia. Pero sus padres y hermanos que desean para ella un brillante matrimonio se dedican a hacerle insoportable esa vida de espiritualidad. La humillan, le dicen que ese modo de vivir es una locura. Le dejan todos los oficios más humillantes de esa inmensa casa, y llega a ser una pobre y simple sirvienta y cocinera de sus numerosos familiares. Y hasta llegan a destruir la piecita donde ella se retiraba a orar.
Pero Catalina no cede. ""Al destruirme la celda o piecita donde me retiraba a orar, me di cuanta que tenía que construirme una "celda interior", o sea acostumbrarme a recogerme a orar en lo más profundo de mi alma, aunque tuviera que vivir entre gente charlatana y dedicada a montones de oficios materiales"".
1363. Terciaria dominica. Las Comunidades religiosas tienen unas asociaciones de seglares que se proponen vivir las enseñanzas del santo fundador de la Comunidad, pero viviendo en su familia y dedicándose a labores materiales. Esto es lo que se llama la Tercera Orden. Y así hay Terciarios franciscanos, Terciarios dominicos, etc. En Siena había una asociación de mujeres piadosas que se llamaban Terciarias dominicas y la gente las llamaba las del Manto, porque llevaban un manto negro sobre una túnica blanca a imitación del modo como vestían los Padres Dominicos, fundados por Santo Domingo de Guzmán. Aquella asociación era muy seria. Tenían un director espiritual, una superiora, un Reglamento rígido y se dedicaban a obras de caridad, especialmente en favor de los enfermos y de los pobres. Y en esa asociación de laicos fue admitida Catalina cuando ya había cumplido sus 15 años. En adelante vestirá siempre de blanco y llevará un manto oscuro y un velo sobre la cabeza, pero seguirá trabajando en su casa y entre la gente más necesitada de su ciudad.
Sus primeros cuatro años de Terciaria Dominica son de intensos sufrimientos, persecuciones de los familiares, burlas, calumnias e incomprensiones de la gente. Sus instintos de maternidad renacen con toda la furia de la naturaleza juvenil. Una angustia continua por la conversión de los pecadores la hace sufrir intensamente. Muchos sacerdotes dudan de ella. Los sabios doctores dicen que es una pobre ignorante que se las quiere dar de sabia mística. Los corrillos de los lavaderos, de las esquinas y de las reuniones elegantes hablan muy mal de ella. Tentaciones terribles la asaltan. A veces pierde el gusto por la oración y por la meditación. Es lo que los santos llaman ""la noche oscura del alma"", un martirio íntimo que la está preparando para recibir grandes mensajes de Dios.
La madre no la comprende. Los hermanos la humillan. Pero el papá se da cuenta de que su hija necesita libertad espiritual para dedicarse a sus oraciones, meditaciones y obras buenas y le concede permiso para seguir las inspiraciones que el cielo le está mandando y practicar la vida espiritual a la cual se siente llamada. Se construye de nuevo su antigua piecita en un rincón del solar de su casa y allí se dedica a orar, a meditar y a mortificarse. Y se suceden con frecuencia las visiones celestiales.
Un día al empezar la Cuaresma de 1366 se le aparece Nuestro Señor Jesucristo acompañado de su Santísima Madre la Virgen María, y le acepta la consagración total que ella ha hecho de su vida en honor del Redentor y le coloca un anillo esponsal en un dedo de la mano, prometiéndole que su amistad será eterna y totalmente fiel. Desde ese día hasta su muerte, Catalina sentirá siempre en un dedo un anillo, que nadie ve, pero que ella siente perfectamente. Jesucristo le ha pedido que se dedique a atender a los pobres. A tratar de convertir pecadores y a dar buenos consejos a los que lo necesiten. Ella apenas va a cumplir sus veinte años, y desde ese día se dedica a buscar enfermos para atender, pobres para ayudar, pecadores para convertir y gentes para aconsejar. Jesús le hizo una promesa admirable: ""Cuida de Mí y de mis intereses que yo cuidaré de ti y de los tuyos"". Eso se cumplió admirablemente.
Uno de los tormentos que más hicieron sufrir a esta santa fueron las tentaciones contra la pureza. El demonio le presentaba las escenas más infames, y ella sentía un horror inmenso. Un día le dijo a Nuestro Señor: ""Oh Cristo, ¿a dónde te fuiste cuando me asaltaban esos pensamientos tan terriblemente impuros?"", y Jesús le respondió: ""Yo no me fui lejos. Yo estaba dentro de tu corazón presenciando tus combates"". Pero Señor: ¿cómo te podías estar allí ante la presencia de tentaciones tan horrendas? Y Cristo le respondió: ""¿Qué sentías ante esas imaginaciones, gusto o asco? El asco más repugnante que imaginarse pueda. Pues ese asco te lo daba yo"", le dijo Jesús. ""Ahora ya me has demostrado que sí me amas de verdad, al rechazar las tales tentaciones"".
Dios empezó a conceder a Catalina luces y sabiduría del todo especiales. Y por la calle pendiente que lleva a la casa de la humilde santa, empiezan a desfilar señoras ricas, sacerdotes, obispos, senadores, estudiantes, doctores, obreros y muchas personas más que alegres van a consultar. ¿A quién? A una pobre muchacha de poco más de 20 años, analfabeta que en su casa ha tenido que dedicarse a cocinar, lavar, coser y hacer mandados y que no ha ido a la escuela ni ha leído libro alguno, porque no sabe leer. Pero es que Dios le ha concedido a Catalina ""El don de consejo"", que consiste en saber dar soluciones oportunas para los problemas de la vida. Es un regalo del Espíritu Santo.
Y va creciendo inconteniblemente el número de sus amistades, el número de los que la aceptan como madre espiritual. Ahora las gentes la llaman sencillamente ""Mamá"", y ella es todavía una humilde muchacha de barrio popular. Pero ha hecho el enorme sacrificio de renunciar a las fortísimas inclinaciones que tenía hacia la maternidad corporal y Dios en cambio le ha concedido una fertilísima maternidad espiritual. Es que Cristo sigue cumpliendo aquella promesa suya: ""Quien renuncie a algo importante por amor a Mí, recibirá cien veces más"".
Catalina pasa días y semanas sin comer nada. Solamente se alimenta con la Santa Hostia que recibe por la mañana en la Santa Misa. Un director espiritual le ordena que tiene que comer algo. Una vez por orden suya come unas habas y todo el día lo pasa vomitando y hasta que no vomita la última haba no puede volver a tener salud. Vivía únicamente con la Sagrada Comunión.
Los Padres Dominicos la invitan a su Reunión o Capítulo General y allí examinan su vida y sus enseñanzas y al darse cuenta de que se trata de un caso extraordinario de vida espiritual le conceden el permiso para seguir enseñando y aconsejando y le nombran como director espiritual a un verdadero santo, al beato Raimundo de Capua, que será después Superior General de esa Comunidad y que escribirá más tarde todos los datos que sabemos hoy de esta gran santa. Para ella fue un verdadero regalo de Dios haberse encontrado con este director espiritual tan santo, tan sabio y tan comprensivo. Pero Raimundo de Capua, aunque muchos años mayor que ella, y con altos estudios, la considerará siempre como su verdadera ""Mamá"", espiritual. Para ellos dos se cumplió lo que dice la S. Biblia: ""Hallar una buena amistad es mejor que encontrarse un tesoro"".
Después de la comunión casi siempre quedaba en éxtasis. Muchas gentes la vieron elevarse del suelo mientras hacía oración. Al padre Raimundo decía que toda su ciencia teológica la había recibido directamente de Dios. Muchos enfermos recibieron la curación, al rezar Catalina por ellos.
Fue necesario conseguir tres sacerdotes para confesar a los pecadores que iban a consultar a la santa, porque se convertían de manera admirable y deseaban hacer confesión de toda la vida. A los pueblos a donde ella llegaba a hablarle a la gente había que llevar muchos confesores, porque todo el mundo quería confesarse.
A un joven lo sentenciaron a muerte por haber hablado un poco fuerte contra los jefes políticos de la ciudad. Aquel hombre no aceptaba esa condena que le parecía injusta y no quería confesarse. Enviaron entonces a Catalina a hablarle. Oigamos cómo narra ella este caso:.
""He ido a visitar al condenado a muerte y experimentó tal cambio y tal contrición que se confesó y comulgó fervorosamente. Me hizo prometerle que yo estaría cerca de él cuando lo llevaran a la ejecución. Me decía: "Por favor, no me abandone, porque tengo miedo de que me falte el valor suficiente a la última hora". Yo le decía "No tenga temor, que en la eternidad se va a encontrar con el amabilísimo Jesús, que es todo bondad y misericordia". El se llenó de entusiasmo y me preguntaba "¿Cómo es posible que siente ahora tanta alegría". Y bendecía a Dios. yo lo esperé en el sitio del ajustamiento y rezaba mucho por él a la Virgen Santísima. Al verme, se sonrió y me pidió que le hiciera la señal de la cruz en la frente. Así lo hice. Al dobral la cabeza para que se la cortaran iba repitiendo: "Jesús, Jesús". Yo le oí decir a Nuestro Señor: "Esta alma se salvó, no por los merecimientos de él, sino por la gran misericordia de Dios""".
1371. Empieza la acción política de Santa Catalina.
El Sumo Pontífice vivía fuera de Roma en Avignon y esto traía muchos males a la Iglesia Católica. Catalina empezó una cruzada o movimiento nacional para obtener que el Papa volviera a la Ciudad Eterna.
1374. El Papa empieza a escribirle a Catalina. Le ruega que rece mucho por él y por la Iglesia Católica. La santa le escribe rogándole que vuelva a Roma.
1375. Se le graban las heridas de Cristo.
Estando rezando ante un crucifijo, ve salir unos rayos de luz de las cinco heridas de Jesús y se le forman a ella las heridas en las manos, los pies y el costado. La gente no las ve, pero ella sí las siente al vivo.
1376. El Papa, por influencia de Catalina, vuelve a Roma. Esto alegra muchísimo a la cristiandad. El Sumo Pontífice Gregorio XI le pide que se vaya también a Roma a colaborar con la tarea de enfervorizar a las gentes y obtener que haya paz.
1377. A los 30 años aprende a leer. Hasta ese entonces toda su ciencia la había aprendido oyendo a Dios y escuchando sermones y clases de catecismo ""Mi maestro ha sido el Espíritu Santo"", decía.
1378. Redacta su famoso libro, Los Diálogos.
Va dictando a dos secretarios todo lo que Dios le va iluminando que debe decir. Este libro ""Los Diálogos"" se volvió famoso y ha hecho enorme bien por más de seis siglos. San Antonio M. Claret decía que él cuando leía el libro de Santa Catalina tenía que tener en la mano un pañuelo porque no hacía sino llorar de emoción.
1379. Habla ante todos los Cardenales reunidos. Les dice que el mejor remedio para los males de la Iglesia Católica es que cada uno se esfuerce por ser santo.
Recorre varias ciudades poniendo la paz entre los bandos que se combatían. La gente la considera una gran santa. Llega la peste, el tifo negro, y mueren miles y miles de personas. Ella va de enfermo en enfermo atendiendo, día y noche. Y a varios les consigue la curación. Ella misma cava las tumbas para los más necesitados y abandondados.
Dicta 400 cartas dando consejos y tratando de convertir y de obtener la paz donde había divisiones y peleas. Sus cartas son notables por la belleza de su estilo. Se cree una gran pecadora y llora mucho de arrepentimiento. Repite miles de veces aquella frase del Salmo 51 ""Oh Señor, crea en mí un corazón puro y no alejes de mí tu Santo Espíritu"".
Por petición del Sumo Pontífice se va a vivir a Roma. Pasa horas y horas rezando en San Pedro. ""Mi más grande deseo es que la Iglesia Católica se vuelva santa"", repetía. ""Oh Cristo: yo deseo amarte cada vez más y sufrir todo por Ti"". ""Si preguntan ¿por qué ha muerto? Digan: ofreció su vida por la Iglesia"".
Año 1380. El 29 de abril muere en Roma a la edad de 33 años.
El Papa Pío II la declaró santa y Pablo VI la proclamó ""Doctora de la Iglesia"".
Catalina significa: la pura, la inocente.
Catalina y Santa Teresa, son quizás las dos mujeres más famosas de la Iglesia Católica, después de la Santísima Virgen María.
Año 1347: Nace en Siena, Italia, hija menor en un hogar de 25 hijos. La espaciosa casa de sus padres, en la altura de la ciudad, ha sido conservada muy cuidadosamente por los sieneses y es visitada cada día por centenares de peregrinos.
De su padre heredó la bondad de corazón, la caridad para con los pobres y una bondad inalterable. De la mamá heredó un gran amor por el trabajo y una admirable energía para emprender labores difíciles y vencer dificultadas.
Año 1353. A los seis años, Catalina tiene la primera experiencia sobrenatural. Era una niña alegre, bulliciosa y vivaracha. Pero viajando con su hermano Esteban, de pronto se quedó como clavada en el suelo y no respondía a los llamados del hermano. Al fin éste logró a empujones sacarla de su éxtasis. La niña empezó a llorar y a decir: ""Oh Esteban: ¿Por qué me quitaste la hermosa visión que estaba contemplando?"". Se le había aparecido Jesucristo en un trono de gloria, rodeado por los Apóstoles San Pedro, San Pablo y San Juan y le había pedido que dedicara su vida entera a amarlo a El y a hacerlo conocer y amar por los demás. Desde ese día Catalina es una persona totalmente distinta. Parece que ya no vive para lo material sino sólo para lo espiritual. Aun en sus juegos con las otras niñas lo que busca siempre es hacer conocer y amar más a Jesucristo.
Año 1459. Por consejo de sus padres y ante la insistencia continua de su hermana, Catalina empieza a arreglase, vestir a la moda, a teñirse el pelo y a llenarse de coloretes. Tiene 12 años. Pero de repente, su hermana, que estaba recién casada, muere al dar a luz el primer hijo. Ante el cadáver de esa joven a la cual ella tanto amaba, Catalina promete que no buscará más lo mundanal y material sino solamente lo espiritual y sobrenatural. Es lo que ella llamará su ""conversión"".
Se corta su larga cabellera. Deja de adornarse y se retira frecuentemente a una piecita solitaria del solar de su casa, a orar, meditar y hacer penitencia. Pero sus padres y hermanos que desean para ella un brillante matrimonio se dedican a hacerle insoportable esa vida de espiritualidad. La humillan, le dicen que ese modo de vivir es una locura. Le dejan todos los oficios más humillantes de esa inmensa casa, y llega a ser una pobre y simple sirvienta y cocinera de sus numerosos familiares. Y hasta llegan a destruir la piecita donde ella se retiraba a orar.
Pero Catalina no cede. ""Al destruirme la celda o piecita donde me retiraba a orar, me di cuanta que tenía que construirme una "celda interior", o sea acostumbrarme a recogerme a orar en lo más profundo de mi alma, aunque tuviera que vivir entre gente charlatana y dedicada a montones de oficios materiales"".
1363. Terciaria dominica. Las Comunidades religiosas tienen unas asociaciones de seglares que se proponen vivir las enseñanzas del santo fundador de la Comunidad, pero viviendo en su familia y dedicándose a labores materiales. Esto es lo que se llama la Tercera Orden. Y así hay Terciarios franciscanos, Terciarios dominicos, etc. En Siena había una asociación de mujeres piadosas que se llamaban Terciarias dominicas y la gente las llamaba las del Manto, porque llevaban un manto negro sobre una túnica blanca a imitación del modo como vestían los Padres Dominicos, fundados por Santo Domingo de Guzmán. Aquella asociación era muy seria. Tenían un director espiritual, una superiora, un Reglamento rígido y se dedicaban a obras de caridad, especialmente en favor de los enfermos y de los pobres. Y en esa asociación de laicos fue admitida Catalina cuando ya había cumplido sus 15 años. En adelante vestirá siempre de blanco y llevará un manto oscuro y un velo sobre la cabeza, pero seguirá trabajando en su casa y entre la gente más necesitada de su ciudad.
Sus primeros cuatro años de Terciaria Dominica son de intensos sufrimientos, persecuciones de los familiares, burlas, calumnias e incomprensiones de la gente. Sus instintos de maternidad renacen con toda la furia de la naturaleza juvenil. Una angustia continua por la conversión de los pecadores la hace sufrir intensamente. Muchos sacerdotes dudan de ella. Los sabios doctores dicen que es una pobre ignorante que se las quiere dar de sabia mística. Los corrillos de los lavaderos, de las esquinas y de las reuniones elegantes hablan muy mal de ella. Tentaciones terribles la asaltan. A veces pierde el gusto por la oración y por la meditación. Es lo que los santos llaman ""la noche oscura del alma"", un martirio íntimo que la está preparando para recibir grandes mensajes de Dios.
La madre no la comprende. Los hermanos la humillan. Pero el papá se da cuenta de que su hija necesita libertad espiritual para dedicarse a sus oraciones, meditaciones y obras buenas y le concede permiso para seguir las inspiraciones que el cielo le está mandando y practicar la vida espiritual a la cual se siente llamada. Se construye de nuevo su antigua piecita en un rincón del solar de su casa y allí se dedica a orar, a meditar y a mortificarse. Y se suceden con frecuencia las visiones celestiales.
Un día al empezar la Cuaresma de 1366 se le aparece Nuestro Señor Jesucristo acompañado de su Santísima Madre la Virgen María, y le acepta la consagración total que ella ha hecho de su vida en honor del Redentor y le coloca un anillo esponsal en un dedo de la mano, prometiéndole que su amistad será eterna y totalmente fiel. Desde ese día hasta su muerte, Catalina sentirá siempre en un dedo un anillo, que nadie ve, pero que ella siente perfectamente. Jesucristo le ha pedido que se dedique a atender a los pobres. A tratar de convertir pecadores y a dar buenos consejos a los que lo necesiten. Ella apenas va a cumplir sus veinte años, y desde ese día se dedica a buscar enfermos para atender, pobres para ayudar, pecadores para convertir y gentes para aconsejar. Jesús le hizo una promesa admirable: ""Cuida de Mí y de mis intereses que yo cuidaré de ti y de los tuyos"". Eso se cumplió admirablemente.
Uno de los tormentos que más hicieron sufrir a esta santa fueron las tentaciones contra la pureza. El demonio le presentaba las escenas más infames, y ella sentía un horror inmenso. Un día le dijo a Nuestro Señor: ""Oh Cristo, ¿a dónde te fuiste cuando me asaltaban esos pensamientos tan terriblemente impuros?"", y Jesús le respondió: ""Yo no me fui lejos. Yo estaba dentro de tu corazón presenciando tus combates"". Pero Señor: ¿cómo te podías estar allí ante la presencia de tentaciones tan horrendas? Y Cristo le respondió: ""¿Qué sentías ante esas imaginaciones, gusto o asco? El asco más repugnante que imaginarse pueda. Pues ese asco te lo daba yo"", le dijo Jesús. ""Ahora ya me has demostrado que sí me amas de verdad, al rechazar las tales tentaciones"".
Dios empezó a conceder a Catalina luces y sabiduría del todo especiales. Y por la calle pendiente que lleva a la casa de la humilde santa, empiezan a desfilar señoras ricas, sacerdotes, obispos, senadores, estudiantes, doctores, obreros y muchas personas más que alegres van a consultar. ¿A quién? A una pobre muchacha de poco más de 20 años, analfabeta que en su casa ha tenido que dedicarse a cocinar, lavar, coser y hacer mandados y que no ha ido a la escuela ni ha leído libro alguno, porque no sabe leer. Pero es que Dios le ha concedido a Catalina ""El don de consejo"", que consiste en saber dar soluciones oportunas para los problemas de la vida. Es un regalo del Espíritu Santo.
Y va creciendo inconteniblemente el número de sus amistades, el número de los que la aceptan como madre espiritual. Ahora las gentes la llaman sencillamente ""Mamá"", y ella es todavía una humilde muchacha de barrio popular. Pero ha hecho el enorme sacrificio de renunciar a las fortísimas inclinaciones que tenía hacia la maternidad corporal y Dios en cambio le ha concedido una fertilísima maternidad espiritual. Es que Cristo sigue cumpliendo aquella promesa suya: ""Quien renuncie a algo importante por amor a Mí, recibirá cien veces más"".
Catalina pasa días y semanas sin comer nada. Solamente se alimenta con la Santa Hostia que recibe por la mañana en la Santa Misa. Un director espiritual le ordena que tiene que comer algo. Una vez por orden suya come unas habas y todo el día lo pasa vomitando y hasta que no vomita la última haba no puede volver a tener salud. Vivía únicamente con la Sagrada Comunión.
Los Padres Dominicos la invitan a su Reunión o Capítulo General y allí examinan su vida y sus enseñanzas y al darse cuenta de que se trata de un caso extraordinario de vida espiritual le conceden el permiso para seguir enseñando y aconsejando y le nombran como director espiritual a un verdadero santo, al beato Raimundo de Capua, que será después Superior General de esa Comunidad y que escribirá más tarde todos los datos que sabemos hoy de esta gran santa. Para ella fue un verdadero regalo de Dios haberse encontrado con este director espiritual tan santo, tan sabio y tan comprensivo. Pero Raimundo de Capua, aunque muchos años mayor que ella, y con altos estudios, la considerará siempre como su verdadera ""Mamá"", espiritual. Para ellos dos se cumplió lo que dice la S. Biblia: ""Hallar una buena amistad es mejor que encontrarse un tesoro"".
Después de la comunión casi siempre quedaba en éxtasis. Muchas gentes la vieron elevarse del suelo mientras hacía oración. Al padre Raimundo decía que toda su ciencia teológica la había recibido directamente de Dios. Muchos enfermos recibieron la curación, al rezar Catalina por ellos.
Fue necesario conseguir tres sacerdotes para confesar a los pecadores que iban a consultar a la santa, porque se convertían de manera admirable y deseaban hacer confesión de toda la vida. A los pueblos a donde ella llegaba a hablarle a la gente había que llevar muchos confesores, porque todo el mundo quería confesarse.
A un joven lo sentenciaron a muerte por haber hablado un poco fuerte contra los jefes políticos de la ciudad. Aquel hombre no aceptaba esa condena que le parecía injusta y no quería confesarse. Enviaron entonces a Catalina a hablarle. Oigamos cómo narra ella este caso:.
""He ido a visitar al condenado a muerte y experimentó tal cambio y tal contrición que se confesó y comulgó fervorosamente. Me hizo prometerle que yo estaría cerca de él cuando lo llevaran a la ejecución. Me decía: "Por favor, no me abandone, porque tengo miedo de que me falte el valor suficiente a la última hora". Yo le decía "No tenga temor, que en la eternidad se va a encontrar con el amabilísimo Jesús, que es todo bondad y misericordia". El se llenó de entusiasmo y me preguntaba "¿Cómo es posible que siente ahora tanta alegría". Y bendecía a Dios. yo lo esperé en el sitio del ajustamiento y rezaba mucho por él a la Virgen Santísima. Al verme, se sonrió y me pidió que le hiciera la señal de la cruz en la frente. Así lo hice. Al dobral la cabeza para que se la cortaran iba repitiendo: "Jesús, Jesús". Yo le oí decir a Nuestro Señor: "Esta alma se salvó, no por los merecimientos de él, sino por la gran misericordia de Dios""".
1371. Empieza la acción política de Santa Catalina.
El Sumo Pontífice vivía fuera de Roma en Avignon y esto traía muchos males a la Iglesia Católica. Catalina empezó una cruzada o movimiento nacional para obtener que el Papa volviera a la Ciudad Eterna.
1374. El Papa empieza a escribirle a Catalina. Le ruega que rece mucho por él y por la Iglesia Católica. La santa le escribe rogándole que vuelva a Roma.
1375. Se le graban las heridas de Cristo.
Estando rezando ante un crucifijo, ve salir unos rayos de luz de las cinco heridas de Jesús y se le forman a ella las heridas en las manos, los pies y el costado. La gente no las ve, pero ella sí las siente al vivo.
1376. El Papa, por influencia de Catalina, vuelve a Roma. Esto alegra muchísimo a la cristiandad. El Sumo Pontífice Gregorio XI le pide que se vaya también a Roma a colaborar con la tarea de enfervorizar a las gentes y obtener que haya paz.
1377. A los 30 años aprende a leer. Hasta ese entonces toda su ciencia la había aprendido oyendo a Dios y escuchando sermones y clases de catecismo ""Mi maestro ha sido el Espíritu Santo"", decía.
1378. Redacta su famoso libro, Los Diálogos.
Va dictando a dos secretarios todo lo que Dios le va iluminando que debe decir. Este libro ""Los Diálogos"" se volvió famoso y ha hecho enorme bien por más de seis siglos. San Antonio M. Claret decía que él cuando leía el libro de Santa Catalina tenía que tener en la mano un pañuelo porque no hacía sino llorar de emoción.
1379. Habla ante todos los Cardenales reunidos. Les dice que el mejor remedio para los males de la Iglesia Católica es que cada uno se esfuerce por ser santo.
Recorre varias ciudades poniendo la paz entre los bandos que se combatían. La gente la considera una gran santa. Llega la peste, el tifo negro, y mueren miles y miles de personas. Ella va de enfermo en enfermo atendiendo, día y noche. Y a varios les consigue la curación. Ella misma cava las tumbas para los más necesitados y abandondados.
Dicta 400 cartas dando consejos y tratando de convertir y de obtener la paz donde había divisiones y peleas. Sus cartas son notables por la belleza de su estilo. Se cree una gran pecadora y llora mucho de arrepentimiento. Repite miles de veces aquella frase del Salmo 51 ""Oh Señor, crea en mí un corazón puro y no alejes de mí tu Santo Espíritu"".
Por petición del Sumo Pontífice se va a vivir a Roma. Pasa horas y horas rezando en San Pedro. ""Mi más grande deseo es que la Iglesia Católica se vuelva santa"", repetía. ""Oh Cristo: yo deseo amarte cada vez más y sufrir todo por Ti"". ""Si preguntan ¿por qué ha muerto? Digan: ofreció su vida por la Iglesia"".
Año 1380. El 29 de abril muere en Roma a la edad de 33 años.
El Papa Pío II la declaró santa y Pablo VI la proclamó ""Doctora de la Iglesia"".
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