lunes, 18 de enero de 2010
¡Cuán necesario es exhortar a los agonizantes a la confianza! »
« ¡Qué necesario es -decía Santa Teresa del Niño Jesús-, qué necesario es orar por los agonizantes! ¡Si lo entendiéramos bien! » Razón tenía ella para expresarse de esta suerte, pues a pesar de haber llevado una vida tan pura, percibía el sonido de una voz maldita que murmuraba a sus oídos: «¿Tienes seguridad de ser amada de Dios? ¿Ha venido El a decírtelo?» Con esto permaneció durante muchos días en un estado de angustia que no se puede explicar. «¡Padre mío -decía a su confesor Santa Juana de Chantal en su agonía-, os aseguro que los juicios de Dios son espantosos! » Preguntóle aquél si tenía miedo. - «No, respondió ella; mas os aseguro que los juicios de Dios son terribles.» Es el grito de la naturaleza en el último trance, es el pasmo de este momento decisivo, infinitamente solemne; es la angustia de una conciencia delicada, alarmada por su misma humildad. Un alma que vive en el Santo Abandono triunfará de este temor. No descuida medio alguno de completar su preparación, mas ante todo piensa en que va por fin a ver a su Padre, a su Amigo, a su Amado, a Aquel en quien ella ha puesto todas sus complacencias; el Dios de su corazón, al cual no ha cesado de dar su vida gota a gota; gusta recordar con una dulce emoción las innumerables pruebas de su amor, de sus misericordias, de sus inefables ternuras, y siente que ella le ama del fondo de su alma y que a su vez es aún mucho más amada. ¡Cuán feliz se considera pudiendo decir con el Salmista en esta hora tan seria y decisiva: «Vos sois mi Dios, y mi suerte está en vuestras manos!». En una palabra, ella ha vivido de amor y de confianza, muere en el amor y en la confianza. Después de una vida tan llena de penas interiores, Santa Juana de Chantal y San Alfonso de Ligorio tuvieron la más dulce muerte. Tal vez quiera Dios conservarnos sobre la cruz hasta el fin, mas no es raro ver a las almas que han practicado el abandono morir sin temor alguno, irse a la eternidad tranquilas y alegres, como un niño que entra en el hogar paterno, cual religioso que se dirige a cantar el Oficio. Tal fue el fin de la bienaventurada María Magdalena Postel: «En su muerte no encontramos debilidad alguna, ningún temor. Después de haber estado tan perfectamente sometida a la divina voluntad durante su larga carrera, no podía dejar de estarlo en el día decisivo. Sus horas postreras rebosan en calma, en confianza y en abandono. A la invitación del capellán para que ofrezca el sacrificio de su vida, responde: "Nada me cuesta, ¡hágase en todo la voluntad de Dios!" Maravilladas de su serenidad y sosiego, pregúntanle sus hijas si es feliz. "¡Que si soy feliz!" y su rostro se tomó radiante, parecía transparente como un alma que vuela al cielo, no cesando de unirse a su Amado por actos de fe y amorosas aspiraciones.» En esta hora decisiva nadie se encontrará sobradamente puro ni bastante rico en méritos. Es verdad, mas nada hay de tanta eficacia como el Santo Abandono para hacer del todo fructuosa la suprema prueba. ¡Cuánto se gana soportando con una amorosa paciencia el duro trabajo de la destrucción, recibiendo de la mano de Dios con filial confianza el golpe de la muerte! Esto formará un magnifico haz de méritos añadidos a otros muchos, y éste será el más cargado de buen grano. Es además una ofrenda muy agradable a la justicia divina, y quizá una satisfacción suficiente por nuestros pecados. Según San Alfonso, «aceptar la muerte que Dios nos presenta para conformarnos con su voluntad, es merecer una recompensa parecida a la de los mártires: éstos no son reputados por tales, sino en cuanto han aceptado los tormentos y la muerte para agradar a Dios. El que muere conformándose con la Divina Voluntad tiene una muerte santa, y el que muere en una mayor conformidad tiene una muerte más santa. Asegura el Padre Luis de Blosio que en la muerte, un acto de perfecta conformidad nos preserva no tan sólo del infierno, sino que también del purgatorio».
sábado, 16 de enero de 2010
Thomas Merton.....

“Puesto que soy católico, creo, por supuesto, que mi Iglesia me garantiza la más alta libertad espiritual. No sería católico si no lo creyera. No sería católico si la Iglesia fuera meramente una organización, una institución colectiva, con reglas y leyes que exigieran la conformidad externa de sus miembros. Veo las leyes de la Iglesia y todos los diversos modos como ejerce su autoridad de enseñanza y jurisdicción, como algo subordinado al Espíritu Santo y a la ley del amor. Sé que mi Iglesia no parece ser así a los que están fuera de ella: para ellos la Iglesia actúa sobre un principio de autoridad pero no de libertad. Se equivocan. En Cristo y en su Espíritu es donde se encuentra la verdadera libertad, y la Iglesia su Cuerpo, viviendo por su Espíritu” . Thomas Merton
viernes, 15 de enero de 2010
Necesidad de morir al pecado

El alma se une a Dios en la misma medida en que se le asemeja. Para que Dios la atraiga y la eleve es necesario que, en cierto modo, se identifique con ella. Por eso, cuando creó el alma de nuestros primeros padres, la hizo a su imagen y semejanza.
Según el plan divino, el hombre ocupa un lugar intermedio entre los ángeles, que son espíritus puros, y la materia corporal y está destinado a reflejar las perfecciones de Dios con mucha mayor perfección que la creación material:
‘Le has hecho poco menos que los ángeles y le has coronado de gloria y de honor (Ps., VIII, 6). En este himno, el salmista contempla con arrobamiento la obra divina tal como era en su primitiva belleza y dedica un canto a la gloria de Dios que se manifiesta en el universo: ‘¡Oh Yahvé, Señor nuestro, cuan magnífico es tu nombre en toda la tierra!’ (Ibid., 1).
El pecado de Adán deshizo este plan tan grandioso. El pecado ha destruido en el hombre el esplendor de la imagen divina y lo ha hecho incapaz de volver a unirse con Dios. Pero el Señor, en su infinita bondad, ha decidido reparar ‘maravillosamente’ el mal producido por el pecado: Mirabilius reformasti.
¿Y cómo podría realizarse semejante reparación? Ya lo sabéis: por la venida de un nuevo Adán, que es Jesucristo, cuya gracia, llena de misericordia, nos hace hijos de Dios, conformes a su imagen y aptos para la unión divina: Et sicut in Adam omnes moriuntur, ita et in Christo omnes vivificábuntur (I Cor., XV, 22).
El bautismo es el medio sagrado establecido por Dios para lavar el alma de la mancha del pecado original y depositar en ella el germen de la vida sobrenatural. ¿Qué secreto poder tiene el sacramento para obrar semejante prodigio? El poder siempre activo de la muerte y de la resurrección de Jesucristo, que engendra en el alma un estado de muerte y un estado de vida que se derivan enteramente del mismo Jesucristo. Así como ‘era preciso que el Mesías padeciese y entrase en su gloria’: Oportuit pati Christum et ita mirare in gloriam suam (Le., XXTV, 26), así también el cristiano debe asociarse espiritualmente a su muerte para poder recibir la vida divina.
De esta suerte, Cristo es a un tiempo el arquetipo y la fuente de nuestra santificación: ‘Si hemos sido injertados en El por la semejanza de su muerte, también lo seremos por la de su resurrección’ (Rom., VI, 5).
¿Qué es lo que debemos entender por esta muerte que la gracia del bautismo inaugura en nosotros? Debemos decir que pertenece, ante todo, al orden de la voluntad. Mediante la infusión de la gracia santificante y de la caridad, el bautismo orienta los afectos del alma hacia la posesión de Dios. Por el pecado original, el hombre se apartó radicalmente de Dios, que es su fin sobrenatural. El don de la caridad cambia y transforma esta disposición fundamental del alma, destruyendo el dominio que actualmente ejerce en ella el pecado y permitiéndole el acceso a la vida divina.
Es necesario observar, sin embargo, que no basta estar en gracia para quedar completamente muerto al triste poder de pecar. La gracia del bautismo no arranca de nuestra alma todas las malas raíces; de ellas proceden las que San Pablo llama ‘obras de la carne’: Opera carnis (Gal., V, 19).
Tampoco el sacramento de la penitencia, aunque destruye el imperio actual del pecado, llega a producir en nosotros una muerte completa. Los afectos, los hábitos enraizados, las complacencias más o menos consentidas se unen a las inclinaciones de la naturaleza para mantener vivas en nuestra alma las fuentes del pecado.
La muerte al pecado, que empieza en la justificación bautismal y se sostiene por la virtud del sacramento de la penitencia, no llega a realizarse plenamente sino mediante nuestros esfuerzos personales apoyados en la gracia. Estos esfuerzos deben obrar en nuestra alma un alejamiento voluntario, cada vez más activo, de todo aquello que en nosotros suponga un obstáculo para la vida sobrenatural.
Esta idea de la absoluta necesidad de renunciar a cuanto entorpezca en nosotros la justicia de Dios se encuentra enunciada a cada paso en las Epístolas. Y lo que nos dice San Pedro a este respecto no es sino un eco de la doctrina de San Pablo: Ut peccatis mortui justitiae vivamus (I Petr., II, 24). Y las palabras del uno y del otro son un comentario de las del divino Maestro: Nisi granum frumenti cadens in terrmn mortuum fuerit, ipsum solum manet (Jo., XII, 24-25).
Esta muerte es necesaria no como fin, sino como condición esencial de una vida nueva. Es indispensable que el grano de trigo muera en la tierra; pero, gracias a esta destrucción, brota de él una vida más bella, más perfecta y más fecunda.
Procuremos comprender bien el lenguaje de San Pablo.
La vida consiste en el poder de obrar por sí mismo. Decimos que un ser tiene vida cuando posee en sí mismo el principio de sus movimientos y cuando los ordena a su propia perfección. Por el contrario, si un ser ha perdido este poder, decimos que ha muerto. El Apóstol se complacía en emplear esta metáfora cuando hablaba del pecado y del imperio que en nosotros ejerce. El pecado, según él lo concibe, ‘vive’ en nosotros cuando nos domina de tal manera, que se convierte en el principio de nuestras acciones: Non ergo regnet peccatum in vestro mortáli corpore ut obediatis concupíscentiis ejus (Rom., VI, 12).
Por consiguiente, cuando el pecado es el principio inspirador de nuestras actividades, su imperio se establece en nosotros: ’somos siervos del pecado’, qui facit péccatum, servus est peccati (Ge, VIII, 34), y como ‘nadie puede servir a dos señores’ (Mt., VI, 24), al vivir en pecado, nos alejamos de Dios y ‘morimos para El’.
Por eso debemos tender al efecto contrario; es decir, a ‘morir al pecado’ a fin de ‘vivir para Dios’.
Nosotros practicamos voluntariamente esta muerte cuando nos oponemos al imperio que el pecado ejerce en nosotros y lo llegamos a quebrantar, hasta el punto de impedir que sea el móvil de nuestras acciones. A medida que rehúsa obedecer a las máximas del mundo, a las exigencias de la carne y a las sugestiones del demonio, el bautizado se va liberando gradualmente del pecado.
De esta suerte, él ‘muere al pecado’. A medida que esta liberación interior se consolida en el alma, permite que el cristiano se vaya sometiendo cada vez más a Cristo, a sus ejemplos, a su gracia y a su voluntad. Entonces es cuando Cristo se convierte en el principio que determina todas sus acciones, y su vida viene a ocupar el lugar que ocupaba el reino del pecado: ‘Haced cuenta de que estáis muertos al pecado, pero vivos para Dios, en Cristo Jesús’: Viventes Deo in Christo Jesu (Rom. VI, 11).
(Extraído de: “Jesucristo Ideal del Sacerdote” –
de Beato Don Columba Marmion
miércoles, 13 de enero de 2010
Un pequeño regalo para mi querida hermanita Teresa

16 de diciembre de 1937 - jueves
Ave María.
Después de una larga temporada (casi un año) pasada en casa de mis padres, reponiéndome de un achaque de mi enfermedad, vuelvo de nuevo a la Trapa para seguir cumpliendo mi vocación, que es solamente amar a Dios, en el sacrificio y en la renuncia, sin otra regla que la obediencia ciega a su divina voluntad.
Creo hoy cumplirla, obedeciendo sin votos y en calidad de oblato, a los superiores de la abadía cisterciense de San Isidro de Dueñas.
Dios no me pide más que amor humilde y espíritu de sacrificio.
Ayer, al dejar mi casa y mis padres y hermanos, fue uno de los días de mi vida que más sufrí.
Es la tercera vez que por seguir a Jesús abandono todo, y yo creo que esta vez fue un milagro de Dios, pues por mis propias fuerzas es seguro que no hubiera podido venir a la enfermería de la Trapa, a pasar penalidades, hambre en el cuerpo, debido a mi enfermedad y soledad en el corazón, pues encuentro a los hombres muy lejos. Sólo Dios..., sólo Dios..., sólo Dios. Ése es mi tema..., ése es mi único pensamiento.
Sufro mucho..., María, Madre mía, ayúdame.
He venido por varios motivos:
1º Por creer cumplir en el monasterio, mejor mi vocación de amar a Dios en la Cruz y en el sacrificio.
2º Por estar España en guerra, y ayudar a combatir a mis hermanos.
3º Para aprovechar el tiempo que Dios me da de vida, y darme prisa a aprender a amar su Cruz.
A lo que solamente aspiro en el monasterio es:
1º A unificarme absolutamente y enteramente con la voluntad de Jesús.
2º A no vivir más que para amar y padecer.
3º A ser el último, menos para obedecer.
Que la Santísima Virgen María, tome en sus divinas manos mis resoluciones y las ponga a los pies de Jesús, es lo único que hoy desea este pobre oblato.
16-12-1937
lunes, 11 de enero de 2010
sábado, 9 de enero de 2010
Frutos de la Eucaristía .Al recibirlo hay cambios reales en la persona y en toda la Iglesia.
El sacramento de la Eucaristía, como todo sacramento, es eficaz. Al recibirlo hay cambios reales en la persona que lo recibe y en toda la Iglesia aunque los cambios no se puedan palpar:
Acrecienta nuestra unión con Jesucristo.
Al comulgar recibimos a Jesucristo de una manera real y substancial. Es una unión real, no es un buen deseo o un símbolo. El sacramento de la Eucaristía es una unión íntima con Dios que nos llena de su Gracia.
"Quien come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él"
(Jn, 6,56).
Nos perdona los pecados veniales.
Para recibir a Jesús, es indispensable estar en estado de gracia y al recibirlo, la presencia de Dios dentro de nosotros hace que se borren las pequeñas faltas que hayamos tenido contra Él y recibimos la gracia para alejarnos del pecado mortal.
Fortalece la caridad, que en la vida diaria tiende a debilitarse.
El pecado debilita la caridad y puede hacernos creer que vivir el amor como Jesús nos lo pide es muy difícil, casi inalcanzable.
Sin embargo, Jesús ya sabía que nos costaría trabajo y que nos sentiríamos sin fuerzas para lograrlo, por eso quiso quedarse con nosotros en la Eucaristía para alimentarnos y ayudarnos fortaleciendo nuestra caridad.
La Eucaristía, siendo el mayor ejemplo de amor que podemos tener, transforma el corazón llenándolo de amor, de tal manera que quien la recibe es capaz de vivir la caridad en cada momento de su vida.
"Que nunca os falte, queridos jóvenes, el Pan eucarístico en las mesas de vuestra existencia. ¡De este pan podréis sacar fuerza para dar testimonio de vuestra fe!"
(Juan Pablo II. Queridísimos jóvenes)
Nos preserva de futuros pecados mortales.
Una persona que vive de acuerdo a la caridad, difícilmente cometerá faltas graves de amor a Dios.
Da unidad al Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia.
Cada persona que recibe a Jesús en la Eucaristía se une íntimamente a Él, que es la cabeza de su Cuerpo Místico del que todos los cristianos formamos parte.
De esta manera, el cristiano que se une a Cristo en la Eucaristía, se une al mismo tiempo al resto de los cristianos miembros de su Cuerpo Místico. Por ésta razón, a la recepción de la hostia consagrada se le llama comunión, que significa común-unión o unión de toda la comunidad.
"Te pido que todos sean uno. Padre, lo mismo que tú estás en mí y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros; de este modo, el mundo podrá creer que tú me has enviado. Yo les he dado a ellos la gloria que tú me diste a mí, de tal manera que puedan ser uno, como lo somos nosotros".
(Juan 17, 21-22.)
Fortalece a toda la Iglesia.
Por la misma unidad de los cristianos en el Cuerpo Místico de Cristo sucede que al fortalecerse uno de sus miembros con las gracias de la Eucaristía, se fortalece la Iglesia entera.
Entraña un compromiso en favor de los demás.
Al estar más unido al Cuerpo Místico de Cristo, aquél que recibe la Eucaristía, se hará más consciente de las necesidades de los otros miembros. Se identificará con los intereses de Cristo, sentirá el compromiso de ser apóstol, de llevar a Cristo a todos los hombres sin distinción y de ayudar en sus necesidades espirituales y materiales a los pobres, los enfermos y todos los que sufren.
Acrecienta nuestra unión con Jesucristo.
Al comulgar recibimos a Jesucristo de una manera real y substancial. Es una unión real, no es un buen deseo o un símbolo. El sacramento de la Eucaristía es una unión íntima con Dios que nos llena de su Gracia.
"Quien come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él"
(Jn, 6,56).
Nos perdona los pecados veniales.
Para recibir a Jesús, es indispensable estar en estado de gracia y al recibirlo, la presencia de Dios dentro de nosotros hace que se borren las pequeñas faltas que hayamos tenido contra Él y recibimos la gracia para alejarnos del pecado mortal.
Fortalece la caridad, que en la vida diaria tiende a debilitarse.
El pecado debilita la caridad y puede hacernos creer que vivir el amor como Jesús nos lo pide es muy difícil, casi inalcanzable.
Sin embargo, Jesús ya sabía que nos costaría trabajo y que nos sentiríamos sin fuerzas para lograrlo, por eso quiso quedarse con nosotros en la Eucaristía para alimentarnos y ayudarnos fortaleciendo nuestra caridad.
La Eucaristía, siendo el mayor ejemplo de amor que podemos tener, transforma el corazón llenándolo de amor, de tal manera que quien la recibe es capaz de vivir la caridad en cada momento de su vida.
"Que nunca os falte, queridos jóvenes, el Pan eucarístico en las mesas de vuestra existencia. ¡De este pan podréis sacar fuerza para dar testimonio de vuestra fe!"
(Juan Pablo II. Queridísimos jóvenes)
Nos preserva de futuros pecados mortales.
Una persona que vive de acuerdo a la caridad, difícilmente cometerá faltas graves de amor a Dios.
Da unidad al Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia.
Cada persona que recibe a Jesús en la Eucaristía se une íntimamente a Él, que es la cabeza de su Cuerpo Místico del que todos los cristianos formamos parte.
De esta manera, el cristiano que se une a Cristo en la Eucaristía, se une al mismo tiempo al resto de los cristianos miembros de su Cuerpo Místico. Por ésta razón, a la recepción de la hostia consagrada se le llama comunión, que significa común-unión o unión de toda la comunidad.
"Te pido que todos sean uno. Padre, lo mismo que tú estás en mí y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros; de este modo, el mundo podrá creer que tú me has enviado. Yo les he dado a ellos la gloria que tú me diste a mí, de tal manera que puedan ser uno, como lo somos nosotros".
(Juan 17, 21-22.)
Fortalece a toda la Iglesia.
Por la misma unidad de los cristianos en el Cuerpo Místico de Cristo sucede que al fortalecerse uno de sus miembros con las gracias de la Eucaristía, se fortalece la Iglesia entera.
Entraña un compromiso en favor de los demás.
Al estar más unido al Cuerpo Místico de Cristo, aquél que recibe la Eucaristía, se hará más consciente de las necesidades de los otros miembros. Se identificará con los intereses de Cristo, sentirá el compromiso de ser apóstol, de llevar a Cristo a todos los hombres sin distinción y de ayudar en sus necesidades espirituales y materiales a los pobres, los enfermos y todos los que sufren.
lunes, 4 de enero de 2010
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Thomas Merton y la Navidad
Existo bajo los árboles. Me escondo en el bosque por necesidad. Soy tanto un prisionero como un evadido. No puedo decir por que...
He considerado ir mas allá, pero no es practicable. No importa. Cuando uno comienza a envejecer, tanto el tiempo como los lugares no tienen ya el mismo significado
¿ Tengo un “día ”’? ¿ Paso mi “ día” en un lugar?.Sé que aquí hay árboles. Se que aquí hay pájaros. Por cierto conozco muy bien los pájaros pues hay parejas precisas de ellos ( dos por cada una de las veinte especies) ....
Comparto este lugar particular con ellos: formamos un equilibrio ecológico. Esta armonía le da a la idea de “lugar” una nueva configuración.
Respecto a los cuervos forman un patrón diferente. Son vociferantes y auto justificadores como los seres humanos. No son dos, son muchos. Se pelean entre sí y con los otros pájaros en un estado de guerra constante. También hay una ecología mental, un equilibrio viviente de espíritus en este rincón del bosque...
Aquí esta la vegetación profunda de esta foresta antigua en donde los pájaros iracundos de Isaías y Jeremías, cantan.
...En la disconformidad de la noche y el silencio una palabra se pronuncia: Misericordia. Esta rodeada por otras palabras de menor consecuencia: “ destruir la injusticia” “ lávame” “ purificar” “Conozco mi maldad”....
...Así quizás tenga una obligación de perseverar la calma, el silencio, la pobreza, el punto virginal de la nada pura que esta en el centro de todos los otros amores.Cultivo esta planta ,sin comentarios en medio de la noche y la riego con salmos y profecías en silencio. Se convierte en el más raro de todos los árboles del jardín, de una vez el árbol primordial del Paraíso, el axis mundi , el eje cósmico y la cruz....
Solo hay un árbol así, no puede multiplicarse, no es interesante.
Cantando el aleluya ...construido en el RE como en un sacramento, una presencia. Uno continua regresando al RE, como a un centro inevitable.
...Se están considerando proposiciones. Uno adoptara, claro esta nuevas melodías, de las cuales estará ausente la dignidad y así todos se sentirán cómodos.
...Los pájaros se acercan a sus nidos. Me siento en la fresca esterilla de paja en el suelo, considerando la cama en la cual pronto dormiré solo, bajo el icono de la Navidad.
Fray Louis.
Hermana America.
He considerado ir mas allá, pero no es practicable. No importa. Cuando uno comienza a envejecer, tanto el tiempo como los lugares no tienen ya el mismo significado
¿ Tengo un “día ”’? ¿ Paso mi “ día” en un lugar?.Sé que aquí hay árboles. Se que aquí hay pájaros. Por cierto conozco muy bien los pájaros pues hay parejas precisas de ellos ( dos por cada una de las veinte especies) ....
Comparto este lugar particular con ellos: formamos un equilibrio ecológico. Esta armonía le da a la idea de “lugar” una nueva configuración.
Respecto a los cuervos forman un patrón diferente. Son vociferantes y auto justificadores como los seres humanos. No son dos, son muchos. Se pelean entre sí y con los otros pájaros en un estado de guerra constante. También hay una ecología mental, un equilibrio viviente de espíritus en este rincón del bosque...
Aquí esta la vegetación profunda de esta foresta antigua en donde los pájaros iracundos de Isaías y Jeremías, cantan.
...En la disconformidad de la noche y el silencio una palabra se pronuncia: Misericordia. Esta rodeada por otras palabras de menor consecuencia: “ destruir la injusticia” “ lávame” “ purificar” “Conozco mi maldad”....
...Así quizás tenga una obligación de perseverar la calma, el silencio, la pobreza, el punto virginal de la nada pura que esta en el centro de todos los otros amores.Cultivo esta planta ,sin comentarios en medio de la noche y la riego con salmos y profecías en silencio. Se convierte en el más raro de todos los árboles del jardín, de una vez el árbol primordial del Paraíso, el axis mundi , el eje cósmico y la cruz....
Solo hay un árbol así, no puede multiplicarse, no es interesante.
Cantando el aleluya ...construido en el RE como en un sacramento, una presencia. Uno continua regresando al RE, como a un centro inevitable.
...Se están considerando proposiciones. Uno adoptara, claro esta nuevas melodías, de las cuales estará ausente la dignidad y así todos se sentirán cómodos.
...Los pájaros se acercan a sus nidos. Me siento en la fresca esterilla de paja en el suelo, considerando la cama en la cual pronto dormiré solo, bajo el icono de la Navidad.
Fray Louis.
Hermana America.
jueves, 24 de diciembre de 2009
martes, 22 de diciembre de 2009
Estado de reposo en Dios. Edith Estein
"Existe un estado de reposo en Dios, de total suspensión de todas las actividades de la mente, en el cual ya no se pueden hacer planes, ni tomar decisiones, ni hacer nada, pero en el cual, entregado el propio porvenir a la voluntad divina, uno se abandona al propio destino. Yo he experimentado un poco este estado, como consecuencia de una experiencia que, sobrepasando mis fuerzas, consumió totalmente mis energías espirituales y me quitó cualquier posibilidad de acción. Comparado con la suspensión de actividad propia de la falta de vigor vital, el reposo en Dios es algo completamente nuevo e irreductible. Antes era el silencio de la muerte. En su lugar se experimenta un sentimiento de íntima seguridad, de liberación de todo lo que es preocupación, obligación, responsabilidad en lo que se refiere a la acción. Y mientras me abandono a este sentimiento, poco a poco una vida nueva empieza a colmarme y - sin tensión alguna de mi voluntad - a invitarme a nuevas realizaciones. Este flujo vital parece brotar de una actividad y una fuerza que no son las mías, y que, sin ejercer sobre ellas violencia alguna, se hacen activas en mí. El único presupuesto necesario para un renacimiento espiritual de esta índole parece ser esa capacidad pasiva de recepción que se encuentra en el fondo de la estructura de la persona." Sor Benedicta de La Cruz
ACERCA DE LA ANTIGUA DEVOCIÓN DE LAS VIGILIAS
La devoción de las vigilias es una tradición tradicional de los hombre santos: Esayas dice: Mi espíritu velaba durante la noche, buscándote, Dios mío. Y también David: Me levantaba media noche. Puesto que este es el tiempo en el que el ángel devastador golpeó a los primogénitos de los Egipcios, es conveniente que nos mantengamos en vigilia, no sea que caigamos en el trance de los Egipcios. El Salvador afirmó en el evangelio que vendría de nuevo a estas horas, por lo cual exhortó a sus oyentes diciendo: Felices los siervos que el Señor encontrare despiertos a su venida. Si por la tarde viniere el Señor y los encontrare vigilantes, y si los encontrare despiertos a media noche o al canto del gallo, felices serán aquellos siervos. Del mismo modo vosotros, dado que desconocéis la hora de la venida del Hijo del Hombre.
Jesús no solamente aprobó las vigilias con su palabra, sino también las confirmó con su ejemplo. Pues se atestigua en el evangelio que Jesús pasaba la noche en oración a Dios. Pablo y Silas, estando presos, a eso de la media noche, mientras rezaban un himno, escuchándolo todos, cuando ya no tenían esperanzas, de repente sobrevino un terremoto y rotos los cimientos de la cárcel, abiertas las puertas, todas las cadenas se soltaron.
Por todas estas razones, es conveniente recitar los salmos y orar y participar en los santos oficios, de modo que si sobreviniere nuestro fin, vigilantes, lo podamos esperar seguros.
Regla de los Hnos. Humillados
Jesús no solamente aprobó las vigilias con su palabra, sino también las confirmó con su ejemplo. Pues se atestigua en el evangelio que Jesús pasaba la noche en oración a Dios. Pablo y Silas, estando presos, a eso de la media noche, mientras rezaban un himno, escuchándolo todos, cuando ya no tenían esperanzas, de repente sobrevino un terremoto y rotos los cimientos de la cárcel, abiertas las puertas, todas las cadenas se soltaron.
Por todas estas razones, es conveniente recitar los salmos y orar y participar en los santos oficios, de modo que si sobreviniere nuestro fin, vigilantes, lo podamos esperar seguros.
Regla de los Hnos. Humillados
Palabras del hno Juan ( monje ortodoxo)
Antes de despedirme de usted, Padre, ¿podría decirme unas últimas palabras?
¡Si, tuteándote! No envejezcas tu existencia sin dar a luz tu vida, no banalices cada día con temores sin fundamento o vanas ambiciones. Que cada día sea para ti una fiesta, un maravillarse, que tus gestos sean alabanzas, tu vida una risa bailada, que estalle por toda tu piel en parcelas de luz y atrévete a gritarle al mundo dormido la Belleza de la Vida con himnos de alegría.
«¡Cristo ha resucitado!»
EL GRAN PASAJE
CONVERSACIÓN CON EL HERMANO JUAN
¡Si, tuteándote! No envejezcas tu existencia sin dar a luz tu vida, no banalices cada día con temores sin fundamento o vanas ambiciones. Que cada día sea para ti una fiesta, un maravillarse, que tus gestos sean alabanzas, tu vida una risa bailada, que estalle por toda tu piel en parcelas de luz y atrévete a gritarle al mundo dormido la Belleza de la Vida con himnos de alegría.
«¡Cristo ha resucitado!»
EL GRAN PASAJE
CONVERSACIÓN CON EL HERMANO JUAN
sábado, 19 de diciembre de 2009
Hermano San Rafael Arnaiz Ocultémonos para estar con Jesús en la Cruz; no busquemos mitigación al dolor, en el consuelo de las criaturas,...

14 de diciembre de 1936 - 25 años
Mi cuaderno - San Isidro
”Uno de los encantos, mejor dicho, consuelos de la vida monacal, es el estar oculto a las miradas del mundo. Esto lo comprenderá quien guste meditar en la vida de Cristo.
Para dedicarse a un arte..., para profundizar en una ciencia, el espíritu necesita soledad y aislamiento, necesita recogimiento y silencio. Ahora bien, para el alma enamorada de Dios, para el alma que ya no ve más arte ni más ciencia que la vida de Jesús, para el alma que ha encontrado en la tierra el tesoro escondido, el silencio no le basta, ni su recogimiento en soledad. Le es necesario ocultarse a todos, le es necesario ocultarse con Cristo, buscar un rincón de la tierra donde no lleguen las profanas miradas del mundo, y allí estarse a solas con su Dios.
El secreto del Rey se mancha y pierde brillo al publicarse. Ese secreto del Rey es el que hay que ocultar para que nadie lo vea. Ese secreto que muchos creerán son comunicaciones divinas y consuelos sobrenaturales..., ese secreto del Rey que envidiamos en los Santos, se reduce muchas veces a una Cruz.
No pongamos la luz bajo el celemín, nos dice Jesús en el Evangelio. Publiquemos las grandezas de Dios. Hagamos llegar al corazón de nuestros hermanos los tesoros de gracias que Dios derrama a manos llenas sobre nosotros. Publiquemos a los cuatro vientos nuestra fe, llenemos el mundo de gritos de entusiasmo por tener un Dios tan bueno. No nos cansemos de predicar su Evangelio y decir a todo el que nos quiera oír, que Cristo murió amando a los hombres, clavado en un madero... Que murió por mí, por ti, por aquél... Y si nosotros de veras le amamos, no le ocultemos..., no pongamos la luz que puede alumbrar a otros, debajo de un celemín.
Mas en cambio, bendito Jesús, llevemos allá adentro y sin que nadie se entere, ese divino secreto... Ese secreto que Tú das a las almas que más te quieren... Esa partecica de tu Cruz, de tu sed, de tus espinas.
Ocultemos en el último rincón de la tierra nuestras lágrimas, nuestras penas y nuestros desconsuelos... No llenemos el mundo de tristes gemidos, ni hagamos llegara nadie la más pequeña parte de nuestras aflicciones.
Seamos egoístas para sufrir y generosos en la alegría. Hagamos la' felicidad de los que nos rodean y no enturbiemos el ambiente con caras tristes, cuando Dios nos mande alguna prueba.
Ocultémonos para estar con Jesús en la Cruz; no busquemos mitigación al dolor, en el consuelo de las criaturas, pues haremos dos cosas que no son malas, pero que no son perfectas. Primero, al dejar a Dios por lo que no es Dios, pues no es consuelo suyo lo que de El no viene, y si El no quiere darlo, al buscarlo fuera de El, le perdemos a El, y también perdemos muchas veces el mérito del sufrimiento. Segundo, hacemos en nuestro egoísmo, o por lo menos queremos hacer participar a los demás, de lo nuestro, para así descargarnos, y conseguimos con esto, alivio ficticio y falso, pues si te duele una muela, te seguirá doliendo lo digas o no.
En resumidas cuentas, casi siempre es un acto de egoísmo y también falta de humildad, dando importancia a lo tuyo, como si por ser tuyo fuera importante. En cambio, no buscando nada en las criaturas y sí todo en Dios, se llega a amar la Cruz, pero la Cruz a solas y en escondido... En la Cruz oculto con Dios y lejos de los hombres.
Ocultemos nuestra vida, si nuestra vida es penar. Ocultemos el sufrir, si el sufrir nos causa pena. Ocultémonos con Cristo para sólo a El hacerle partícipe de lo que, mirándolo bien, sólo es tuyo: el secreto de la Cruz.
Aprendamos de una vez, meditando en su vida, en su Pasión y en su muerte, que sólo hay un camino para llegar a El..., el camino de la Santa Cruz”.
San Rafael Arnáiz Barón
Mi cuaderno, 781-84
viernes, 18 de diciembre de 2009
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Persecuciones de parte de las personas buenasTodos los santos han pasado por la persecución, dice San Alfonso
Las persecuciones pueden venirnos de parte de los malos y de parte también de las personas buenas.
«Ser despreciado, reprendido y acusado por los malos, es realmente dulce para un hombre animoso -dice San Francisco de Sales-; empero ser reprendido, acusado y maltratado por los buenos, por los amigos, por los parientes, eso sí que es meritorio. Así como las picaduras de las abejas son más agudas que las de las moscas, del mismo modo, el mal que proviene de las personas buenas y las contradicciones que nos ocasionan, se toleran con mayor dificultad que las de los otros.» San Pedro de Alcántara, penetrado de la más viva compasión por Santa Teresa, le dijo que una de las mayores penas de este destierro era lo que ella había soportado, es decir, esta contradicción de los buenos. ¿Radica esto en que el aprecio y el afecto de estas personas nos son más estimados, o en que la prueba era menos esperada? ¿Obedece acaso a que las personas buenas, creyendo seguir el dictamen de su conciencia, guardan menos consideraciones? Sean cualesquiera el origen y las circunstancias de estas duras pruebas, nos parece conveniente entrar en algunas consideraciones que ayudarán a santificarías.
Continua en comentario 2
«Ser despreciado, reprendido y acusado por los malos, es realmente dulce para un hombre animoso -dice San Francisco de Sales-; empero ser reprendido, acusado y maltratado por los buenos, por los amigos, por los parientes, eso sí que es meritorio. Así como las picaduras de las abejas son más agudas que las de las moscas, del mismo modo, el mal que proviene de las personas buenas y las contradicciones que nos ocasionan, se toleran con mayor dificultad que las de los otros.» San Pedro de Alcántara, penetrado de la más viva compasión por Santa Teresa, le dijo que una de las mayores penas de este destierro era lo que ella había soportado, es decir, esta contradicción de los buenos. ¿Radica esto en que el aprecio y el afecto de estas personas nos son más estimados, o en que la prueba era menos esperada? ¿Obedece acaso a que las personas buenas, creyendo seguir el dictamen de su conciencia, guardan menos consideraciones? Sean cualesquiera el origen y las circunstancias de estas duras pruebas, nos parece conveniente entrar en algunas consideraciones que ayudarán a santificarías.
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lunes, 14 de diciembre de 2009
Oremos por el asesinato de 3 sacerdotes y una hermana cisterciense en Africa.
Ayer, al concluir el rezo del Ángelus dominical, el Papa Benedicto XVI expresó su profundo dolor por los tres sacerdotes y la religiosa que en la última semana han sido asesinados en distintos países de África. "Han sido fieles testimonios del Evangelio, incluso corriendo el riesgo de la propia vida", manifestó. El Santo Padre señaló que "esta semana he recibido tristes noticias de algunos países de África sobre el asesinato de cuatro misioneros. Se trata de los sacerdotes Daniel Cizimya (Congo), Louis Blondel (Sudáfrica) y Gerry Roche (Kenia) y de la hermana Denise Kahambu (Congo)".
"Mientras expreso mi cercanía a los familiares y las comunidades que están en el dolor, invito a todos a unirse a mi oración para que el Señor los acoja en su casa, consuele a cuantos lloran estos hechos y porte, con su venida, reconciliación y paz".
El padre Daniel Cizimya Nakamaga, de 51 años, recibió un disparo en la cabeza el domingo de la semana pasada cerca de la ciudad congoleña de Bukavu.
El mismo domingo, por la noche, fue asesinado en la localidad sudafricana de Diepsloot el sacerdote francés de 70 años Louis Blondel, de los Misioneros de África, tras recibir un disparo en su presbiterio de Diepsloot, en Sudáfrica.
La hermana Denise Kahambu fue asesinada el martes en un ataque a un monasterio trapense en el norte de Bukavu.
Y el misionero irlandés Gerry Roche, de la Sociedad Misionera de San Patricio, fue asesinado a puñaladas el jueves por la noche durante un robo en su casa de la localidad de Kericho, en el suroeste de Kenia
"Mientras expreso mi cercanía a los familiares y las comunidades que están en el dolor, invito a todos a unirse a mi oración para que el Señor los acoja en su casa, consuele a cuantos lloran estos hechos y porte, con su venida, reconciliación y paz".
El padre Daniel Cizimya Nakamaga, de 51 años, recibió un disparo en la cabeza el domingo de la semana pasada cerca de la ciudad congoleña de Bukavu.
El mismo domingo, por la noche, fue asesinado en la localidad sudafricana de Diepsloot el sacerdote francés de 70 años Louis Blondel, de los Misioneros de África, tras recibir un disparo en su presbiterio de Diepsloot, en Sudáfrica.
La hermana Denise Kahambu fue asesinada el martes en un ataque a un monasterio trapense en el norte de Bukavu.
Y el misionero irlandés Gerry Roche, de la Sociedad Misionera de San Patricio, fue asesinado a puñaladas el jueves por la noche durante un robo en su casa de la localidad de Kericho, en el suroeste de Kenia
Hoy celebramos a un Dr de la Iglesia que amo con todo mi corazon. San Juan de la Cruz

Nació en Fontiveros, provincia de Ávila (España), hacia el año 1542. Pasados algunos años en la Orden de los carmelitas, fue, a instancias de santa Teresa de Avila, el primero que, a partir de 1568, se declaró a favor de su reforma, por la que soportó innumerables sufrimientos y trabajos. Murió en Úbeda el año 1591, con gran fama de santidad y sabiduría, de las que dan testimonio precioso sus escritos espirituales.
"A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición".
viernes, 11 de diciembre de 2009
La humildad segun los santos. Animemonos a ejercitar esta gran virtud.
Casi inconscientemente, en nuestros deseos de perfección, alimentamos la secreta pretensión de ser algo; tal pretensión es un obstáculo para el Amor. No puede el Señor realizar en el alma su obra sin abrir la preocupación propia que se opone al desarrollo y a la consumación de la humildad. El amor solo se alcanza en la humildad o por la humildad. (Liagre)
Coloquémonos humildemente entre los imperfectos, considerándonos almas pequeñas a las que Dios tiene que sostener a cada instante. ... (...) ... Sí, basta con humillarse, con soportar serenamente las propias imperfecciones. ¡He ahí la verdadera santidad! (Santa Teresa de Lisieux)
Cristo Jesús... Enséñame a padecer con esa alegría humilde y sin gritos de los santos... Enséñame a ser manso con los que no me quieren o me desprecian. (Beato Rafael Arnáiz)
En las instrucciones particulares que daba a cada una de las novicias, siempre se volvía a lo mismo: humildad, pobreza espiritual, sencillez y confianza en Dios. (Santa Teresa de Lisieux)
En las instrucciones particulares que daba a cada una de sus novicias, siempre insistía en la humildad. El fondo de su doctrina era enseñarnos a no afligirnos al ver que éramos la debilidad misma, sino antes bien a gloriarnos en nuestras imperfecciones. Es tan dulce sentirse débil y pequeña. (Sor Genoveva en referencia a Santa Teresa de Lisieux)(Dice Jesús:) Me hice el más humilde y abatido de todos, para que vencieses tu soberbia con mi humildad. (Tomás de Kempis)El acto propio de la humildad consiste en inclinarse delante de Dios y de todo lo que hay de Dios en las criaturas. (Garrrigou Lagrange)
El secreto del amor reside siempre en un despojamiento total de nosotros mismos y una humildad radical. (Jean Lafrance)
En ese pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras. (Isaías)Es su voluntad que humille mi soberbia ante las miserias de mi carne. (Beato Rafael Arnáiz)
Humildad y amor. La extrema pequeñez de la persona y de las obras; la grandeza sin límites de los deseos y el amor. (Liagre)
La humildad gana el corazón de Dios. La mansedumbre el de los hombres. (Anónimo)
La humildad llena de paz nuestro trato con los hombre. Con ella no hay discusión, ni envidia, ni ofensa posible. ¿Quién puede ofender a la misma nada? (Beato Rafael Arnáiz)
Las obras extraordinarias no están a mi alcance. ¿Cómo demostraré a Dios mi amor si éste se prueba en las obras? Por mis pequeñas acciones y sacrificios. ¡Como niña, sembraré de flores sus caminos! y Jesús los mirará complacido. (Santa Teresa de Lisieux)
Mira delante de Jesús lo que eres, y aprende a conocerte; así no tendrás soberbia, y en tu propia humillación aprenderás algo de humildad, que aún no sabes lo que eso es, y es necesario que lo aprendas. (Beato Rafael Arnáiz)
Nada hagáis por rivalidad ni por vanagloria. (San Pablo)Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. (San Pablo)
Coloquémonos humildemente entre los imperfectos, considerándonos almas pequeñas a las que Dios tiene que sostener a cada instante. ... (...) ... Sí, basta con humillarse, con soportar serenamente las propias imperfecciones. ¡He ahí la verdadera santidad! (Santa Teresa de Lisieux)
Cristo Jesús... Enséñame a padecer con esa alegría humilde y sin gritos de los santos... Enséñame a ser manso con los que no me quieren o me desprecian. (Beato Rafael Arnáiz)
En las instrucciones particulares que daba a cada una de las novicias, siempre se volvía a lo mismo: humildad, pobreza espiritual, sencillez y confianza en Dios. (Santa Teresa de Lisieux)
En las instrucciones particulares que daba a cada una de sus novicias, siempre insistía en la humildad. El fondo de su doctrina era enseñarnos a no afligirnos al ver que éramos la debilidad misma, sino antes bien a gloriarnos en nuestras imperfecciones. Es tan dulce sentirse débil y pequeña. (Sor Genoveva en referencia a Santa Teresa de Lisieux)(Dice Jesús:) Me hice el más humilde y abatido de todos, para que vencieses tu soberbia con mi humildad. (Tomás de Kempis)El acto propio de la humildad consiste en inclinarse delante de Dios y de todo lo que hay de Dios en las criaturas. (Garrrigou Lagrange)
El secreto del amor reside siempre en un despojamiento total de nosotros mismos y una humildad radical. (Jean Lafrance)
En ese pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras. (Isaías)Es su voluntad que humille mi soberbia ante las miserias de mi carne. (Beato Rafael Arnáiz)
Humildad y amor. La extrema pequeñez de la persona y de las obras; la grandeza sin límites de los deseos y el amor. (Liagre)
La humildad gana el corazón de Dios. La mansedumbre el de los hombres. (Anónimo)
La humildad llena de paz nuestro trato con los hombre. Con ella no hay discusión, ni envidia, ni ofensa posible. ¿Quién puede ofender a la misma nada? (Beato Rafael Arnáiz)
Las obras extraordinarias no están a mi alcance. ¿Cómo demostraré a Dios mi amor si éste se prueba en las obras? Por mis pequeñas acciones y sacrificios. ¡Como niña, sembraré de flores sus caminos! y Jesús los mirará complacido. (Santa Teresa de Lisieux)
Mira delante de Jesús lo que eres, y aprende a conocerte; así no tendrás soberbia, y en tu propia humillación aprenderás algo de humildad, que aún no sabes lo que eso es, y es necesario que lo aprendas. (Beato Rafael Arnáiz)
Nada hagáis por rivalidad ni por vanagloria. (San Pablo)Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. (San Pablo)
jueves, 3 de diciembre de 2009
Milagros de Juan Pablo II .
El diario español La Razón recogió en la edición del 2 de diciembre, una serie de curaciones milagrosas atribuidas a la intercesión del Papa Juan Pablo II cuando estaba vivo y que por pedido del recordado PontíficeHace unos días, de visita en Argentina el ex secretario de Juan Pablo II y hoy Arzobispo de Cracovia, Cardenal Stanislaw Dziwisz, reconoció ante los periodistas que durante la vida de Juan Pablo II hubo hechos inexplicables que se mantuvieron bajo discreción porque él mismo lo había prohibido.
Según La Razón, quizá el primer milagro del Papa Juan Pablo II fue el de la madre de familia inglesa Kay Kelly ocurrido en marzo de 1979. Había dedicado muchos años a recolectar dinero para los enfermos de cáncer y ella misma contrajo la enfermedad.
Viajó a Roma con unos billetes, regalo de los Caballeros de Colón por su trabajo solidario, ahí participó en una reunión semiprivada con el Papa y otros enfermos. "Hablaron, él le firmó una foto para su hijo, la abrazó y le dijo: «Estoy muy orgulloso de ti, eres una madre maravillosa». Cuando volvió a Liverpool, su cáncer había desaparecido", recuerda La Razón recogiendo testimonios de la causa de beatificación y libros de vaticanistas como "Santo subito" de Andrea Tornielli o "Milagros de Juan Pablo II" del polaco Pawel Zuchniewicz.
Este último recoge también casos recientes como el un adolescente polaco de nombre Rafal, a quien recibió el 1 de julio de 2004. El joven, procedente de Lubaczow, padecía de un linfoma incurable que desapareció justo después de su audiencia privada con el Pontífice.
Además, sostiene que "en la Jornada Mundial de la Juventud de Toronto, en 2002, el Papa rezó por Angela Baronni, de 16 años, con cáncer de huesos; le impuso las manos y le hizo la señal de la cruz. Desapareció todo rastro del cáncer".
"En 1980, el australiano Emil Barbar, de 29 años, con una parálisis cerebral que le impedía caminar y le dificultaba el habla, llamó la atención de Juan Pablo II durante una audiencia con enfermos en la plaza de San Pedro. El Papa le besó en la cabeza. Su madre lloraba. «Llévale a Lourdes, verás que camina», le dijo el Pontífice, y les regaló una cruz y un rosario. Emil se bañó en la piscina del santuario de Lourdes y seis semanas después caminaba", agrega La Razón.
Asimismo, afirma que "hay varios testimonios de mujeres que dicen que la oración del Papa les ayudó a concebir o dar a luz. Una católica china afincada en Vancouver, Canadá, la señora Lieu, acudió como peregrina a Roma después de haber sufrido tres abortos naturales. En una audiencia le contó al Papa su problema. Él le dijo que tendría un hijo y trazó la señal de la cruz en su cabeza. Al volver a Canadá, comprobó que estaba embarazada, el niño nació bien y se llamó Juan Pablo Lieu. En los testimonios de la causa hay otros similares".
El diario también recoge el caso del mexicano Heron Badillo, hijo del político izquierdista Felipe Badillo.
"Tenía cinco años y estaba enfermo de leucemia cuando lo presentaron al Papa en Zacatecas, en el norte de México, el 12 de mayo de 1990. Él se apartó de su ruta para imponerle las manos y lo besó. El niño, después de 15 días de rechazar alimentos, empezó a comer, desaparecida su enfermedad".
La Razón también recuerda al Cardenal italiano Francesco Marchisano, amigo personal del Papa. En el año 2000, el Purpurado apenas podía hablar por un error al operarse de la carótida. "El Papa le acarició en la zona operada. «El Señor le devolverá la voz. Yo rezaré por usted», le dijo. Poco después quedó curado".
"Otro caso documentado es el de la monja colombiana Ofelia Trespalacios. Sufría desde los 20 años una enfermedad que le producía desmayos y parálisis. En 1984, en una audiencia en Roma, el Papa puso las manos sobre la cara de la religiosa y oró por ella. La bendijo y sonrió. La enfermedad de la mujer desapareció por completo", concluye La Razón.
Nota recolectada por Maria
gracias Maria
un abrazo
adri
Según La Razón, quizá el primer milagro del Papa Juan Pablo II fue el de la madre de familia inglesa Kay Kelly ocurrido en marzo de 1979. Había dedicado muchos años a recolectar dinero para los enfermos de cáncer y ella misma contrajo la enfermedad.
Viajó a Roma con unos billetes, regalo de los Caballeros de Colón por su trabajo solidario, ahí participó en una reunión semiprivada con el Papa y otros enfermos. "Hablaron, él le firmó una foto para su hijo, la abrazó y le dijo: «Estoy muy orgulloso de ti, eres una madre maravillosa». Cuando volvió a Liverpool, su cáncer había desaparecido", recuerda La Razón recogiendo testimonios de la causa de beatificación y libros de vaticanistas como "Santo subito" de Andrea Tornielli o "Milagros de Juan Pablo II" del polaco Pawel Zuchniewicz.
Este último recoge también casos recientes como el un adolescente polaco de nombre Rafal, a quien recibió el 1 de julio de 2004. El joven, procedente de Lubaczow, padecía de un linfoma incurable que desapareció justo después de su audiencia privada con el Pontífice.
Además, sostiene que "en la Jornada Mundial de la Juventud de Toronto, en 2002, el Papa rezó por Angela Baronni, de 16 años, con cáncer de huesos; le impuso las manos y le hizo la señal de la cruz. Desapareció todo rastro del cáncer".
"En 1980, el australiano Emil Barbar, de 29 años, con una parálisis cerebral que le impedía caminar y le dificultaba el habla, llamó la atención de Juan Pablo II durante una audiencia con enfermos en la plaza de San Pedro. El Papa le besó en la cabeza. Su madre lloraba. «Llévale a Lourdes, verás que camina», le dijo el Pontífice, y les regaló una cruz y un rosario. Emil se bañó en la piscina del santuario de Lourdes y seis semanas después caminaba", agrega La Razón.
Asimismo, afirma que "hay varios testimonios de mujeres que dicen que la oración del Papa les ayudó a concebir o dar a luz. Una católica china afincada en Vancouver, Canadá, la señora Lieu, acudió como peregrina a Roma después de haber sufrido tres abortos naturales. En una audiencia le contó al Papa su problema. Él le dijo que tendría un hijo y trazó la señal de la cruz en su cabeza. Al volver a Canadá, comprobó que estaba embarazada, el niño nació bien y se llamó Juan Pablo Lieu. En los testimonios de la causa hay otros similares".
El diario también recoge el caso del mexicano Heron Badillo, hijo del político izquierdista Felipe Badillo.
"Tenía cinco años y estaba enfermo de leucemia cuando lo presentaron al Papa en Zacatecas, en el norte de México, el 12 de mayo de 1990. Él se apartó de su ruta para imponerle las manos y lo besó. El niño, después de 15 días de rechazar alimentos, empezó a comer, desaparecida su enfermedad".
La Razón también recuerda al Cardenal italiano Francesco Marchisano, amigo personal del Papa. En el año 2000, el Purpurado apenas podía hablar por un error al operarse de la carótida. "El Papa le acarició en la zona operada. «El Señor le devolverá la voz. Yo rezaré por usted», le dijo. Poco después quedó curado".
"Otro caso documentado es el de la monja colombiana Ofelia Trespalacios. Sufría desde los 20 años una enfermedad que le producía desmayos y parálisis. En 1984, en una audiencia en Roma, el Papa puso las manos sobre la cara de la religiosa y oró por ella. La bendijo y sonrió. La enfermedad de la mujer desapareció por completo", concluye La Razón.
Nota recolectada por Maria
gracias Maria
un abrazo
adri
martes, 1 de diciembre de 2009
Aspirar a la santidad segun Thomas Merton
“Aspirar a una santidad que da ocasión de admirarse a sí mismo y ser admirado de los demás es el peor de los caminos para hacerse santo: la complacencia en sí mismo, la mirada sobre sí mismo, es lo contrario de la santidad” (128). Y también. “La santidad de los santos no es nunca más que un aspecto de la santidad de Jesucristo. Hacemos nuestras las virtudes de nuestro redentor por la unión de nuestra voluntad con su gracia” (136-137). Otros dos aspectos vinculantes del pensamiento de Bernardo con TM presentes en este comentario serían la relación entre santidad y amor fraterno, y la presencia de María en la santidad del cristiano. “Si la realidad del amor de Dios no nos conmueve, nos será imposible respetar las obligaciones de la caridad fraterna o incluso los de la estricta justicia que debemos a los hombres con quienes convivimos” (132). En el caso de María, TM afirma que la santidad de María es digna de ser comparada con la divina santidad de su Hijo (140); no comparto esta frase tan radical; incluso parece estar de acuerdo en la posibilidad de que se declare como dogma la mediación universal de María.
- Para el final, apunta: “Estamos llamados a ser santos no por nuestras fuerzas, puesto que carecemos completamente de ellas, sino por la fuerza que comunica la cruz de Cristo”(143); “No estamos llamados únicamente a temer a Dios o a honrarle: estamos llamados a amarle con todas nuestras fuerzas; amarle hasta olvidarnos radicalmente de nosotros mismos; hasta identificarnos con Él”(144).
Las citas están tomadas de la versión del libro publicada por PATMOS, 1956
- Para el final, apunta: “Estamos llamados a ser santos no por nuestras fuerzas, puesto que carecemos completamente de ellas, sino por la fuerza que comunica la cruz de Cristo”(143); “No estamos llamados únicamente a temer a Dios o a honrarle: estamos llamados a amarle con todas nuestras fuerzas; amarle hasta olvidarnos radicalmente de nosotros mismos; hasta identificarnos con Él”(144).
Las citas están tomadas de la versión del libro publicada por PATMOS, 1956
jueves, 26 de noviembre de 2009
EL DESEO DE LA PERFECCIÓN
El deseo de la perfección debe ser constante, pues sin ello no se suman nuestros esfuerzos. En nuestra vida habrá paréntesis, vacíos y, acaso, algo peor. Cuando un hombre que edifica una casa se detiene en su trabajo por falta de materiales o de valor para continuarla, tal vez piensa que cuando tenga valor o materiales no tendrá que hacer sino reanudar en el mismo punto su interrumpida construcción. Nada de eso. Pues durante este tiempo habrán intervenido los agentes físicos: la lluvia, el viento, la nieve, el hielo, el calor, el frío habrán ejercido su influencia. La casa se desmoronará piedra a piedra, acabará por caer y hasta sus mismas ruinas perecerán.
Pues así sucede en la vida espiritual, cuando un alma deja apagarse en su corazón ese deseo de perfección: piensa que ha de poder recuperar sus ímpetus; pero no, nada de eso, aquella alma desciende hacia el abismo.
Y es que acumula los obstáculos entre ella y Dios. Porque en el proceso de la perfección, «quien no avanza retrocede». Bien sé que un alma, a pesar de ésas interrupciones, puede recuperar su fervor y reparar sus períodos de imprudencia, pues Dios es misericordioso. Pero eso es misión de la misericordia; y en la vida espiritual hacen falta la sabiduría y la prudencia. Mirad, si no, las vírgenes prudentes y las vírgenes locas; también estas últimas amaban, pero su amor no fue lo bastante constante.
El alma que de verdad quiere encontrar a Jesús, iluminada por el Espíritu Santo, comprende que le importa mucho no perder el tiempo en vanas búsquedas. Los menores retrasos constituyen para ella una desgracia o un martirio. Nunca es demasiado pronto para hallar a Dios.
Robert de Langeac - La vida oculta en Dios
Pues así sucede en la vida espiritual, cuando un alma deja apagarse en su corazón ese deseo de perfección: piensa que ha de poder recuperar sus ímpetus; pero no, nada de eso, aquella alma desciende hacia el abismo.
Y es que acumula los obstáculos entre ella y Dios. Porque en el proceso de la perfección, «quien no avanza retrocede». Bien sé que un alma, a pesar de ésas interrupciones, puede recuperar su fervor y reparar sus períodos de imprudencia, pues Dios es misericordioso. Pero eso es misión de la misericordia; y en la vida espiritual hacen falta la sabiduría y la prudencia. Mirad, si no, las vírgenes prudentes y las vírgenes locas; también estas últimas amaban, pero su amor no fue lo bastante constante.
El alma que de verdad quiere encontrar a Jesús, iluminada por el Espíritu Santo, comprende que le importa mucho no perder el tiempo en vanas búsquedas. Los menores retrasos constituyen para ella una desgracia o un martirio. Nunca es demasiado pronto para hallar a Dios.
Robert de Langeac - La vida oculta en Dios
La gracia santificante

Ya casi está dicho lo fundamental sobre la gracia. Vamos, sin embargo, a analizar la semántica del concepto en castellano. Gracia se relaciona etimológicamente en castellano con estas cuatro palabras: gratis, agraciado, grato y agradecido.
La gracia es algo que Dios nos da "gratis". Gratis quiere decir, sin merecerlo, sin que nos lo de contra la entrega de un recibo o de una factura,. Gratis es lo que se da porque si.
Gracia se relaciona también con "agraciado". Cuando nosotros decimos "la agraciada señorita" aunque suene un poco cursi, estamos dando a entender que una determinada persona tiene una serie de cualidades que nos la hacen grata. El haber recibido la gracia de Dios nos convierte en agraciados, porque trasforma lo que somos. Y el ser agraciados nos hace "gratos" a Dios. Es decir, agradables a Dios. Las personas nos son a veces gratas y otras veces no. A un embajador se le puede declarar persona "non grata" con lo que se pone fin a su representación. Cuando el hombre recibe la gracia de Dios se convierte en grato ante Dios. Es agradable a Dios. Dicho de otra manera, Dios le ha hecho amigo suyo y agradable a si mismo.
Y, por fin, gracia tiene que ver etimológicamente también con "agradecido". Lo que se da gratis produce en quien lo recibe agradecimiento. La persona que ha recibido la gracia de Dios ha de mostrarse agradecido. Tal como dice el refrán castellano, "es de bien nacidos ser agradecidos". Lo que se da gratis, lo que se regala, pide respuesta.
Entonces ¿qué es la gracia santificante?. Es un regalo de Dios que nos transforma, haciéndonos agradables a El, es decir "santos", por eso se llama santificante , y que exige de nuestra parte una respuesta, una correspondencia al regalo.
¿Esa gracia qué cosa es? La gracia no es ninguna cosa, sino Dios mismo. No es que Dios nos regale algo sino que se nos da a Sí mismo. La gracia santificante es Dios mismo que se nos regala a nosotros, gratis, sin que hayamos hecho nada para merecerlo, sin que podamos reclamar tampoco ese regalo, y que nos trasforma en agradables a El.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
martes, 24 de noviembre de 2009
Amar
A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición. San Juan de la Cruz
A veces se dice "Dios castiga a los que ama". Pero no es verdad, porque para
quienes Dios ama, las pruebas no son castigos, sino gracias. Cura de Ars
Al verdadero amor no se le conoce por lo que exige, sino por lo que ofrece. Jacinto Benavente
Ama y vivirás. Lc 10, 27-28.
Al amor lo pintan ciego y con alas, ciego para no ver los obstáculos; con alas, para poder salvarlos. Richard Bach
Al contacto del amor, todo mundo se vuelve poeta. Platón
Al verdadero amor no se le conoce por lo que exige, sino por lo que ofrece. Jacinto Benavente
Algunos piensan que el dolor sólo se combate con la medicina. Sin embargo, hay dolores que se curan con el amor. Autor desconocido
Allí donde hay amor, hay vida. Mohandas Karamchand Gandhi
Ama a tu vecino, pero no derribes la cerca de separación. George Herbert
Ama a una nube, ama a una mujer, pero ama. Theophile Gautier
Ama al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Mt 22,37
Ama hasta que te duela, si te duele es la mejor señal. Beata Madre Teresa de Calcuta
Ama un sólo día y el mundo entero habrá cambiado. Robert Browning
Ama y haz lo que quieras; si te callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; ten la raíz del amor en el fondo de tu corazón: de esta raíz solamente puede salir lo que es bueno. San Agustín de Hipona
Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Mt 5,44-45
Amad y haced lo que queréis, porque quien posee el amor todo lo posee. Santa Margarita Maria de Alacoque
Amad y poned en práctica la sencillez y la humildad. San Pío de Pieltrecina
Ámalo con todas tus fuerzas, piensa siempre en Él, deja que Él haga contigo y para ti todo lo que Él deseé, no ansíes nada mas. Santa Margarita Maria de Alacoque
Amamos siempre a los que nos admiran, pero no siempre a los que admiramos. François de La Rochefoucauld, Duque de Rochefoucauld
Amando a los demás descubriréis el sentido de la vida. Juan Pablo II
Amar a una criatura es tener necesidad de que esta criatura viva. Henri Barbusse
Amar al prójimo debe ser tan natural como vivir y respirar. Beata Madre Teresa de Calcuta
A veces se dice "Dios castiga a los que ama". Pero no es verdad, porque para
quienes Dios ama, las pruebas no son castigos, sino gracias. Cura de Ars
Al verdadero amor no se le conoce por lo que exige, sino por lo que ofrece. Jacinto Benavente
Ama y vivirás. Lc 10, 27-28.
Al amor lo pintan ciego y con alas, ciego para no ver los obstáculos; con alas, para poder salvarlos. Richard Bach
Al contacto del amor, todo mundo se vuelve poeta. Platón
Al verdadero amor no se le conoce por lo que exige, sino por lo que ofrece. Jacinto Benavente
Algunos piensan que el dolor sólo se combate con la medicina. Sin embargo, hay dolores que se curan con el amor. Autor desconocido
Allí donde hay amor, hay vida. Mohandas Karamchand Gandhi
Ama a tu vecino, pero no derribes la cerca de separación. George Herbert
Ama a una nube, ama a una mujer, pero ama. Theophile Gautier
Ama al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Mt 22,37
Ama hasta que te duela, si te duele es la mejor señal. Beata Madre Teresa de Calcuta
Ama un sólo día y el mundo entero habrá cambiado. Robert Browning
Ama y haz lo que quieras; si te callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; ten la raíz del amor en el fondo de tu corazón: de esta raíz solamente puede salir lo que es bueno. San Agustín de Hipona
Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Mt 5,44-45
Amad y haced lo que queréis, porque quien posee el amor todo lo posee. Santa Margarita Maria de Alacoque
Amad y poned en práctica la sencillez y la humildad. San Pío de Pieltrecina
Ámalo con todas tus fuerzas, piensa siempre en Él, deja que Él haga contigo y para ti todo lo que Él deseé, no ansíes nada mas. Santa Margarita Maria de Alacoque
Amamos siempre a los que nos admiran, pero no siempre a los que admiramos. François de La Rochefoucauld, Duque de Rochefoucauld
Amando a los demás descubriréis el sentido de la vida. Juan Pablo II
Amar a una criatura es tener necesidad de que esta criatura viva. Henri Barbusse
Amar al prójimo debe ser tan natural como vivir y respirar. Beata Madre Teresa de Calcuta
lunes, 23 de noviembre de 2009
Las gradas. Un misterio se revela alli.

Tú las has subido innumerables veces al ir a la iglesia. ¿Pero también has advertido lo que en esos momentos sucedía en ti? Pues efectivamente algo ocurre en nosotros cuando las subimos; sólo que ello es tan sutil y silencioso que llega a ser apenas perceptible.
Un misterio se revela allí. Uno de aquellos acontecimientos que proceden de lo profundo de la naturaleza humana, incomprensible, que no se puede descifrar con el entendimiento y sin embargo lo comprende todo aquél que no está embotado.
Cuando subimos las gradas asciende no sólo el pie sino todo nuestro ser. También subimos espiritualmente. Y si lo hacemos con cuidado, en este caso presentimos un elevarse hacia aquello superior donde todo se mantiene grande y perfecto: hacia el cielo, donde Dios habita.
No obstante, igualmente se agita el misterio: ¿está, pues, Dios "arriba"? Sin embargo, ¡para Él no hay ni arriba ni abajo! Nos acercamos a Dios únicamente cuando nos volvemos puros, sinceros, mejores. Pero, ¿qué tiene que ver el llegar a ser mejor con el subir corporal? ¿Qué tiene que ver el ser puro con el estar en lo alto? Aquí no se puede explicar más nada. Lo bajo es, simplemente, por esencia, imagen de lo insignificante, de lo malo; lo alto, imagen de lo noble, de lo bueno. Cada elevarse habla del ascenso de nuestro ser hacia el "Altísimo", hacia Dios…
Por eso las gradas conducen desde la calle hasta la iglesia. Ellas dicen: tú subes hacia la casa de oración, te acercas a Dios. Desde la nave de la iglesia otras gradas conducen hacia el coro. Ellas dicen: ahora tú penetras en el Santísimo. Y por último, otras gradas hacen subir al altar. Ellas le dicen, a quien la sube, lo que un día Dios le dijo a Moisés en el monte orbe: "quítate las sandalias de los pies, pues el lugar que estás pisando es sagrado" (Ex 3,5). El altar es umbral de la eternidad.
¡Qué grande es esto! ¿No es verdad que ahora subirás las gradas sabiendo lo que haces, sabiendo que ello te eleva? ¿Dejarás abajo todo lo ordinario y subirás efectivamente "hacia lo alto"?
Pero aquí hay mucho para decir. Tiene que llegar a ser interiormente claro para ti, para que los "ascensos del Señor" se produzcan en ti. Eso es todo.
de "Los Signos Sagrados"
Romano Guardini
El cáliz

Una vez, hace ya muchos años, he descubierto el cáliz. En verdad yo ya había visto muchos de ellos, pero lo he "descubierto" aquella vez en Beuron, cuando el amable sacerdote que administraba la sacristía me mostró sus tesoros.
El cáliz tenía un pie ancho, el cual se apoyaba sólidamente sobre la base; muy esbelto se elevaba el tronco. Algo se destacaba en el medio, rigurosamente configurado: el capitel. En lo alto del tronco, allí donde un anillo esbelto recogía sus nobles fuerzas como en un postrer esfuerzo, surgía por todos lados un follaje delicado, y en éste descansaba la envoltura.
¡Cuán vivamente he sentido en aquel entonces la forma! El tronco esbelto asciende desde un fundamento profundo. De él ha surgido la figura que no es para otra cosa que para contener y ofrecer.
Venerable instrumento que resguarda en su fondo resplandeciente las gotas misteriosas, en las cuales se manifiesta el misterio del amor divino.
Entonces el pensamiento avanzaba. Pero no era ningún pensar, sino un contemplar o sentir: ¿no está aquí el todo, condensado en forma pequeña, concentrado en el corazón del hombre, cuyo sentido completo se encuentra –según las palabras de San Agustín- en que él "es capaz de contener a Dios"?.
de "Los Signos Sagrados"
Romano Guardini
La Señal de la Cruz
Tú haces la Señal de la Cruz; hazla correctamente. No un signo precipitado, deformado, que nadie sabe lo que significa sino una Señal de la Cruz bien hecha, lenta amplia, desde la frente al pecho, desde un hombro al otro. ¿Sientes cómo te envuelve completamente?
Concéntrate debidamente. Concentra todos tus pensamientos y todo tu ánimo en este signo: cómo va desde la frente al pecho, de hombro a hombro. Entonces sientes que te transforma completamente.
¿Por qué? Es el signo del Todo –y es el signo de la salvación. En la Cruz ha redimido nuestro Señor a todos los hombres, a la historia, al mundo. Por medio de la Cruz Él santifica al hombre, totalmente hasta la más íntima fibra de su ser. Por eso la hacemos antes de rezar, para que ella nos ordene y concentre, ponga pensamientos, corazón y voluntad en Dios. Después de la oración, para que permanezca en nosotros lo que Dios nos ha obsequiado. En la tentación, para que Él nos fortalezca. En el peligro, para que Él nos proteja. En la bendición, para que la plenitud de la vida de Dios penetre en el alma y en ella fecunde y consagre todo.
Piensa en esto cada vez que haces la Señal de la Cruz Es el signo sencillo, el signo de Cristo. Hazlo debidamente: lentamente, ampliamente, con esmero. Pues este signo envuelve todo tu ser, figura y alma, tus pensamientos y tu voluntad, sentido y ánimo, actividades, y en él todo esta fortalecido, delineado, consagrado en la fuerza de Cristo, en el nombre del Dios trinitario.
de "Los Signos Sagrados"
Romano Guardini
Concéntrate debidamente. Concentra todos tus pensamientos y todo tu ánimo en este signo: cómo va desde la frente al pecho, de hombro a hombro. Entonces sientes que te transforma completamente.
¿Por qué? Es el signo del Todo –y es el signo de la salvación. En la Cruz ha redimido nuestro Señor a todos los hombres, a la historia, al mundo. Por medio de la Cruz Él santifica al hombre, totalmente hasta la más íntima fibra de su ser. Por eso la hacemos antes de rezar, para que ella nos ordene y concentre, ponga pensamientos, corazón y voluntad en Dios. Después de la oración, para que permanezca en nosotros lo que Dios nos ha obsequiado. En la tentación, para que Él nos fortalezca. En el peligro, para que Él nos proteja. En la bendición, para que la plenitud de la vida de Dios penetre en el alma y en ella fecunde y consagre todo.
Piensa en esto cada vez que haces la Señal de la Cruz Es el signo sencillo, el signo de Cristo. Hazlo debidamente: lentamente, ampliamente, con esmero. Pues este signo envuelve todo tu ser, figura y alma, tus pensamientos y tu voluntad, sentido y ánimo, actividades, y en él todo esta fortalecido, delineado, consagrado en la fuerza de Cristo, en el nombre del Dios trinitario.
de "Los Signos Sagrados"
Romano Guardini
El lino.

Está extendido sobre el altar. Está colocado como "corporal", como paño corporal del Señor bajo el cáliz y la hostia. Cuando celebra el santo Sacrificio el sacerdote se reviste con él, con el "alba", "vestidura blanca". Cubre la mesa del Señor, en la que es presentado el pan divino.
Magnífico es el lino legítimo; puro, fino y consistente. Cuando está allí, extendido tan blanco y fresco, entonces pienso en un paseo invernal en el bosque. En una oportunidad fui hasta una ladera que estaba completamente cubierta por la nieve caída, inmaculada, entre abetos oscuros. No me atreví a pasar al otro lado con mis gruesos zapatos; lleno de respeto pasé a su alrededor… Así se encuentra extendido el lino para recibir lo santo.
Sobre el altar, donde es ofrecido el sacrificio divino, tiene que colocarse ante todo el lino. Ya se dijo cómo el altar –el lugar más sagrado en el santuario- se destacaba El altar externo es imagen de lo más íntimo en el hombre creyente, pero no una mera imagen. El altar visible evoca no sólo la disposición del corazón; la figura externa y la profundidad van juntas: son, de un modo misterioso, una sola cosa.
Por eso el lino nos habla tan intensamente. Sentimos que algo le responde en nuestro interior. Experimentamos una exigencia, un reproche, un anhelo. Sólo desde un corazón puro procede la ofrenda auténtica. El lino nos dice mucho sobre la pureza auténtica.
Fino y noble es el lino legítimo. Una naturaleza tosca no constituye de por sí nada puro. La pureza no tiene nada que ver con una conducta taciturna: su fuerza es fuerza de la delicadeza, su recato es noble… El lino genuino es consistente, no una telaraña vaporosa que se deshace ante cualquier soplo. Tampoco la verdadera pureza es una cosa enfermiza. No huye de la vida, sino que camina sin entusiasmarse por sueños falsos e ideales extravagantes. Tiene las mejillas rojas por la alegría de vivir y el puño firme por la lucha heroica… Y todavía algo más dice el lino al espíritu pensativo: aquél no era tan consistente y puro como lo es ahora aquí. En un principio era áspero y poco vistoso, tuvo que ser lavado muchas veces y blanqueado hasta que adquirió su frescura fragante. La pureza no existe desde los comienzos. Por cierto que ella es gracia. Hay hombres que la llevan en su alma como regalo, porque todo su ser tiene la vigorosa frescura de la más íntima castidad natural. Pero éstas son excepciones. Lo que generalmente se considera pureza es una cosa dudosa y significa solamente que todavía ninguna tormenta se ha desatado en ella. La verdadera pureza no se encuentra en el comienzo sino en el final.
En el Apocalipsis de San Juan se habla en una oportunidad de "una gran muchedumbre, suyo número nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, parada ante el trono y ante el Cordero y vestida con ropas blancas…". Alguien pregunta: "Estos, los que están vestidos con ropas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?". La respuesta fue: "Estos son los que vienen de la gran tribulación y han lavado sus ropas y las han blanqueado en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios y le sirven día y noche" (7,9-15).
"Vísteme con una túnica blanca, Señor", reza el sacerdote cuando se pone el alba para celebrar el santo Sacrificio.
de "Los Signos Sagrados"
Romano Guardini
domingo, 22 de noviembre de 2009
lunes, 16 de noviembre de 2009
Los doce grados de silencio

Marie Aimeé de Jesus,( OCD)
1- Hablar poco a las criaturas, y mucho a Dios.Éste es el primer pero imprescindible paso para descubrir que una de las formas más saludables del silencio. En nuestra escuela se enseñan los elementos para disponerse a alcanzar la unión divina. Aquí el alma entra profundo en el estudio de esta virtud según el espíritu de los evangelios, el espíritu de la regla que ella ha abrazado; en vista delos lugares consagrados a su práctica, a las personas y sobretodo, en vista dela lengua , sobre la cual descansa tan a menudo la Palabra, la elocución del padre,la Palabra Encarnada : Silencio al mundo, silencio en cuanto a noticias, silencio con las alma más justas: la voz de María llamada por el ángel.
2. Silencio en trabajo y en el movimiento.Silencio en la presencia, silencio de los ojos, de los oídos, de la lengua, silencio del ser exterior entero, preparando el alma para entrar en Dios. El alma, ya que en ella yacen los méritos por estos esfuerzos justos de oír la voz del Señor. ¿Como se ve recompensado este primer paso?Él la llama al desierto, y por lo tanto aquí en el segundo grado que ella se aparta de todos que podrían distraerla; ella se retira lejos de ruido; ella huye solamente hacia él que está solo. Allí para probar los primeros frutos de la unión divina, y celo de su DiosÉste es el silencio del recuerdo, o recuerdo en silencio.
3. El silencio de la imaginaciónEsta facultad es la primera que critica mordazmente en la puerta cerrada del jardín del Novio, con su almacenaje de emociones, de las impresiones vagas y tristeza. Pero en este punto retirado, el alma que desea dar a las pruebas queridas de su amor, ofrece esta energía que ella no pueda aniquilar, las bellezas del Cielo,los encantos de su Señor, las escenas del Calvario, las perfecciones de su Dios.Entonces permanecerá también en silencio; sentirá que es el siervo silencioso del amor divino.
4. Silencio del silencioDe la memoria en cuanto al pasado, falta de memoria, que esta facultad puede estar saturada con el recuerdo de las mercedes de dios. Ésta es la gratitud en silencio,el silencio de la gratitud
5. Silencio con las criaturas.Oh Miseria de de nuestra actual condición: El alma vigilante se sorprende a menudo que conversa interiormente con las criaturas, contestando en su nombre. Oh ¡Humillación de que ha hecho a santos gemir! Cuando ocurre esto, el alma debe retirarse suavemente en las profundidades de este lugar oculto, en donde la majestad inaccesible del Santo de santos descansa, y donde Jesús, su Consolador y su Dios, se descubrirán a ella, revelará a sus secretos, y hará que ella comience a experimentar la beatitud del futuro. Entonces él revelara sus secretos le dará una repugnancia amarga para todo aquello que no sea él sí mismo, y todas las cosas terrenales cesarán, poco a poco, a distraerla.
6. Silencio del corazón – (Sor. Marie Aimee de Jesús, OCD)Si la lengua está muda, si los sentidos están tranquilos, si la imaginación,la memoria, criaturas es silenciosa causando soledad, si no fuera, por lo menos conel alma interior de la novia, el corazón hará poco ruido.Silencio del afecto, de los antipatías silencio de nuestros vehementes deseos, silencio del celo indiscreto; silencio del fervor exagerado; ¡silencio incluso de nuestros suspiros!Silencio del amor que es emoción demasiado sensible; no de esa exaltación santa de la cual Dios es el autor, pero de el que se mezcla con la naturaleza. El silencio del amor es amor en silencio. Es silencio ante Dios que es Belleza, Bondad, Perfección. Silencio que no tiene nada forzado o filtrado. ¡Este silencio que no daña más la dulzura y el vigor del amor que el reconocimiento de las faltas o heridas en el silencio de la humildad, que el agitar de las alas de los ángeles, de las cuales el profeta habla, detrae de su obediencia, entorpece el silencio de los Serafines! Un corazón silencioso es un corazón virginal, una melodía para el corazón de Dios. La lámpara se consume sin ruido ante el Tabernáculo; el incienso monta silenciosamente incluso al trono del salvador; tan solo con el silencio del amor.Grados precedentes el silencio seguía siendo el plaint de la tierra, pero en ésteel alma, debido a su pureza, comienza a aprender la primera notadel cántico sagrado que es la canción del cielo.
7. SILENCIO DE LA NATURALEZA, del silencio del amor a si mismo en la vista de su corrupción, de su incapacidad. Silencio del alma satisfecha en su abyección. Silencio antes de la alabanza y de la estima.Silencio frente al desprecio, preferencias, murmullos. Éste es el silencio del dulzor y de la humildad. El silencio de la naturaleza en presencia de alegrías o de placeres. La flor revela sus pétalos en silencio, y su perfume elogia silenciosamente a creador. El alma interior debe hacer igual. Silencio de la naturaleza en dolor o la contradicción. Silencio en el ayuno, en vigilias, en debilidad, en frío, en calor. Silencio en salud, en enfermedad, en la privación de todas las cosas. Éste es el silencio elocuente de la pobreza y de la penitencia humana verdadera; es el silencio más amable de la muerte a todas las cosas creadas y humanas, es el silencio del uno mismo que pasa en la voluntad divina. El estremecimiento de la naturaleza no disturbará este silencio, porque está sobre la naturaleza.
8. El SILENCIO de la MENTE.De los pensamientos conformes inútiles aquí cesa, para esos apuros solo el silenciode la mente. El pensamiento en sí mismo no puede dejar de existir; la mente debe buscarsiempre verdad y le damos falsedad. La verdad esencial es Dios. ¡Dios que essuficiente a su inteligencia divina, pero no es suficiente para la mente humana pobre! En cuanto a la contemplación sostenida directa del Dios, esto no es posible en la actual enfermedad de nuestra carne, por lo menos fuera como regalo puro de su generosidad, pero el silencio en los ejercicios apropiados de la mente es ser contento con la luz obscura de la fe, silenciar el razonamiento sutil que debilitan la voluntad y se secan encima de amor; silencio en la intención, pureza, simplicidad, silencio en egoísta en la meditación; en la contemplación, silencio en unas operaciones, que sirven solamente al trasmallo el trabajo del Dios; silencio al orgullo que se habla en todos, por todas partes y siempre. Alguien desea lo bueno, lo hermoso, la sublimación, sabe del silencio de la simplicidad santa,del abandono total, de la honradez desnuda . Un espíritu que combate a tales enemigos escomo a esos ángeles que contemplan sin cesar la faz del dios. Es tal la inteligencia colocada en el silencio, que incluso ante estos argumentos el Señor, se eleva
9. El silencio del cualquier juicioDel juicio en cuanto a personas, silencio en cuanto a las cosas, no juzgando ni dejando que sus opiniones se sepan, a veces no uniforme teniendo una opinión, pero rindiendo en simplicidad si ni la caridad ni la prudencia opone. Éste es el silencio de la infancia bendecida y santa; es el silencio del perfecto; es el silencio de los Angeles y Arcángeles cuando ejecutan los designios de Dios.Es el silencio de la Palabra Encarnada.
10. Silencio de la voluntad De la voluntad en cuanto a se ordena qué; el silencio en cuanto a las obligaciones santasde la regla todavía está, así que hablar, solamente el silencio exterior de la obstinación. El Señor es algo más difícil y más profundo de enseñarnos; el silenciodel esclavo debajo de los soplos de su amo. Pero la esclavitud feliz, porque el amoes Dios. Éste es el silencio de la víctima en el altar, él es silencio del cordero inmaculado de su paño grueso y suave, él hace silencio en oscuridad, el silencio que se refrena de pedir la luz, por lo menos esa luz cuál es una fuente de la alegría. Es silencio en la angustia del corazón en medio de los dolores del alma;¡el silencio de aquel favorecido hasta ahora por Dios , que repelió la sensación misma de pronunciar a borbotones las palabras ¿Por que? ¿* * Cuánto tiempo? * Es el silencio de la crucifixión más bien que el silencio de los mártires. Es el silencio de la agonía de Jesús Sí, este silencio es el silencio divino, y nada es comparable a esta voz, nada resiste su rezo, nada es más digno de Dios que esta alabanza en dolor, este fíat bajo presión de este silencio en tribulación de la muerte.Mientras que este humilde gesto libera, un holocausto verdadero del amor, y aquello que aniquila y se destruye para la gloria del nombre de Dios, a los ojos del mundo él lo transforma en su voluntad divina. ¿Cómo entonces está deseando su perfección? ¿Cuál es requisito inmóvil para la unión? ¿Qué resta para alcanzar el trabajo de Cristo en esta alma? Dos cosas: el primero es,Un repaso por la vida pasado de uno mismo ; el segundo es una absorción viva enel querido beso divino que es la recompensa inefable.
11.Para no hablar, ni escuchar, ni quejarse, ni consolarse interiormente ¡En una palabra olvidarse completamente de uno mismo, volar para separarse de uno mismo, solo descansar del todo en Dios! Este silencio más difícil es sin embargo, esencial para la unión con Dios, el grado de perfección posible a una criatura frágil, de quien, por tolerancia, alcanza a menudo hasta el momento pero no más allá, no pudiendo comprender y aún de menos, practicarlo. Es el silencio de la nada
12. Silencio con Dios¡En el principio, Dios dice al alma “Háblame” Aquí le dice: No me hables más* Silencio con Dios; éste es adherir a Dios ahora, ante El, A su exposición, ofrecerse, Aniquilarse ante su presencia Para adorarlo, Amarlo,Oírlo y descansar en ElÉste es el silencio de la eternidad; es la unión del alma con Dios.colaboracion especial de Lorie Sorensen OCD, quien me faciilito el texto en Frances e hizo las correcciones pertinentes
jueves, 12 de noviembre de 2009
La amistad espiritual por Elredo de Rieval
¡Ay del solo, porque si cae no tiene otro que le levante!. Verdaderamente está solo quien no tiene un amigo. En cambio, qué dicha, qué seguridad, qué alegría si tienes a alguien a quien puedes hablar como a ti mismo, a quien puedes confesar sin temor las propias faltas, a quien puedes revelar sin rubor tus progresos en la virtud, a quien puedes confiar todos los secretos y comunicar los planes que abrigas en tu corazón ¿Puede haber cosa más agradable que unirse un alma con otra, de suerte que no formen más que una sola...?
el amigo, dice el sabio, es la medicina de la vida... Quien no se ama a sí mismo ¿Cómo podrá amar a otro?... Amándose así ame al prójimo...
Elevándonos, pues, de ese amor santo por el que abrazamos al amigo a este otro por el que nos lanzamos a Cristo, se saborea con gozo y a boca llena el fruto espiritual de la amistad.
Esperamos para más tarde la plenitud total, cuando desaparezca el temor que sentimos unos por otros... Esta amistad... se extenderá a todos y se anegará en Dios, cuando Dios sea todo en todos.
, (abad cisterciense inglés del siglo XII, amigo de S. Bernardo).
La Amistad espiritual
Ed. Monte Carmelo
el amigo, dice el sabio, es la medicina de la vida... Quien no se ama a sí mismo ¿Cómo podrá amar a otro?... Amándose así ame al prójimo...
Elevándonos, pues, de ese amor santo por el que abrazamos al amigo a este otro por el que nos lanzamos a Cristo, se saborea con gozo y a boca llena el fruto espiritual de la amistad.
Esperamos para más tarde la plenitud total, cuando desaparezca el temor que sentimos unos por otros... Esta amistad... se extenderá a todos y se anegará en Dios, cuando Dios sea todo en todos.
, (abad cisterciense inglés del siglo XII, amigo de S. Bernardo).
La Amistad espiritual
Ed. Monte Carmelo
miércoles, 11 de noviembre de 2009
IV. Rito de conclusión de la Santa Misa.Saludo y bendición. -Despedida y misión.
La inclusión es una forma poética, por la que el final vuelve al principio. No es rara en los salmos, por ejemplo, en el 102, que empieza y termina diciendo: «Bendice, alma mía, al Señor». También ocurre así en la misa.
Saludo y bendición
Al finalizar la misa, en efecto, se vuelve al saludo de su comienzo:
-«El sacerdote, extendiendo las manos, saluda al pueblo diciendo: El Señor esté con vosotros; a lo que el pueblo responde: Y con tu espíritu».
Y si la celebración se inició en el nombre de la santísima Trinidad y en el signo de la cruz, también en este Nombre y signo va a concluirse:
«En seguida el sacerdote añade: «la bendición de Dios todopoderoso -haciendo aquí la señal + de la bendición-, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros». Y todos responden «Amén».
El sacerdote aquí no pide que la bendición de Dios descienda «sobre nosotros», no. Lo que hace -si realiza la liturgia católica- es transmitir, con la eficacia y certeza de la liturgia, una bendición, que Cristo finalmente concede a su pueblo. De tal modo que, así como el Señor, al despedirse de sus discípulos en el momento de su ascensión, «alzó sus manos y los bendijo; y mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo» (Lc 24,50-51), así ahora, por medio del sacerdote que le representa, el Señor bendice al pueblo cristiano, que se ha congregado en la eucaristía para celebrar el memorial de «su pasión salvadora, y de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras espera su venida gloriosa» (PE III).
Despedida y misión
La palabra misa, que procede de missio (misión, envío, despedida), ya desde el siglo IV viene siendo uno de los nombres de la eucaristía. En efecto, la celebración de la eucaristía termina con el envío de los cristianos al mundo. Y no se trata aquí tampoco de una simple exhortación, «vayamos en paz», apenas significativa, sino de algo más importante y eficaz. En efecto, así como Cristo envía a sus discípulos antes de ascender a los cielos -«id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mc 16,15)-, ahora el mismo Cristo, al concluir la eucaristía, por medio del sacerdote que actúa en su nombre y le visibiliza, envía a todos los fieles, para que vuelvan a su vida ordinaria, y en ella anuncien siempre la Buena Noticia con palabras y más aún con obras.
-«Podéis ir en paz».
-«Demos gracias a Dios».
Entonces el sacerdote, según costumbre, venera el altar [como al principio de la misa] con un beso y, hecha la debida reverencia, se retira» (OGMR 124-125).
La misa ha terminado.
Saludo y bendición
Al finalizar la misa, en efecto, se vuelve al saludo de su comienzo:
-«El sacerdote, extendiendo las manos, saluda al pueblo diciendo: El Señor esté con vosotros; a lo que el pueblo responde: Y con tu espíritu».
Y si la celebración se inició en el nombre de la santísima Trinidad y en el signo de la cruz, también en este Nombre y signo va a concluirse:
«En seguida el sacerdote añade: «la bendición de Dios todopoderoso -haciendo aquí la señal + de la bendición-, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros». Y todos responden «Amén».
El sacerdote aquí no pide que la bendición de Dios descienda «sobre nosotros», no. Lo que hace -si realiza la liturgia católica- es transmitir, con la eficacia y certeza de la liturgia, una bendición, que Cristo finalmente concede a su pueblo. De tal modo que, así como el Señor, al despedirse de sus discípulos en el momento de su ascensión, «alzó sus manos y los bendijo; y mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo» (Lc 24,50-51), así ahora, por medio del sacerdote que le representa, el Señor bendice al pueblo cristiano, que se ha congregado en la eucaristía para celebrar el memorial de «su pasión salvadora, y de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras espera su venida gloriosa» (PE III).
Despedida y misión
La palabra misa, que procede de missio (misión, envío, despedida), ya desde el siglo IV viene siendo uno de los nombres de la eucaristía. En efecto, la celebración de la eucaristía termina con el envío de los cristianos al mundo. Y no se trata aquí tampoco de una simple exhortación, «vayamos en paz», apenas significativa, sino de algo más importante y eficaz. En efecto, así como Cristo envía a sus discípulos antes de ascender a los cielos -«id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mc 16,15)-, ahora el mismo Cristo, al concluir la eucaristía, por medio del sacerdote que actúa en su nombre y le visibiliza, envía a todos los fieles, para que vuelvan a su vida ordinaria, y en ella anuncien siempre la Buena Noticia con palabras y más aún con obras.
-«Podéis ir en paz».
-«Demos gracias a Dios».
Entonces el sacerdote, según costumbre, venera el altar [como al principio de la misa] con un beso y, hecha la debida reverencia, se retira» (OGMR 124-125).
La misa ha terminado.
Los santos y la comunión eucarística
Sólo los santos conocen y viven plenamente la vida cristiana. Y, concretamente, sólo los santos veneran como se debe el gran sacramento de la eucaristía. Por eso en esto, como en todo, nosotros hemos de tomarles como maestros. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, según declaran en el proceso de canonización sus compañeros, «omni die celebrabat missam cum lacrymis» (n.49), sobre todo a la hora de comulgar (n.15). Y también San Ignacio de Loyola lloraba con frecuencia en la misa (Diario espiritual 14). Nosotros, hombres de poca fe, no lloramos, pues apenas sabemos lo que hacemos cuando asistimos a la misa. Son los santos, realmente, los que entienden, en fe y amor, qué es lo que en la misa están haciendo, o mejor, qué está haciendo en ella la Trinidad santísima. Por eso han de ser ellos los que nos enseñen a celebrar el sacrificio eucarístico y a recibir en la comunión el cuerpo y la sangre de Cristo.
San Francisco de Asís, siendo diácono, pocos años antes de morir, escribe una Carta a los clérigos, en la que confiesa conmovedoramente toda la grandeza del ministerio eucarístico que desempeñan. Y en su Carta a toda la Orden reitera las mismas exhortaciones: «Así, pues, besándoos los pies y con la caridad que puedo, os suplico a todos vosotros, hermanos, que tributéis toda reverencia y todo el honor, en fin, cuanto os sea posible, al santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, en quien todas las cosas que hay en cielos y tierra han sido pacificadas y reconciliadas con el Dios omnipotente [+Col 1,20]» (12-13). Él, personalmente, «ardía de amor en sus entrañas hacia el sacramento del cuerpo del Señor, sintiéndose oprimido y anonadado por el estupor al considerar tan estimable dignación y tan ardentísima caridad. Reputaba un grave desprecio no oír, por lo menos cada día, a ser posible, una misa. Comulgaba muchísimas veces, y con tanta devoción, que infundía fervor a los presentes. Sintiendo especial reverencia por el Sacramento, digno de todo respeto, ofrecía el sacrificio de todos sus miembros, y al recibir al Cordero sin mancha, inmolaba el espíritu con aquel sagrado fuego que ardía siempre en el altar de su corazón» (II Celano 201).
Es un dato cierto que los santos, muchas veces, han recibido precisamente en la comunión eucarística gracias especialísimas, decisivas en su vida.
Recordemos, por ejemplo, a Santa Teresa de Jesús. Ella, cuando no era costumbre, «cada día comulgaba, para lo cual la veía [esta testigo] prepararse con singular cuidado, y después de haber comulgado estar largos ratos muy recogida en oración, y muchas veces suspendida y elevada en Dios» (Ana de los Angeles: Bibl. Míst. Carm. 9,563).
Las más altas gracias de su vida, y concretamente el matrimonio espiritual, fueron recibidas por Santa Teresa en la eucaristía. Ella misma afirma que fue en una comunión cuando llegó a ser con Cristo, en el matrimonio, «una sola carne»: «Un día, acabando de comulgar, me pareció verdaderamente que mi alma se hacía una cosa con aquel cuerpo sacratísimo del Señor» (Cuenta conciencia 39; +VII Moradas 2,1). Y Teresa encuentra a Jesús en la comunión resucitado, glorioso, lleno de inmensa majestad: «No hombre muerto, sino Cristo vivo, y da a entender que es hombre y Dios, no como estaba en el sepulcro, sino como salió de él después de resucitado. Y viene a veces con tran grande majestad que no hay quien pueda dudar sino que es el mismo Señor, en especial en acabando de comulgar, que ya sabemos que está allí, que nos lo dice la fe. Represéntase tan Señor de aquella posada que parece, toda deshecha el alma, se ve consumir en Cristo» (Vida 28,8).
Otros santos ha habido que vivían alimentándose sólamente con el Pan eucarístico, es decir, con el cuerpo de Cristo. En esos casos milagrosos ha querido Dios manifestarnos, en una forma extrema, hasta qué punto tiene Cristo capacidad en la eucaristía de «darnos vida y vida sobreabundante» (Jn 10,10).
San Francisco de Asís, siendo diácono, pocos años antes de morir, escribe una Carta a los clérigos, en la que confiesa conmovedoramente toda la grandeza del ministerio eucarístico que desempeñan. Y en su Carta a toda la Orden reitera las mismas exhortaciones: «Así, pues, besándoos los pies y con la caridad que puedo, os suplico a todos vosotros, hermanos, que tributéis toda reverencia y todo el honor, en fin, cuanto os sea posible, al santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, en quien todas las cosas que hay en cielos y tierra han sido pacificadas y reconciliadas con el Dios omnipotente [+Col 1,20]» (12-13). Él, personalmente, «ardía de amor en sus entrañas hacia el sacramento del cuerpo del Señor, sintiéndose oprimido y anonadado por el estupor al considerar tan estimable dignación y tan ardentísima caridad. Reputaba un grave desprecio no oír, por lo menos cada día, a ser posible, una misa. Comulgaba muchísimas veces, y con tanta devoción, que infundía fervor a los presentes. Sintiendo especial reverencia por el Sacramento, digno de todo respeto, ofrecía el sacrificio de todos sus miembros, y al recibir al Cordero sin mancha, inmolaba el espíritu con aquel sagrado fuego que ardía siempre en el altar de su corazón» (II Celano 201).
Es un dato cierto que los santos, muchas veces, han recibido precisamente en la comunión eucarística gracias especialísimas, decisivas en su vida.
Recordemos, por ejemplo, a Santa Teresa de Jesús. Ella, cuando no era costumbre, «cada día comulgaba, para lo cual la veía [esta testigo] prepararse con singular cuidado, y después de haber comulgado estar largos ratos muy recogida en oración, y muchas veces suspendida y elevada en Dios» (Ana de los Angeles: Bibl. Míst. Carm. 9,563).
Las más altas gracias de su vida, y concretamente el matrimonio espiritual, fueron recibidas por Santa Teresa en la eucaristía. Ella misma afirma que fue en una comunión cuando llegó a ser con Cristo, en el matrimonio, «una sola carne»: «Un día, acabando de comulgar, me pareció verdaderamente que mi alma se hacía una cosa con aquel cuerpo sacratísimo del Señor» (Cuenta conciencia 39; +VII Moradas 2,1). Y Teresa encuentra a Jesús en la comunión resucitado, glorioso, lleno de inmensa majestad: «No hombre muerto, sino Cristo vivo, y da a entender que es hombre y Dios, no como estaba en el sepulcro, sino como salió de él después de resucitado. Y viene a veces con tran grande majestad que no hay quien pueda dudar sino que es el mismo Señor, en especial en acabando de comulgar, que ya sabemos que está allí, que nos lo dice la fe. Represéntase tan Señor de aquella posada que parece, toda deshecha el alma, se ve consumir en Cristo» (Vida 28,8).
Otros santos ha habido que vivían alimentándose sólamente con el Pan eucarístico, es decir, con el cuerpo de Cristo. En esos casos milagrosos ha querido Dios manifestarnos, en una forma extrema, hasta qué punto tiene Cristo capacidad en la eucaristía de «darnos vida y vida sobreabundante» (Jn 10,10).
III. Liturgia del SacrificioA. Preparación de los dones. -B. Plegaria eucarística. -C. Rito de la comunión.

A. Preparación de los dones
-El pan y el vino -Oraciones de presentación -Súplicas -Lavabo -Oración sobre las ofrendas.
El pan y el vino
La acción litúrgica queda centrada desde ahora en el altar, al que se acerca el sacerdote. A él se llevan, en forma simple o procesional, el pan y el vino, y quizá también otros dones. En el pan y el vino, que se han de convertir en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, va actualizarse a un tiempo la Cena última y la Cruz del Calvario.
«Es conveniente que la participación de los fieles se manifieste en la presentación del pan y del vino para la celebración de la eucaristía, o de dones con los que se ayude a las necesidades de la Iglesia o de los pobres» (OGMR 101). Es éste, pues, el momento más propio, y más tradicional, para realizar la colecta entre los fieles.
Oraciones de presentación
El sacerdote toma primero la patena con el pan, «y con ambas manos la eleva un poco sobre el altar, mientras dice la fórmula correspondiente»; y lo mismo hace con el vino (OGMR 102). Las dos oraciones que el sacerdote pronuncia, en alta voz o en secreto, casi idénticas, son muy semejantes a las que empleaba Jesús en sus plegarias de bendición, siguiendo la tradición judía (berekáh; +Lc 10,21; Jn 11,41). Primero sobre el pan, y después sobre el vino, como lo hizo Cristo, el sacerdote dice:
-«Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan [vino], fruto de la tierra [vid] y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida [bebida de salvación]».
-«Bendito seas por siempre, Señor» (+Rm 9,5; 2Cor 11,31).
Súplicas del sacerdote y del pueblo
Después de presentar el pan y el vino, el sacerdote se inclina ante el altar orando en secreto:
-«Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que éste sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro».
Ahora puede realizarse la incensación de las ofrendas, del altar, del celebrante y de todo el pueblo. En seguida, el sacerdote lava sus manos, procurando así su «purificación interior» (OGMR 52), y vuelto al centro del altar solicita la súplica de todos:
-«Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios, Padre todopoderoso».
-«El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia» (OGMR 107).
Las oraciones de los fieles, uniéndose a la de Cristo, se elevan aquí a Dios como el incienso (+Sal 140,2; Ap 5,8; 8,3-4). Y el pueblo asistente, uniéndose a Cristo víctima, se dispone a ofrecerse a Dios «en oblación y sacrificio de suave perfume» (+Ef 5,2).
Oración sobre las ofrendas
El rito de preparación al sacrificio concluye con una oración sacerdotal sobre las ofrendas. Es una de las tres oraciones propias de la misa que se celebra. La oración sobre las ofrendas suele ser muy hermosa, y expresa muchas veces la naturaleza mistérica de lo que se está celebrando. Valga un ejemplo:
«Acepta, Señor, estas ofrendas en las que vas a realizar con nosotros un admirable intercambio, pues al ofrecerte los dones que tú mismo nos diste, esperamos merecerte a ti mismo como premio. Por Jesucristo nuestro Señor» (29 dicm.).
Lecturas en el ambon. Significa liturgia de la misa
Lecturas en el ambón
El Vaticano II afirma que «la Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la palabra de Dios y del cuerpo de Cristo» (DV 21). En efecto, al Libro sagrado se presta en el ambón -como al símbolo de la presencia de Cristo Maestro- los mismos signos de veneración que se atribuyen al cuerpo de Cristo en el altar. Así, en las celebraciones solemnes, si el altar se besa, se inciensa y se adorna con luces, en honor de Cristo, Pan de vida, también el leccionario en el ambón se besa, se inciensa y se rodea de luces, honrando a Cristo, Palabra de vida. La Iglesia confiesa así con expresivos signos que ahí está Cristo, y que es Él mismo quien, a través del sacerdote o de los lectores, «nos habla desde el cielo» (Heb 12,25).
((Un ambón pequeño, feo, portátil, que se retira quizá tras la celebración, no es, como ya hemos visto, el signo que la Iglesia quiere para expresar el lugar de la Palabra divina en la misa. Tampoco parece apropiado confiar las lecturas litúrgicas de la Palabra a niños o a personas que leen con dificultad. Si en algún caso puede ser esto conveniente, normalmente no es lo adecuado para simbolizar la presencia de Cristo que habla a su pueblo. La tradición de la Iglesia, hasta hoy, entiende el oficio de lector como «un auténtico ministerio litúrgico» (SC 29a; +Código 230; 231,1).))
Podemos recordar aquí aquella escena narrada en el libro de Nehemías, en la que se hace en Jerusalén, a la vuelta del exilio (538 a.C.), una solemne lectura del libro de la Ley. Sobre un estrado de madera, «Esdras abrió el Libro, viéndolo todos, y todo el pueblo estaba atento... Leía el libro de la Ley de Dios clara y distintamente, entendiendo el pueblo lo que se le leía» (Neh 8,3-8).
Otra anécdota significativa. San Cipriano, obispo de Cartago, en el siglo III, reflejaba bien la veneración de la Iglesia antigua hacia el oficio de lector cuando instituye en tal ministerio a Aurelio, un mártir que ha sobrevivido a la prueba. En efecto, según comunica a sus fieles, le confiere «el oficio de lector, ya que nada cuadra mejor a la voz que ha hecho tan gloriosa confesión de Dios que resonar en la lectura pública de la divina Escritura; después de las sublimes palabras que se pronunciaron para dar testimonio de Cristo, es propio leer el Evangelio de Cristo por el que se hacen los mártires, y subir al ambón después del potro; en éste quedó expuesto a la vista de la muchedumbre de paganos; aquí debe estarlo a la vista de los hermanos» (Carta 38).
El leccionario
Desde el comienzo de la Iglesia, se acostumbró leer las Sagradas Escrituras en la primera parte de la celebración de la eucaristía. Al principio, los libros del Antiguo Testamento. Y en seguida, también los libros del Nuevo, a medida que éstos se iban escribiendo (+1Tes 5,27; Col 4,16).
Al paso de los siglos, se fueron formando leccionarios para ser usados en la eucaristía. El leccionario actual, formado según las instrucciones del Vaticano II (SC 51), es el más completo que la Iglesia ha tenido, pues, distribuido en tres ciclos de lecturas, incluye casi un 90 por ciento de la Biblia, y respeta normalmente el uso tradicional de ciertos libros en determinados momentos del año litúrgico. De este modo, la lectura continua de la Escritura, según el leccionario del misal -y según también el leccionario del Oficio de Lectura-, nos permite leer la Palabra divina en el marco de la liturgia, es decir, en ese hoy eficacísimo que va actualizando los diversos misterios de la vida de Cristo.
Esta lectura de la Biblia, realizada en el marco sagrado de la Liturgia, nos permite escuchar los mensajes que el Señor envía cada día a su pueblo. Por eso, «el que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice [hoy] a las iglesias» (Ap 2,11). Así como cada día la luz del sol va amaneciendo e iluminando las diversas partes del mundo, así la palabra de Cristo, una misma, va iluminando a su Iglesia en todas las naciones. Es el pan de la palabra que ese día, concretamente, y en esa fase del año litúrgico, reparte el Señor a sus fieles. Innumerables cristianos, de tantas lenguas y naciones, están en ese día meditando y orando esas palabras de la sagrada Escritura que Cristo les ha dicho. También, pues, nosotros, como Jesús en Nazaret, podemos decir: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oir» (Lc 4,21).
Por otra parte, «en la presente ordenación de las lecturas, los textos del Antiguo Testamento están seleccionados principalmente por su congruencia con los del Nuevo Testamento, en especial del Evangelio, que se leen en la misma misa» (Orden de lecturas, 1981, 67). De este modo, la cuidadosa distribución de las lecturas bíblicas permite, al mismo tiempo, que los libros antiguos y los nuevos se iluminen entre sí, y que todas las lecturas estén sintonizadas con los misterios que en ese día o en esa fase del Año litúrgico se están celebrando
El Vaticano II afirma que «la Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la palabra de Dios y del cuerpo de Cristo» (DV 21). En efecto, al Libro sagrado se presta en el ambón -como al símbolo de la presencia de Cristo Maestro- los mismos signos de veneración que se atribuyen al cuerpo de Cristo en el altar. Así, en las celebraciones solemnes, si el altar se besa, se inciensa y se adorna con luces, en honor de Cristo, Pan de vida, también el leccionario en el ambón se besa, se inciensa y se rodea de luces, honrando a Cristo, Palabra de vida. La Iglesia confiesa así con expresivos signos que ahí está Cristo, y que es Él mismo quien, a través del sacerdote o de los lectores, «nos habla desde el cielo» (Heb 12,25).
((Un ambón pequeño, feo, portátil, que se retira quizá tras la celebración, no es, como ya hemos visto, el signo que la Iglesia quiere para expresar el lugar de la Palabra divina en la misa. Tampoco parece apropiado confiar las lecturas litúrgicas de la Palabra a niños o a personas que leen con dificultad. Si en algún caso puede ser esto conveniente, normalmente no es lo adecuado para simbolizar la presencia de Cristo que habla a su pueblo. La tradición de la Iglesia, hasta hoy, entiende el oficio de lector como «un auténtico ministerio litúrgico» (SC 29a; +Código 230; 231,1).))
Podemos recordar aquí aquella escena narrada en el libro de Nehemías, en la que se hace en Jerusalén, a la vuelta del exilio (538 a.C.), una solemne lectura del libro de la Ley. Sobre un estrado de madera, «Esdras abrió el Libro, viéndolo todos, y todo el pueblo estaba atento... Leía el libro de la Ley de Dios clara y distintamente, entendiendo el pueblo lo que se le leía» (Neh 8,3-8).
Otra anécdota significativa. San Cipriano, obispo de Cartago, en el siglo III, reflejaba bien la veneración de la Iglesia antigua hacia el oficio de lector cuando instituye en tal ministerio a Aurelio, un mártir que ha sobrevivido a la prueba. En efecto, según comunica a sus fieles, le confiere «el oficio de lector, ya que nada cuadra mejor a la voz que ha hecho tan gloriosa confesión de Dios que resonar en la lectura pública de la divina Escritura; después de las sublimes palabras que se pronunciaron para dar testimonio de Cristo, es propio leer el Evangelio de Cristo por el que se hacen los mártires, y subir al ambón después del potro; en éste quedó expuesto a la vista de la muchedumbre de paganos; aquí debe estarlo a la vista de los hermanos» (Carta 38).
El leccionario
Desde el comienzo de la Iglesia, se acostumbró leer las Sagradas Escrituras en la primera parte de la celebración de la eucaristía. Al principio, los libros del Antiguo Testamento. Y en seguida, también los libros del Nuevo, a medida que éstos se iban escribiendo (+1Tes 5,27; Col 4,16).
Al paso de los siglos, se fueron formando leccionarios para ser usados en la eucaristía. El leccionario actual, formado según las instrucciones del Vaticano II (SC 51), es el más completo que la Iglesia ha tenido, pues, distribuido en tres ciclos de lecturas, incluye casi un 90 por ciento de la Biblia, y respeta normalmente el uso tradicional de ciertos libros en determinados momentos del año litúrgico. De este modo, la lectura continua de la Escritura, según el leccionario del misal -y según también el leccionario del Oficio de Lectura-, nos permite leer la Palabra divina en el marco de la liturgia, es decir, en ese hoy eficacísimo que va actualizando los diversos misterios de la vida de Cristo.
Esta lectura de la Biblia, realizada en el marco sagrado de la Liturgia, nos permite escuchar los mensajes que el Señor envía cada día a su pueblo. Por eso, «el que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice [hoy] a las iglesias» (Ap 2,11). Así como cada día la luz del sol va amaneciendo e iluminando las diversas partes del mundo, así la palabra de Cristo, una misma, va iluminando a su Iglesia en todas las naciones. Es el pan de la palabra que ese día, concretamente, y en esa fase del año litúrgico, reparte el Señor a sus fieles. Innumerables cristianos, de tantas lenguas y naciones, están en ese día meditando y orando esas palabras de la sagrada Escritura que Cristo les ha dicho. También, pues, nosotros, como Jesús en Nazaret, podemos decir: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oir» (Lc 4,21).
Por otra parte, «en la presente ordenación de las lecturas, los textos del Antiguo Testamento están seleccionados principalmente por su congruencia con los del Nuevo Testamento, en especial del Evangelio, que se leen en la misma misa» (Orden de lecturas, 1981, 67). De este modo, la cuidadosa distribución de las lecturas bíblicas permite, al mismo tiempo, que los libros antiguos y los nuevos se iluminen entre sí, y que todas las lecturas estén sintonizadas con los misterios que en ese día o en esa fase del Año litúrgico se están celebrando
II. Liturgia de la Palabra.Lecturas -Evangelio -Homilía -Credo -Oración de los fieles.
Cristo, Palabra de Dios
Nos asegura la Iglesia que Cristo «está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la sagrada Escritura, es él quien nos habla» (SC 7a). En efecto, «cuando se leen en la iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio. Por eso, las lecturas de la palabra de Dios, que proporcionan a la liturgia un elemento de la mayor importancia, deben ser escuchadas por todos con veneración» (OGMR 9).
«En las lecturas, que luego desarrolla la homilía, Dios habla a su pueblo, le descubre el misterio de la redención y salvación, y le ofrece alimento espiritual; y el mismo Cristo, por su palabra, se hace presente en medio de los fieles. Esta palabra divina la hace suya el pueblo con los cantos y muestra su adhesión a ella con la Profesión de fe; y una vez nutrido con ella, en la oración universal, hace súplicas por las necesidades de la Iglesia entera y por la salvación de todo el mundo» (OGMR 33).
Recibir del Padre el pan de la Palabra encarnada
En la liturgia es el Padre quien pronuncia a Cristo, la plenitud de su palabra, que no tiene otra, y por él nos comunica su Espíritu. En efecto, cuando nosotros queremos comunicar a otro nuestro espíritu, le hablamos, pues en la palabra encontramos el medio mejor para transmitir nuestro espíritu. Y nuestra palabra humana transmite, claro está, espíritu humano. Pues bien, el Padre celestial, hablándonos por su Hijo Jesucristo, plenitud de su palabra, nos comunica así su espíritu, el Espíritu Santo.
Siendo esto así, hemos de aprender a comulgar a Cristo-Palabra como comulgamos a Cristo-pan, pues incluso del pan eucarístico es verdad aquello de que «no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3; Mt 4,4).
En la liturgia de la Palabra se reproduce aquella escena de Nazaret, cuando Cristo asiste un sábado a la sinagoga: «se levantó para hacer la lectura» de un texto de Isaías; y al terminar, «cerrando el libro, se sentó. Los ojos de cuantos había en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oir» (Lc 4,16-21). Con la misma realidad le escuchamos nosotros en la misa. Y con esa misma veracidad experimentamos también aquel encuentro con Cristo resucitado que vivieron los discípulos de Emaús: «Se dijeron uno a otro: ¿No ardían nuestros corazones dentro de nosotros mientras en el camino nos hablaba y nos declaraba las Escrituras?» (Lc 24,32).
Si creemos, gracias a Dios, en la realidad de la presencia de Cristo en el pan consagrado, también por gracia divina hemos de creer en la realidad de la presencia de Cristo cuando nos habla en la liturgia. Recordemos aquí que la presencia eucarística «se llama real no por exclusión, como si las otras [modalidades de su presencia] no fueran reales, sino por antonomasia, ya que es substancial» (Mysterium fidei).
Cuando el ministro, pues, confesando su fe, dice al término de las lecturas: «Palabra de Dios», no está queriendo afirmar sólamente que «Ésta fue la palabra de Dios», dicha hace veinte o más siglos, y ahora recordada piadosamente; sino que «Ésta es la palabra de Dios», la que precisamente hoy el Señor está dirigiendo a sus hijos.
La doble mesa del Señor
En la eucaristía, como sabemos, la liturgia de la Palabra precede a la liturgia del Sacrificio, en la que se nos da el Pan de vida. Lo primero va unido a lo segundo, lo prepara y lo fundamenta. Recordemos, por otra parte, que ése fue el orden que comprobamos ya en el sacrificio del Sinaí (Ex 24,7), en la Cena del Señor, o en el encuentro de Cristo con los discípulos de Emaús (Lc 24,13-32).
En este sentido, el Vaticano II, siguiendo antigua tradición, ve en la eucaristía «la doble mesa de la Sagrada Escritura y de la eucaristía» (PO 18; +DV 21; OGMR 8). En efecto, desde el ambón se nos comunica Cristo como palabra, y desde el altar se nos da como pan. Y así el Padre, tanto por la Palabra divina como por el Pan de vida, es decir, por su Hijo Jesucristo, nos vivifica en la eucaristía, comunicándonos su Espíritu.
Por eso San Agustín, refiriéndose no sólo a las lecturas sagradas sino a la misma predicación -«el que os oye, me oye» (Lc 10,16)-, decía: «Toda la solicitud que observamos cuando nos administran el cuerpo de Cristo, para que ninguna partícula caiga en tierra de nuestras manos, ese mismo cuidado debemos poner para que la palabra de Dios que nos predican, hablando o pensando en nuestras cosas, no se desvanezca de nuestro corazón. No tendrá menor pecado el que oye negligentemente la palabra de Dios, que aquel que por negligencia deja caer en tierra el cuerpo de Cristo» (ML 39,2319). En la misma convicción estaba San Jerónimo cuando decía: «Yo considero el Evangelio como el cuerpo de Jesús. Cuando él dice «quien come mi carne y bebe mi sangre», ésas son palabras que pueden entenderse de la eucaristía, pero también, ciertamente, son las Escrituras verdadero cuerpo y sangre de Cristo» (ML 26,1259).
Nos asegura la Iglesia que Cristo «está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la sagrada Escritura, es él quien nos habla» (SC 7a). En efecto, «cuando se leen en la iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio. Por eso, las lecturas de la palabra de Dios, que proporcionan a la liturgia un elemento de la mayor importancia, deben ser escuchadas por todos con veneración» (OGMR 9).
«En las lecturas, que luego desarrolla la homilía, Dios habla a su pueblo, le descubre el misterio de la redención y salvación, y le ofrece alimento espiritual; y el mismo Cristo, por su palabra, se hace presente en medio de los fieles. Esta palabra divina la hace suya el pueblo con los cantos y muestra su adhesión a ella con la Profesión de fe; y una vez nutrido con ella, en la oración universal, hace súplicas por las necesidades de la Iglesia entera y por la salvación de todo el mundo» (OGMR 33).
Recibir del Padre el pan de la Palabra encarnada
En la liturgia es el Padre quien pronuncia a Cristo, la plenitud de su palabra, que no tiene otra, y por él nos comunica su Espíritu. En efecto, cuando nosotros queremos comunicar a otro nuestro espíritu, le hablamos, pues en la palabra encontramos el medio mejor para transmitir nuestro espíritu. Y nuestra palabra humana transmite, claro está, espíritu humano. Pues bien, el Padre celestial, hablándonos por su Hijo Jesucristo, plenitud de su palabra, nos comunica así su espíritu, el Espíritu Santo.
Siendo esto así, hemos de aprender a comulgar a Cristo-Palabra como comulgamos a Cristo-pan, pues incluso del pan eucarístico es verdad aquello de que «no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3; Mt 4,4).
En la liturgia de la Palabra se reproduce aquella escena de Nazaret, cuando Cristo asiste un sábado a la sinagoga: «se levantó para hacer la lectura» de un texto de Isaías; y al terminar, «cerrando el libro, se sentó. Los ojos de cuantos había en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oir» (Lc 4,16-21). Con la misma realidad le escuchamos nosotros en la misa. Y con esa misma veracidad experimentamos también aquel encuentro con Cristo resucitado que vivieron los discípulos de Emaús: «Se dijeron uno a otro: ¿No ardían nuestros corazones dentro de nosotros mientras en el camino nos hablaba y nos declaraba las Escrituras?» (Lc 24,32).
Si creemos, gracias a Dios, en la realidad de la presencia de Cristo en el pan consagrado, también por gracia divina hemos de creer en la realidad de la presencia de Cristo cuando nos habla en la liturgia. Recordemos aquí que la presencia eucarística «se llama real no por exclusión, como si las otras [modalidades de su presencia] no fueran reales, sino por antonomasia, ya que es substancial» (Mysterium fidei).
Cuando el ministro, pues, confesando su fe, dice al término de las lecturas: «Palabra de Dios», no está queriendo afirmar sólamente que «Ésta fue la palabra de Dios», dicha hace veinte o más siglos, y ahora recordada piadosamente; sino que «Ésta es la palabra de Dios», la que precisamente hoy el Señor está dirigiendo a sus hijos.
La doble mesa del Señor
En la eucaristía, como sabemos, la liturgia de la Palabra precede a la liturgia del Sacrificio, en la que se nos da el Pan de vida. Lo primero va unido a lo segundo, lo prepara y lo fundamenta. Recordemos, por otra parte, que ése fue el orden que comprobamos ya en el sacrificio del Sinaí (Ex 24,7), en la Cena del Señor, o en el encuentro de Cristo con los discípulos de Emaús (Lc 24,13-32).
En este sentido, el Vaticano II, siguiendo antigua tradición, ve en la eucaristía «la doble mesa de la Sagrada Escritura y de la eucaristía» (PO 18; +DV 21; OGMR 8). En efecto, desde el ambón se nos comunica Cristo como palabra, y desde el altar se nos da como pan. Y así el Padre, tanto por la Palabra divina como por el Pan de vida, es decir, por su Hijo Jesucristo, nos vivifica en la eucaristía, comunicándonos su Espíritu.
Por eso San Agustín, refiriéndose no sólo a las lecturas sagradas sino a la misma predicación -«el que os oye, me oye» (Lc 10,16)-, decía: «Toda la solicitud que observamos cuando nos administran el cuerpo de Cristo, para que ninguna partícula caiga en tierra de nuestras manos, ese mismo cuidado debemos poner para que la palabra de Dios que nos predican, hablando o pensando en nuestras cosas, no se desvanezca de nuestro corazón. No tendrá menor pecado el que oye negligentemente la palabra de Dios, que aquel que por negligencia deja caer en tierra el cuerpo de Cristo» (ML 39,2319). En la misma convicción estaba San Jerónimo cuando decía: «Yo considero el Evangelio como el cuerpo de Jesús. Cuando él dice «quien come mi carne y bebe mi sangre», ésas son palabras que pueden entenderse de la eucaristía, pero también, ciertamente, son las Escrituras verdadero cuerpo y sangre de Cristo» (ML 26,1259).
Oración colecta. Liturgia. Rito inicial
Para participar bien en la misa es fundamental que esté viva la convicción de que es Cristo glorioso el protagonista principal de las oraciones litúrgicas de la Iglesia. El sacerdote es en la misa quien pronuncia las oraciones, pero el orante principal, invisible y quizá inadvertido para tantos, «¡es el Señor!» (Jn 21,7). En efecto, la oración de la Iglesia en la eucaristía, lo mismo que en las Horas litúrgicas, es sin duda «la oración de Cristo con su cuerpo al Padre» (SC 84). Dichosos, pues, nosotros, que en la liturgia de la Iglesia podemos orar al Padre encabezados por el mismo Cristo. Así se cumple aquello de San Pablo: «El mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; él mismo ora en nosotros con gemidos inefables» (Rm 8,26).
De las tres oraciones variables de la misa -colecta, ofertorio, postcomunión-, la colecta es la más solemne, y normalmente la más rica de contenido. Y de las tres, es la única que termina con una doxología trinitaria completa. El sacerdote la reza -como antiguamente todo el pueblo- con las manos extendidas, el gesto orante tradicional.
La palabra collecta procede quizá de que esta oración se decía una vez que el pueblo se había reunido -colligere, reunir- para la misa. O quizá venga de que en esta oración el sacerdote resume, colecciona, las intenciones privadas de los fieles orantes. En todo caso, su origen en la eucaristía es muy antiguo.
Veamos una que puede servir como ejemplo:
/ «Oh Dios, fuente de todo bien, /escucha sin cesar nuestras súplicas, y concédenos, inspirados por ti, pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda. / Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. -Amén».
La oración, llena de concisión, profundidad y belleza, se inicia / invocando al Padre celestial, y evocando normalmente alguno de sus principales atributos divinos. En seguida, apoyándose en la anterior premisa de alabanza, viene / la súplica, en plural, por supuesto. Y la oración concluye apoyándose en / la mediación salvífica de Cristo, el Hijo Salvador, y en el amor del Espíritu Santo. Ésa suele ser la forma general de todas estas oraciones.
Otros ejemplos. «Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz, concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor, etc.» (dom. 13 T.O.). «Oh Dios, protector de los que en ti esperan, sin ti nada es fuerte ni santo; multiplica sobre nosotros los signos de tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos. Por nuestro Señor, etc.» (dom. 17 T.O.).
Gran parte de las colectas tienen origen muy antiguo, y las más bellas proceden de la edad patrística. Vienen, pues, resonando en la Iglesia desde hace muchos siglos. Cada una suele ser una micro-catequesis implícita, y de ellas concretamente podría extraerse la más preciosa doctrina católica sobre la gracia.
¿Será posible, también, que muchas veces el pueblo conceda su Amén a oraciones tan grandiosas sin haberse enterado apenas de lo dicho por el sacerdote? Efectivamente. Y no sólo es posible, sino probable, si el sacerdote pronuncia deprisa y mal, y, sobre todo, si los fieles no hacen uso de un Misal manual que, antes o después de la misa, les facilite enterarse de las maravillosas oraciones y lecturas que en ella se hacen.
De las tres oraciones variables de la misa -colecta, ofertorio, postcomunión-, la colecta es la más solemne, y normalmente la más rica de contenido. Y de las tres, es la única que termina con una doxología trinitaria completa. El sacerdote la reza -como antiguamente todo el pueblo- con las manos extendidas, el gesto orante tradicional.
La palabra collecta procede quizá de que esta oración se decía una vez que el pueblo se había reunido -colligere, reunir- para la misa. O quizá venga de que en esta oración el sacerdote resume, colecciona, las intenciones privadas de los fieles orantes. En todo caso, su origen en la eucaristía es muy antiguo.
Veamos una que puede servir como ejemplo:
/ «Oh Dios, fuente de todo bien, /escucha sin cesar nuestras súplicas, y concédenos, inspirados por ti, pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda. / Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. -Amén».
La oración, llena de concisión, profundidad y belleza, se inicia / invocando al Padre celestial, y evocando normalmente alguno de sus principales atributos divinos. En seguida, apoyándose en la anterior premisa de alabanza, viene / la súplica, en plural, por supuesto. Y la oración concluye apoyándose en / la mediación salvífica de Cristo, el Hijo Salvador, y en el amor del Espíritu Santo. Ésa suele ser la forma general de todas estas oraciones.
Otros ejemplos. «Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz, concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor, etc.» (dom. 13 T.O.). «Oh Dios, protector de los que en ti esperan, sin ti nada es fuerte ni santo; multiplica sobre nosotros los signos de tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos. Por nuestro Señor, etc.» (dom. 17 T.O.).
Gran parte de las colectas tienen origen muy antiguo, y las más bellas proceden de la edad patrística. Vienen, pues, resonando en la Iglesia desde hace muchos siglos. Cada una suele ser una micro-catequesis implícita, y de ellas concretamente podría extraerse la más preciosa doctrina católica sobre la gracia.
¿Será posible, también, que muchas veces el pueblo conceda su Amén a oraciones tan grandiosas sin haberse enterado apenas de lo dicho por el sacerdote? Efectivamente. Y no sólo es posible, sino probable, si el sacerdote pronuncia deprisa y mal, y, sobre todo, si los fieles no hacen uso de un Misal manual que, antes o después de la misa, les facilite enterarse de las maravillosas oraciones y lecturas que en ella se hacen.
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