Amigos que pasan y dejan su huella aqui. Gracias por estar .Paz a tu corazon

Recuerda amigo cuando entras a la Casa de Dios pisas Tierra Sagrada.

La Casa de Dios es el lugar más Santo de todo el universo. Cada vez que entres ,recuerda que allí ,vive Jesús en el Sagrario y te espera con AMOR.

Vístete decorosamente, apaga tu celular y ten fe que todo lo que pidas, si eres respetuoso , piadoso en tus actitudes y posturas en el Templo, sera recibido por el Señor con agrado .

Y tu alma ya no será la misma.

Haz silencio. Busca cerrar tus ojos y quédate quieto. Dios esta en su Casa. El Amor puede hablarte íntimamente .

Mi deseo es que Dios se manifieste en ti.


Cristo Resucito, DIOS VIVE ENTRE NOSOTROS

sábado, 10 de julio de 2010

San Benito José Labre

Ese hombre -suele decirse ante el desvalido- va dejado de la mano de Dios. Se acierta, sí, cuando tal se dice y cuando, ingenua y reverenciosamente, se toma la mano de Dios por el próvido cuerno de la abundancia. Pero sucede que los designios de Dios -los modos que tiene Dios de dar la mano- son infinitos como las arenas de la mar, innúmeros, como no llegan a serlo, siendo tantas, las mismas arenas de la mar.
Aquel hombre desvalido, Benito José Labre, no iba dejado, sino guiado por la mano de Dios, conducido por su andadura clemente y amorosa, providencial y tierna.
Benito José Labre nació en Amèttes el 26 de marzo de 1748. Regía el orbe cristiano el papa Benedicto XIV, cantado por Voltaire en verso latino, y reinaba en Francia, «bajo Voltaire», Luis XV, el firmante del Pacto de Familia, el galán de la marquesa de Pompadour y el protector de la porcelana de Sèvres.
Si los vagabundos tuviéramos un santo patrono, Benito José Labre lo sería. Con alas en los pies, Benito José Labre devoraba las leguas y los caminos en busca de la huella de Dios, que en todas partes se presenta.
Nacido para la miseria del cuerpo, Benito José Labre sintió la llamada siendo aún niño. A los doce años dormía con la cabeza reclinada sobre un madero y a los dieciséis, pareciéndole corto el sacrificio, descansaba sobre el frío y duro suelo de ladrillo: el «santo suelo» dícese, con frecuencia, en español.
Dos curas de pueblo parecen disputarse, ante la Historia, la siembra de la semilla cristiana en la huerta feraz del alma de Benito José: el cura de Conteville, que le inició en la práctica piadosa, y el cura de Érin, su padrino, que le abrió las puertas de la liturgia.
Cuando Benito José oyó hablar de la Gran Trapa y sus humildes perfecciones, se estremeció como un iluminado. Sus padres prefieren que siga estudiando, y Benito José cae en una honda sima de dudas. De un lado, su vocación que le fuerza. Del otro, lo que no acaba de ver claro: la validez, la ley, de su vocación.
Sobre Érin pasa, con su mano de luto, la epidemia, y su padrino, el cura, sucumbe atacado del mal. Benito José se esfuerza por llevar la caridad a los hogares en los que hizo su nido el dolor y, cuando el mal pasa y se sabe desvalido y solo, se vuelve a Amèttes, a la casa paterna. Es el año 1766, el del motín de Esquilache, y Benito José es todavía un adolescente.
Sus padres le mandan a Conteville, a que continúe sus estudios. Al cura -Santiago José Vincent, que todo se lo da a los pobres- le llaman el nuevo San Vicente por su inmenso amor al desvalido. El cura de Conteville, viendo a Benito José tan dispuesto para la vida monástica, habla con los padres del mozo y obtiene de ellos el necesario permiso.
En el mes de abril de 1767, pintándose la primavera en los campos, Benito José, con el corazón radiante de gozo, llama a la puerta de la cartuja de Val Sainte Aldegonde, tras la que había de esperarle la desilusión. La cartuja es pobre, demasiado pobre para acoger a un solo monje más, y Benito José no cabe en ella.
Sigue su peregrinaje y en octubre del mismo año consigue entrar en otra cartuja, la de Notre-Dame de Pres. Pero su temple había de ponerse una vez más a prueba. Los cartujos viven en la contemplación y Benito José siente las tentaciones constantes del diablo. «No; en la cartuja -piensa Benito José- no quepo...» Y vuelve a casa de sus padres.
Benito José tiene ya veinte años y consigue que sus padres le permitan hacer otra tentativa, ahora en la Trapa. Emprende el camino y tras sesenta leguas a pie y bajo la lluvia, llega hasta el viejo portón de la Gran Trapa.
-¿Cuántos años tenéis, hermano?
-Veinte, ya.
-Veinte años no son bastantes para entrar aquí; os faltan cuatro todavía.
Y a Benito José, ante la puerta que se cerró, se le cayó el alma a los pies. Siguió su camino y llamó a otra puerta trapense: la de Sept-Fons. Pero los años que le faltaban para poder profesar eran los mismos y la puerta tampoco se le abrió.
El obispo de Boulogne le aconseja que no pruebe en la Trapa y que pruebe otra vez fortuna en la Cartuja. Benito José obedece el consejo del obispo e ingresa en la cartuja de Neuville.
Como en la Notre-Dame de Pres vuelven a asaltarle las tentaciones y Benito José Labre, huyendo de ellas, abandona por segunda vez la cartuja. Fue el prior quien le animó a que dejase la lucha cortando por lo sano.
Benito escribe a sus padres para comunicarles su nuevo norte: otra vez la trapa de Sept-Fons, a cien leguas de andar, durmiendo al raso y comiendo el parvo y sabroso pan de la limosna.
El día 2 de noviembre de 1769, sin tener los veinticuatro años que previene la regla, Benito José fue admitido entre los trapenses. Su dicha era inmensa y una inefable paz invadió su alma. Pero los escrúpulos no tardaron en aparecer, la noche se extendió de nuevo sobre su atormentado espíritu y la galerna azotó otra vez las flacas carnes de Benito José. A los seis meses fue llevado, exánime, a la enfermería y poco más tarde al hospital de pobres, fuera de la clausura. El prior le llamó a su presencia:
-Vuestra alma, hermano, no está en su lugar. Debéis abandonar la cogulla y volver al mundo.
Benito José bajó humildemente la cabeza.
-Hágase la voluntad de Dios.
Benito José volvió al campo abierto, a los caminos sin fin, al cielo por techo y las estrellas, en medio del alto cielo, como brújula y compañía. Toda su vida anterior la entiende como el forzoso noviciado de lo que se propone ser: un monje errante, un vagabundo de Dios, una pura llama que, olvidada de su cuerpo, vivirá de lo que a los demás les sobre.
El abad de Sept-Fons le bendice y Benito José emprende, serena el alma y el llanto brillándole en los ojos, el largo camino de Roma.
Desde Chieri, ya en tierra italiana, Benito José escribe a sus padres su última carta: una ingenua y patética despedida entre cuyos trazos se adivina la beatitud.
Benito José es ya, y para siempre, el mendigo errante que se propuso ser. Vestido con la túnica y el escapulario de Sept-Fons, de los que no habría de desprenderse en vida; con un rosario al cuello, un crucifijo sobre el corazón y el fardelejo, entre mendrugos de pan, el Evangelio, la Imitación de Cristo y un breviario, Benito José era la imagen misma del vagabundo si a los vagabundos, ¡ay!, nos habitase Dios con la misma clemencia con que se posó sobre aquel pecho elegido.
Entra en Roma el 3 de septiembre de 1770 y pasa las tres primeras noches en el hospicio de Saint Louis-des-Français; después, pesaroso quizá ante lo que entiende como un innecesario regalo, dormirá siempre al raso, en el quicio de una puerta, bajo un puente, al cobijo de una escalera, donde la noche le alcanza.
A fines del año siguiente va a Loreto -donde ya se detuvo al venir a Roma-, a visitar la Santa Casa. Su anual peregrinación a Loreto sólo fue interrumpida por la muerte. Benito José reza, en Fabiano, ante el sepulcro de San Romualdo, fundador de los camaldulenses, y en Bari, ante la tumba de San Nicolás. También en Bari Benito José se postra en oración al pie de los presos de la cárcel, que se ven, a través de las rejas, desde la calle, y entre quienes reparte las limosnas que le dan.
Benito José tiene un pobre, un desdichado aspecto. Vestido de harapos, daba asco a casi todos y producía, sin embargo, una honda admiración en los menos. Cierto día, preguntado sobre la rara sustancia de que estaba hecho su corazón, respondió:
-De fuego para Dios, de carne para el prójimo, de bronce para conmigo mismo.
Su filosofía era la del pájaro del cielo, la de la poética avecilla que todo lo confía en Dios.
-Se ofende a Dios -dijo al cura de Cossignano- porque no se conoce su bondad.
En Roma se unía al Vía Crucis de los mendigos y, a diferencia de los mendigos, llegaba a rechazar lo que le daban. Nada quería porque nada, tampoco, le era menester. En la plaza Monte Cavallo, mientras dormía, tan breve y miserable era su carne mortal que con frecuencia era confundido con un perro. Por las noches rezaba ante las puertas de las ermitas y más de una vez fue apaleado por los anónimos golfos de la oscuridad. Benito José, bajo la lluvia de palos, sonreía y adoraba a Dios.
En Loreto, un clérigo, al verle sobre el duro suelo de la iglesia, le preguntó:
-¿No sabe, hermano, que el frío de la piedra y el aire colado del campanario pueden matarle?
Y Benito José, con la sonrisa de la bienaventuranza pintándosele en el semblante, le habló con su más humilde voz:
-Dios lo quiere así. Los pobres dormimos en el lugar donde nos llega la noche... Los pobres no necesitamos buscar una cama demasiado cómoda... Además, padre, me gusta estar solo con Dios...
El padre Temple, penitenciario de Loreto, dejó constancia escrita de los hechos de Benito José, que tanto le admiraran después de que tanto y tanto le hicieran dudar.
Un viejo noble persa, Jorge Zitli, antiguo gobernador de Teherán, que, convertido a la fe cristiana, tuvo que huir de su tierra, se encontró a Benito José medio muerto de hambre y le dio de comer. El día antes Jorge Zitli había sabido de la milagrosa curación de un niño por aquel vagabundo de tan ruin aspecto. En una casa del camino en cuyo establo Benito José se había guarecido, una mujer rompió a gritar desesperadamente porque su único hijo, entre horribles dolores, se moría. Benito José salió de la cuadra, tocó la cabeza del niño y habló a la madre.
-Cálmese, madre; vuestro hijo ya no llorará más.
El niño se quedó dormido y al cabo de varias horas se despertó, sano como una manzana. El milagro se había producido.
Benito José, andarín infatigable, recorrió durante ocho años los más renombrados santuarios de Europa. En España visitó Montserrat y Compostela.
En 1777, antes de llegar a los treinta años de aquel cuerpo que se quemó en el sacrificio, Benito José abandona la vida del vagabundo para quedarse en Roma, dedicado a la oración. De sus largas jornadas de caminante sólo le queda el rumbo de Loreto, adonde nunca faltó.
En 1780 -y en Loreto- conoció a Gaudencio Sori, el santero, y a Barba, su mujer, que le socorrían esforzándose en que Benito José no lo notase. El padre Almerici, que le confesaba a menudo, le preguntó dos años más tarde:
-¿Volverá el año que viene, hermano?
-No, padre.
-¿Por qué?
-Porque debo ir a mi patria -respondió, con diáfana clave, Benito José.
En 1783 el padre Daffini, familiar del cardenal Achinto, vio a Benito José, en la iglesia de los Santos Apóstoles, circundado por un nimbo de luz. María Poeti, una piadosa mujer que solía rezar en la iglesia de Nuestra Señora de los Montes, vio resplandecer, en medio de la penumbra, la faz de Benito José, cuyo cuerpo se elevaba por encima del peldaño en que estaba arrodillado. El abate Luigi Pompei, en Santa María la Mayor, vio arder en llamas la cara de Benito José.
Nuestro vagabundo, ardiendo en su propia santa sustancia, se consumía a la vista de todos sus admiradores y atónitos amigos. El Miércoles Santo, después de asistir a los oficios, Benito José rodó las escaleras del templo. Todos le socorrieron y el carnicero Zaccarelli le llevó a su casa. Recibió la extremaunción y a la una de la mañana, mientras las campanas de Roma repicaban el anuncio de la Salve, Benito José Labre, claro espejo de vagabundos, cerró los ojos para siempre. Su alma, también para siempre, voló, escoltada por el sonar de los clarines del gozo, hasta el alto cielo de los elegidos.
Camilo José Cela, San Benito José Labre, en Año Cristiano, Tomo II, Madrid, Ed. Católica (BAC 184), 1959, pp. 110-116.


San Rafael Arnaiz y su amor a la cruz y a la Virgen Santa

Día 7 de abril de 1938.

Jesús mío, arrodillado humildemente a los pies de tu santísima Cruz, te pido con todo fervor me des la virtud de la paciencia, me hagas humilde y me llenes de mansedumbre... Jesús mío, mira que esas tres cosas las necesito mucho.

Ayer sufrí un desprecio de un hermano..., me hizo llorar y si no hubiera sido porque Tú desde la Cruz me enseñaste a perdonar, quizás hubiera cometido una falta ¡Cuánto me costó vencerme!... Pero dormí más tranquilo.

Bendito Jesús, ¿qué me enseñarán los hombres, que no enseñes Tú desde la Cruz?

Ayer vi claramente que solamente acudiendo a Ti se aprende; que sólo Tú das fuerzas en las pruebas y tentaciones y que solamente a los pies de tu Cruz, viéndote clavado en ella, se aprende a perdonar, se aprende humildad, caridad y mansedumbre.

No me olvides, Señor..., mírame postrado a tus pies y accede a lo que te pido.

Vengan luego desprecios, vengan humillaciones, vengan azotes de parte de las criaturas..., ¡qué me importa! Contigo a mi lado lo puedo todo... La portentosa, la admirable, la inenarrable lección que Tú me enseñas desde tu Cruz, me da fuerzas para todo.

A Ti te escupieron, te insultaron, te azotaron, te clavaron en un madero, y siendo Dios, perdonabas humilde, callabas y aún te ofrecías... ¡Qué podrá decir yo de tu Pasión!.. Más vale que nada diga y que allá adentro de mi corazón medite en esas cosas que el hombre no puede llegar jamás a comprender.

Conténteme con amar profundamente, apasionadamente el misterio de tu Pasión, y aprenda a sufrir de la manera que Tú lo hiciste. Ya sé que eso es el imposible de los imposibles, pero mira Señor Jesús mi intención.

¡Qué dulce es la Cruz de Jesús! ¡Qué dulce es sufrir perdonando!

¡Qué dulce es sufrir abandonado de los hombres estando abrazado a la Cruz de Cristo! ¡Qué dulce es llorar un poquito nuestras penas y unirlas a la Pasión de Jesús! ¡Qué bueno es Dios, que así me prueba, y desde su Cruz santa, me enseña! Me enseña sus llagas manando sangre inocente; me enseña un semblante del que en medio de la agonía y del dolor, no salen quejas, sino palabras de amor y de perdón.

¡Cómo no volverme loco!... Me enseña su Corazón abierto a los hombres, y despreciado... ¡Dónde se ha visto ni quién ha soñado dolor semejante!

¡Qué bien se vive en el Corazón de Cristo! ¿Quién se puede quejar de padecer?

Sólo el insensato que no adore la Pasión de Cristo, la Cruz de Cristo, el Corazón de Cristo, puede desesperarse en sus propios dolores.

Pero el que de veras ame, y sienta lo que es unirse a Jesús en la Cruz, ese bien puede decir que es sabroso el padecer, que es dulce como miel el dolor, que es un enorme consuelo el padecer soledad tedio y tristeza por parte de los hombres.

¡Qué bien se vive, junto a la Cruz de Cristo!

Cristo Jesús, enséñame a padecer... Enséñame la ciencia que consiste en amar el menosprecio, la injuria, la abyección... Enséñame a padecer con esa alegría humilde y sin gritos de los santos... Enséñame a ser manso con los que no me quieren, o me desprecian... Enséñame esa ciencia que Tú desde la cumbre del Calvario muestras al mundo entero.

Mas ya sé..., una voz interior muy suave me lo explica todo..., algo que siento en mí que viene de Ti y que no sé explicar, me descifra tanto misterio que el hombre no puede entender... Yo, Señor, a mi modo, lo entiendo..., es el amor..., en eso está todo... Ya lo veo, Señor..., no necesito más, no necesito más... es el amor, ¿quién podrá explicar el amor de Cristo?... Callen los hombres, callen las criaturas... Callemos a todo, para que en el silencio oigamos los susurros del Amor, del Amor humilde, del Amor paciente, del Amor inmenso, infinito que nos ofrece Jesús con sus brazos abiertos desde la Cruz.

El mundo loco, no escucha... Loco e insensato vuela embriagado en su propio ruido..., no oye a Jesús, que sufre y ama desde la Cruz.

Pero Jesús necesita almas que en silencio le escuchen.

Jesús necesita corazones que olvidándose de sí mismos y lejos del mundo. adoren y amen con frenesí y con locura su Corazón dolorido y desgarrado por tanto olvido. Jesús mío, dulce dueño de mis amores, toma el mío.

A los pies de tu Cruz lo pongo... Está junto al de María. Jesús mío, tómalo..., enséñale tus heridas... Enséñale tus dolores y tus amarguras. Enséñale tus tesoros para que aprenda a despreciar el mundo y todo lo que no seas Tú... Enséñale el amor... Ponle junto a tu Corazón para que de una vez se embriague en tus delicias, y se empape en tu purísima divinidad.

Virgen María..., estoy loco, no sé lo que pido, no se lo que digo... Mi alma desbarra... No sé lo que siento; mis palabras son torpes y mal arregladas, pero tú, Virgen María, Madre mía, que ves los anhelos de todos tus hijos, sabrás comprender.

Ya sé que es mucho lo que pido, pues lo pido todo.

Yo en cambio, Señora, todo lo he dado y si aún me queda algo, tómalo también, Señora, y dáselo a Jesús. Ya sé que aunque diera mil vidas que tuviera, no sería digno de recibir ni siquiera un pensamiento bueno de Dios, pero es mi modo de hablar... Ya sé que lo he dado todo y... es nada. No alego, pues, lo que el mundo cree méritos, para pedir a Jesús un poquillo de amor. Él lo da a quien y cuando le place. Y ya que los sacrificios y renuncias que he hecho por Jesús no son bastante..., te ofrezco, Señora, algo que no puedes desechar, algo por medio de lo cual tienes que oírme, algo que hace abrirse los cielos y que el mismo Padre mira complacido... Es, Señora, la Pasión de Cristo, tu Hijo... Es la Sangre de Cristo; es la Cruz donde murió el Hijo de Dios.

Señora, Virgen María..., ¿ves?, con la Cruz lo puedo todo.

No me olvides Madre mía..., y perdona las chifladuras de este pobre oblato trapense, que quisiera volverse chiflado de veras, de tanto amarte a ti, Virgen Madre, y de tanto amar su obsesión..., que es la Cruz de Jesús su divino modelo. Así sea.

jueves, 8 de julio de 2010

Benedicto XVI: la teología es amor por Dios

San EUGENIO III, Papa 8 de julio

San Antonio lo señala como a "uno de los Pontífices más grandes y que más sufrieron". Nació en Montemagno, entre Pisa y Lucca. Después de ocupar un cargo en la curia episcopal de Pisa, ingresó en 1135 al monasterio cisterciense de Claraval. Tomó el nombre de Bernardo, y San Bernardo fue su superior en aquel monasterio. Cuando el Papa Inocencio II pidió que algunos cisterciences fuesen a Roma, San Bernardo envió a su homónimo como jefe de la expedición. Los cistercienses se establecieron en el convento de San Anastasio (Tre Fontane).

A la muerte del Papa Lucio II, en 1145, los cardenales eligieron para sucederle a Bernardo, el abad de San Anastasio. El nuevo Pontífice tomó el nombre de Eugenio y fue consagrado en la abadía de Farfa. En enero de 1147, aceptó con gusto la invitación que le hizo Luis VII de que fuese a predicar la cruzada en Francia. En la segunda cruzada no tuvieron buenos resultados. El Papa permaneció en Francia hasta que el clamor popular por el fracaso de la cruzada le hizo imposible permanecer más tiempo en ese lugar. Durante su estancia en aquel país, presidió los sínodos de París, Tréveris y Reims, que se ocuparon principalmente de promover la vida cristiana; también hizo cuanto pudo por reorganizar las escuelas de filosofía y teología. En mayo de 1148 el Pontífice volvió a Italia y excomulgó a Arnoldo de Brescia (quien en sus peores momentos presagiaba a los demagogos doctrinarios de épocas posteriores). San Bernardo dedicó al Sumo Pontífice su tratado ascético "De Consideratione", donde afirmaba que el Papa tenía como principal deber atender a las cosas espirituales y que no debía dejarse distraer demasiado por asuntos que corresponden a otros.

Eugenio III partió de Roma en el verano de 1150 y permaneció dos años y medio en la Campania, procurando obtener el apoyo del emperador Conrado III y de su sucesor, Federico Barbarroja.

El santo murió en Roma el 8 de julio de 1153. Su culto fue aprobado en 1872.

martes, 6 de julio de 2010

Santa Maria Goretti. Virgen y martir 6 de julio

María nació el 16 de octubre de 1890, en Corinaldo, provincia de Ancona, Italia. Hija de Luigi Goretti y Assunta Carlini, tercera de siete hijos de una familia pobre de bienes terrenales pero rica en fe y virtudes, cultivadas por medio de la oración en común, rosario todos los días y los domingos Misa y sagrada Comunión. Al día siguiente de su nacimiento fue bautizada y consagrada a la Virgen. A los seis años recibirá el sacramento de la Confirmación.

Después del nacimiento de su cuarto hijo, Luigi Goretti, por la dura crisis económica por la que atravesaba, decidió emigrar con su familia a las grandes llanuras de los campos romanos, todavía insalubres en aquella época.

Se instaló en Ferriere di Conca, poniéndose al servicio del conde Mazzoleni, es aquí donde María muestra claramente una inteligencia y una madurez precoces, donde no existía ninguna pizca de capricho, ni de desobediencia, ni de mentira. Es realmente el ángel de la familia.

Tras un año de trabajo agotador, Luigi contrajo una enfermedad fulminante, el paludismo, que lo llevó a la muerte después de padecer diez días. Como consecuencia de la muerte de Luigi, Assunta tuvo que trabajar dejando la casa a cargo de los hermanos mayores. María lloraba a menudo la muerte de su padre, y aprovecha cualquier ocasión para arrodillarse delante de su tumba, para elevar a Dios sus plegarias para que su padre goce de la gloria divina.

Junto a la labor de cuidar de sus hermanos menores, María seguía rezando y asistiendo a sus cursos de catecismo. Posteriormente, su madre contará que el rosario le resultaba necesario y, de hecho, lo llevaba siempre enrollado alrededor de la muñeca. Así como la contemplación del crucifijo, que fue para María una fuente donde se nutría de un intenso amor a Dios y de un profundo horror por el pecado.

Amor intenso al Señor

María desde muy chica anhelaba recibir la Sagrada Eucaristía. Según era costumbre en la época, debía esperar hasta los once años, pero un día le preguntó a su madre: -Mamá, ¿cuándo tomaré la Comunión?. Quiero a Jesús. -¿Cómo vas a tomarla, si no te sabes el catecismo? Además, no sabes leer, no tenemos dinero para comprarte el vestido, los zapatos y el velo, y no tenemos ni un momento libre. -¡Pues nunca podré tomar la Comunión, mamá! ¡Y yo no puedo estar sin Jesús! -Y, ¿qué quieres que haga? No puedo dejar que vayas a comulgar como una pequeña ignorante.

Ante estas condiciones, María se comenzó a preparar con la ayuda de una persona del lugar, y todo el pueblo la ayuda proporcionándole ropa de comunión. De esta manera, recibió la Eucaristía el 29 de mayo de 1902.

La comunión constante acrecienta en ella el amor por la pureza y la anima a tomar la resolución de conservar esa angélica virtud a toda costa. Un día, tras haber oído un intercambio de frases deshonestas entre un muchacho y una de sus compañeras, le dice con indignación a su madre: -Mamá, iqué mal habla esa niña! -Procura no tomar parte nunca en esas conversaciones. -No quiero ni pensarlo, mamá; antes que hacerlo, preferiría...Y la palabra morir queda entre sus labios. Un mes después, sucedería lo que ella sentenció.

Pureza eterna

Al entrar al servicio del conde Mazzoleni, Luigi Goretti se había asociado con Giovanni Serenelli y su hijo Alessandro. Las dos familias viven en apartamentos separados, pero la cocina es común. Luigi se arrepintió enseguida de aquella unión con Giovanni Serenelli, persona muy diferente de los suyos, bebedor y carente de discreción en sus palabras.

Después de la muerte de Luigi, Assunta y sus hijos habían caído bajo el yugo despótico de los Serenelli, María, que ha comprendido la situación, se esfuerza por apoyar a su madre: -Ánimo, mamá, no tengas miedo, que ya nos hacemos mayores. Basta con que el Señor nos conceda salud. La Providencia nos ayudará. ¡Lucharemos y seguiremos luchando!

Desde la muerte de su marido, Assunta siempre estuvó en el campo y ni siquiera tiene tiempo de ocuparse de la casa, ni de la instrucción religiosa de los más pequeños.

María se encarga de todo, en la medida de lo posible. Durante las comidas, no se sienta a la mesa hasta que no ha servido a todos, y para ella sirve las sobras. Su obsequiosidad se extiende igualmente a los Serenelli. Por su parte, Giovanni, cuya esposa había fallecido en el hospital psiquiátrico de Ancona, no se preocupa para nada de su hijo Alessandro, joven robusto de diecinueve años, grosero y vicioso, al que le gusta empapelar su habitación con imágenes obscenas y leer libros indecentes. En su lecho de muerte, Luigi Goretti había presentido el peligro que la compañía de los Serenelli representaba para sus hijos, y había repetido sin cesar a su esposa: -Assunta, regresa a Corinaldo! Por desgracia Assunta está endeudada y comprometida por un contrato de arrendamiento.

Después de tener mayor contacto con la familia Goretti, Alessandro comenzó a hacer proposiciones deshonestas a la inocente María, que en un principio no comprende.

Más tarde, al adivinar las intenciones perversas del muchacho, la joven está sobre aviso y rechaza la adulación y las amenazas. Suplica a su madre que no la deje sola en casa, pero no se atreve a explicarle claramente las causas de su pánico, pues Alessandro la ha amenazado: -Si le cuentas algo a tu madre, te mato. Su único recurso es la oración. La víspera de su muerte, María pide de nuevo llorando a su madre que no la deje sola, pero, al no recibir más explicaciones, ésta lo considera un capricho y no concede ninguna importancia a aquella reiterada súplica.

El 5 de julio, a unos cuarenta metros de la casa, están trillando las habas en la tierra. Alessandro lleva un carro arrastrado por bueyes. Lo hace girar una y otra vez sobre las habas extendidas en el suelo. Hacia las tres de la tarde, en el momento en que María se encuentra sola en casa, Alessandro dice:

-"Assunta, ¿quiere hacer el favor de llevar un momento los bueyes por mí?" Sin sospechar nada, la mujer lo hace. María, sentada en el umbral de la cocina, remienda una camisa que Alessandro le ha entregado después de comer, mientras vigila a su hermanita Teresina, que duerme a su lado.

-"¡María!, grita Alessandro. -¿Qué quieres? -Quiero que me sigas. -¿Para qué? -¡sígueme!

-Si no me dices lo que quieres, no te sigo".

Ante semejante resistencia, el muchacho la agarra violentamente del brazo y la arrastra hasta la cocina, atrancando la puerta. La niña grita, pero el ruido no llega hasta el exterior. Al no conseguir que la víctima se someta, Alessandro la amordaza y esgrime un puñal. María se pone a temblar pero no sucumbe. Furioso, el joven intenta con violencia arrancarle la ropa, pero María se deshace de la mordaza y grita:

-No hagas eso, que es pecado... Irás al infierno.

Poco cuidadoso del juicio de Dios, el desgraciado levanta el arma:

-Si no te dejas, te mato.

Ante aquella resistencia, la atraviesa a cuchilladas. La niña se pone a gritar:

-¡Dios mío! ¡Mamá!, y cae al suelo.

Creyéndola muerta, el asesino tira el cuchillo y abre la puerta para huir, pero, al oírla gemir de nuevo, vuelve sobre sus pasos, recoge el arma y la traspasa otra vez de parte a parte; después, sube a encerrarse a su habitación.

María recibió catorce heridas graves y quedó inconsciente. Al recobrar el conocimiento, llama al señor Serenelli: -¡Giovanni! Alessandro me ha matado... Venga. Casi al mismo tiempo, despertada por el ruido, Teresina lanza un grito estridente, que su madre oye. Asustada, le dice a su hijo Mariano: -Corre a buscar a María; dile que Teresina la llama.

En aquel momento, Giovanni Serenelli sube las escaleras y, al ver el horrible espectáculo que se presenta ante sus ojos, exclama: -¡Assunta, y tú también, Mario, venid! . Mario Cimarelli, un jornalero de la granja, trepa por la escalera a toda prisa. La madre llega también: -¡Mamá!, gime María. -¡Es Alessandro, que quería hacerme daño! Llaman al médico ya los guardias, que llegan a tiempo para impedir que los vecinos, muy excitados, den muerte a Alessandro en el acto.

Sufrimiento redentor

Al llegar al hospital, los médicos se sorprendieron de que la niña todavía no haya sucumbido a sus heridas, pues ha sido alcanzado el pericardio, el corazón, el pulmón izquierdo, el diafragma y el intestino. Al diagnosticar que no tiene cura, llamaron al capellán. María se confiesa con toda claridad. Luego, durante dos horas, los médicos la cuidaron sin dormirla.

María no se lamenta, y no deja de rezar y de ofrecer sus sufrimientos a la santísima Virgen, Madre de los Dolores. Su madre consiguió que le permitan permanecer a la cabecera de la cama. María aún tiene fuerzas para consolarla: -Mamá, querida mamá, ahora estoy bien... ¿Cómo están mis hermanos y hermanas?

En un momento, María le dice a su mamá: -Mamá, dame una gota de agua. -Mi pobre María, el médico no quiere, porque sería peor para ti. Extrañada, María sigue diciendo:

-¿Cómo es posible que no pueda beber ni una gota de agua? Luego, dirige la mirada sobre Jesús crucificado, que también había dicho ¡Tengo sed!, y entendió.

El sacerdote también está a su lado, asistiéndola paternalmente. En el momento de darle la Sagrada Comunión, le preguntó: -María, ¿perdonas de todo corazón a tu asesino? Ella le respondió: -Sí, lo perdono por el amor de Jesús, y quiero que él también venga conmigo al paraíso. Quiero que esté a mi lado... Que Dios lo perdone, porque yo ya lo he perdonado.

Pasando por momentos análogos por los que pasó el Señor Jesús en la Cruz, María recibió la Eucaristía y la Extremaunción, serena, tranquila, humilde en el heroísmo de su victoria.
Después de breves momentos, se le escucha decir: "Papá". Finalmente, María entra en la gloria inmensa de la Comunión con Dios Amor. Es el día 6 de julio de 1902, a las tres de la tarde.

La conversión de Alessandro

En el juicio, Alessandro, aconsejado por su abogado, confesó: -"Me gustaba. La provoqué dos veces al mal, pero no pude conseguir nada. Despechado, preparé el puñal que debía utilizar". Por ello, fue condenado a 30 años de trabajos forzados. Aparentaba no sentir ningún remordimiento del crimen tanto así que a veces se le escuchaba gritar:

-"¡Anímate, Serenelli, dentro de veintinueve años y seis meses serás un burgués!". Sin embargo, unos años más tarde, Mons. Blandini, Obispo de la diócesis donde está la prisión, decide visitar al asesino para encaminarlo al arrepentimiento. -"Está perdiendo el tiempo, monseñor -afirma el carcelero-, ¡es un duro!"

Alessandro recibió al obispo refunfuñando, pero ante el recuerdo de María, de su heroico perdón, de la bondad y de la misericordia infinitas de Dios, se deja alcanzar por la gracia. Después de salir el Prelado, llora en la soledad de la celda, ante la estupefacción de los carceleros.

Después de tener un sueño donde se le apareció María, vestida de blanco en los jardines del paraíso, Alessandro, muy cuestionado, escribió a Mons. Blandino: "Lamento sobre todo el crimen que cometí porque soy consciente de haberle quitado la vida a una pobre niña inocente que, hasta el último momento, quiso salvar su honor, sacrificándose antes que ceder a mi criminal voluntad. Pido perdón a Dios públicamente, ya la pobre familia, por el enorme crimen que cometí. Confío obtener también yo el perdón, como tantos otros en la tierra". Su sincero arrepentimiento y su buena conducta en el penal le devuelven la libertad cuatro años antes de la expiración de la pena. Después, ocupará el puesto de hortelano en un convento de capuchinos, mostrando una conducta ejemplar, y será admitido en la orden tercera de san Francisco.

Gracias a su buena disposición, Alessandro fue llamado como testigo en el proceso de beatificación de María. Resultó algo muy delicado y penoso para él, pero confesó: "Debo reparación, y debo hacer todo lo que esté en mi mano para su glorificación. Toda la culpa es mía. Me dejé llevar por la brutal pasión. Ella es una santa, una verdadera mártir. Es una de las primeras en el paraíso, después de lo que tuvo que sufrir por mi causa".

En la Navidad de 1937, Alessandro se dirigió a Corinaldo, lugar donde Assunta Goretti se había retirado con sus hijos. Lo hace simplemente para hacer reparación y pedir perdón a la madre de su víctima. Nada más llegar ante ella, le pregunta llorando. -"Assunta, ¿puede perdonarme? -Si María te perdonó -balbucea-, ¿cómo no voy a perdonarte yo?" El mismo día de Navidad, los habitantes de Corinaldo se ven sorprendidos y emocionados al ver aproximarse a la mesa de la Eucaristía, uno junto a otro, a Alessandro y Assunta.

martes, 8 de junio de 2010

Se llama Juan...

La Comunidad del Cordero-Dominica, están presentes en Europa y en América Latina. Erigida el 6 de febrero de 1983 en Francia, reconocida el 16 de julio de 1983 por el Padre Vicent de Couesnongle OP. Maestro de la Órden de predicadores

Se llama Juan...
Se llama Juan...

Como podría llamarse, Ricardo, Javier o Luis. El nombre es lo de menos. Lo que importa es lo que hace… o lo que no hace, según del lado por el que se vea. Porque he encontrado a Juan junto con un amigo suyo, mendigando, pidiendo pan para comer. Serían como las dos de la tarde, en un caluroso día de verano por las calles de Roma, cuando las casas se cierran a cal y canto para defenderse del calor del mediodía. Y ahí estaba él. Joven y vigoroso, pero sin trabajo. Con posibilidades de tener una familia, pero permanecía soltero, por elección propia, según me dijo más adelante. Tenía los ademanes, la elegancia y la voz de un joven empresario, de un hombre de mundo, pero no era más que un mendigo.

Pensé decirle: “-Pero Juan… ¿por qué no trabajas? Y además… aquí en Europa. ¿Un pobre que pide de puerta en puerta el pan de cada día en Europa?” Este pensamiento hizo que me asaltara una duda terrible. No debería ser un pobre, sino un loco. Eran muchas contradicciones al mismo tiempo. No acaba de salir de esta inquietud cuando, alejándose un poco, lo oí hablar en perfecto francés con un hombre para pedirle autostop para Francia.

No me aguanté más y le pregunté:
-Dime, Juan, ¿quién eres?
-Soy un pobre.
-No estoy para bromas, Juan. ¿Quién eres?
-Soy un sacerdote de los Hermanitos del Cordero.
-¿Qué que? ¿Un sacerdote? ¡Eres un loco Juan! ¿Qué hace un sacerdote en medio de las calles, pidiendo autostop para Francia?¡Eres un loco, Juan! Si eres sacerdote porque no estás en la Iglesia, diciendo misa, rezando, dando catequesis a los niños, o cuidando a los enfermos. Hay muchas formas de ser sacerdote, pero no está de andar vagando por las calles. Vamos Juan… dime que no es cierto, que no eres un sacerdote.

Y fue así cómo Juan me comentó que él no está en oposición a lo que hace la Iglesia. Qué él ama a la Iglesia católica y quiere hacer lo mismo que hace la Iglesia. Que él va desde la Iglesia hasta las márgenes, hasta los pobres. Me dijo que esta pequeña fundación de los Hermanitos y las Hermanitas del Cordero nació en Francia en 1983 y ha ido desarrollándose a lo largo de estos años. Cuenta ya con un centenar de hermanitas y con 25 hermanitos, entre los cuales el hermano Juan es sacerdote. Lo que hacen es evangelizar a los pobres a través del testimonio de sus vidas y mendigando el pan casa por casa. Son estos encuentros con la gente los que les sirven para evangelizar.

-Juan… no te entiendo. ¿Quieres decirme que has dejado todo en tu vida para evangelizar a los pobres? ¿Y para eso te has hecho mendigo?

Me miró con sus ojos profundos, negros y me dijo:
-Me he hecho mendigo no sólo para evangelizar a los pobres. Si así lo hubiera hecho, estaría haciendo teatro o poniéndome un disfraz. No. Me he hecho pobre, a semejanza de Domingo y de Francisco, que se hicieron pobres para imitar a Cristo. La pobreza no es un método de evangelización. Es un signo profético de Dios. Él es el verdadero mendigo que golpea a las puertas de los corazones de los hombres para pedirles amor. Yo sólo soy un instrumento suyo. Yo le presto mis pies, para que Él camine las calles de las grandes ciudades. Le presto mis manos para que sean sus manos las que toquen las puertas de las casas y de los hombres. Le doy mis labios para que Él hable por mí. Le regalo mi hambre para que los hombres se compadezcan de Él.

-Y… ¿no los rechazan algunas veces?
-¿Quieres decir que nos cierran la puerta, o nos dicen que estamos locos, o que nos van a demandar con la policía? ¡Sí!
-¿Si? ¿Y lo dices así de tranquilo y de contento?
-Bueno, es que tú sabes… nos preparamos para este tipo de negativas. Durante la mañana tenemos grandes momentos de adoración, de contemplación. Así alimentamos y fortificamos nuestras almas, para luego salir a evangelizar. Cada encuentro en la calle, en la carretera es un encuentro providencial para poder evangelizar, para poder dar a conocer el Amor de Dios a los hombres. No nos preocupamos de las negativas. Quizás Dios se valga de ellas para abrir el corazón a tantos hombres.

-¿Quieres decir que dedicas mucho tiempo a la oración? ¿No te aburres?
-¡No, hombre! ¡Para nada! Porque la oración no es como tú la ves. No es simplemente un tomar fuerzas para luego enfrentarnos a las negativas de los hombres. Es escuchar la palabra de Dios, confrontar nuestra vida con la vida de Él, buscar su voluntad, mover nuestro corazón para cumplir su voluntad. ¡Es estar amando al Amado!

Y al hablar de la oración Juan se emocionaba. Lo podía ver y lo podía sentir. Sus ojos brillaban de felicidad, sus manos se movían pausadamente, enfatizando cada palabra y el tono de voz parecía envolverme sin yo darme cuenta. Al oírlo, me parecía escuchar a Domingo de Guzmán y al verlo mendigar, me recordaba tanto a Francisco de Asís, el juglar de Dios que bendecía a quienes le lanzaban una piedra y a quienes lo insultaban.

Quizás la situación externa de Europa había cambiado mucho: ya no eran caballos los que se veían en las aceras, sino coches. Los telares y las tierras de cultivo han dado origen a grandes industrias que llevan la economía del mundo y por las calles los escaparates dictan la moda y la vanidad. Pero el corazón de los europeos aún necesita ser evangelizado y Juan, junto con un puñado de valientes, ha elegido este camino.

De lejos me despedí de Juan y de su amigo, pues siempre van de dos en dos. ¿Quién sería el loco? ¿Yo o él?

Si quieres conocer más la vida de Juan, y te interesa ser un juglar de Dios en el siglo XXI, llama o escribe a Barcelona:

Hermanitas del Cordero
San Jaime C/Ferrán, 28
08002 Barcelona España
Teléfono + 93 317 09 37

La Comunidad del Cordero-Dominica, están presentes en Europa y en América Latina.
Erigida el 6 de febrero de 1983 en Francia, reconocida el 16 de julio de 1983 por el Padre Vicent de Couesnongle OP. Maestro de la Órden de predicadores.
Autor: German Sanchez Griese | Fuente: Catholic.net

domingo, 6 de junio de 2010

SE DEBEN SOPORTAR LAS TENTACIONES SIN TURBACIÓN Y CON ACCIÓN DE GRACIAS.SAN DOROTEO DE GAZA

Como ha dicho muy bien abba Poimén, el verdadero monje se da a conocer en las tentaciones. Como dice la Sabiduría, el monje que se compromete a servir a Dios debe prepararse para las tentaciones (Ecle 2, 1), a fin de que no se sorprenda ni perturbe por lo que pueda acontecerle, creyendo firmemente que todo aquello que le sucede responde a la Providencia de Dios. Y donde se encuentra la Providencia de Dios, todo lo que llega es necesariamente bueno y de provecho para el alma. Todo lo que Dios hace con nosotros lo hace para nuestro crecimiento, con amor y bondad para con nosotros. De esta manera, como dice el Apóstol: En todas las cosas debemos dar gracias (1 Ts 5, 18) por su bondad, y no descorazonarnos nunca ni desfallecer por lo que nos suceda, sino recibir sin perturbarnos todos los acontecimientos, con humildad y confianza en Dios, seguros, tal como he dicho, de que todo lo que Dios permite lo hace para nuestro bien, por amor a nosotros, y sea lo que fuere está bien hecho. Y las cosas nunca están bien hechas sino cuando Dios en su misericordia dispone de ellas.

139. Si una persona tiene un amigo y sabe que lo estima, seguramente si sufre algo de parte de él, aunque sea algo muy penoso, estar seguro de que lo hace porque lo quiere y no llegar a pensar nunca que se lo hace para dañarlo. ¡Cuánto más debemos considerar que todo lo que hace Dios, nuestro Creador, que nos sacó de la nada para darnos el ser, que se hizo hombre y murió por nosotros, lo hace por amor y para nuestro bien! Porque en lo que se refiere a un amigo, si bien puedo pensar que actúa con la intención de hacerme un bien, no necesariamente ha de tener suficiente inteligencia para ocuparse de mis intereses y de ese modo, aun sin quererlo, puede hacerme daño. Pero de Dios no podemos decir lo mismo, ya que él es la fuente de la sabiduría. El sabe todo lo que nos es provechoso, y en vista de eso regula todos nuestros acontecimientos, hasta el más mínimo. Respecto de un amigo, también podemos decir: me ama y quiere mi bien; es bien inteligente como para ocuparse de mis intereses, pero no tiene la fuerza necesaria para ayudarme en lo que él cree que puede. Pero eso tampoco podríamos decirlo de Dios, ya que todo le es posible y para él no hay nada imposible.

De este modo, sabemos que Dios ama a su creatura y quiere para ella lo que es bueno; El es también la fuente de la sabiduría y sabe cómo arreglar nuestras actividades; nada le es imposible porque todas las cosas están sometidas a su voluntad. Sabiendo entonces que todo lo que hace lo hace para nuestro provecho, debemos recibirlo como he dicho, con acción de gracias, como proveniente de un Maestro generoso y bueno, aunque sea algo penoso. Todo proviene de su justo juicio y Dios, que es tan misericordioso, no mira con indiferencia las penas que nos puedan sobrevenir.

140. Frecuentemente nos hacemos la siguiente pregunta: si en las adversidades el sufrimiento nos conduce a pecar, ¿cómo podremos decir que son para nuestro bien? Pues pecamos, en ese caso, cuando nos falta resignación y no queremos soportar lo más mínimo ni sufrir nada que nos contraríe. Porque en efecto, Dios no permite que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas, tal como dice el Apóstol: Dios es fiel y no permitir que seáis tentados más allá de lo que podáis soportar (1 Co 10, 13). Somos nosotros los que no tenemos paciencia, y no queremos sufrir un poco ni soportar lo que se nos manda con humildad. De esta manera las tentaciones nos quebrantar y cuanto más nos esforzamos por escapar de ellas, más nos abaten nos descorazonan, sin por eso poder librarnos de las mismas.

Los que nadan en el mar y conocen el arte de la natación, se sumergen cuando les llega la ola, y la pasan por debajo, hasta que se aleja. Después siguen nadando sin dificultad. Si quisieran enfrentar la ola, los chocaría y los llevaría a buena distancia. Al volver a nadar les viene otra ola y si se resisten nuevamente, otra vez serán llevados lejos y sólo lograrán fatigarse sin avanzar. En cambio si se sumergen bajo la ola, si se agachan por debajo de ella, la ola pasar sin arrastrarlos; podrán seguir nadando cuanto quieran y lograr la meta que quieren alcanzar. Lo mismo sucede con las tentaciones. Soportadas con humildad y paciencia, pasan sin hacer daño. Pero si insistimos en afligirnos, en alterarnos, en acusar a todo el mundo, sufrimos nosotros mismos, la tentación se transforma en insoportable, y finalmente no sólo no nos resulta de provecho, sino que nos hace daño.

141. Las tentaciones son muy provechosas para quien las soporta sin atormentarse. Incluso si es una pasión la que nos aflige, no debemos perturbarnos por ello. Si nos perturbamos se debe a nuestra ignorancia y a nuestro orgullo, lo cual es debido al desconocimiento del estado de nuestra alma, y al querer huir del sufrimiento. Como dicen los Padres: "Si no progresamos, se debe a que ignoramos nuestros límites, a que no tenemos constancia en las obras que comenzamos y a que queremos alcanzar la virtud sin ningún esfuerzo". ¿A qué se debe que el que está preso de una pasión se asombre de ser atormentado por ella? ¿Por qué se atormenta por un lado, mientras que por el otro la pone en práctica? ¿La tienes y te escandalizas? La tienes dentro y te dices: "¿Por qué me atormenta?". Mejor sopórtala, cómbatela e invoca a Dios. Es imposible no sufrir los efectos de una pasión cuando se ha llegado a ponerla en práctica. Abba Sisoes decía: "Los instrumentos de las pasiones están dentro tuyo. Devuélveles lo que les pertenece y se irán". Por "instrumentos" entendía sus causas. En tanto que las amamos y nos valemos de ellas es imposible que no seamos víctimas de pensamientos apasionados, que llegan incluso a violentar nuestra voluntad para poner en práctica la pasión, puesto que voluntariamente nos hemos entregado en sus manos.

142. Esto es lo que dice el Profeta acerca de Efraín, quien ha maltratado a su adversario, es decir a su conciencia, y ha pisoteado el juicio (Os 5, 11). Buscó a Egipto, dice, y ha sido llevado a la fuerza por los asirios (cf Os 7, 11). Por Egipto los Padres entienden el deseo carnal, que nos inclina a complacer al cuerpo y vuelve sensual al espíritu; y por asirios, los pensamientos apasionados, que ensucian y entenebrecen el espíritu, lo llenan de imágenes impuras y lo fuerzan contra su voluntad a cometer el pecado. Cuando uno se entrega deliberadamente a los placeres del cuerpo, ser necesariamente llevado a la fuerza por los asirios, aunque él no lo quiera, para servir a Nabucodonosor. Sabiendo eso, el Profeta desfallecía y decía: No vayáis a Egipto (Jr 42, 19). ¿Qué es lo que hacen, desdichados? ¡Humíllense un poco, doblen la cerviz, trabajen por el rey de Babilonia y permanezcan en la tierra de sus padres! Después los alentaba diciendo: No temáis al rey de Babilonia porque Dios está con nosotros para librarnos de sus manos (Jr 42, 11). Luego les anunciaba el mal que les llegaría si no obedecían a Dios: Si vais a Egipto será un callejón sin salida, seréis reducidos a esclavitud y objeto de maldiciones y ultrajes (cf. Jr 42,15-18). Pero ellos le respondieron: No nos quedaremos en este país. Iremos a Egipto, donde no habrá guerra, no oiremos más el sonido de la trompeta y no pasaremos más hambre (cf. Jr 42,13-14). Se fueron entonces a servir voluntariamente al Faraón, pero en seguida fueron llevado por la fuerza hacia Asiria, y pasaron a ser, a pesar suyo, sus esclavos.

143. Presten atención a estas palabras. Aquel que no ha puesto en práctica una pasión, aunque los pensamientos le hagan la guerra, se encuentra todavía en su propia ciudad, es libre y tiene a Dios para que lo ayude. Si se humilla ante Él y sobrelleva con acción de gracia el peso de la gravosa tentación, luchando un poco, el auxilio de Dios lo salvará. Pero si por el contrario rehuye la pena y se deja llevar por el placer del cuerpo, ser llevado necesariamente por la fuerza al país de los asirios para servirlos, muy a pesar suyo.

Pero el Profeta dice también a los israelitas: Orad por la vida de Nabucodonosor, pues de su vida depende vuestra salvación (Ba 1,11-22). Nabucodonosor simboliza el no desfallecer ante la prueba de la tentación que sobreviene, ni rebelarse contra ella, sino soportarla humildemente sobrellevarla como una cosa merecida, creer que no se es digno de ser liberado de ese fardo, sino más bien de que la tentación se prolongue y se haga más fuerte, con la certeza de que si bien se desconoce la causa por el momento, nada desubicado ni injusto puede provenir de Dios. Así pensaba el hermano que se afligía y lloraba porque Dios le había quitado la tentación: "Señor, decía, ¿acaso no soy digno de sufrir un poco?". También se relata que el discípulo de un gran anciano fue tentado un día de fornicar. El anciano al verlo apenado le dijo: "¿Quieres que le pida a Dios que te alivie de este combate?". Pero el discípulo le respondió: "Si tengo que sufrir una pena, Padre, veo el fruto de ella en mí. Pídele más bien a Dios que me dé paciencia".

144. ¡Estos son los que realmente desean ser salvados! Y esto es llevar con humildad el yugo y orar por la vida de Nabucodonosor. El Profeta dice: Porque de su vida depende vuestra salvación. Quien dice como ese hermano: "Veo en mí el fruto de mi pena", equivale a decir: De su vida depende mi salvación. Esto se lo muestra el anciano cuando le responde al hermano: "Hoy sé que estás en el camino del crecimiento y que me superas".

Porque verdaderamente, si uno combate por no cometer pecado y se pone a luchar contra los mismos pensamientos apasionados que le vienen al alma, y es humillado y quebrantado por la lucha, poco a poco, el sufrimiento de los combates lo va purificando y lo lleva al estado natural. Tal como hemos dicho, perturbarse cuando se combate una pasión es fruto de la ignorancia y del orgullo. Más bien debemos reconocer nuestros limites humildemente, y esperar en la oración que Dios tenga misericordia. Porque el que no es tentado y desconoce el tormento de las pasiones, no lucha y no puede ser purificado. Respecto de ello dice el Salmo: Cuando los pecadores crecen como la hierba, y se revelan todos los que hacen el mal, es para ser aniquilados para siempre (Sal 91, 8). Los pecadores que brotan como la hierba son los pensamientos apasionados, pues la hierba es frágil y sin fuerza. Cuando los pensamientos apasionados brotan en el alma, entonces se revelan todos los que hacen el mal, es decir, se descubren las pasiones, para ser aniquiladas para siempre. Sólo cuando las pasiones manifiestan a los que combaten, es cuando las pueden aniquilar.

145. Vean de qué forma se encadenan estas palabras: primero nacen los pensamientos apasionados, se manifiestan las pasiones y es entonces cuando son aniquiladas. Todo esto se refiere a los que luchan, pero nosotros, que cometemos pecados y jugueteamos con las pasiones, no podemos saber cuándo nacen esos pensamientos apasionados, ni cuándo aparecen las pasiones para poder combatir contra ellas. Todavía estamos abajo, en Egipto, miserablemente ocupados en hacer ladrillos para el Faraón. ¿Quién al menos nos dar la posibilidad de tomar conciencia de nuestra amarga servidumbre, a fin de humillarnos y esforzarnos por obtener misericordia?

Cuando los hijos de Israel estaban en Egipto al servicio del Faraón, se dedicaban a hacer ladrillos, y los que hacen ladrillos están continuamente encorvados, con la mirada fija en la tierra. Del mismo modo, si el alma es presa del diablo y peca, el diablo echa por tierra su espíritu, le prohibe todo pensamiento espiritual, y le obliga a pensar y hacer continuamente cosas terrenas. Con los ladrillos que fabricaron los hijos de Israel construyeron tres ciudades fortificadas para el Faraón: Pitón, Ramsés y On, que es Eliópolis (Ex 1,11): que son el amor al placer, el amor al dinero y el amor a la gloria, las tres fuentes de todos los pecados.

146. Al enviar Dios a Moisés para librarlos de la servidumbre del Faraón y hacerlos salir de Egipto, el Faraón les hizo más duros todavía los trabajos y les dijo: ¡Vosotros sois unos perezosos!, por eso andáis diciendo queremos ofrecer sacrificios al Señor nuestro Dios (Ex 5, 17). Del mismo modo, cuando el diablo ve que Dios se ha fijado en un alma para tenerle misericordia, aliviándola de sus pasiones, sea por una palabra sea por alguno de sus servidores, entonces la fustiga cada vez más intensamente con el peso de las pasiones y la ataca con más virulencia. Sabiendo esto los Padres fortalecían al hombre con sus enseñanzas y no dejaban que se amedrentase. Uno de ellos dijo: "¿Has caído? ¡Levántate! ¿Caes de nuevo? Levántate nuevamente!". Otro dice: "La fuerza de los que quieren adquirir las virtudes consiste el no descorazonarse cuando caen, sino retomar sus propósitos". Cada uno a su manera, de una forma u otra, tienden la mano a los que son combatidos y atormentados por el enemigo. Al hacer esto los Padres se inspiraban en las Palabras de la Divina Escritura: El que cae ¿no se vuelve a levantar?. Y el que se aleja ¿no vuelve?. Volved, hijos, a mí y yo curaré vuestras heridas, dice el Señor (Jr 8, 4 y 3, 22). Y otros textos semejantes.

147. Cuando el peso de la mano de Dios cayó sobre el Faraón y los suyos, y consintió en dejar partir a los hijos de Israel, dijo a Moisés: Id a sacrificar al Señor vuestro Dios, pero dejad vuestros rebaños y vuestros bueyes (Ex 10, 24), figura de los pensamientos del alma, de los cuales el Faraón quería seguir siendo el dueño, con la esperanza de hacer volver por ellos a los hijos de Israel. Pero Moisés le respondió: No, debes darnos algo para ofrecer sacrificios y holocaustos al Señor, nuestro Dios. Llevaremos nuestros rebaños con nosotros. No quedará ni uno (Ex 10, 25-26). Cuando los hijos de Israel, bajo la conducción de Moisés, abandonaron Egipto y pasaron el mar Rojo. Dios, queriendo conducirlos a las setenta palmeras y a las doce fuentes de agua, los llevó primero al mar , y el pueblo se desesperó al no encontrar agua para beber, porque el agua era amarga. Pero después del mar , Dios los condujo al lugar de las setenta palmeras y las doce fuentes de agua (cf. Ex 15).

148. Del mismo modo el alma que ha dejado de cometer pecados y atraviesa el mar espiritual, debe en primer lugar sufrir en la lucha y en las aflicciones, porque es así, por las pruebas, como entrar en el santo reposo. Porque debemos pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de los cielos (Hch 14, 22). Las tribulaciones mueven la misericordia de Dios hacia el alma , así como los vientos desatan la lluvia. Y así como las excesivas lluvias pudren el brote tierno y destruyen su fruto, mientras que el viento los va secando poco a poco, dándoles vigor, lo mismo sucede con el alma: el relajamiento, la despreocupación, la debilitan y la disipan; las tentaciones, por el contrario, traen el recogimiento y la unión con Dios. Señor, dice el Profeta, en la tribulación nos hemos acordado de ti (Is 26, 16). No debemos por tanto, como he dicho, perturbarnos o descorazonarnos en las tentaciones, sino tener paciencia, dar gracias y pedir a Dios sin cesar, con humildad, que tenga piedad de nuestra debilidad y nos proteja contra toda tentación para gloria suya. Amén.

viernes, 28 de mayo de 2010

Thibirine Argelia

Muerte de San Matías

Autor: Cristiandad.org

En el repartimiento regional que los apóstoles hicieron para ejercer su ministerio, a san Matías el correspondió la Judea, en cuyas tierras predicó, hizo numerosos milagros, y descansó finalmente en la paz del Señor.

Era Matías doctísimo en la ley, limpio de corazón, ponderado, equilibrado y muy sutil en su análisis sobre las cuestiones relacionadas con la Sagrada Escritura; sumamente prudente en sus juicios, y de palabra fácil y elocuente. Con su predicación, milagros y prodigios, convirtió a muchos en Judea. Esta fue la causa que movió a los judíos que lo odiaban, a formarle proceso y a condenarle a morir apedreado. Dos falsos testigos que declararon contra él fueron los primeros en arrojar algunas piedras sobre su persona; pero el apóstol las recogió y manifestó su deseo de que aquellos guijarros fuesen enterrados con él para que sirvieran de testimonio contra sus verdugos. Después de haber sido apedreado, mientras con sus brazos extendidos hacia el cielo encomendaba su espíritu a Dios, acercóse a él un soldado y, conforme a la costumbre romana, con una afilada hacha le cortó la cabeza y puso fin a la vida del apóstol, cuyo cuerpo fue llevado desde Judea a Roma, y posteriormente desde Roma hasta Tréveris.

Muerte de Santiago el Menor

Autor: Cristiandad.org

A los treinta años de haber sido consagrado obispo, viendo los judíos que no podían matar a Pablo porque se había ido a Roma a apelar ante el césar, concitaron todo el furor de su odio religioso contra Santiago, y comenzaron a buscar algún pretexto para acusarle.

Unos cuantos judíos fueron entonces a ver a Santiago y le dijeron:

- Te rogamos que desengañes al pueblo y le hagas ver que se equivoca al creer que Jesús fue Cristo. Te suplicamos que el próximo día de Pascua, aprovechando la oportunidad de la gran cantidad de gente que viene a Jerusalén, hables a las multitudes y las disuadas de todas esas cosas que vienen admitiendo en relación con Jesús. Si así lo haces, tanto nosotros como el pueblo en general nos atendremos a su testimonio, reconoceremos que eres justo y que no te dejas influir por nadie.

El día de Pascua, aquellos mismos hombres que trataron de seducirle llevaron al apóstol a la terraza más alta del templo, a fin de pudiera ser bien visto y oído por las multitudes y le dijeron a voces:

- ¡Santiago! ¡Tú eres el más honesto de todos los hombres! Todos acatamos tu testimonio. Dinos, pues, aquí, públicamente, qué opinión te merece la actitud de esas gentes que andan por ahí errantes, detrás de ese Jesús crucificado.

Santiago, también con voz muy fuerte, respondió:

- ¿Queréis saber lo que yo pienso acerca del Hijo del hombre? Pues prestad atención: pienso que está sentado en el cielo, a la derecha del Sumo Poder, y que un día vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos.

Los cristianos, al oír esta respuesta, la acogieron con gritos de jubilosa alegría y grandes aplausos; los fariseos y escribas, en cambio, comentaron entre sí:

- ¡Mal paso hemos dado al brindarle esta ocasión de que emitiera públicamente este testimonio acerca de Jesús! Enmendemos el error que hemos cometido: subámosle hasta las más altas almenas y arrojémosle desde ellas a la calle para que los creyentes se asusten y desechen sus creencias.

Así lo hicieron; lleváronle a lo más alto del Templo, y desde allí dijeron a gritos:

- ¡Oh! ¡Oh! ¡El que teníamos por justo se ha equivocado!

Dicho esto, le dieron un empujón y lo arrojaron al vacío, y en cuanto el apóstol llegó al suelo se arremolinaron contra él los judíos que habían presenciado desde abajo su caída, y empezaron a gritar:

- ¡Apedreemos a Santiago el Justo!

Seguidamente comenzaron a apedrearlo. Santiago, que pese a la altura desde la que cayó no se había hecho ningún daño, al ver que arrojaban piedras contra él se puso de rodillas, y en actitud de oración, levantando sus manos hacia el cielo, exclamó:

- ¡Señor! ¡Te ruego que los perdones, porque no saben lo que hacen!

Al iniciarse la pedrea, uno de los sacerdotes, hijo de Rahab, se encaró con la multitud y dijo:

- ¡Alto! ¡No tiréis piedras, os lo ruego! ¿Qué pretendéis hacer? ¿No os dais cuenta de que este santo varón al que estáis apedreando corresponde a vuestra crueldad orando por vosotros?

No obstante esta advertencia, uno de los fanáticos, con una pértiga de batanero, descargó sobre la cabeza del apóstol un golpe terrible, que le rompió el cráneo.

Con este género de martirio el alma del santo apóstol emigró al Señor en tiempo del emperador Nerón, que inició su reinado hacia el año 57 de nuestra era. Su cuerpo fue sepultado en el mismo sitio en que murió, a la vera del Templo. El pueblo trató de vengar su muerte y de apoderarse de quienes lo mataron para castigarles, pero los malhechores se dieron buena maña para escapar rápidamente de allí.

Muerte de San Pedro y San Pablo

Autor: Cristiandad.org

Los dos apóstoles se enfrentaron a Simón el Mago por los engaños que este último hacia a la gente, y tras un milagro que no da ahora lugar para relatar, quedó Simón tan avergonzado que tuvo que esconderse por un año antes de animarse a comparecer ante el público otra vez.

A pesar de lo que había pasado, posteriormente Simón volvió a Roma y reanudó la amistad que desde antes tenía con Nerón. Dice san León que el mago, después de su regreso, convocó al pueblo y dijo:

- Los galileos me han ultrajado gravemente. He decidido abandonar definitivamente esta ciudad en la que tantos favores os he hecho. No quiero seguir viviendo en la tierra. Oportunamente os comunicaré la fecha de mi ascensión al cielo.

Algunos días después convocó nuevamente al público para que cuantos lo deseasen fuesen testigos de su viaje a la gloria, y coronado de laurel subió, según algunos, a una torre muy alta, y según la versión de San Lino, al Capitolio, y desde la altura se lanzó al espacio y empezó a volar. Al ver aquello, Pablo dijo a Pedro:

- A mi me corresponde orar, y a ti dar las órdenes debidas.

Nerón, que se hallaba presente, dirigiéndose a los apóstoles, hizo este comentario:

- Este hombre es sincero; vosotros sois los embaucadores.

Entonces Pedro dijo a Pablo, que estaba orando:

- Pablo, levanta la cabeza y fíjate.

Levantó Pablo la cabeza y al ver que Simón seguía volando, dijo a Pedro:

- Pedro ¿qué esperas? Acaba la obra que comenzaste, que ya nos llama el Señor.

Pedro inmediatamente exclamó:

- ¡Espíritus de Satanás que lleváis a este hombre por el aire! ¡Yo os mando que no lo sostengáis más y que lo dejéis solo para que caiga y se estrelle!

En aquel preciso momento los demonios que lo sostenían, y llevaban volando por el aire, retiráronle su apoyo y Simón desde lo alto cayó al suelo, y al chocar contra él se rompió la cabeza y quedó muerto.

Entonces Nerón, lleno de dolor por el final trágico de aquel hombre, se encaró con los apóstoles y les dijo:

- No puedo fiarme de vosotros. Os daré un castigo conveniente para que os sirva de escarmiento.

Nerón cumplió su amenaza. Detuvo a Pedro y a Pablo y encargó su vigilancia a un ilustre romano llamado Paulino, el cual, a su vez, mandó a Mamertino que los llevara a la cárcel. Mamertino encerró a los dos apóstoles en un calabozo y confió la custodia de los dos presos a dos solados cuyos nombres eran Proceso y Martiniano, que, convertidos en seguida a la fe por San Pedro, abrieron las puertas de la prisión y dejaron en libertad a ambos prisioneros. Este hecho costó la vida a Proceso y Martiniano, pues Paulino, cuando Pedro y Pablo fueron martirizados, juzgó a ambos soldados y, al descubrir que eran cristianos, dio cuenta de ello a Nerón y mandó que fuesen inmediatamente decapitados.

Cuando Pedro salió de la cárcel, sus hermanos en la fe rogaron que huyera de la ciudad, y, aunque él al principio se resistió a hacerlo, finalmente convencido por ellos se dispuso a salir de Roma, y al llegar a una de las puertas de la muralla situada en el lugar que actualmente lleva el nombre de Santa María "ad passus", según San Lino y San León, vio a Cristo que venía hacia él. Pedro, al verlo, le dijo:

- Domine, quo vadis? O sea, Señor, ¿adónde vas?

- A Roma, para que me crucifiquen de nuevo.

- ¿Para que te crucifiquen de nuevo? – preguntó Pedro.

- Sí – contestó el Señor.

Entonces Pedro exclamó:

- En ese caso me vuelvo para que me crucifiquen también a mí contigo.

En aquel preciso momento el Señor subió al cielo ante la mirada atónita de san pedro que comenzó a llorar de emoción, porque repentinamente se dio cuenta de que la crucifixión de que Cristo había hablado era la que a él le aguardaba, es decir, la que el Señor iba nuevamente a padecer a través de su propia crucifixión. Inmediatamente volvió sobre sus pasos, se internó en la ciudad y refirió a los hermanos la visión que había tenido. Poco después, los soldados de Nerón lo detuvieron, y en calidad de prisionero lo condujeron a la presencia del prefecto Agripa. Según el relato de san Lino, la cara del apóstol, al comparecer ante el juez, brillaba como el sol.

Agripa al verle, le dijo:

- ¡De manera que tú eres ese sujeto que en determinadas reuniones con la plebe se da tanta importancia...! Tengo entendido que aprovechas tu influencia sobre las mujeres que te siguen para inculcarles que no se acuesten con sus maridos.

Pedro, encarándose con el prefecto, le respondió:

- Yo no me doy importancia ni presumo de nada ni de nada me glorío; pero sí te hago saber que lo único que de verdad me importa es ser fiel discípulo de mi Señor Jesucristo, el Crucificado.

Agripa condenó a Pedro a morir en una cruz; podía legalmente aplicársele este tormento, porque era forastero; en cambio, a Pablo, como era ciudadano romano y no podía según las leyes ser castigado con este procedimiento, lo condenó a muerte por el sistema de decapitación.

Dionisio, en carta escrita a Timoteo con motivo de la muerte de Pablo, habla de la condena recaída sobre uno y otro apóstol, y se expresa de esta manera: "¡Oh, hermano mío Timoteo! Si hubieses sido testigo de los últimos momentos de estos mártires, hubieras desfallecido de tristeza y de dolor. ¿Cómo oír sin llorar la publicación de aquellas sentencias en las que se decretaba la muerte de Pedro por crucifixión y la de Pablo por degollación? ¡Si hubieses visto como los gentiles y los judíos los maltrataban y lanzaban salivazos sobre sus rostros! Cuando llegó el momento en que deberían separarse para ser conducidos al lugar en que cada uno de ellos había de ser ejecutado, ¡momento verdaderamente terrible!, aquellas dos columnas del mundo fueron maniatadas entre los gemidos y sollozos de los hermanos que estábamos presentes. Entonces dijo Pablo a Pedro: "La paz sea contigo, ¡oh fundamento de todas las Iglesias y pastor universal de las ovejas y corderos de Cristo!". Pedro por su parte respondió a Pablo: "¡Que la paz te acompañe también a ti, predicador de las buenas costumbres, mediador de los justos y conductor de sus almas por los caminos de la salvación!". Una vez que separaron al uno del otro, pues no los mataron en el mismo sitio, yo seguí a mi maestro". Hasta aquí el relato de Dionisio.

León y Marcelo refieren que en el momento en que Pedro iba a ser crucificado, el apóstol dijo: "Cuando crucificaron a mi Señor, pusieron su cuerpo sobre la cruz en posición natural, con los pies abajo y la cabeza en lo alto, en esto sus verdugos procedieron acertadamente, porque mi Señor descendió desde el cielo a la tierra; a mí, en cambio, debéis ponerme de manera distinta: con la cabeza abajo y los pies arriba; porque además de que no soy digno de ser crucificado del mismo modo que Él lo fue, yo, que he recibido la gracia de su llamada, voy a subir desde la tierra hasta el cielo; os ruego por tanto que, clavar mis miembros a la cruz, lo hagáis de tal forma que mis pies queden en lo alto y mi cabeza en la parte inferior del madero. Los verdugos tuvieron a bien acceder a este deseo y, en consecuencia, colocaron el cuerpo del santo sobre la cruz de manera que sus pies pudiesen ser clavados separadamente en los extremos del travesaño horizontal superior, y las manos en la parte baja del fuste, cerca del suelo".

El público que asistió a este espectáculo, en un momento dado comenzó a amotinarse, a proferir gritos contra Nerón y contra el prefecto, a pedir la muerte de ambos y a intentar la liberación de Pedro; pero éste les suplicó que no impidiesen la consumación de su martirio. Según los relatos de Hegesipo y de Lino, el Señor premió a cuantos llorando de compasión presenciaron la escena terrible, abriendo sus ojos y permitiendo que vieran a Pedro, ya crucificado, rodado de ángeles que tenían en sus manos coronas de rosas y de lirios y a Cristo colocado a la vera del mártir mostrando al apóstol un libro abierto. Hegesipo dice que Pedro al ver junto a sí el libro que Cristo le mostraba, comenzó a leer en voz alta, para que todos lo oyeran, lo que estaba escrito en él, y que lo que leyó fue lo siguiente: "Señor, yo he deseado imitarte; pero no me he considerado digno de ser crucificado en la posición en que a ti te crucificaron; porque tú siempre fuiste recto, excelso, elevado; nosotros, en cambio, somos hijos de aquel primer hombre que hundió su cabeza en la tierra; por eso, ya en nuestra manera de nacer representamos la caída de nuestro primer padre, puesto que nacemos inclinados hacia el suelo, tendiendo a derramarnos sobre él y con una naturaleza de condiciones tan cambiadas y tan propensa a incurrir en errores, que frecuentemente lo que juzgamos correcto en realidad no lo es. Tú, Señor, para mí significas todas las cosas; lo eres todo para mí; fuera de ti, no quiero nada. Mientras viva y sea capaz de razonar y pueda hablar, te diré siempre y con toda mi alma: ¡Gracias, mi Dios!".

De la oración que acabamos de transcribir se deduce que fueron dos los motivos por los que este santo apóstol no quiso ser crucificado en la posición normal, en que lo fue Cristo.

Tras la visión que hemos referido, considerando san Pedro que los fieles que asistían a su martirio habían sido testigos de aquella glorificadora escena, dio gracias a Dios, encomendó a su misericordia a los creyentes y expiró. Sus discípulos Marcelo y Apuleyo desenclavaron su cuerpo, lo ungieron con variados aromas, y lo sepultaron.



San Pablo por su parte empezó a caminar con sus verdugos cuando se encontró con Plantila, que era una de sus discípulas. Dionisio dice que esta cristiana se llamaba Lemobia. Lemobia o Plantila – probablemente esta mujer tenía dos nombres – comenzó entre sollozos a encomendarse a las oraciones del apóstol, quien tratando de tranquilizarla le dijo:

- Plantila, hija de la salvación eterna: dame el velo con que cubres tu cabeza; con él quiero vendarme los ojos; más adelante te lo devolveré.

Mientras se lo daba, los verdugos, riéndose, dijeron a Plantila:

- ¡Qué tonta eres! ¿Cómo te fías de este mago impostor y le das esa tela tan preciosa que vale sin duda su buena cantidad de dinero? ¿Crees que la vas a recuperar? Ya puedes darla por perdida.

Llegados al sitio en que Pablo iba a ser decapitado, el santo apóstol se volvió hacia oriente, elevó sus manos al cielo y llorando de emoción oró en su propio idioma y dio gracias a Dios durante un largo rato; luego se despidió de los cristianos que estaban presentes, se arrodilló con ambas rodillas en el suelo, se vendó los ojos con el velo que Plantila le había dado, colocó su cuello sobre el tajo, e inmediatamente, en esta postura, fue decapitado; mas, en el mismo instante en que su cabeza salía despedida del tronco, su boca, con voz enteramente clara, pronunció esta invocación tantas veces repetida dulcemente por él a lo largo de su vida: "¡Jesucristo!". En cuanto el hacha cayó sobre el cuello del mártir, de la herida brotó primeramente un abundante chorro de leche que fue a estrellarse contra las ropas del verdugo; luego comenzó a fluir sangre y a impregnarse el ambiente de un olor muy agradable que emanaba del cuerpo del mártir y, mientras tanto, en el aire brilló una luz intensísima.

Sobre la muerte de San Pablo, Dionisio, en la carta a que nos hemos referido anteriormente, escribió a Timoteo lo siguiente: "En aquella tristísima hora, oh mi querido hermano, dijo el verdugo a Pablo: "Prepara tu cuello". Entonces el santo apóstol miró al cielo, hizo la señal de la cruz sobre su frente y sobre su pecho, y exclamó: "¡Oh Señor mío Jesucristo, en tus manos encomiendo mi espíritu!". Dicho esto, serenamente, con naturalidad, estiró su cuello y, al descargar el verdugo el hachazo con que le amputó la cabeza, recibió la corona del martirio; pero, en el mismo instante en que recibió el golpe mortal, el santísimo mártir desplegó un velo, recogió en él parte de la sangre que brotó de su herida, plegó de nuevo la tela, la anudó y se la entregó a Lemobia".

Muerte de Santiago el Mayor

Autor: Cristiandad.org

También se debió la muerte de este santo apóstol – en cierta forma – a su lucha contra los ardides de un hechicero, llamado Hermógenes, aunque en su caso pudo Santiago lograr una conversión tan sincera que el antiguo mago se convirtió en uno de sus discípulos más virtuosos y perfectos. Esto ocurrió al regresar Santiago de España, donde su evangelización había tenido muy poco resultado hasta entonces, y en donde dejó discípulos suyos para volver él a Judea.

Cuando los judíos se convencieron de que la conversión de Hermógenes era sincera hicieron responsable de ella a Santiago, se presentaron ante él alborotados, le increparon y trataron de impedir que siguiera predicando la doctrina de Cristo crucificado. Santiago, empero, recurriendo a las Escrituras, les demostró como en Jesús se habían cumplido todas las profecías que en ella se contenían acerca del nacimiento y sacrificio del Mesías, y probó estas verdades con tal claridad que muchos de los judíos se convirtieron. Esto provocó tan enorme indignación en Abiatar, a quien correspondía el ejercicio del pontificado aquel año, que sublevó al pueblo contra el apóstol. Algunos de los amotinados lograron apoderarse de él, le ataron una soga al cuello, lo condujeron en presencia de Herodes Agripa y consiguieron que éste lo condenara a muerte. Cuando lo conducían al lugar en que iban a degollarlo, un paralítico que yacía tendido en el suelo a la vera del camino comenzó a invocar al apóstol y a pedirle a voces que lo curara. Santiago lo oyó y le dijo:

- En nombre de Jesucristo, cuya fe he predicado y defiendo y por cuya causa voy a ser decapitado, te ordeno que te levantes del suelo completamente curado y que bendigas al Señor.

El paralítico se levantó, sintióse repentina y totalmente sano, y prorrumpió en acciones de gracias a Dios.

Al ver este prodigio, el escriba Josías, que había puesto la soga al cuello de Santiago y hasta entonces continuaba agarrado al ramal y tirando de él, arrojóse a los pies del santo y le suplicó que lo recibiera como cristiano. Pero Abiatar, que se hallaba presente, agarró a Josías, lo zarandeó y le dijo:

- Si ahora mismo no maldices a Jesucristo, haré que te degüellen al mismo tiempo que a Santiago.

Josías respondió:

- A quien maldigo es a ti. Óyeme bien: ¡Maldito seas tú, y maldito todo el tiempo que vivas! Sigue escuchando: ¡Bendito sea el nombre de mi Señor Jesucristo por los siglos de los siglos!

Abiatar ordenó a algunos de los judíos que descargaran sobre el rostro de Josías una buena tanda de bofetadas y envió un mensajero a Herodes solicitando el necesario permiso para proceder a la decapitación del escriba convertido.

Una vez que llegaron al sitio en que iban a ser degollados, Santiago pidió al verdugo una redoma con agua. El verdugo se la proporcionó. Con aquella agua bautizó el apóstol a Josías e inmediatamente después ambos fueron decapitados coronando de este modo uno y otro sus vidas con el martirio.

Poco después de que el santo fuese degollado, una noche algunos de sus discípulos, tomando las debidas precauciones para no ser vistos se apoderaron del cuerpo del apóstol y se lo llevaron consigo. Embarcaron en una nave, y rogaron a Dios que los guiara con su providencia y los condujera donde Él quisiese que aquellos venerables restos fuesen sepultados. Conducida por un ángel del Señor la barca comenzó a navegar y navegando continuó hasta arribar a las costas de Galicia, región de España que por aquel tiempo estaba gobernada por una mujer llamada Loba. Al llegar a tierra desembarcaron el cuerpo y lo colocaron sobre una inmensa piedra, la cual, como si fuese de cera, repentinamente adoptó la forma de un ataúd y se convirtió milagrosamente en el sarcófago del santo. Seguidamente los discípulos del apóstol fueron a ver a la reina Lupa o Loba y le dijeron:

- Nuestro Señor Jesucristo te envía el cuerpo del apóstol Santiago, porque quiere que acojas muerto y con benevolencia al que no quisiste escuchar cuando estaba vivo.

Muerte de San Bartolomé, apostol

Autor: Cristiandad.org

Cuando San Bartolomé se fue a la India, comenzó a echar a los demonios de los templos en que eran adorados y escuchados a través de sus profetas. Muchísimos milagros operó el santo en este sentido. Y por estos milagros, Polimio el rey se convirtió junto a su familia y renunció al trono, haciéndose discípulo del apóstol. A partir de entonces rigió los destinos del reino un hermano de Polimio, llamado Astiages. Poco después de que este iniciara su reinado, los pontífices de los templos paganos celebraron una asamblea y en ella acordaron quejarse ante el nuevo monarca por los daños inferidos a los dioses con la profanación del templo real y la destrucción de las imágenes de los ídolos; y, en efecto, se presentaron ante Astiages y acusaron al apóstol de haber ocasionado con sus artes mágicas los mencionados destrozos y de haber pervertido a Polimio. Astiages se hizo eco de la denuncia y, dejándose llevar de la cólera, ordenó que inmediatamente mil soldados, perfectamente armados, salieran en persecución de Bartolomé, al que sus perseguidores capturaron y condujeron ante el nuevo rey.

- ¡De modo, dijo el rey al apóstol, que tú eres el hombre que pervirtió a mi hermano!

- Yo no pervertí a tu hermano, sino que lo convertí, dijo Bartolomé.

A esto replicó Astiages:

- Pues voy a hacer contigo lo que tú hiciste con él; como tú obligaste a Polimio a renegar de mi dios y a creer en el tuyo, yo te obligaré a ti a renegar del tuyo y a creer en el mío.

El apóstol puntualizó:

- Yo lo que hice fue vencer al dios al que tu hermano adoraba, mostrarlo maniatado ante el público, y exigirle que rompiera las imágenes de los ídolos. Prueba tú a hacer lo mismo con el mío. Si consigues maniatar a mi Dios, te prometo que adoraré al tuyo; pero si no lo consigues, continuaré destruyendo las estatuas de tus falsas divinidades, y si tú fueses razonable te convertirías a mi religión como se convirtió tu hermano.

En esto alguien se presentó ante el rey y le comunicó que la imagen de Baldach, otro de sus ídolos, acababa de caer rodando por el suelo y de romperse en mil pedazos. El rey, al oír esta noticia, rasgó su manto púrpura, mandó que apalearan al apóstol y que tras propinarle una enorme paliza lo desollaran vivo.

Sobre el género de martirio padecido por San Bartolomé existen diferentes versiones. Según san Doroteo, fue crucificado. He aquí las propias palabras de este santo: "San Bartolomé dio a conocer el evangelio de san Mateo a los indios, predicándoles en la lengua que ellos hablaban, y murió crucificado cabeza abajo, en Albana, ciudad de la extensa región de Armenia". San Teodoro afirma que fue desollado. En cambio, en otros muchos libros se lee que este apóstol fue decapitado. Estas versiones, empero, no son necesariamente contradictorias, sino que, al contrario, todas ellas pueden ser verdaderas, conciliables entre sí y complementarias, puesto que bien pudo ocurrir que el santo apóstol fuese primeramente crucificado; luego, antes de morir, descolgado de la cruz y desollado vivo, para hacerle sufrir más; y, finalmente, estando todavía con vida, decapitado.

Ejecutada en todos sus extremos esta orden, los cristianos recogieron el cuerpo de santo mártir y reverentemente lo enterraron.

Muerte de San Mateo

Autor: Cristiandad.org

Se encontraba el apóstol en Nadaver, ciudad de Etiopía, cuando tras la muerte del rey converso Egido, subió al trono Hitarco. El nuevo monarca, arrebatado del apasionado amor que sentía por Efigenia, ofreció a Mateo la mitad de su reino a cambio de que convenciera a la joven para que le aceptara pro esposo. El apóstol contestó a Hitarco:

- Tu antecesor iba a la Iglesia; ve tú también a ella el próximo domingo y escucha atentamente el sermón que pienso predicar a Efigenia y a sus compañeras acerca de la licitud del matrimonio y de las ventajas que la vida matrimonial comporta.

El rey, creyendo que Mateo iba a tratar de convencer a Efigenia de que debería aceptar las proposiciones conyugales que él le hacía, el domingo acudió a la iglesia ilusionado y lleno de alegría. Mateo predicó ante Efigenia y ante el pueblo un largo sermón ponderando las excelencias del matrimonio. Hitarco, mientras le oía, reafirmaba su posición de que el predicador, a través de los magníficos conceptos que en su sermón exponía, intentaba inclinar el ánimo de Efigenia hacia la vida matrimonial; y tan persuadido estaba de que ésta era la intención de Mateo, que aprovechando una pausa que éste hizo y que él interpretó como si el sermón hubiese terminado, se levantó de su asiento y felicitó efusivamente al predicador. Mateo rogó al rey que guardara silencio, que se sentara de nuevo y que continuara escuchando, pues el sermón no había terminado. Luego prosiguió su discurso de esta manera: "Cierto que el matrimonio, si los esposos observan escrupulosamente las promesas de fidelidad que al contraerlo mutuamente se hacen, es una cosa excelente. Pero prestad todos mucha atención a lo que ahora voy a decir: supongamos que un ciudadano cualquiera arrebatara la esposa a su propio rey. ¿Qué ocurriría? Pues que no sólo el usurpador cometería una gravísima ofensa contra su soberano, sino que automáticamente incurriría en un delito que está castigado con pena de muerte; e incurriría en ese delito, no por haber querido casarse, sino por haber quitado a su rey algo que legítimamente le pertenecía, y por haber sido el causante de que la esposa faltase a la palabra de fidelidad empeñada ante su verdadero esposo. Ahora bien; puesto que así son las cosas, ¿cómo tú, Hitarco, súbdito y vasallo del rey eterno, sabiendo que Efigenia al recibir el velo de las vírgenes ha quedado consagrada al Señor y desposada con Él, te atreves a poner en ella tus ojos y pretendes hacerla incurrir en infidelidad a su verdadero esposo que es precisamente tu soberano?"

En cuanto oyó esto, Hitarco, arrebatado de ira, salió furioso de la iglesia. Mateo, sin inmutarse, continuó su plática, exhortó a los oyentes a la paciencia y a la perseverancia, al final del sermón bendijo a las vírgenes y en especial a Efigenia que, asustada, se había arrodillado ante él, y luego prosiguió al celebración de la misa; mas en el preciso momento en que terminaba, cuando aún estaba ante el altar orando con los brazos extendidos hacia el cielo, un sicario enviado por el rey se acercó a él, le clavó una espada en la espalda, lo mató y lo convirtió en mártir.

Poco después intentó el rey quemar la casa en que vivían las vírgenes, pero el santo apóstol se apareció ante ellas y las rescató de las llamas. Hitarco contrajo lepra y se suicidó con su propia espada. El pueblo entonces proclamó rey a un hermano de Efigenia, bautizado años antes por san Mateo, y la fe pudo a partir de entonces propagarse por tierras etíopes durante muchos años.

Muerte de San Simón y San Judas Tadeo, apostoles del Señor

Autor: Cristiandad.org

Estando los apóstoles en Babilonia convirtieron a gran cantidad de gente, entre la que se encontraba el rey y muchos ricos.

Dos hombres que hacían magia e idolatría se trasladaron a una población llamada Samir en la que vivían setenta pontífices de los ídolos, y se dedicaron a predisponer a sus habitantes contra los apóstoles, incitándoles a que, cuando vinieran a predicarles su religión, los mataran si se negaban a ofrecer sacrificios en honor de los dioses.

Tras evangelizar toda la provincia, Simón y Judas se presentaron en Samir y, en cuanto llegaron, los habitantes de esta ciudad se arrojaron sobre ellos, los prendieron y los llevaron a un templo dedicado al sol; mas, tan pronto como los prisioneros penetraron en el recinto, los demonios, por medio de ciertos energúmenos, empezaron a decir a voces:

- ¿A qué venís aquí, apóstoles del Dios vivo? Sabéis de sobra que entre vosotros y nosotros no hay nada en común. Desde que llegasteis a Samir nos sentimos abrasados por un fuego insoportable.

Acto seguido aparecióse a Judas y a Simón un ángel del Señor y les dijo:

- Elegid entre estas dos cosas la que queráis: o que toda esta gente muera ahora mismo repentinamente, o vuestro propio martirio.

Los apóstoles respondieron:

- La elección ya está hecha. Pedimos a Dios misericordioso una doble merced: que conceda a esta ciudad la gracia de su conversión, y a nosotros el honor de morir mártires.

A continuación, Simón y Judas rogaron a la multitud que guardara silencio, y, cuando todos estuvieron callados, hablaron ellos y dijeron:

- Para demostraros que estos ídolos no son dioses, y que en su interior hay demonios agazapados, vamos a mandar a los malos espíritus que salgan inmediatamente de las imágenes en que permanecen escondidos, y que cada uno de ellos destruya la estatua que hasta ahora le ha servido de escondite.

Seguidamente los apóstoles dieron la orden anunciada, y en aquel mismo momento, de las dos estatuas que había en el templo salieron sendos individuos horrendos que en presencia de los asistentes destrozaron las imágenes de cuyo interior salieron, y rápidamente escaparon de allí dando voces y alaridos. Mientras la gente, impresionada pro lo que acababa de ver, permanecía muda de asombro, los pontífices paganos, irritados, se arrojaron sobre uno y otro apóstol y los despedazaron. En el preciso instante en que Simón y Judas murieron, el cielo, que hasta entonces había estado sereno y completamente despejado, se cubrió repentinamente de nubarrones; se organizó una terrible tormenta que derrumbó el templo aplastando a los magos.

Cuando el rey tuvo noticia de que Simón y Judas habían sido martirizados, recogió sus cadáveres, los trasladó a la capital del reino y les dio sepultura en una magnífica y suntuosa iglesia que mandó construir en su honor.

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Aqui estoy solo para Glorificar a Dios y hacerlo Amar.