Encontré estas palabras de santos amados, que expresan en idéntica sintonía algo de aquello que hay en el interior de mi corazón. .
"¡Oh, la dignidad venerable del sacerdote", exclamaba San Agustín, "en cuyas manos se encarna el Hijo de Dios, igual que se encarnó en el Vientre de la Virgen !"
El Santo Cura de Ars decía: " …los dedos del sacerdote que han tocado el Cuerpo adorable de Jesucristo, que se han puesto dentro del Cáliz donde estaba Su Sangre y en el Ciborio donde estaba su Cuerpo - ¿no puede ser que esos dedos sean más preciosos?"
Durante un éxtasis, la Venerable Catarina Vannini vio a los Ángeles apostarse alrededor de las manos del sacerdote durante la Misa , y sostenerse las durante la elevación de la Hostia y el Cáliz. ¡Ya nos podemos imaginar la reverencia y afecto con que esta Venerable sierva de Dios acostumbraba a besar esas manos!
La Reina Santa Eduviges asistía todas las mañanas a todas la Misas que se celebraban en la Capilla de la Corte , mostrando gratitud y reverencia hacia los sacerdotes que celebraban la Santa Misa. Tenía por costumbre ofrecerles hospitalidad, besar devotamente sus manos, asegurarse de que fueran alimentados y a que se les mostrara todo honor. Exclamaba mostrando un gran sentimiento: "¡Que Dios bendiga a quien hizo que Jesús bajara del Cielo y me Lo dió!"
San Pascual Baylon era portero en un Monasterio. Cada vez que llegaba un sacerdote, el Santo Hermano laico se arrodillaba y besaba sus dos manos reverentemente. La gente decía de el, como decían de San Francisco, que el tenia devoción por las manos consagradas de los sacerdotes. El juzgaba que esas manos tenían poder para alejar los males y para conseguir bendiciones a quien las trataba con veneración, puesto que son las manos de que Jesús hace uso.
El Padre Pío de Pietrelcina deseaba besar afectuosamente las manos de los sacerdotes, al grado que en ocasiones las tomaba sorpresivamente y sin que se lo esperaron, las besaba
El Siervo de Dios, el sacerdote Don Dolindo Ruotolo, quien no admitía que ningún sacerdote rehusara la "caridad" de permitir alguien el besar sus manos.
. "En los sacerdotes yo veo al Hijo de Dios," decía San Francisco de Asís.
El Santo Cura de Ars remarcó en un sermón: "Cada vez que veo un sacerdote, pienso en Jesús." Cuando Santa María Magdalena de Pazzi hablaba de un sacerdote, acostumbraba a referirse a él como a "este Jesús". Por motivo de esta misma estimación, Santa Catarina de Siena acostumbraba a besar el piso por donde un sacerdote había pasado. Un día, Santa Verónica Giuliani vio que un sacerdote subía las escaleras del monasterio para llevar la Sagrada Comunión a los enfermos, y se arrodilló al pie de las escaleras, y entonces así, de rodillas, subió los escalones besando cada uno y humedeciéndolo con las lágrimas que su amor produjo.
El Santo Cura de Ars solía decir: "Si yo me encontrara a un sacerdote y a un angel, le mostraría respeto primero al sacerdote, y después al ángel El sacerdote tiene las llaves para los tesoros celestiales." ¿Quién hace que Jesús venga en las blancas Hostias? ¿Quién pone a Jesús en nuestros Tabernáculos? ¿Quién da Jesús a nuestras almas? ¿Quién purifica nuestros corazones para que podamos recibir a Jesús? Es el sacerdote y nadie más que el sacerdote. El es "el que sirve el Tabernáculo" (Heb. 13:10), quien tiene el "ministerio de la reconciliación" (2 Cor. 5:18), "quien es para ustedes un ministro de Jesucristo" (Col. 1:7), y distribuidores "de los misterios de Dios" (1 Cor. 4:1). ¡OH, cuantas instancias se podrían reportar acerca de sacerdotes heroicos que se sacrificaron y se sacrifican para poder dar a Jesús sus rebaños! Aquí reportamos uno entre muchos casos.
El Santo Cura de Ars solía decir que "únicamente en el Cielo podremos medir la grandeza de esto. Si lo pudiéramos apreciar aquí en la tierra, moriríamos; no de terror, sino de amor... Después de Dios, el sacerdote lo es todo."
"El sacerdote," dice San Bernardo, "por naturaleza es como todos los demás hombres; en dignidad sobrepasa a todos los demás hombres sobre la tierra; por su conducta se debería comparar con los ángeles."
San Francisco de Asís no quiso ser sacerdote porque se consideraba indigno de tan sublime vocación. El honraba a los sacerdotes con una devoción especial, considerándolos como sus "señores", porque en ellos veía únicamente "al Hijo de Dios". Su amor por la Eucaristía convergía con su amor por el sacerdote quien consagra y administra el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Tenía una veneración especial por las manos del sacerdote, las que acostumbraba siempre besar de rodillas, y con mucha devoción. Aun más, acostumbraba hasta besar los pies del sacerdote y las huellas que uno había dejado al caminar.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
domingo, 19 de septiembre de 2010
jueves, 16 de septiembre de 2010
Acta del Martirio de San Cipriano
En Cartago; destierro, año 257; muerte, año 258
Siendo el emperador Valeriano por cuarta vez cónsul y por tercera Galieno, tres días antes de las calendas de septiembre (el 30 de agosto), en Cartago, dentro de su despacho, el procónsul Paterno dijo al obispo Cipriano:
- Los sacratísimos emperadores Valeriano y Galieno se han dignado mandarme letras por las que han ordenado que quienes no practican el culto de la religión romana deben reconocer los ritos romanos. Por eso te he mandado llamar nominalmente. ¿Qué me respondes?
San Cipriano
El obispo Cripriano dijo:
- Yo soy cristiano y obispo, y no conozco otros dioses sino al solo y verdadero Dios, que hizo el cielo y la tierra y cuanto en ellos se contiene. A este Dios servimos nosotros los cristianos; a éste dirigimos día y noche nuestras súplicas por nosotros mismos, por todos los hombres y, señaladamente, por la salud de los mismos emperadores.
El procónsul Paterno dijo:
- Luego ¿perseveras en esa voluntad?
El obispo Cipriano contestó:
- Una voluntad buena que conoce a Dios, no puede cambiarse.
EL PROCÓNSUL — ¿Podrás, pues, marchar desterrado a la ciudad de Curubis, conforme al mandato de Valeriano y Galieno?
CIPRIANO — Marcharé.
EL PROCÓNSUL — Los emperadores no se han dignado sólo escribirme acerca de los obispos, sino también sobre los presbíteros. Quiero, pues saber de ti quiénes son los presbíteros que residen en esta ciudad.
CIPRIANO —Con buen acuerdo y en común utilidad habéis prohibido en vuestras leyes la delación; por lo tanto, yo no puedo descubrirlos ni delatarlos. Sin embargo, cada uno estará en su propia ciudad.
PATERNO — Yo los busco hoy en esta ciudad.
CIPRIANO — Como nuestra disciplina prohíbe presentarse espontáneamente y ello desagrada a tu misma ordenación, ni aun ellos pueden presentarse; mas por ti buscados, serán descubiertos.
PATERNO — Sí, yo los descubriré.
Y añadió: - Han mandado también los emperadores que no se tengan en ninguna parte reuniones ni entre nadie en los cementerios. Ahora, si alguno no observare este tan saludable mandato, sufrirá pena capital.
CIPRIANO: - Haz lo que se te ha mandado.
Entonces el procónsul Paterno mandó que el bienaventurado Cipriano obispo fuera llevado al destierro. Y habiendo pasado allí largo tiempo, al procónsul Aspasio Paterno le sucedió el procónsul Galerio Máximo, quien mandó llamar del destierro al santo obispo Cipriano y que le fuera a él presentado.
Volvió, pues, San Cipriano, mártir electo de Dios, de la ciudad de Curubis, donde, por mandato de Aspasio Paterno, a la sazón cónsul, había estado desterrado, y se le mandó por sacro mandato habitar sus propias posesiones, donde diariamente estaba esperando que vinieran por él para el martirio, según le había sido revelado.
foto
Emperador Valeriano
Morando, pues, allí, de pronto, en los idus de septiembre (el 13), siendo cónsules Tusco y Baso, vinieron dos oficiales, uno escudero o alguacil del officium o audiencia de Galerio Máximo, sucesor de Aspasio Paterno, y otro sobreintendente de la guardia de la misma audiencia. Los dos oficiales montaron a Cipriano en un coche y le pusieron en medio y le condujeron a la Villa de Sexto, donde el procónsul Galerio Máximo se había retirado por motivo de salud. El procónsul Galerio Máximo mandó que se le guardara a Cipriano hasta el día siguiente. Entre tanto, el bienaventurado Cipriano fue conducido a la casa del alguacil del varón clarísimo Galerio Máximo, procónsul, y en ella estuvo hospedado, en la calle de Saturno, situada entre la de Venus y la de la Salud. Allí afluyó toda la muchedumbre de los hermanos, lo que sabido por San Cipriano, mandó que las vírgenes fueran puestas a buen recaudo, pues todos se habían quedado en la calle, ante la puerta del oficial, donde el obispo se hospedaba.
Al día siguiente, decimoctavo de las calendas de octubre (14 de septiembre), una enorme muchedumbre se reunió en la Villa Sexti, conforme al mandato del procónsul Galerio Máximo. Y sentado en su tribunal en el atrio llamado Sauciolo, el procónsul Galerio Máximo dio orden, aquel mismo día, de que le presentaran a Cipriano.
Habiéndole sido presentado, el procónsul Galerio Máximo dijo al obispo Cipriano:
- ¿Eres tú Tascio Cipriano?
El obispo Cipriano respondió:
- Yo lo soy.
GALERIO MÁXIMO — ¿Tú te has hecho padre de los hombres sacrílegos?
CIPRIANO OBISPO — Sí.
GALERIO MÁXIMO — Los sacratísimos emperadores han mandado que sacrifiques.
CIPRIANO OBISPO — No sacrifico.
GALERIO MÁXIMO — Reflexiona y mira por ti.
CIPRIANO OBISPO — Haz lo que se te ha mandado. En cosa tan justa no hace falta reflexión alguna.
Galerio Máximo, después de deliberar con su consejo, a duras penas y de mala gana, pronunció la sentencia con estos considerandos:
a
San Cipriano de Cartago
- Durante mucho tiempo has vivido sacrílegamente y has juntado contigo en criminal conspiración a muchísima gente, constituyéndote enemigo de los dioses romanos y de sus sacros ritos, sin que los piadosos y sacratísimos príncipes Valeriano y Galieno, Augustos, y Valeriano, nobilísimo César, hayan logrado hacerte volver a su religión. Por tanto, convicto de haber sido cabeza y abanderado de hombres reos de los más abominables crímenes, tú servirás de escarmiento a quienes juntaste para tu maldad, y con tu sangre quedará sancionada la ley.
Y dicho esto, leyó en alta voz la sentencia en la tablilla: —Mandamos que Tascio Cipriano sea pasado a filo de espada.
El obispo Cipriano dijo:
- Gracias a Dios.
Oída esta sentencia, la muchedumbre de los hermanos decía:
- También nosotros queremos ser degollados con él.
Con ello se levantó un alboroto entre los hermanos, y mucha turba de gentes le siguió hasta el lugar del suplicio. Fue, pues, conducido Cipriano al campo o Villa de Sexto y, llegado allí, se quitó su sobreveste y capa, dobló sus rodillas en tierra y se prosternó rostro en el polvo para hacer oración al Señor. Luego se despojó de la dalmática y la entregó a los diáconos y, quedándose en su túnica interior de lino, estaba esperando al verdugo. Venido éste, el obispo dio orden a los suyos que le entregaran veinticinco monedas de oro. Los hermanos, por su parte, tendían delante de él lienzos y pañuelos. Seguidamente, el bienaventurado Cipriano se vendó con su propia mano los ojos; mas como no pudiera atarse las puntas del pañuelo, se las ataron el presbítero Juliano y el subdiácono del mismo nombre.
Así sufrió el martirio el bienaventurado Cipriano. Su cuerpo, para evitar la curiosidad de los gentiles, fue retirado a un lugar próximo. Luego, por la noche, sacado de allí, fue conducido entre cirios y antorchas, con gran veneración y triunfalmente, al cementerio del procurador Macrobio Candidiano, sito en el camino de Mapala, junto a los depósitos de agua de Cartago. Después de pocos días murió el procónsul Galerio Máximo.
El beatísimo mártir Cipriano sufrió el martirio el día decimoctavo de las calendas de octubre (el 14 de septiembre), siendo emperadores Valeriano y Galieno y reinando nuestro Señor Jesucristo, a quien es honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén .
(BAC 75, 756-761)
Siendo el emperador Valeriano por cuarta vez cónsul y por tercera Galieno, tres días antes de las calendas de septiembre (el 30 de agosto), en Cartago, dentro de su despacho, el procónsul Paterno dijo al obispo Cipriano:
- Los sacratísimos emperadores Valeriano y Galieno se han dignado mandarme letras por las que han ordenado que quienes no practican el culto de la religión romana deben reconocer los ritos romanos. Por eso te he mandado llamar nominalmente. ¿Qué me respondes?
San Cipriano
El obispo Cripriano dijo:
- Yo soy cristiano y obispo, y no conozco otros dioses sino al solo y verdadero Dios, que hizo el cielo y la tierra y cuanto en ellos se contiene. A este Dios servimos nosotros los cristianos; a éste dirigimos día y noche nuestras súplicas por nosotros mismos, por todos los hombres y, señaladamente, por la salud de los mismos emperadores.
El procónsul Paterno dijo:
- Luego ¿perseveras en esa voluntad?
El obispo Cipriano contestó:
- Una voluntad buena que conoce a Dios, no puede cambiarse.
EL PROCÓNSUL — ¿Podrás, pues, marchar desterrado a la ciudad de Curubis, conforme al mandato de Valeriano y Galieno?
CIPRIANO — Marcharé.
EL PROCÓNSUL — Los emperadores no se han dignado sólo escribirme acerca de los obispos, sino también sobre los presbíteros. Quiero, pues saber de ti quiénes son los presbíteros que residen en esta ciudad.
CIPRIANO —Con buen acuerdo y en común utilidad habéis prohibido en vuestras leyes la delación; por lo tanto, yo no puedo descubrirlos ni delatarlos. Sin embargo, cada uno estará en su propia ciudad.
PATERNO — Yo los busco hoy en esta ciudad.
CIPRIANO — Como nuestra disciplina prohíbe presentarse espontáneamente y ello desagrada a tu misma ordenación, ni aun ellos pueden presentarse; mas por ti buscados, serán descubiertos.
PATERNO — Sí, yo los descubriré.
Y añadió: - Han mandado también los emperadores que no se tengan en ninguna parte reuniones ni entre nadie en los cementerios. Ahora, si alguno no observare este tan saludable mandato, sufrirá pena capital.
CIPRIANO: - Haz lo que se te ha mandado.
Entonces el procónsul Paterno mandó que el bienaventurado Cipriano obispo fuera llevado al destierro. Y habiendo pasado allí largo tiempo, al procónsul Aspasio Paterno le sucedió el procónsul Galerio Máximo, quien mandó llamar del destierro al santo obispo Cipriano y que le fuera a él presentado.
Volvió, pues, San Cipriano, mártir electo de Dios, de la ciudad de Curubis, donde, por mandato de Aspasio Paterno, a la sazón cónsul, había estado desterrado, y se le mandó por sacro mandato habitar sus propias posesiones, donde diariamente estaba esperando que vinieran por él para el martirio, según le había sido revelado.
foto
Emperador Valeriano
Morando, pues, allí, de pronto, en los idus de septiembre (el 13), siendo cónsules Tusco y Baso, vinieron dos oficiales, uno escudero o alguacil del officium o audiencia de Galerio Máximo, sucesor de Aspasio Paterno, y otro sobreintendente de la guardia de la misma audiencia. Los dos oficiales montaron a Cipriano en un coche y le pusieron en medio y le condujeron a la Villa de Sexto, donde el procónsul Galerio Máximo se había retirado por motivo de salud. El procónsul Galerio Máximo mandó que se le guardara a Cipriano hasta el día siguiente. Entre tanto, el bienaventurado Cipriano fue conducido a la casa del alguacil del varón clarísimo Galerio Máximo, procónsul, y en ella estuvo hospedado, en la calle de Saturno, situada entre la de Venus y la de la Salud. Allí afluyó toda la muchedumbre de los hermanos, lo que sabido por San Cipriano, mandó que las vírgenes fueran puestas a buen recaudo, pues todos se habían quedado en la calle, ante la puerta del oficial, donde el obispo se hospedaba.
Al día siguiente, decimoctavo de las calendas de octubre (14 de septiembre), una enorme muchedumbre se reunió en la Villa Sexti, conforme al mandato del procónsul Galerio Máximo. Y sentado en su tribunal en el atrio llamado Sauciolo, el procónsul Galerio Máximo dio orden, aquel mismo día, de que le presentaran a Cipriano.
Habiéndole sido presentado, el procónsul Galerio Máximo dijo al obispo Cipriano:
- ¿Eres tú Tascio Cipriano?
El obispo Cipriano respondió:
- Yo lo soy.
GALERIO MÁXIMO — ¿Tú te has hecho padre de los hombres sacrílegos?
CIPRIANO OBISPO — Sí.
GALERIO MÁXIMO — Los sacratísimos emperadores han mandado que sacrifiques.
CIPRIANO OBISPO — No sacrifico.
GALERIO MÁXIMO — Reflexiona y mira por ti.
CIPRIANO OBISPO — Haz lo que se te ha mandado. En cosa tan justa no hace falta reflexión alguna.
Galerio Máximo, después de deliberar con su consejo, a duras penas y de mala gana, pronunció la sentencia con estos considerandos:
a
San Cipriano de Cartago
- Durante mucho tiempo has vivido sacrílegamente y has juntado contigo en criminal conspiración a muchísima gente, constituyéndote enemigo de los dioses romanos y de sus sacros ritos, sin que los piadosos y sacratísimos príncipes Valeriano y Galieno, Augustos, y Valeriano, nobilísimo César, hayan logrado hacerte volver a su religión. Por tanto, convicto de haber sido cabeza y abanderado de hombres reos de los más abominables crímenes, tú servirás de escarmiento a quienes juntaste para tu maldad, y con tu sangre quedará sancionada la ley.
Y dicho esto, leyó en alta voz la sentencia en la tablilla: —Mandamos que Tascio Cipriano sea pasado a filo de espada.
El obispo Cipriano dijo:
- Gracias a Dios.
Oída esta sentencia, la muchedumbre de los hermanos decía:
- También nosotros queremos ser degollados con él.
Con ello se levantó un alboroto entre los hermanos, y mucha turba de gentes le siguió hasta el lugar del suplicio. Fue, pues, conducido Cipriano al campo o Villa de Sexto y, llegado allí, se quitó su sobreveste y capa, dobló sus rodillas en tierra y se prosternó rostro en el polvo para hacer oración al Señor. Luego se despojó de la dalmática y la entregó a los diáconos y, quedándose en su túnica interior de lino, estaba esperando al verdugo. Venido éste, el obispo dio orden a los suyos que le entregaran veinticinco monedas de oro. Los hermanos, por su parte, tendían delante de él lienzos y pañuelos. Seguidamente, el bienaventurado Cipriano se vendó con su propia mano los ojos; mas como no pudiera atarse las puntas del pañuelo, se las ataron el presbítero Juliano y el subdiácono del mismo nombre.
Así sufrió el martirio el bienaventurado Cipriano. Su cuerpo, para evitar la curiosidad de los gentiles, fue retirado a un lugar próximo. Luego, por la noche, sacado de allí, fue conducido entre cirios y antorchas, con gran veneración y triunfalmente, al cementerio del procurador Macrobio Candidiano, sito en el camino de Mapala, junto a los depósitos de agua de Cartago. Después de pocos días murió el procónsul Galerio Máximo.
El beatísimo mártir Cipriano sufrió el martirio el día decimoctavo de las calendas de octubre (el 14 de septiembre), siendo emperadores Valeriano y Galieno y reinando nuestro Señor Jesucristo, a quien es honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén .
(BAC 75, 756-761)
Las ACTAS DE LOS MÁRTIRES
son la transcripción de los procesos verbales redactados por las autoridades romanas y conservados en los archivos oficiales, que los cristianos conseguían por diversos medios.
En ningún tribunal faltaban los notarii porque recogían taquígraficamente todos los actos del proceso, señaladamente en el interrogatorio, por medio de notae o signos de abreviación. Luego se traducía a escritura vulgar, y así pasaban las piezas a los archivos judiciales.
Pero toda la labor de redacción de las Actas y su conservación en los archivos oficiales era obra de los magistrados romanos. Muchas de las actas fueron destruidas por Diocleciano S.III) que había notado que estos relatos heroicos inflamaban el alma de los cristianos y les daban el ejemplo para sufrir; de ahí que los colocó en los libros de la doctrina proscrita, que ordenó recoger y quemar en la plaza pública.
Su lectura ha hecho mucho bien a los cristianos de todos los tiempos.
Acta de los protomártires romanos
En ningún tribunal faltaban los notarii porque recogían taquígraficamente todos los actos del proceso, señaladamente en el interrogatorio, por medio de notae o signos de abreviación. Luego se traducía a escritura vulgar, y así pasaban las piezas a los archivos judiciales.
Pero toda la labor de redacción de las Actas y su conservación en los archivos oficiales era obra de los magistrados romanos. Muchas de las actas fueron destruidas por Diocleciano S.III) que había notado que estos relatos heroicos inflamaban el alma de los cristianos y les daban el ejemplo para sufrir; de ahí que los colocó en los libros de la doctrina proscrita, que ordenó recoger y quemar en la plaza pública.
Su lectura ha hecho mucho bien a los cristianos de todos los tiempos.
Acta de los protomártires romanos
viernes, 10 de septiembre de 2010
jueves, 9 de septiembre de 2010
martes, 7 de septiembre de 2010
lunes, 6 de septiembre de 2010
lunes, 16 de agosto de 2010
domingo, 15 de agosto de 2010
SAN ROQUE Fiesta: 16 de Agosto 1295 - † 1327

SAN ROQUE DE MONTPELLIER
Fiesta: 16 de Agosto 1295 - † 1327
San Roque fue uno de los grandes ejemplos de caridad cristiana que conmovieron primero a Francia y luego a toda la cristiandad. Nació en Montpellier (Francia) hacia el año 1295. Era hijo único de familia noble y rica, con poder político en la ciudad, sus padres fueron el gobernador de Montpellier, Juan, y su esposa Libera, vasallos de Jaime II de Aragón, por lo que recibió una educación exquisita.
A los doce años de edad perdió a su padre y a los veinte a su madre, quedando heredero de cuantiosas riquezas. Dios le había quitado lo único que podía retenerle en el plano social de lujos y honores en que había nacido: sus padres. Pronto, no obstante, llamado por la inquietud que sentía en su corazón y por los impulsos del Espíritu Santo, comenzó una nueva vida. Se fue en peregrinación a la ciudad eterna de Roma buscando consuelo espiritual. Antes de su partida, como un buen joven razonable, repartió sus bienes para quedar completamente libre de toda atadura. Una parte se la entregó a los pobres y necesitados y la otra fue para su tío.
Y en ese tiempo estalló la peste de tifo y las gentes se morían por montones por todas partes. Roque se dedicó entonces a atender a los más abandonados. Con todos practicaba la más exquisita caridad, se dedicó a atender a los más peligrosos de los apestados. Y un día mientras atendía a un enfermo grave, se sintió también él contagiado de la enfermedad. Su cuerpo se llenó de manchas negras y de úlceras. Para no ser molesto a nadie, se retiró a un bosque solitario, y en el sitio donde él se refugió, ahí nació un aljibe de agua cristalina, con la cual se refrescaba.
Y sucedió que un perro de una casa importante de la ciudad empezó a tomar cada día un pan de la mesa de su amo e irse al bosque a llevárselo a Roque. Después de varios días de repetirse el hecho, al dueño le entró curiosidad, y siguió los pasos del perro, hasta que encontró al pobre llaguiento, en el bosque. Entonces se llevó a Roque a su casa y lo curó de sus llagas y enfermedades. Apenas se sintió curado dispuso el Santo volver a su ciudad de Montpellier. Pero al llegar a la ciudad, que estaba en guerra, desfigurado por la enfermedad, los trabajos y la penitencia, nadie le reconoce, los militares lo confundieron con un espía y lo encarcelaron. Así estuvo 5 años en la prisión.
Y un 16 de agosto, del año 1327, murió como un Santo en la prisión. San Roque sigue haciendo muerto lo que hizo vivo: curar, sanar, purificar los aires mefíticos, expulsar las epidemias y disputar sus presas al dolor y a la muerte.
En algunos países de América Latina lo llaman el patrono de los perros y se utiliza su imagen para el bautizo de las mascotas.
sábado, 14 de agosto de 2010
martes, 10 de agosto de 2010
sábado, 7 de agosto de 2010
viernes, 6 de agosto de 2010
miércoles, 4 de agosto de 2010
lunes, 2 de agosto de 2010
domingo, 1 de agosto de 2010
viernes, 23 de julio de 2010
lunes, 19 de julio de 2010
domingo, 18 de julio de 2010
Rindo homenaje a esta amiga del cielo que me busco
El contemplativo es un ser que vive bajo el resplandor de la faz de Cristo, que penetra en el misterio de Dios impulsado no por la luz que proyecta el pensamiento humano sino por la claridad que produce la palabra del Verbo encarnado. EP 137
Creo que si El me ha amado tan apasionadamente y me ha hecho tantos favores es por verme tan débil. EP 49.

Mi ideal consiste en ser la Alabanza de su gloria. EP 232.
Qué importa estar en el cielo o en la tierra. Vivamos en el amor para glorificar al Amor.
Cuanto más cerca se vive de Dios más se ama. EP 53.
Las almas penetran en Dios mediante la fe viva y allí, simplificadas y en paz, El las conduce por encima de las cosas y gustos sensibles hasta la tiniebla sagrada quedando transformadas en imagen de Dios. Esas almas viven, según la expresión de San Juan, en sociedad (Jn. 1,3) con las Tres adorables Personas, en comunión de vida. En esto consiste la vida contemplativa. Es una contemplación que conduce a la posesión. Ahora bien, esta posesión simple es la vida eterna disfrutada en el abismo sin fondo. Es allí, donde por encima de la razón, nos espera el profundo reposo de la inmutabilidad divina. (Tratados Espirituales, día 4to del Manuscrito “A”)
Las rejas no existirán nunca para nuestros corazones...en el Carmelo el corazón se dilata y su amor es aún más intenso. EP 81.
Mirad, en el Carmelo el corazón se dilata y sabe amar mejor. EP 82
Para vencer el orgullo: matarlo de hambre. Mira, el orgullo es amor propio. Pues bien; el amor de Dios debe ser tan fuerte que anule por completo nuestro amor propio. EP 276
¡Oh muerte! Yo misma te llamaría a gritos si no tuviese la esperanza de sufrir y hacer algún bien en la tierra. Yo he hallado mi cielo en la tierra en mi querida soledad del Carmelo, donde vivo a solas con Dios solo. Todo lo hago con El. Por eso realizo las cosas con alegría divina. Que barra, trabaje o haga oración, todo me resulta encantador y delicioso porque descubro a mi divino Maestro en todas partes. EP 83
Ya conoces el proverbio: No tener noticias es una buena noticia. EP 256.
Me parece que mi misión en el cielo consistirá en atraer las almas al recogimiento interior. La auténtica unión divina no está en las dulzuras espirituales sino en el desprendimiento y en el dolor. La Virgen me parece más imitable que cualquier santa. Su vida era tan sencilla… Cuando se ama, se desea el bien para la persona amada. Presiento que mi misión en el cielo consistirá en atraer las almas, ayudándoles a salir de ellas mismas, para unirse al Señor a través de un movimiento sencillo y amoroso, y conservarlas en ese gran silencio interior que permite a Dios imprimirse en ellas, transformarlas en El mismo. EP 295
Vivamos de amor para morir de amor y para glorificar a Dios que es Amor. EP 295
Todo depende de la intención que se tenga. Podemos santificar hasta las cosas más pequeñas y transformar en divinos los actos más ordinarios de la vida. EP 275
¡Amar! Es tan sencillo… Es entregarse a los designios de su voluntad divina como El se entregó a la voluntad del Padre. Es permanecer en El porque el corazón del que ama ya no vive en sí sino en Aquel que es el objeto de su amor. Es sufrir por El, aceptando alegremente todos los sacrificios e inmolaciones que nos permiten agradar a su Corazón. EP 257
No nos purificaremos considerando nuestra miseria sino contemplando a Aquel que es la pureza y la santidad. San Pablo dice que: el Señor nos ha destinado a ser semejanza de la imagen de su Hijo (Rm 8,29). En los momentos más angustiosos, piense que el Artista divino se sirve del cincel para embellecer más su obra y permanezca en paz bajo la mano que la está labrando. EP 228.
Cuando te aconsejo la oración, no se trata de imponerse una cantidad de oraciones vocales para rezarlas diariamente. Hablo, más bien, de esa elevación del alma a Dios a través de todas las cosas que nos constituye en una especie de comunión ininterrumpida con la Santísima Trinidad, obrando con sencillez a la luz de su mirada. EP 202.
Creo que nada refleja mejor el amor del Corazón de Dios que la Eucaristía. Es la unión, la comunión, es El en nosotros, nosotros en El. Y ¿ no es esto el cielo en la tierra ? EP 165
Pensamientos de Sor Isabel de la Trinidad
Vivamos con Dios como con un amigo, tengamos una fe viva para estar en todo unidos a Dios (H, 576).
Dios en mí, yo en Él, he ahí mi vida... ¡Oh Jesús, haz que nada pueda distraerme de ti, ni las preocupaciones, ni las alegrías, ni los sufrimientos, que mi vida sea una oración continua (T, 10).
El Amor habita en nosotros, por ello mi vida es la amistad con los Huéspedes que habitan en mi alma, éstos son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (T, 10).
Que mi vida sea una alabanza de gloria para las tres divinas Personas (cfr. T, 11).
Anhelo llegar al cielo, no solamente pura como ángel, sino transformada en Jesucristo crucificado (T, 12).
La adoración es un silencio profundo y solemne en que se abisma el que adora, confesando el todo del Dios Uno y Trino, y la pequeñez de la creatura (cfr. T, 26).
Nuestra adoración debe unirse a la otra adoración más perfecta: la adoración de Jesucristo, quien adora a Dios Padre en el Espíritu Santo, quien se ofrece como hostia viva (cfr. T, 27).
Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí misma para vivir en ti (cfr. T, 28).
Te adoro Padre fecundo, te adoro Hijo que nos ayudas a ser hijos del Padre, te adoro Santo Espíritu que sales del Padre y del Hijo (cfr. T, 52).
Morir a mí misma en cada instante, para vivir plenemente en Cristo (cfr. T, 68-69).
¡Oh Dios mío, apacigua mi espíritu, apacigua mis sentidos exteriores (cfr. T, 72).
Mi alma se alegra en Dios, de Él espero mi liberación (cfr. T, 79).
Quiero ser una morada de Dios buscando que mi corazón viva en la Trinidad... Un alma en estado de gracia es una casa de Dios, en donde habita Dios mismo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (cfr. T, 80).
Oh Trinidad amada tú habitas en mi alma, y yo lo he ignorado (cfr. T, 83).
Todo pasa. En la tarde la vida, sólo el amor permanece... Es necesario hacerlo todo por amor. Es necesario olviarse de uno para vivir en Dios (cfr. T, 126).
El Señor está en mí y yo en Él, mi vida en el tiempo no es otra que amarle y dejarme amar; despertar en el Amor, moverme en el Amor, dormirme en el Amor (cfr. T, 126).
El Señor nos invita a permanecer en Él, orar en Él, adorar en Él, amar en Él, trabajar en Él, vivir en Él (cfr. T, 137).
No debemos detenernos ante la cruz, sino acogerla con fe y descubrir que es el medio que nos acerca al Amor divino (cfr. T, 206).
He encontrado el cielo en la tierra, porque el cielo es Dios, y Dios está en mi alma (cfr. T, 206).
Desde el Carmelo de Dijón carta de Sor Isabel de la Trinidad a la Srta. Fea. Sourdon; "No nos hemos separado: las rejas no existirán nunca para nuestros corazones. En el Carmelo el corazón se dilata y su amor es aun más intenso. La celda, ese pequeño nido el más amado de todos es semej ante a mi habitación en cuanto a dimensiones. Me cuidan como a un bebé. Si vieras qué rápidamente pasa el tiempo en el Carmelo..."
(Cartas de Sor Isabel de la Trinidad ocd.)
BEATA ISABEL DE LA TRINIDAD
Isabel Catez Rolland, hija de Francisco José y de María, nació en Bourges, Francia, el 18.7.1880.
Desde su más tierna edad se distinguió por su temperamento apasionado, propenso a arrebatos de cólera y de una sensibilidad exquisita.
Cuando contaba siete años, perdió a su padre, lo que fue causa de su "conversión" y de su cambio de carácter como fruto de su vida de asceis y oración.
Aunque tomaba parte en las fiestas y participaba en los compromisos sociales, fue siempre fiel a sus promesas bautismales.
A los 14 años hizo voto de virginidad y a los 19 empezó a recibir las primeras gracias místicas.
Estaba dotada de gran talento musical y se ofreció a Dios como víctima por la salvación de Francia.
El 2 de enero de 1901, a los 21 años de edad, ingresaba en el convento carmelitano de Dijón, ciudad donde vivía con su familia.
Isabel -que en el Carmelo se llamaría Sor Isabel de la Trinidad- se propuso como lema ser "Alabanza de gloria de la Santísima Trinidad" y crecer de día en día "en la carrera del amor a los Tres".
Vistió el hábito el 8.12.1902 y el 11.1.1903 saltaba de gozo al emitir sus votos religiosos en la Orden del Carmen, a ¡a que amaba con toda su alma.
Con su vida y su doctrina -breve pero sólida- ha ejercido un gran influjo en la espiritualidad de nuestros días, debido, sobre todo, a su experiencia trinitaria. Preciosas son sus Elevaciones, Retiros, Notas Espirituales y sus Cartas.
Corrió, voló, en el camino de la perfección y el 9.11.1906 expiraba a cuasa de una úlcera de estómago.
En el capítulo "El Carmelo escuela de santidad",
Orecordamos una bella anécdota entre el Cardenal Mercier y la M. Priora de Dijón, sobre esta veloz carrera hacia la meta de la santidad de Sor Isabel de la Trinidad.
Fue beatificada por el papa Juan Pablo II el 25.11.1984, fiesta de Cristo Rey.
Su fiesta se celebra el 8 de noviembre.
Su espiritualidad Fue más su vida misma que su doctrina. Esta sólo en parte fue escrita por ella.
Sor Isabel es un alma interior que se transforma de día en día en el Misterio Trinitario.
El silencio, la soledad, la oración contemplativa son la palestra que la disponen a ser dócil a la voluntad divina, que cumple siempre y en todo a la mayor perfección.
Enamorada de Cristo, que es "su libro preferido", se eleva a la Trinidad hasta que "Isabel desaparece, se pierde y se deja invadir por los Tres".
"La Trinidad: aquí está nuestra morada, nuestro hogar, la casa paterna de la que jamás debemos salir... Me parece que he encontrado mi cielo en la tierra, puesto que el cielo es Dios y Dios está en mi alma. El día que comprendí eso todo se lluminó para mí."
"Creer que un ser que se llama El Amor habita en nosotros en todo instante del día y de la noche y que nos pide que vivamos en sociedad con El, he aquí, os lo confío, lo que ha hecho de mi vida un cielo anticipado"
'Mi Esposo quiere que yo sea para El una humanidad adicional en la cual El pueda seguir sufriendo para gloria del Padre y para ayudar a la Iglesia"
Amó profundamente su vocación carmelita y trató de amar y de imitar a la "Janua coeíi", como llamaba a la Virgen Purísima.
Murmurando casi como en un canto "Voy a la luz, al amor, a la vida", expiró."
Oh Dios, rico en misericordia, que descubriste a la Beata Isabel de la Trinidad el misterio de tu presencia secreta en el alma del justo e hiciste de ella una adoradora en espíritu y verdad, concédenos, por su intercesión, que también nosotros, permaneciendo en el amor de Cristo, merezcamos ser transformados en templos del Espíritu de Amor, para alabanza de tu gloria. Amén.
From Los Santos Carmelitas by P. Rafael María López-Melús
Desde su más tierna edad se distinguió por su temperamento apasionado, propenso a arrebatos de cólera y de una sensibilidad exquisita.
Cuando contaba siete años, perdió a su padre, lo que fue causa de su "conversión" y de su cambio de carácter como fruto de su vida de asceis y oración.
Aunque tomaba parte en las fiestas y participaba en los compromisos sociales, fue siempre fiel a sus promesas bautismales.
A los 14 años hizo voto de virginidad y a los 19 empezó a recibir las primeras gracias místicas.
Estaba dotada de gran talento musical y se ofreció a Dios como víctima por la salvación de Francia.
El 2 de enero de 1901, a los 21 años de edad, ingresaba en el convento carmelitano de Dijón, ciudad donde vivía con su familia.
Isabel -que en el Carmelo se llamaría Sor Isabel de la Trinidad- se propuso como lema ser "Alabanza de gloria de la Santísima Trinidad" y crecer de día en día "en la carrera del amor a los Tres".
Vistió el hábito el 8.12.1902 y el 11.1.1903 saltaba de gozo al emitir sus votos religiosos en la Orden del Carmen, a ¡a que amaba con toda su alma.
Con su vida y su doctrina -breve pero sólida- ha ejercido un gran influjo en la espiritualidad de nuestros días, debido, sobre todo, a su experiencia trinitaria. Preciosas son sus Elevaciones, Retiros, Notas Espirituales y sus Cartas.
Corrió, voló, en el camino de la perfección y el 9.11.1906 expiraba a cuasa de una úlcera de estómago.
En el capítulo "El Carmelo escuela de santidad",
Orecordamos una bella anécdota entre el Cardenal Mercier y la M. Priora de Dijón, sobre esta veloz carrera hacia la meta de la santidad de Sor Isabel de la Trinidad.
Fue beatificada por el papa Juan Pablo II el 25.11.1984, fiesta de Cristo Rey.
Su fiesta se celebra el 8 de noviembre.
Sor Isabel es un alma interior que se transforma de día en día en el Misterio Trinitario.
El silencio, la soledad, la oración contemplativa son la palestra que la disponen a ser dócil a la voluntad divina, que cumple siempre y en todo a la mayor perfección.
Enamorada de Cristo, que es "su libro preferido", se eleva a la Trinidad hasta que "Isabel desaparece, se pierde y se deja invadir por los Tres".
"La Trinidad: aquí está nuestra morada, nuestro hogar, la casa paterna de la que jamás debemos salir... Me parece que he encontrado mi cielo en la tierra, puesto que el cielo es Dios y Dios está en mi alma. El día que comprendí eso todo se lluminó para mí."
"Creer que un ser que se llama El Amor habita en nosotros en todo instante del día y de la noche y que nos pide que vivamos en sociedad con El, he aquí, os lo confío, lo que ha hecho de mi vida un cielo anticipado"
'Mi Esposo quiere que yo sea para El una humanidad adicional en la cual El pueda seguir sufriendo para gloria del Padre y para ayudar a la Iglesia"
Amó profundamente su vocación carmelita y trató de amar y de imitar a la "Janua coeíi", como llamaba a la Virgen Purísima.
Murmurando casi como en un canto "Voy a la luz, al amor, a la vida", expiró."
Su mensaje
- que corramos por el camino de la santidad.
- que el Espíritu Santo eleve nuestro espíritu.
- que seamos siempre "alabanza de gloda de la Sma. Trinidad"
- que seamos dóciles a las mociones del Espíritu.
Su oración
Oh Dios, rico en misericordia, que descubriste a la Beata Isabel de la Trinidad el misterio de tu presencia secreta en el alma del justo e hiciste de ella una adoradora en espíritu y verdad, concédenos, por su intercesión, que también nosotros, permaneciendo en el amor de Cristo, merezcamos ser transformados en templos del Espíritu de Amor, para alabanza de tu gloria. Amén.viernes, 16 de julio de 2010
Doy gracias a Dios por estos santos que honran el dia de mi nacimiento.
17 DE JULIO
SANTAS JUSTA y RUFINA ¿304?
Uno de los modos en que los fabricantes de cerámica obtienen beneficios es a través de la producción en masa. Hora tras hora, día tras día, sus factorías sacan miles y miles de tazas y platos, todos exactamente iguales. Aunque la producción en masa signifique que puedes reemplazar cualquier artículo que rompas con uno de idéntico aspecto, significa también que toda individualidad se pierde. Dos piezas de cerámica trabajadas a mano rara vez tienen la misma apariencia. Aunque puedan estar hechas de la misma arcilla y tener el mismo brillo, cada una de ellas es un poquito diferente. Antes de la invención de las modernas cadenas de montaje, toda cerámica, incluso la que se producía en cantidad, era hecha a mano.
Las Santas Justa y Rufina eran mujeres cristianas que vendían cerámica en la España del siglo cuarto. Como valoraban sus artículos, no quisieron permitir que se vendieran para sacrificios paganos. Como resultado, toda su cerámica fue rota y ellas mismas fueron ejecutadas.
Cada uno de nosotros es tan individual como una pieza cerámica hecha a mano. Incluso gemelos idénticos, lo más iguales que puedan llegar a ser dos seres humanos, tienen sus propias huellas dactilares y personalidades distintivas. Eres único. Nunca ha habido y nunca habrá otra persona como tú, con tus talentos y capacidades, tus sueños, tus esperanzas, tus dones. Eres una creación irrepetible del alfarero divino. Valórate a ti mismo como un tesoro.
ALEJO SIGLO V
Hay santos con cuya vida la tradición teje estupendos relatos para envidia de los escritores, y éste es el caso de san Alejo, cuya historia es como una novela bizantina, con sorpresas, viajes, naufragios, sucesos extremados, estatuas parlantes y una anagnórisis, el reconocimiento final, que no puede ser más novelesco. Y así desde la Edad Media la literatura se ha ocupado complacidamente de este formidable personaje.
Era hijo único de Eufemiano, opulento y caritativo senador de Roma, estaba adornado, dicen, con todas las gracias y virtudes, y el mismo día en que se casa abandona a su dulce esposa y vaga como un peregrino por tierras lejanísimas hasta recalar en Edesa, más allá del Eúfrates, donde vive a la manera de un piadoso mendigo junto a la basílica del apóstol Tomás, pidiendo limosna y repartiéndola entre los demás pobres.
Diversos prodigios señalan su presencia y le sacan del anonimato, tiene que volver a correr mundo y va a parar de nuevo a su ciudad natal, donde su padre, que le ha buscado afanosamente por todas partes, no le reconoce y le da albergue, como a un pordiosero más, en el hueco de la escalera principal del patio de su casa.
Allí - una antigua tradición romana supone que en el Aventino, donde hoy se levanta la iglesia de San Alessio -, ejemplo de paciencia y humildad, ayunó y rezó entre las burlas de la servidumbre durante diecisiete años, al término de los cuales, al morir, se le encontró en la mano una carta dirigida a sus padres y a su esposa declarando al fin quién era.
Otro mendigo por Dios, en medio del esplendor de Roma, al igual que Benito José Labre, pero en su propia casa, irreconocible para los suyos, peregrino en su patria y ciudadano ya del Cielo.
17 DE JULIO
BEATO CESLAUS DE POLONIA 1180-1242
En un mundo que parece haber enloquecido, la vida individual parece haberse vuelto menos valiosa. Oímos hablar constantemente de muertes sin sentido, genocidios masivos y guerras carentes de una razón de ser. Cuando oímos hablar de tanta violencia, resulta muy fácil perder sensibilidad frente al dolor de los demás. Resulta muy fácil empezar a plantear principios abstractos acerca de la vida humana y aislarnos del sufrimiento de otra gente con palabras sublimes acerca del humanitarismo.
Para el doctor Albert Schweitzer, uno de los más grandes humanitarios del mundo, una acción así sería un anatema. «El humanitarismo», dice, «consiste en no sacrificar nunca un ser humano por un propósito».
El Beato Ceslaus de Polonia fue a Roma a ser testigo de la consagración de su tío San Jacinto como obispo de Cracovia. Mientras estuvo allí, fue inspirado por Santo Domingo y retomó a Polonia como misionero. El resto de su vida la pasó en actos insuperables de predicación y enseñanza. Sus actos más grandes, sin embargo, tienen que ver con los individuos. Entre otras cosas, se hizo famoso por curar a los enfermos y tullidos.
Cuán fácil es vemos tan obsesionados por salvar el bosque, que olvidamos apreciar los árboles concretos. El Evangelio de Mateo dice que no puede caer un simple gorrión al suelo sin que Dios lo sepa. Si Dios sigue la huella de los gorriones, ¿cuánto más no será valorado cada uno de nosotros?
BEATAS MÁRTIRES DE COMPIEGNE, vírgenes ( + 1794)
Conocemos a este ramillete de carmelitas contemplativas mártires como las DIECISÉIS CARMELITAS MÁRTIRES DE COMPIEGNE (Francia).Este Monasterio fue fundado el 1641 y pronto comenzó a llamar la atención de todos aquellos alrededores por la observancia regular y almas santas que allí abrazaban la vida carmelita contemplativa siguiendo el ejemplo de su santa Madre Teresa de Jesús. Al estallar la Revolución francesa casi todas las religiosas de la nación se vieron obligadas a abandonar sus hábitos religiosos. Pero las 16 que formaban esta fervorosa comunidad, de común acuerdo, decidieron seguir vestidas con aquel signo de consagración a Dios y de testimonio ante los hombres.
La Madre Priora era la Madre Teresa de San Agustín. Cuando el 1792 los disturbios por las calles aumentaban y amenazaba una hecatombe, todas las religiosas carmelitas de la comunidad, por inspiración de la Madre Priora, se ofrecieron al Señor en holocausto "para aplacar la cólera de Dios y para que la paz divina, traída al mundo por su amado Hijo, fuese devuelta a la Iglesia y al Estado".
Cada día repetían este generoso y heroico acto de consagración al martirio. El gozo les inundaba por dentro y por fuera. Redoblaron su vida de oración y mortificación.
El día 14 de septiembre de 1792 fueron arrojadas de su Monasterio y se dividieron en cuatro grupos por distintas casas de Compiegne, pero siempre unidas en la fraternidad y en el género de vida que procuraban llevar como en el convento y bajo la vigilancia solícita y maternal de la Madre Priora, Teresa de San Agustín.
El Comité revolucionario dio con su paradero y a pesar de que sus vidas no tenían trascendencia externa, porque se dedicaban sólo a rezar y a hacer el bien, nada de política ni otra misión que podía perturbar el orden, las apresó y encerró el día 24 de junio de 1794 en lo que fuera Monasterio de la Visitación, Sainte-Marie, convertido ahora en cárcel.
Desde Compiegne las dieciséis carmelitas fueron conducidas a París a donde llegaron el día 13 de julio. Fueron encerradas en la cárcel de Conciergerie, que estaba abarrotada de sacerdotes, religiosos y religiosas, condenados a muerte.
La llegada de las carmelitas fue como un maravilloso bálsamo de paz y alegría ya que ellas, con su ejemplo, serenidad y alegría ponían ánimos en aquellos amedrentados espíritus. Sería largo detallar las maravillas que aquellas valientes carmelitas realizaron durante aquel mes en la cárcel: cantaban, rezaban, ayudaban, vivían alegres y animaban a los más pusilánimes a confiar en el Señor y a prepararse para el holocausto.
Por fin, el 17 de julio, en un juicio en el que demostraron cuánta era su fe y su heroísmo... fueron condenadas a muerte, a la guillotina, por su "fanatismo", por su amor a Dios y a la Virgen... Mientras eran conducidas a la guillotina iban cantando el Miserere, la Salve, el Te Deum... Y al llegar al pie de la guillotina, una por una renovaba su profesión ante la M. Priora y cantando el Veni Creator... subían a ser decapitadas... La última fue la misma Madre Priora quien tan bien había infundido el amor a Dios y el valor cristiano a todas sus hijas. Era el 17 de julio de 1794. Fueron beatificadas por el Papa San Pío X el 1906. De todos es conocida la obra de Bernanos: Diálogos de Carmelitas...
Otros Santos: Beato Gregorio Escribano, mártir; Generoso, mártir; León IV, papa confesor; Esperado, Narzal, Citino, Veturio, Félix, Acilino, Letancio, Jenara, Generosa, Jacinto, Generoso, Teodota, Vestina, Donata, Segunda, mártires; Ennodio, Teodosio, obispos; Marcelina, virgen.
http://sagradafamilia.devigo.net/santoral/julio/17julio.htm
SANTAS JUSTA y RUFINA ¿304?
Las Santas Justa y Rufina eran mujeres cristianas que vendían cerámica en la España del siglo cuarto. Como valoraban sus artículos, no quisieron permitir que se vendieran para sacrificios paganos. Como resultado, toda su cerámica fue rota y ellas mismas fueron ejecutadas.
Cada uno de nosotros es tan individual como una pieza cerámica hecha a mano. Incluso gemelos idénticos, lo más iguales que puedan llegar a ser dos seres humanos, tienen sus propias huellas dactilares y personalidades distintivas. Eres único. Nunca ha habido y nunca habrá otra persona como tú, con tus talentos y capacidades, tus sueños, tus esperanzas, tus dones. Eres una creación irrepetible del alfarero divino. Valórate a ti mismo como un tesoro.
Era hijo único de Eufemiano, opulento y caritativo senador de Roma, estaba adornado, dicen, con todas las gracias y virtudes, y el mismo día en que se casa abandona a su dulce esposa y vaga como un peregrino por tierras lejanísimas hasta recalar en Edesa, más allá del Eúfrates, donde vive a la manera de un piadoso mendigo junto a la basílica del apóstol Tomás, pidiendo limosna y repartiéndola entre los demás pobres.
Diversos prodigios señalan su presencia y le sacan del anonimato, tiene que volver a correr mundo y va a parar de nuevo a su ciudad natal, donde su padre, que le ha buscado afanosamente por todas partes, no le reconoce y le da albergue, como a un pordiosero más, en el hueco de la escalera principal del patio de su casa.
Allí - una antigua tradición romana supone que en el Aventino, donde hoy se levanta la iglesia de San Alessio -, ejemplo de paciencia y humildad, ayunó y rezó entre las burlas de la servidumbre durante diecisiete años, al término de los cuales, al morir, se le encontró en la mano una carta dirigida a sus padres y a su esposa declarando al fin quién era.
Otro mendigo por Dios, en medio del esplendor de Roma, al igual que Benito José Labre, pero en su propia casa, irreconocible para los suyos, peregrino en su patria y ciudadano ya del Cielo.
BEATO CESLAUS DE POLONIA 1180-1242
Para el doctor Albert Schweitzer, uno de los más grandes humanitarios del mundo, una acción así sería un anatema. «El humanitarismo», dice, «consiste en no sacrificar nunca un ser humano por un propósito».
El Beato Ceslaus de Polonia fue a Roma a ser testigo de la consagración de su tío San Jacinto como obispo de Cracovia. Mientras estuvo allí, fue inspirado por Santo Domingo y retomó a Polonia como misionero. El resto de su vida la pasó en actos insuperables de predicación y enseñanza. Sus actos más grandes, sin embargo, tienen que ver con los individuos. Entre otras cosas, se hizo famoso por curar a los enfermos y tullidos.
Cuán fácil es vemos tan obsesionados por salvar el bosque, que olvidamos apreciar los árboles concretos. El Evangelio de Mateo dice que no puede caer un simple gorrión al suelo sin que Dios lo sepa. Si Dios sigue la huella de los gorriones, ¿cuánto más no será valorado cada uno de nosotros?
La Madre Priora era la Madre Teresa de San Agustín. Cuando el 1792 los disturbios por las calles aumentaban y amenazaba una hecatombe, todas las religiosas carmelitas de la comunidad, por inspiración de la Madre Priora, se ofrecieron al Señor en holocausto "para aplacar la cólera de Dios y para que la paz divina, traída al mundo por su amado Hijo, fuese devuelta a la Iglesia y al Estado".
Cada día repetían este generoso y heroico acto de consagración al martirio. El gozo les inundaba por dentro y por fuera. Redoblaron su vida de oración y mortificación.
El día 14 de septiembre de 1792 fueron arrojadas de su Monasterio y se dividieron en cuatro grupos por distintas casas de Compiegne, pero siempre unidas en la fraternidad y en el género de vida que procuraban llevar como en el convento y bajo la vigilancia solícita y maternal de la Madre Priora, Teresa de San Agustín.
El Comité revolucionario dio con su paradero y a pesar de que sus vidas no tenían trascendencia externa, porque se dedicaban sólo a rezar y a hacer el bien, nada de política ni otra misión que podía perturbar el orden, las apresó y encerró el día 24 de junio de 1794 en lo que fuera Monasterio de la Visitación, Sainte-Marie, convertido ahora en cárcel.
Desde Compiegne las dieciséis carmelitas fueron conducidas a París a donde llegaron el día 13 de julio. Fueron encerradas en la cárcel de Conciergerie, que estaba abarrotada de sacerdotes, religiosos y religiosas, condenados a muerte.
La llegada de las carmelitas fue como un maravilloso bálsamo de paz y alegría ya que ellas, con su ejemplo, serenidad y alegría ponían ánimos en aquellos amedrentados espíritus. Sería largo detallar las maravillas que aquellas valientes carmelitas realizaron durante aquel mes en la cárcel: cantaban, rezaban, ayudaban, vivían alegres y animaban a los más pusilánimes a confiar en el Señor y a prepararse para el holocausto.
Por fin, el 17 de julio, en un juicio en el que demostraron cuánta era su fe y su heroísmo... fueron condenadas a muerte, a la guillotina, por su "fanatismo", por su amor a Dios y a la Virgen... Mientras eran conducidas a la guillotina iban cantando el Miserere, la Salve, el Te Deum... Y al llegar al pie de la guillotina, una por una renovaba su profesión ante la M. Priora y cantando el Veni Creator... subían a ser decapitadas... La última fue la misma Madre Priora quien tan bien había infundido el amor a Dios y el valor cristiano a todas sus hijas. Era el 17 de julio de 1794. Fueron beatificadas por el Papa San Pío X el 1906. De todos es conocida la obra de Bernanos: Diálogos de Carmelitas...
Otros Santos: Beato Gregorio Escribano, mártir; Generoso, mártir; León IV, papa confesor; Esperado, Narzal, Citino, Veturio, Félix, Acilino, Letancio, Jenara, Generosa, Jacinto, Generoso, Teodota, Vestina, Donata, Segunda, mártires; Ennodio, Teodosio, obispos; Marcelina, virgen.
http://sagradafamilia.devigo.net/santoral/julio/17julio.htm
San Alejo mendigo 17 de julio
Vida y milagros de San Alejo mendigo
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Bella y larga es la historia de este hombre de Dios que, desde la Edad Media, alimenta la fantasía, piedad, sentimientos religiosos y deseos de entrega a Dios por parte de los cristianos. Su figura, que debió ser formidablemente llamativa y ejemplar, viene narrada en el género novelesco, llena de encanto, pródiga en situaciones que mantienen el suspense, con abundancia de escenas que alucinan y toda ella plena de actitud ejemplarizante y moralizadora. En fin, la historia de san Alejo es tan pletórica de imaginación, viveza y adornos que su autor suscita la envidia de los que escriben.En este estupendo relato, Alejo viene descrito como el hijo único del importante, opulento y caritativo senador de Roma llamado Eufemiano. Huyó de su casa el mismo día de su boda -como otro Abrahán, solitario y eremita - llamado súbitamente a realizar la más alta de las aspiraciones y la renuncia más excelsa por el amor al Reino de Dios. Presentado Alejo por el autor de su biografía novelada como un joven que es el compendio de todas las virtudes y gracias que puede tener un ser humano, deja inconcebiblemente la casa paterna y a su dulce esposa. Quizá sucediera que recordó la exigencia evangélica de posponer todo al Reino de los Cielos y se dispuso a ponerla por obra.
Dice su leyenda o novela que comienza entonces un largo peregrinaje hacia extrañísimas tierras llegando hasta Edesa, pasado el Eufrates. Esta es la ciudad que la incansable viajera y también peregrina Eteria describe como la metrópoli imposible de evitar a todo peregrino que desde occidente llega a visitar, movido por la fe, los lugares santos donde nació, vivió, murió y resucitó el Señor para nuestra salvación. El bullicio, la piedad, el humo y aroma del incienso en la basílica del Apóstol Tomás -el que metió su puño en el costado abierto de Jesús- cuyos restos cercanos son día y noche venerados, la oración privada pública, las continuas idas y venidas de las gentes que besan las estatuas de los santos rebajando las piedras con los labios y las manos, el visiteo a la estatua del rey Abgar a quien Cristo escribió una carta, son el ambiente normal de Edesa a donde ha arribado Alejo. Llegó rico, pero ahora es un mendigo más de los que abundan entre los pórticos y en los ambientes más frecuentados por el hormigueo de la gente. Entre rezo y rezo, contento y alegre, pide limosna y la reparte entre los más pobres. Vive gozoso y sin ataduras, pensando que así lo quiere Jesús. Disfruta con el gozo de sentirse cercano a los restos mortales -reliquias- del discípulo del Señor, entre aquellas piedras que huelen a fe y a santo, participa hondamente en misterios sagrados, entre el bullicio está sumido en contemplación y hace todo el bien que puede a los desafortunados.
Se preocuparon tanto en la casa paterna por la pérdida del hijo y su actitud tan extraña, infrecuente e inesperada que el padre ha enviado a más de cien esclavos para que recorran la tierra, prometiendo llenar de honor y de riqueza a quien lo encuentre. Emisarios por el mundo buscan infatigablemente al hijo del potentado buen padre.
Alejo se ve obligado a abandonar Edesa porque algunos prodigios sucedidos le sacan del anonimato. Llena de accidentes, sorpresas y naufragios está descrita la historia de su nuevo peregrinaje por el mundo huyendo de la notoriedad, hasta que de modo imprevisto se ve de nuevo en Roma donde termina viviendo en la casa de su padre que, aunque continua buscándolo afanosamente en la lejanía, no lo reconoce próximo y cercano; hasta llega a darle albergue, como a un mendigo más, en el hueco de la escalera del patio principal de su casa, por caridad.
Por el espacio de diecisiete años -según dice una antigua tradición romana explicando la historia de la iglesia de san Alessio, situada en el Aventino- vivió allí Alejo, siendo un ejemplo de paciencia, humildad y pobreza; allí supo ayunar y rezar; allí soportó las burlas de la servidumbre; allí quiso permanecer ignorado de sus padres y de su esposa que sólo le saludaban de vez en cuando como a un mendigo desaliñado y pestilente; allí también lo encontraron muerto un día y ¿sabes lo que pasó? En su mano encontraron ese día una carta dirigida a sus padres y a su esposa en la que declaraba quién era y todo su amor.
Alejo quiso ser un mendigo por Dios. No es el único en la historia de los santos; también en Roma Benito José Labre quiso vivir como mendigo por Dios. Pero Alejo lo fue en casa propia e irreconocible para los suyos.
(Fuente: mercaba.org)
jueves, 15 de julio de 2010
miércoles, 14 de julio de 2010
lunes, 12 de julio de 2010
Quiero rendir homenaje a un martir y discipulo de Juan el apostol amado.San Policarpo
Vida de San PolicarpoSan Policarpo fue uno de los más famosos entre aquellos obispos de la Iglesia primitiva a quienes se les da el nombre de "Padres Apostólicos", por haber sido discípulos de los Apóstoles y directamente instruidos por ellos. Policarpo fue discípulo de San Juan Evangelista, y los fieles le profesaban una gran veneración. Entre sus muchos discípulos y seguidores se encontraban San Ireneo y Papías. Cuando Florino, que había visitado con frecuencia a San Policarpo, empezó a profesar ciertas herejías, San Ireneo le escribió: "Esto no era lo que enseñaban los obispos, nuestros predecesores. Yo te puedo mostrar el sitio en el que el bienaventurado Policarpo acostumbraba a sentarse a predicar. Todavía recuerdo la gravedad de su porte, la santidad de su persona, la majestad de su rostro y de sus movimientos, así como sus santas exhortaciones al pueblo. Todavía me parece oírle contar cómo había conversado con Juan y con muchos otros que vieron a Jesucristo, y repetir las palabras que había oído de ellos. Pues bien, puedo jurar ante Dios que si el santo obispo hubiese oído tus errores, se habría tapado las orejas y habría exclamado, según su costumbre: ¡Dios mío!, ¿por qué me has hecho vivir hasta hoy para oír semejantes cosas? Y al punto habría huído del sitio en que se predicaba tal doctrina".
La tradición cuenta que, habiéndose encontrado San Policarpo con Marción en las calles de Roma, el hereje le increpó, al ver que no parecía advertirle: '¿Qué, no me-conoces?" "Sí, -le respondió Policarpo-, se que eres el primogénito de Satanás". El santo obispo había heredado este aborrecimiento hacia las herejías de su maestro San Juan, quien salió huyendo de los baños, al ver a Cerinto. Ellos comprendían el gran daño que hace la herejía.
San Policarpo besó las cadenas de San Ignacio, cuando éste pasó por Esmirna, camino del martirio, e Ignacio a su vez, le recomendó que velara por su lejana Iglesia de Antioquía y le pidió que escribiera en su nombre a las Iglesias de Asia, a las que él no había podido escribir. San Policarpo escribió poco después a los Filipenses una carta que se conserva todavía y que alaban mucho San Ireneo, San Jerónimo, Eusebio y otros. Dicha carta, que en tiempos de San Jerónimo se leía públicamente en las iglesias, merece toda admiración por la excelencia de sus consejos y la claridad de su estilo. Policarpo emprendió un viaje a Roma para aclarar ciertos puntos con el Papa San Aniceto, especialmente la cuestión de la fecha de la Pascua, porque las Iglesias de Asia diferían de las otras en este particular. Como Aniceto no pudiese convencer a Policarpo ni éste a aquél, convinieron en que ambos conservarían sus propias costumbres y permanecerían unidos por la caridad. Para mostrar su respeto por San Policarpo, Aniceto le pidió que celebrara la Eucaristía en su Iglesia. A esto se reduce todo lo que sabemos sobre San Policarpo, antes de su martirio.
El año sexto de Marco Aurelio, según la narración de Eusebio, estalló una grave persecución en Asia, en la que los cristianos dieron pruebas de un valor heroico. Germánico, quien había sido llevado a Esmirna con otros once o doce cristianos se señaló entre todos, y animó a los pusilánimes a soportar el Martirio. En el anfiteatro, el procónsul le exhortó a no entregarse a la muerte en plena juventud, cuando la vida tenía tantas cosas que ofrecerle, pero Germánico provocó a las fieras para que le arrebataran cuanto antes la vida perecedera. Pero también hubo cobardes: un frigio, llamado Quinto, consintió en hacer sacrificios a los dioses antes que morir.
El año sexto de Marco Aurelio, según la narración de Eusebio, estalló una grave persecución en Asia, en la que los cristianos dieron pruebas de un valor heroico. Germánico, quien había sido llevado a Esmirna con otros once o doce cristianos se señaló entre todos, y animó a los pusilánimes a soportar el Martirio. En el anfiteatro, el procónsul le exhortó a no entregarse a la muerte en plena juventud, cuando la vida tenía tantas cosas que ofrecerle, pero Germánico provocó a las fieras para que le arrebataran cuanto antes la vida perecedera. Pero también hubo cobardes: un frigio, llamado Quinto, consintió en hacer sacrificios a los dioses antes que morir.
La multitud no se saciaba de la sangre derramada y gritaba: "¡Mueran los enemigos de los dioses! ¡Muera Policarpo!" Los amigos del santo le habían persuadido que se escondiera, durante la persecución, en un pueblo vecino. Tres días antes de su martirio tuvo una visión en la que aparecía su almohada envuelta en llamas; esto fue para él una señal de que moriría quemado vivo como lo predijo a sus compañeros. Cuando los perseguidores fueron a buscarle, cambió de refugio, pero un esclavo, a quien habían amenazado si no le delataba, acabó por entregarle.
Los autores de la carta de la que tomamos estos datos, condenan justamente la presunción de los que se ofrecían espontáneamente al martirio y explican que el martirio de San Policarpo fue realmente evangélico, porque el santo no se entregó, sino que esperó a que le arrestaran los perseguidores, siguiendo el ejemplo de Cristo.
Herodes, el jefe de la policía, mandó por la noche a un piquete de caballería a que rodeara la casa en que estaba escondido Policarpo; éste se hallaba en la cama, y rehusó escapar, diciendo: "Hágase la voluntad de Dios". Descendió, pues, hasta la puerta, ofreció de cenar a los soldados y les pidió únicamente que le dejasen orar unos momentos. Habiéndosele concedido esta gracia, Policarpo oró de pie durante dos horas, por sus propios cristianos y por toda la Iglesia. Hizo esto con tal devoción, que algunos de los que habían venido a aprehenderle se arrepintieron de haberlo hecho. Montado en un asno fue conducido a la ciudad. En el camino se cruzó con Herodes y el padre de éste, Nicetas, quienes le hicieron venir a su carruaje y trataron de persuadirle de que no "exagerase" su cristianismo: "¿Qué mal hay -le decían- en decir Señor al César, o en ofrecer un poco de incienso para escapar a la muerte?" Hay que notar que la palabra "Señor" implicaba en aquellas circunstancias el reconocimiento de la divinidad del César. El obispo permaneció callado al principio; pero, como sus interlocutores le instaran a hablar, respondió firmemente: "Estoy decidido a no hacer lo que me aconsejáis". Al oír esto, Herodes y Nicetas le arrojaron del carruaje con tal violencia, que se fracturó una pierna.
El santo se arrastró calladamente hasta el sitio en que se hallaba reunido el pueblo. A la llegada de Policarpo, muchos oyeron una voz que decía: "Sé fuerte, Policarpo, y muestra que eres hombre". El procónsul le exhortó a tener compasión de su avanzada edad, a jurar por el César y a gritar: "¡Mueran los enemigos de los dioses!" El santo, volviéndose hacia la multitud de paganos reunida en el estadio, gritó: "¡Mueran los enemigos de Dios!" El procónsul repitió: "Jura por el César y te dejaré libre; reniega de Cristo". "Durante ochenta y seis años he servido a Cristo, y nunca me ha hecho ningún mal. ¿Cómo quieres que reniegue de mi Dios y Salvador? Si lo que deseas es que jure por el César, he aquí mi respuesta: Soy cristiano. Y si quieres saber lo que significa ser cristiano, dame tiempo y escúchame". El procónsul dijo: "Convence al pueblo". El mártir replicó: "Me estoy dirigiendo a ti, porque mi religión enseña a respetar a las autoridades si ese respeto no quebranta la ley de Dios. Pero esta muchedumbre no es capaz de oír mi defensa". En efecto, la rabia que consumía a la multitud le impedía prestar oídos al santo.
El procónsul le amenazó: "Tengo fieras salvajes". "Hazlas venir -respondió Policarpo-, porque estoy absolutamente resuelto a no convertirme del bien al mal, pues sólo es justo convertirse del mal al bien". El precónsul replicó: "Puesto desprecias a las fieras te mandaré quemar vivo". Policarpo le dijo: "Me amenazas con fuego que dura un momento y después se extingue; eso demuestra ignoras el juicio que nos espera y qué clase de fuego inextinguible aguarda a los malvados. ¿Qué esperas? Dicta la sentencia que quieras".
Durante estos discursos, el rostro del santo reflejaba tal gozo y confianza y actitud tenía tal gracia, que el mismo procónsul se sintió impresionado. Sin embargo, ordenó que un heraldo gritara tres veces desde el centro del estadio: Policarpo se ha confesado cristiano". Al oír esto, la multitud exclamó: "¡Este es el maestro de Asia, el padre de los cristianos, el enemigo de nuestros dioses que enseña al pueblo a no sacrificarles ni adorarles!" Como la multitud pidiera al procónsul que condenara a Policarpo a los leones, aquél respondió que no podía hacerlo, porque los juegos habían sido ya clausurados. Entonces gentiles y judíos pidieron que Policarpo fuera quemado vivo.
En cuanto el procónsul accedió a su petición, todos se precipitaron a traer leña de los hornos, de los baños y de los talleres. Al ver la hoguera prendida, Policarpo se quitó los vestidos y las sandalias, cosa que no había hecho antes porque los fieles se disputaban el privilegio de tocarle. Los verdugos querían atarle, pero él les dijo: "Permitidme morir así. Aquél que me da su gracia para soportar el fuego me la dará también para soportarlo inmóvil". Los verdugos se contentaron pues, con atarle las manos a la espalda. Alzando los ojos al cielo, Policarpo hizo la siguiente oración: "¡Señor Dios Todopoderoso, Padre de tu amado y bienaventurado Hijo, Jesucristo, por quien hemos venido en conocimiento de Ti, Dios de los ángeles, de todas las fuerzas de la creación y de toda la familia de los justos que viven en tu presencia! ¡Yo te bendigo porque te has complacido en hacerme vivir estos momentos en que voy a ocupar un sitio entre tus mártires y a participar del cáliz de tu Cristo, antes de resucitar en alma y cuerpo para siempre en la inmortalidad del Espíritu Santo! ¡Concédeme que sea yo recibido hoy entre tus mártires, y que el sacrificio que me has preparado Tú, Dios fiel y verdadero, te sea laudable! ¡Yo te alabo y te bendigo y te glorifico por todo ello, por medio del Sacerdote Eterno, Jesucristo, tu amado Hijo, con quien a Ti y al Espíritu sea dada toda gloria ahora y siempre! ¡Amén!"
No bien había acabado de decir la última palabra, cuando la hoguera fue encendida. "Pero he aquí que entonces aconteció un milagro ante nosotros, que fuimos preservados para dar testimonio de ello -escriben los autores de esta carta-: las llamas, encorvándose como las velas de un navío empujadas por el viento, rodearon suavemente el cuerpo del mártir, que entre ellas parecía no tanto un cuerpo devorado por el fuego, cuanto un pan o un metal precioso en el horno; y un olor como de incienso perfumó el ambiente". Los verdugos, recibieron la orden de atravesar a Policarpo con una lanza; al hacerlo, brotó de su cuerpo una paloma y tal cantidad de sangre, que la hoguera se apagó.
Nicetas aconsejó al procónsul que no entregara el cuerpo a los cristianos, no fuera que estos, abandonando al Crucificado, adorasen a Policarpo. Los judíos habían sugerido esto a Nicetas, "sin saber -dicen los autores de la carta- que nosotros no podemos abandonar a Jesucristo ni adorar a nadie porque a El le adoramos como Hijo de Dios, y a los mártires les arnamos simplemente como discípulos e imitadores suyos, por el amor que muestran a su Rey y Maestro". Viendo la discusión provocada por los judíos, el centurión redujo a cenizas el cuerpo del mártir. "Más tarde -explican los autores de la carta- recogimos nosotros los huesos, más preciosos que las más ricas joyas de oro, y los depositamos en un sitio dónde Dios nos concedió reunirnos, gozosarnente, para celebrar el nacimiento de este mártir". Esto escribieron los discípulos y testigos. Policarpo recibió el premio de sus trabajos, a las dos de la tarde del 23 de febrero de 155, o 166, u otro año.
Nicetas aconsejó al procónsul que no entregara el cuerpo a los cristianos, no fuera que estos, abandonando al Crucificado, adorasen a Policarpo. Los judíos habían sugerido esto a Nicetas, "sin saber -dicen los autores de la carta- que nosotros no podemos abandonar a Jesucristo ni adorar a nadie porque a El le adoramos como Hijo de Dios, y a los mártires les arnamos simplemente como discípulos e imitadores suyos, por el amor que muestran a su Rey y Maestro". Viendo la discusión provocada por los judíos, el centurión redujo a cenizas el cuerpo del mártir. "Más tarde -explican los autores de la carta- recogimos nosotros los huesos, más preciosos que las más ricas joyas de oro, y los depositamos en un sitio dónde Dios nos concedió reunirnos, gozosarnente, para celebrar el nacimiento de este mártir". Esto escribieron los discípulos y testigos. Policarpo recibió el premio de sus trabajos, a las dos de la tarde del 23 de febrero de 155, o 166, u otro año.
sábado, 10 de julio de 2010
San Benito José Labre
Ese hombre -suele decirse ante el desvalido- va dejado de la mano de Dios. Se acierta, sí, cuando tal se dice y cuando, ingenua y reverenciosamente, se toma la mano de Dios por el próvido cuerno de la abundancia. Pero sucede que los designios de Dios -los modos que tiene Dios de dar la mano- son infinitos como las arenas de la mar, innúmeros, como no llegan a serlo, siendo tantas, las mismas arenas de la mar.
Aquel hombre desvalido, Benito José Labre, no iba dejado, sino guiado por la mano de Dios, conducido por su andadura clemente y amorosa, providencial y tierna.
Benito José Labre nació en Amèttes el 26 de marzo de 1748. Regía el orbe cristiano el papa Benedicto XIV, cantado por Voltaire en verso latino, y reinaba en Francia, «bajo Voltaire», Luis XV, el firmante del Pacto de Familia, el galán de la marquesa de Pompadour y el protector de la porcelana de Sèvres.
Si los vagabundos tuviéramos un santo patrono, Benito José Labre lo sería. Con alas en los pies, Benito José Labre devoraba las leguas y los caminos en busca de la huella de Dios, que en todas partes se presenta.
Nacido para la miseria del cuerpo, Benito José Labre sintió la llamada siendo aún niño. A los doce años dormía con la cabeza reclinada sobre un madero y a los dieciséis, pareciéndole corto el sacrificio, descansaba sobre el frío y duro suelo de ladrillo: el «santo suelo» dícese, con frecuencia, en español.
Dos curas de pueblo parecen disputarse, ante la Historia, la siembra de la semilla cristiana en la huerta feraz del alma de Benito José: el cura de Conteville, que le inició en la práctica piadosa, y el cura de Érin, su padrino, que le abrió las puertas de la liturgia.
Cuando Benito José oyó hablar de la Gran Trapa y sus humildes perfecciones, se estremeció como un iluminado. Sus padres prefieren que siga estudiando, y Benito José cae en una honda sima de dudas. De un lado, su vocación que le fuerza. Del otro, lo que no acaba de ver claro: la validez, la ley, de su vocación.
Sobre Érin pasa, con su mano de luto, la epidemia, y su padrino, el cura, sucumbe atacado del mal. Benito José se esfuerza por llevar la caridad a los hogares en los que hizo su nido el dolor y, cuando el mal pasa y se sabe desvalido y solo, se vuelve a Amèttes, a la casa paterna. Es el año 1766, el del motín de Esquilache, y Benito José es todavía un adolescente.
Sus padres le mandan a Conteville, a que continúe sus estudios. Al cura -Santiago José Vincent, que todo se lo da a los pobres- le llaman el nuevo San Vicente por su inmenso amor al desvalido. El cura de Conteville, viendo a Benito José tan dispuesto para la vida monástica, habla con los padres del mozo y obtiene de ellos el necesario permiso.
En el mes de abril de 1767, pintándose la primavera en los campos, Benito José, con el corazón radiante de gozo, llama a la puerta de la cartuja de Val Sainte Aldegonde, tras la que había de esperarle la desilusión. La cartuja es pobre, demasiado pobre para acoger a un solo monje más, y Benito José no cabe en ella.
Sigue su peregrinaje y en octubre del mismo año consigue entrar en otra cartuja, la de Notre-Dame de Pres. Pero su temple había de ponerse una vez más a prueba. Los cartujos viven en la contemplación y Benito José siente las tentaciones constantes del diablo. «No; en la cartuja -piensa Benito José- no quepo...» Y vuelve a casa de sus padres.
Benito José tiene ya veinte años y consigue que sus padres le permitan hacer otra tentativa, ahora en la Trapa. Emprende el camino y tras sesenta leguas a pie y bajo la lluvia, llega hasta el viejo portón de la Gran Trapa.
-¿Cuántos años tenéis, hermano?
-Veinte, ya.
-Veinte años no son bastantes para entrar aquí; os faltan cuatro todavía.
Y a Benito José, ante la puerta que se cerró, se le cayó el alma a los pies. Siguió su camino y llamó a otra puerta trapense: la de Sept-Fons. Pero los años que le faltaban para poder profesar eran los mismos y la puerta tampoco se le abrió.
El obispo de Boulogne le aconseja que no pruebe en la Trapa y que pruebe otra vez fortuna en la Cartuja. Benito José obedece el consejo del obispo e ingresa en la cartuja de Neuville.
Como en la Notre-Dame de Pres vuelven a asaltarle las tentaciones y Benito José Labre, huyendo de ellas, abandona por segunda vez la cartuja. Fue el prior quien le animó a que dejase la lucha cortando por lo sano.
Benito escribe a sus padres para comunicarles su nuevo norte: otra vez la trapa de Sept-Fons, a cien leguas de andar, durmiendo al raso y comiendo el parvo y sabroso pan de la limosna.
El día 2 de noviembre de 1769, sin tener los veinticuatro años que previene la regla, Benito José fue admitido entre los trapenses. Su dicha era inmensa y una inefable paz invadió su alma. Pero los escrúpulos no tardaron en aparecer, la noche se extendió de nuevo sobre su atormentado espíritu y la galerna azotó otra vez las flacas carnes de Benito José. A los seis meses fue llevado, exánime, a la enfermería y poco más tarde al hospital de pobres, fuera de la clausura. El prior le llamó a su presencia:
-Vuestra alma, hermano, no está en su lugar. Debéis abandonar la cogulla y volver al mundo.
Benito José bajó humildemente la cabeza.
-Hágase la voluntad de Dios.
Benito José volvió al campo abierto, a los caminos sin fin, al cielo por techo y las estrellas, en medio del alto cielo, como brújula y compañía. Toda su vida anterior la entiende como el forzoso noviciado de lo que se propone ser: un monje errante, un vagabundo de Dios, una pura llama que, olvidada de su cuerpo, vivirá de lo que a los demás les sobre.
El abad de Sept-Fons le bendice y Benito José emprende, serena el alma y el llanto brillándole en los ojos, el largo camino de Roma.
Desde Chieri, ya en tierra italiana, Benito José escribe a sus padres su última carta: una ingenua y patética despedida entre cuyos trazos se adivina la beatitud.
Benito José es ya, y para siempre, el mendigo errante que se propuso ser. Vestido con la túnica y el escapulario de Sept-Fons, de los que no habría de desprenderse en vida; con un rosario al cuello, un crucifijo sobre el corazón y el fardelejo, entre mendrugos de pan, el Evangelio, la Imitación de Cristo y un breviario, Benito José era la imagen misma del vagabundo si a los vagabundos, ¡ay!, nos habitase Dios con la misma clemencia con que se posó sobre aquel pecho elegido.
Entra en Roma el 3 de septiembre de 1770 y pasa las tres primeras noches en el hospicio de Saint Louis-des-Français; después, pesaroso quizá ante lo que entiende como un innecesario regalo, dormirá siempre al raso, en el quicio de una puerta, bajo un puente, al cobijo de una escalera, donde la noche le alcanza.
A fines del año siguiente va a Loreto -donde ya se detuvo al venir a Roma-, a visitar la Santa Casa. Su anual peregrinación a Loreto sólo fue interrumpida por la muerte. Benito José reza, en Fabiano, ante el sepulcro de San Romualdo, fundador de los camaldulenses, y en Bari, ante la tumba de San Nicolás. También en Bari Benito José se postra en oración al pie de los presos de la cárcel, que se ven, a través de las rejas, desde la calle, y entre quienes reparte las limosnas que le dan.
Benito José tiene un pobre, un desdichado aspecto. Vestido de harapos, daba asco a casi todos y producía, sin embargo, una honda admiración en los menos. Cierto día, preguntado sobre la rara sustancia de que estaba hecho su corazón, respondió:
-De fuego para Dios, de carne para el prójimo, de bronce para conmigo mismo.
Su filosofía era la del pájaro del cielo, la de la poética avecilla que todo lo confía en Dios.
-Se ofende a Dios -dijo al cura de Cossignano- porque no se conoce su bondad.
En Roma se unía al Vía Crucis de los mendigos y, a diferencia de los mendigos, llegaba a rechazar lo que le daban. Nada quería porque nada, tampoco, le era menester. En la plaza Monte Cavallo, mientras dormía, tan breve y miserable era su carne mortal que con frecuencia era confundido con un perro. Por las noches rezaba ante las puertas de las ermitas y más de una vez fue apaleado por los anónimos golfos de la oscuridad. Benito José, bajo la lluvia de palos, sonreía y adoraba a Dios.
En Loreto, un clérigo, al verle sobre el duro suelo de la iglesia, le preguntó:
-¿No sabe, hermano, que el frío de la piedra y el aire colado del campanario pueden matarle?
Y Benito José, con la sonrisa de la bienaventuranza pintándosele en el semblante, le habló con su más humilde voz:
-Dios lo quiere así. Los pobres dormimos en el lugar donde nos llega la noche... Los pobres no necesitamos buscar una cama demasiado cómoda... Además, padre, me gusta estar solo con Dios...
El padre Temple, penitenciario de Loreto, dejó constancia escrita de los hechos de Benito José, que tanto le admiraran después de que tanto y tanto le hicieran dudar.
Un viejo noble persa, Jorge Zitli, antiguo gobernador de Teherán, que, convertido a la fe cristiana, tuvo que huir de su tierra, se encontró a Benito José medio muerto de hambre y le dio de comer. El día antes Jorge Zitli había sabido de la milagrosa curación de un niño por aquel vagabundo de tan ruin aspecto. En una casa del camino en cuyo establo Benito José se había guarecido, una mujer rompió a gritar desesperadamente porque su único hijo, entre horribles dolores, se moría. Benito José salió de la cuadra, tocó la cabeza del niño y habló a la madre.
-Cálmese, madre; vuestro hijo ya no llorará más.
El niño se quedó dormido y al cabo de varias horas se despertó, sano como una manzana. El milagro se había producido.
Benito José, andarín infatigable, recorrió durante ocho años los más renombrados santuarios de Europa. En España visitó Montserrat y Compostela.
En 1777, antes de llegar a los treinta años de aquel cuerpo que se quemó en el sacrificio, Benito José abandona la vida del vagabundo para quedarse en Roma, dedicado a la oración. De sus largas jornadas de caminante sólo le queda el rumbo de Loreto, adonde nunca faltó.
En 1780 -y en Loreto- conoció a Gaudencio Sori, el santero, y a Barba, su mujer, que le socorrían esforzándose en que Benito José no lo notase. El padre Almerici, que le confesaba a menudo, le preguntó dos años más tarde:
-¿Volverá el año que viene, hermano?
-No, padre.
-¿Por qué?
-Porque debo ir a mi patria -respondió, con diáfana clave, Benito José.
En 1783 el padre Daffini, familiar del cardenal Achinto, vio a Benito José, en la iglesia de los Santos Apóstoles, circundado por un nimbo de luz. María Poeti, una piadosa mujer que solía rezar en la iglesia de Nuestra Señora de los Montes, vio resplandecer, en medio de la penumbra, la faz de Benito José, cuyo cuerpo se elevaba por encima del peldaño en que estaba arrodillado. El abate Luigi Pompei, en Santa María la Mayor, vio arder en llamas la cara de Benito José.
Nuestro vagabundo, ardiendo en su propia santa sustancia, se consumía a la vista de todos sus admiradores y atónitos amigos. El Miércoles Santo, después de asistir a los oficios, Benito José rodó las escaleras del templo. Todos le socorrieron y el carnicero Zaccarelli le llevó a su casa. Recibió la extremaunción y a la una de la mañana, mientras las campanas de Roma repicaban el anuncio de la Salve, Benito José Labre, claro espejo de vagabundos, cerró los ojos para siempre. Su alma, también para siempre, voló, escoltada por el sonar de los clarines del gozo, hasta el alto cielo de los elegidos.
Camilo José Cela, San Benito José Labre, en Año Cristiano, Tomo II, Madrid, Ed. Católica (BAC 184), 1959, pp. 110-116.
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